Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 25
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Capítulo 25

Raúl

Tuve que hacer de tripas corazón cuando uno de mis empleados entró en mi despacho para contarme lo que había escuchado de Cuca. Le dije que, por favor, y con mucho cuidado para que no se diera cuenta, vigilara a esa mujer y que viniera a contarme en el momento en el que se enterara de algo.

—Señor Trechera, debe tener cuidado con esa mujer, que está planeando un ataque contra la señorita Alba.

—¿Estás seguro de que has oído bien?

—Sí, se lo estaba diciendo a alguien por teléfono. Le decía que lo dejara en sus manos, que iba a terminar con ella en cuanto tuviera la oportunidad.

—Gracias, no dejes de informarme si te enteras de algo más.

Desde ese momento, busqué la manera en la que poder apartarla de Alba, y no encontré otra solución que pegarme a ella, aunque lo que quería era huir en dirección contraria.

Alguien nos hizo fotografías de todos los momentos, y no sé de qué manera llegó a manos de Alba, no sé quién fue la persona que se las envió, pero os aseguro que pienso averiguarlo.

La había perdido, pero no dudé en ir a darle todas las explicaciones posibles; por eso, fui a buscarla a la villa en la que sabía que estaba, pues se había hecho amiga de una chica que estaba alojada allí en el hotel, y sabía que había dormido esa noche con él.

—Hola, buenos días. Soy Raúl Trechera, propietario de este hotel, y necesito hablar con Alba Blanco, por favor.

—Buenos días, no hace falta tanto formalismo, señor Trechera; sé perfectamente quién es usted y no viene en calidad de propietario del hotel, precisamente.

—Tienes razón; será mejor que nos tuteemos.

—Raúl, Alba no está; se ha marchado esta mañana temprano…

—¿Ha vuelto a su casa?

—No, debe estar en la cafetería del hotel en estos momentos, ya que se ha citado allí con el marido de esa mujer.

—¡Joder! Eso es mucho peor de lo que me imaginaba.

—¿Me dejas darte un consejo?

—Por favor, todo lo que me digas será bienvenido.

—En tu mirada puedo ver que estás muy enamorado de ella y, por eso, te diré que no le mientas más. Es preferible que le cuentes todo, tal y como ha sido, aunque le duela, antes de que intentes justificarlo y que se sienta más traicionada.

—Eso haré, tan solo espero que ella esté dispuesta a escucharme.

—Ahí, no te lo puedo asegurar porque cabezona es un rato.

Solté una carcajada; no era lo que más me apetecía, pero con ella era imposible no hacerlo, porque tenía una manera de decir las cosas con la que tenías que reírte, sí o sí.

Me despedí de ella y encaminé mis pasos hasta la cafetería, en la que esperaba parar lo que se le estaba pasando por la cabeza.

Tengo que reconocer que me equivoqué con sus intenciones, y también que lo agradecí, porque era pensarla e imaginarla en los brazos de otro hombre y me moría de la pena. Ahora era plenamente consciente del dolor que había sentido Alba al ver esas imágenes.

Tras unas palabras y cuando ya se había marchado de la cafetería, conseguí que quisiera escucharme, pero no accedió a hacerlo en la villa, ni siquiera en la playa privada. Como mucho, accedió a la playa general del complejo, pero me daba igual; lo importante era que me escuchara.

—Bueno, tú dirás.

—Alba, por favor, te prometo que, entre esa mujer y yo, tan solo ha habido un par de besos y que tienen una justificación.

—La traición no tiene justificación ninguna, Raúl.

—Sí que la tiene, porque no lo he hecho por gusto.

—No, verás, si ahora me vas a decir que te han puesto un puñal en el pecho para que lo hicieras.

—Tampoco ha sido así, aunque haciendo un símil genérico, sí que me sentí de esa manera.

—No entiendo nada y tampoco te estás explicando. Además, no tengo todo el tiempo del mundo; mi avión sale pronto y tengo que llegar hasta el aeropuerto.

—No te vayas, por favor; no lo hagas sin mí.

—¿Qué quieres, Raúl? Porque te prometo que me estás volviendo loca. Me traicionas, me mientes y, encima, ¿pretendes que me quede a tu lado?

—Te contaré todo y espero que eso sea suficiente para que cambies de opinión.

Empecé a relatarle todo lo que había sucedido desde esa misma mañana, cómo me habían avisado de que quería hacerle daño, y la manera que encontré de alejarla de ella.

Como le hice creer que Alba no me importaba nada, y que tan solo quería pasar un buen rato con ella.

La cara de Alba iba cambiando de color a medida que iba escuchando mis explicaciones.

—Y eso fue lo que sucedió. Cuando entraste en su villa, estaba a punto de darle un somnífero para que se quedara dormida y poder salir de allí.

—¿No era más fácil que me lo contaras y denunciarla?

—No tenía pruebas para hacerlo.

—Además, que, si hubiera querido hacerme daño, no lo hubiera hecho ella misma, hubiera enviado a alguien, no se hubiese manchado las manos.

—No era esa su intención. Por lo que pude saber, ella quería esperar a que tú estuvieras sola, en el mar o en la piscina, y hacer que pareciera que fue accidental.

—De verdad que no me cuadra nada.

—Tienes que creerme, de verdad. Estoy desesperado. No quiero perderte. Eres mi vida, Alba. No sabría seguir adelante sin ti.

—No te puedo perdonar, no ahora, no en este momento. Necesito pensar y hacerlo sola.

—Está bien, pero no te marches. Yo cogeré una habitación mientras que tú te quedas en la villa.

—Tampoco hace falta eso; yo me quedaré con Sofía.

—No, no quiero que tengas que importunar a nadie.

—Está bien, pero podemos quedarnos los dos en la villa, tan solo que dormiremos en habitaciones separadas.

—Prefiero tenerte en la otra habitación antes que a miles de kilómetros de diferencia.

—Voy a la villa de Sofía; tengo todas mis cosas allí y las tengo que recoger.

—Te acompaño.

—¿No tienes que trabajar hoy?

—No, ya hemos contratado al nuevo director y está con el actual. A partir de ahora, tan solo nos queda disfrutar de la isla, aunque sea como amigos.

Pronuncié estas palabras con todo el dolor de mi corazón, pero si tenía que elegir entre no volver a tenerla o tenerla como a una amiga, elegiría la segunda opción, porque el que no estuviera en mi vida, eso no tenía cabida para mí.

La acompañé a la villa de Sofía a recoger sus cosas y nos marchamos a la nuestra, en la que habíamos estado alojados desde que llegamos.

Mirar la cama balinesa en la que habíamos hecho el amor, la piscina y todo lo demás me estaba haciendo mucho daño, pero tendría que aguantarme; había conseguido que no se marchara.

—He pedido la comida aquí; pensé que te gustaría estar tranquila.

—¿No te quedas a comer conmigo?

—Si no te importuna ni te sientes incómoda, por mí no hay problema, más bien todo lo contrario, pues es algo que no me esperaba.

—Por supuesto que no me siento incómoda. Tenemos que aprender a convivir sin que haya nada entre nosotros, Raúl.

—Te juro que haré todo lo posible para que vuelvas a confiar en mí.

—Eso espero. No te voy a decir que ya no estoy enamorada de ti, porque eso es imposible; el amor no se va de un momento a otro, sobre todo cuando es de verdad.

—Yo también estoy enamorado de ti y te lo pienso demostrar a diario, para que veas que lo que digo es cierto.

—A veces, el amor solo no vale, Raúl; se necesita mucho más que eso.

—Mientras que haya amor, todo lo demás viene solo, te lo aseguro.

Alba se me quedó mirando, como si no supiera si creerle lo que le estaba diciendo, o no, como si las palabras se hubiesen quedado atoradas en su cabeza y no encontrara la manera de sacarlas de ahí.

Me acerqué a ella y, a pesar de que lo que me pedía el cuerpo era besarla en la boca hasta que se quedara sin aliento, lo que hice fue darle un abrazo y dejarle un beso en la cabeza.

Pensé que me iba a apartar de ella, pero hizo todo lo contrario.

Apoyó su cabeza en mi pecho y aspiró mi olor como si fuera el más delicioso del mundo, y eso hizo que mi mente saltara de alegría, pues todavía había una posibilidad de que volviéramos a ser lo de antes; tenía la esperanza de que eso sucediera.

No sé el tiempo que nos mantuvimos así, pero sí que sé que el timbre de la verja fue el causante de que nos tuviéramos que separar. Era el servicio que venía a traernos la comida que habíamos pedido.