Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 24
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Capítulo 24

Alba

Sofía me miraba como si estuviera loca, pero lo he dicho antes: la gente que es mala y que no valora lo que tiene, lo único que merece en esta vida es que el karma le devuelva la misma maldad y la misma valoración que ella le da a los demás.

Esa noche, apenas pude pegar un ojo, y a primera hora de la mañana, ya estaba levantada, duchada y vestida y con la intención de salir para la cafetería, aun sabiendo que todavía quedaban un par de horas para la cita con el marido de Cuca.

—¿Dónde vas, loca? Si no deben estar puestas ni las calles.

—A mi cita con el señor Satisteban, prefiero esperar yo a que me esperen.

—Ya, hija mía, pero una cosa es que te esperen y otra muy diferente que llegues dos horas antes.

—Me da igual; así aprovecho y desayuno algo, aunque no estoy yo muy segura de que me entre nada; tengo el estómago cerrado.

—¿Sigues con la intención de volver hoy mismo a la península?

—Sí, mi vuelo sale a las nueve de la noche. Por suerte, tengo todo el equipaje preparado.

—Si yo fuera tú, preferiría hablar antes con Raúl. Lo mismo tiene una explicación.

—Claro que la tiene, que esa mujer le gusta y la eligió a ella. Lo que no entiendo es por qué me dijo que viniera con él, por qué pronunció cosas que no sentía.

—Por eso lo digo. La mirada de ese hombre no era la de uno que hubiera elegido ser infiel, y te lo digo con conocimiento de causa.

—¿Te crees que soy tonta? Entiendo que su sonrisa hace caer los muros más elevados, pero yo ya soy inmune a ella.

—En eso te equivocas, no eres inmune, te afecta más que a nadie, porque estás enamorada de él.

—No lo negaré, pero lo mismo que afirmo que lo que me ha hecho no se lo perdonaré en la vida.

—No digas cosas que no sientes, porque, en cuanto que te dé una explicación convincente, lo vas a perdonar.

—Se nota que no me conoces, Sofía. Si algo tengo es que, cuando digo hasta aquí, no hay nada que me haga cambiar de opinión.

Recogí mi bolso y salí de aquella villa en la que me había refugiado, encaminando mis pasos hacia la cafetería del edificio principal, que no quedaba muy lejos.

La única diferencia es que, en vez de coger por el camino asfaltado, lo hice paseando por la playa, haciendo así que el trayecto fuera algo más largo y tuviera que esperar un poquito menos.

En cuanto que entré por la puerta de la cafetería, y ante mi completo asombro, allí estaba ese hombre esperándome. Lo sabía porque me había preocupado por buscarlo por internet para saber qué cara tenía y no meter la pata equivocándome de persona.

¿Os imagináis que me equivoco y le digo a otro pobre hombre que su mujer le pone los cuernos con todo lo que se menea?

La que se podía haber liado era chica. Fue al imaginarme esa situación cuando una sonrisa apareció en mi rostro.

La gente me miraba como si estuviera loca porque no se marchaba.

Menos mal que don Alfredo no se había percatado de mi presencia, o pensaría que me estaba cachondeando de él.

Me puse seria y me acerqué a la mesa, donde estaba delante de una taza de café, que ya tenía mareado de tantas vueltas que le estaba dando con la cucharilla. No sabía cómo presentarme, pero por suerte ese hombre se me adelantó.

—Buenos días, supongo que tú eres Alba, ¿verdad?

—Buenos días, señor Santisteban. Sí, soy yo.

—Por favor, llámame, Alfredo. Siéntate. No pensé que vendrías tan pronto.

—Yo tampoco sabía que usted estaría aquí o hubiera venido todavía antes.

—Tuteémonos, al fin y al cabo, me parece que vamos a tener una relación de lo más cercana después de esta conversación.

—Lo cierto es que no sé cómo empezar a hablar…

—Por el principio siempre, bonita, que será mucho más fácil.

—En primer lugar, no quiero que pienses que hago esto por despecho, en todo caso, lo haría por el dolor que me ha hecho sentir…

—Supongo que sé lo que me vas a contar. Mientras que no le ha hecho daño a nadie, y lo ha hecho de manera discreta, se lo he dejado pasar. Como comprenderás, a mi edad es difícil que una mujer así se fije en mí.

—¿Perdona? Tú eres un hombre de lo más atractivo y cualquier mujer, sea como sea, se fijaría en un hombre como tú. Lo que ocurre es que tenéis tan poca estima que pensáis que llevar al lado a una mujer así, como un trofeo, os da categoría, cuando es todo lo contrario.

—Tienes toda la razón y, en esta ocasión, me gustaría conocer todos los detalles.

—Los detalles no los sé; tan solo tengo las imágenes que me han enviado y no descarto que haya sido ella misma o alguno de sus secuaces quien las haya enviado.

—Seguro, no me extrañaría nada, porque es capaz de hacer cualquier cosa para salirse con la suya.

—Sí, pero lo que ella no pensaba era que se le iba a volver en su contra. Si se las muestro, es porque, después de hablar con mi padre, descubrí que usted es un hombre que siempre la ha respetado, mientras que ella se pasea con cualquiera como si fuera soltera.

—¿Me puedes mostrar esas imágenes, por favor?

Justo cuando iba a coger mi móvil para mostrárselo, apareció Raúl por la cafetería. Lo hacía como buscando a alguien, hasta que se fijó en mí y en la persona que me acompañaba y se vino directamente hasta nuestra mesa, con la cara completamente desencajada.

—Alba, no lo hagas, por favor. Te juro por mi vida que no me he acostado con ella, no en esta ocasión.

—Te dije que no te acercaras a mí.

—Alba, dejémosle que nos dé una explicación. Lo mismo y nos convence para que no sigamos hablando —dijo Alfredo.

—Ayer, cuando estaba en mi despacho, alguien me avisó de que Cuca quería hacerte daño; por eso pasé el día con ella, para protegerte y para que no pudiera acercarse a ti —dijo Raúl.

—¿Te piensas que soy gilipollas? Sí, definitivamente sí, piensas que soy idiota.

—Por favor, no te acuestes con su marido; no podría soportarlo; me moriría de la pena. Todo lo que te dije era cierto; estoy enamorado de ti y jamás podría hacerte eso.

—¿Qué estás hablando de acostarme con Alfredo? No te lo tomes a mal, pero podrías ser mi padre —le dije, esta última parte mirando a mi acompañante, que soltó una carcajada.

—Para nada, porque podrías ser mi hija, tal y como tú has dicho antes. Me gustan las mujeres más jóvenes, pero no las que hayan hecho la comunión este año —me dijo Alfredo.

—Si no es eso… entonces ¿para qué has quedado aquí con este hombre? —preguntó Raúl, completamente desconcertado.

—En primer lugar, y después de lo que has hecho, no tengo por qué darte explicaciones, pero, aun así, lo voy a hacer…

Me disponía a contarle todo cuando llegó esa mujer que, al verme sentada con su marido, empezó a temblar, como si su castillo de naipes se estuviera cayendo por un soplido que hubiera dado yo.

Me miró, con una mirada suplicante, pero la ignoré.

Si ella no había tenido compasión conmigo, no sería yo la que lo tuviera con ella.

—Amor… ¡Qué sorpresa!

—Por supuesto que es una sorpresa; pensabas que estaba en la otra punta de España.

—No te creas nada de lo que diga la niñata esta; te juro que es mentira.

—Da la casualidad de que la niñata está, como tú la has llamado, no me ha dicho absolutamente nada que yo no supiera. ¿Te piensas que me chupo el dedo? Si te he permitido seguir haciendo lo que te daba la gana, es por una razón que acabo de entender que no tiene ni pies ni cabeza.

—¿Qué me quieres decir con eso? ¿No estarás pensando en dejarme?

—Eso mismo es lo que voy a hacer: pediré el divorcio en cuanto que hable con mi abogado. Y ¿sabes una cosa? No sé si recuerdas que firmaste un documento que dejaba muy claro que, en caso de adulterio, te marcharías con una mano delante y otra detrás.

—No tienes pruebas para acusarme de nada de eso.

—Por supuesto que las tiene. Alfredo, te la acabo de enviar a tu teléfono —le dije a su marido, mientras que ella me miraba con una mezcla de odio y asombro.

—Yo también puedo ir a declarar en tu favor, Alfredo, y poner a tu disposición todas las imágenes de las cámaras del complejo.

—Os lo agradezco, de verdad. Cuca, ya tendrás noticias de mi abogado. Ahora mismo, me marcho de nuevo a mi casa.

—¡Tengo todas mis cosas allí! Por favor, amor, no me hagas esto, te prometo que no ha significado nada, lo hacía porque me encontraba sola.

—Esa no es una excusa, Cuca. Te pedí mil veces que viajaras conmigo, pero nunca quisiste, y ahora entiendo el motivo.

—Niñata, esto no va a quedar así. Me has quitado todo, y te dejaré sin nada, igual que tú has hecho conmigo —me dijo Cuca, con una voz que dejaba en evidencia el odio que me tenía en este mismo momento.

—Como la vuelvas a amenazar, añadiré otra demanda más en tu contra —le dijo Alfredo.

—¿Te la estás tirando? Es eso, claro, cómo no me lo había imaginado antes. Me cambias por ella, que es más joven.

—No todo el mundo es igual que tú, no todas las mujeres tenemos la necesidad de tener a un hombre adinerado a nuestro lado para que nos mantenga —le contesté.

—Claro que sí, por eso has hecho todo lo que has hecho, para quedarte con mi marido. Y no lo has hecho porque estés enamorada de él, no, sino por su dinero.

—Mira, gilipollas, Alfredo es capaz de enamorar a cualquier mujer que lo valore, no que lo vea como su cajero automático personal —le contesté.

Me levanté de la mesa y me marché para recoger mis cosas, pues tenía que salir hacia el aeropuerto para volver a casa.

Por mis mejillas caían lágrimas sin control porque Raúl no me había dado una explicación válida.

Si lo que me había contado era cierto, me lo podría haber dicho y tomado otro tipo de medidas.

No llevaba ni diez pasos dados fuera del edificio principal del complejo cuando noté que me jalaban del brazo. Esa manera de sujetarme, ese olor que llegaba antes que él, hicieron que supiera de quién se trataba mucho antes de que girara mi cabeza para mirar quién lo había hecho.

—Alba, por favor, no te marches así. Vamos a hablar.

—¿Qué cuento me vas a contar ahora, Raúl?

—Ningún cuento, te lo prometo. Te contaré todo, sin dejarme nada, aunque sepa que te pueda doler.

—¿Sabes lo que más me duele del mundo?

—Me lo puedo imaginar.

—No, lo que más me ha dolido no es que te hayas liado con ella, sino que me hayas traído hasta aquí para mentirme, para reírte de mí en la cara.

—Te juro que no ha sido así. Por favor, vamos a la villa o a la playa, o a donde tú quieras, pero déjame que te explique todo.

Llamadme loca o inconsciente, pero no me podía marchar de allí sin saber todo lo que había pasado, aunque eso no signifique que lo vaya a perdonar, porque su traición no tenía justificación ninguna.

Me decidí por hablar en la playa; no quería entrar en aquella villa que tantos recuerdos me traía, pero, además, no a la playa privada, sino a la parte en la que todos los huéspedes podían pasear y bañarse.