Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 23
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Capítulo 23

Alba

Y era mi turno de contarle mi historia, y lo hice; me abrí a ella como si la conociera de toda la vida, al igual que había hecho conmigo.

En ese momento entendí una cosa: era mucho más fácil abrirse a una persona desconocida, de la que, si te juzgaba, no te importaba su opinión, o al menos no tanto como si quien te escucha es alguien a quien le tienes cariño.

—Chica, la mujer de tu padre es como la madrastra de los cuentos.

—Uy, qué va, es mucho peor.

—No entiendo cómo un hombre puede cambiar tanto por la influencia de una mujer.

—Pues lo hacen, créeme, porque lo he sufrido y lo sigo sufriendo en mis propias carnes.

—Aunque tu suegra tampoco se queda atrás.

—Esa sí que es mala. Una persona que tiene buen corazón no le hace esas cosas a un hijo para beneficiar al otro.

Así, entre charla y baños en el mar, se nos vino la hora encima y decidimos que nos quedaríamos allí mismo, en el chiringuito que había en la playa, y en el que se servían pescados a la brasa, a cenar juntas.

Le había enviado un mensaje a Raúl para que me dijera dónde me encontraba, pero no obtuve respuesta, por lo que supuse que estaría ocupado todavía.

Alba: Hola, amor, estoy cenando con una amiga en el chiringuito de la playa del complejo; si llegas a casa y no me ves, o si te apetece cuando termines, ven a buscarme. Te quiero.

Me quedé durante unos minutos mirando el teléfono, como si por hacer eso me fuera a contestar antes, pero al ver que aparecían las dos señalitas de que lo había recibido, pero no en azul, que significaría que lo había visto, lo volví a guardar en el bolso y me centré en mi amiga.

—Los hombres, cuando están consumidos por el trabajo, no le prestan la menor atención al móvil, amiga.

—Lo sé, por eso no le doy la mayor importancia al asunto.

—Es lo mejor, sobre todo si ya te han avisado de ello.

—Pues sí, ahora nos toca disfrutar de la cena, en compañía de una nueva amistad que espero que sea para mucho tiempo.

—Para mucho tiempo, no. Será para siempre, te lo aseguro. Por cierto, antes de irnos, vamos a intercambiar los números de teléfono para cuando estemos en la península.

—Eso, que tenemos que quedar para tomar un café o una cervecita, lo que más te apetezca y depende de la hora en la que quedemos.

—Por supuesto, pero sin alcohol, amiga, que me pongo malísima.

Ambas empezamos a reírnos mientras nos acomodábamos en una de las mesas. Lo cierto era que todo el mundo iba demasiado arreglado cuando nosotras dos llevábamos la misma ropa que habíamos utilizado en la playa, con bikini incluido.

Todos nos miraban como por encima del hombro, como si fuéramos menos que ellos, pero a nosotras nos daba igual; no estábamos allí para buscar el beneplácito de nadie: mucha gente que no conocíamos.

Miré la hora y eran más de las doce y media de la noche, y me extrañó que Raúl no me hubiera escrito o llamado todavía, por lo que cogí el móvil para ver si había visto el mensaje, pero me encontré con una gran sorpresa, pues tenía en mi teléfono un mensaje de un número desconocido.

Mi primera impresión fue que Raúl había perdido el móvil y me estaba escribiendo desde el teléfono de alguno de los empleados del hotel para advertirme de lo sucedido, pero no, me equivoqué, de todas, todas.

Abrí el mensaje y lo que me encontré ahí no era ni por asomo nada de eso.

Era una serie de imágenes de Raúl y en todas aparecía con esa mujer.

Primero, en su despacho, en actitud más que cariñosa; luego, en el restaurante del complejo; y, por último, entrando con ella en la villa de Cuca, lo hacían abrazados.

Mi rostro tuvo que sufrir un cambio evidente, pues Sofía, al fijarse en mí, dejó de bromear y se levantó para sentarse en la silla que había a mi lado. Se fijó en lo que mostraba el móvil, pero no me preguntó; tan solo me dio un abrazo.

—Tengo que echarle huevos al asunto y ver qué es lo que está sucediendo ahí.

—Yo te acompaño, amiga. Te aseguro que no hay nada más duro, pero también más revelador, que verlo con tus propios ojos.

—Gracias, Sofía. Jamás pensé verme tan arropada por una persona desconocida.

—Uy, después de todas las revelaciones que te he contado de mi vida, me conoces mejor que mi propia madre.

Me gustaba mucho la manera de ser de Sofía, que se parecía muchísimo a la de Chicky, buscando siempre el lado cómico en todo, por mucho que doliera lo que estaba viviendo, y la admiraba, porque yo, en este preciso instante, no podía ni siquiera pensar en nada más que la traición que tenía delante de mis ojos.

Me fijé bien en la villa, incluso amplié la imagen para que se viera bien el número y poder ir a tiro hecho. Ya sabíamos cuál era y Sofía sabía el lugar exacto en el que se encontraba, ya que estaba justo al lado de la suya, y eso facilitó mucho las cosas.

El trayecto hasta allí se me hizo eterno y, una vez que estuve delante de la puerta, casi me doy la vuelta y me voy a la mía, a esperar a que llegara Raúl y me diera las explicaciones pertinentes, pero algo me decía que no lo hiciera.

—Lamento que te veas envuelta en todo esto, Sofía.

—No digas tonterías, Alba. Estoy aquí porque quiero; nadie me está obligando a hacerlo.

—Voy a llamar al timbre.

—Déjame a mí; tu voz la puede reconocer, mientras que a mí no me conoce de nada.

—Tienes razón. Si quiero saber la verdad, no pueden descubrirme.

Llamamos al timbre y esperamos a que nos contestara alguien y lo hizo Raúl. Os prometo que casi se me cae el mundo encima, pues, hasta este momento, pensaba que se trataba de uno de esos montajes que se hacían por inteligencia artificial.

—Servicio de habitaciones, le traemos el champán que han pedido.

—Perfecto, déjelo a la entrada, yo mismo saldré a cogerlo más tarde.

—Está bien, como usted desee.

Se escuchó la apertura de la puerta, y entramos, quedándonos escondidas en un lateral, de manera que no nos pudieran ver desde el interior de la casa.

Sofía había sido muy precavida y, antes de acudir allí, le dijo a uno de los camareros que dejara una botella de champán en una cubitera en la entrada de su villa, por lo que no nos costó mucho llevarla hasta la de Cuca.

Raúl, al ver que la cubitera estaba allí pero no había rastro de nadie, salió de la casa tan solo con el bóxer puesto, pero lo que no esperaba es que yo saliera de donde estaba, dispuesta a enfrentarlo con todas las de la ley.

En cuanto que me vio, su cara se puso blanca como la pared, e intentó decirme esa frase tan manida que todos los infieles dicen, pero no se lo permití, no podía.

—No vayas a decir que esto no es lo que parece, no insultes a mi inteligencia.

—Alba, de verdad que no ha pasado nada.

—Sí que ha pasado, independientemente de que te hayas acostado con ella o no, me has mentido.

—No te he mentido.

—Ah, ¿no? ¿Cómo le llamas entonces a decirme que estabas trabajando cuando te encontrabas con ella?

—Es trabajo.

—Claro que sí, lo que pasa es que, como tenías tanto calor, en vez de poner el aire acondicionado, has preferido quedarte en ropa interior.

Agachó la cabeza; tenía todas las pruebas y, si él había decidido hacerme daño a mí, yo también se lo haría a él, que supiera lo que era en sus propias carnes, y no solo con palabras, que lo haría con hechos.

—Tanto miedo no tendrías a perderme cuando haces estas cosas. A lo mejor todo tu entorno tenía razón; no eras el hombre que yo me imaginaba que eras.

—Alba, por favor…

—No, no hay más favores. Lo siento, pero ahí te quedas; no vuelvas a buscarme nunca, jamás. Lo nuestro se ha terminado casi antes de empezar.

Me giré y me dirigí a la puerta, justo cuando salía esa mujer con una bata de lo más insinuante, preguntando por qué tardaba tanto en entrar. Pero no me iba a quedar de brazos cruzados; buscaría a ese hombre, a su marido, y le contaría todo lo que hacía su mujer.

Sin saberlo, ella misma me había dado el arma para que destruyera su vida, al igual que ella había destruido la mía. Podéis pensar que era una persona vengativa, y me da igual, porque lo mismo lo era, pero, en estos momentos, sentía tanta rabia y tanto dolor que me daba igual quién cayera conmigo.

Sofía me acompañó hasta la villa en la que me alojaba con Raúl, en la que recogí todas mis cosas y me marché con ella a la suya. Una vez que estuvimos en el jardín, cogí mi móvil y me puse a buscar un vuelo para la península, pero me lo pensé mejor.

—¿Qué estás haciendo?

—Estoy buscando al marido de esa mujer.

—¿Está casada?

—Sí, con un hombre de lo más atractivo y adinerado, que vive ajeno a lo que hace su mujer.

—Se lo vas a contar y no es una pregunta.

—Por supuesto que se lo voy a contar, pero lo haré delante de ella y aquí, en este complejo.

—Chica, soy tu fan número uno.

—Pues ayúdame a localizarlo, anda.

Estuvimos un buen rato buscando por todas partes y no había manera de dar con su número de teléfono, como era normal, por otro lado. Por eso, y dejando mi orgullo a un lado, llamé a mi padre, quizás él tuviera su teléfono o me pudiera decir algo.

—Alba, ¿estás bien?

—Sí, papá, estoy perfectamente. Te llamaba para pedirte algo.

—Dime, si está en mi mano, lo haré.

—Gracias.

Le expliqué una historia que me inventé, en la que el señor Santisteban se había dejado un documento importante y que no tenía forma de localizarlo. Mi padre me dijo que lo conocía, que habían hecho un par de negocios juntos, pero que no me facilitaría su teléfono sin su consentimiento.

—Papá, por favor, pregúntale y dile que es algo importante; tengo que mostrarle algo que quizás no sepa.

—Dame un par de minutos, a ver si lo puedo localizar. En cuanto que lo haga, te lo haré saber.

—Gracias, papá.

Sabía que mi padre estaba solo porque, si estuviera Macarena a su lado, no estaría tan dispuesto como estaba; le tendría que pedir permiso a ella.

No sé el tiempo que transcurrió, pero en el momento en el que sentí mi móvil vibrar y vi que mi padre me había enviado el contacto, respiré con tranquilidad.

—¿Qué vas a hacer?

—Llamarlo y quedar con él aquí, en el complejo.

—Tienes un par de ovarios, amiga.

—Todavía no lo he conseguido, así que no cantes victoria. Si no lo consigo hablando, le enviaré las fotos para que lo compruebe con sus propios medios.

—¿Y si son una pareja abierta?

—Pues, entonces, me tragaré mis palabras y le pediré perdón, pero por la cara que ella puso el otro día, te aseguro que su marido no sabe nada de las prácticas sexuales de su querida esposa.

Marqué el número de teléfono que me había dado mi padre y en el que me contestó un hombre con una voz preciosa, que me reconoció al instante, en cuanto le dije mi nombre.

Le expliqué que tenía que hablar de algo con él, de carácter urgente, y que tenía que ser cara a cara, por lo que quedamos al día siguiente a las nueve de la mañana en la cafetería del complejo en el que estaba alojada.