Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 22
51%

Capítulo 22

Alba

A eso de las tres de la tarde, recibí una llamada de Raúl para decirme que estaba muy ocupado y que no sabía a qué hora terminaría, por lo que tendría que comer sola, y eso, aunque estaba dentro de las posibilidades, no me gustaba mucho.

—Lo siento, cariño, pero esto está siendo mucho más difícil de lo que pensaba y no puedo dejarlo así.

—No te preocupes, cenamos juntos y listo.

—Ese es el problema: que no sé cuánto tiempo más me llevará esto y no sé si estaré allí para la cena.

—Bueno, al menos espero que vengas a dormir.

—Hombre, claro, no me perdería oírte roncar por nada del mundo.

—Oye, que yo no ronco.

—No, tú sueñas que eres una moto, que queda más elegante.

Ambos reímos mientras nos despedíamos y me instaba a que saliera sin él si me apetecía. Lo cierto es que quería visitar el Teide y el Loro Parque, aunque no quería hacerlo sola, ni mucho menos a esas horas, por lo que decidí quedarme en la villa, en plan tranquilo.

En esta ocasión, después de prepararme un par de bocadillos con lo que me quedó del desayuno, y de coger una botella de agua de la nevera, decidí marcharme a la playa, pero no a la privada, sino a la que iba todo el mundo que estaba alojado en el hotel.

Me apetecía ver a más gente, socializar un poquito, aunque les pedía a todos los santos que no me tuviera que cruzar de nuevo con esa mujer otra vez, porque no sabía cómo podía reaccionar ni ella ni yo, dicho sea de paso.

Llegué a la playa y le pregunté al chico en qué hamaca me podía instalar, señalándome unas cuantas que estaban libres.

Miré a mi alrededor porque no quería situarme al lado de ningún hombre que pudiera malinterpretar mis gestos; por eso, me situé al lado de una chica que tenía pinta de ser muy simpática.

—Hola, soy Alba. ¿Te importa que me instale en esta hamaca?

—Hola, yo soy Sofía. Encantada. Puedes instalarte donde gustes; no tengo ningún problema; es más, te lo agradecería inmensamente.

—Entonces, me siento aquí, donde estaré más cómoda.

—Veo que buscas lo mismo que yo.

—Pues no sé qué es lo que estás buscando tú, pero yo lo único que quiero es tranquilidad y, ya de paso, conversar con alguien sin sentirme observada o analizada.

—Bienvenida, amiga, porque es justo lo que yo quiero.

Nos pedimos unos cócteles sin alcohol, pues a ninguna nos apetecía beber nada que pudiera alterar nuestros sentidos. Mientras que nos lo tomábamos, empezamos a hablar de nuestras vidas algo más en profundidad.

Sofía me contó que esas vacaciones las debería de estar disfrutando con el que había sido su pareja hasta hacía tan solo unas semanas, y al que cogió en su propia cama con la que había sido su mejor amiga, una que conocía desde que iban a primaria, y de la que no sospechaba nada.

—¿Sabes la cara de tonta que se me quedó cuando descubrí el pastel?

—Pues no, aunque me la puedo imaginar.

—Sobre todo cuando llevaba unos meses diciéndole que veía a Carlos muy raro, que se escondía en el baño con el móvil, como si no quisiera que viera o escuchara algo.

—¿Se lo contaste a ella?

—Sí, y ella siempre me decía lo mismo, que eran alucinaciones mías, que mi chico estaba locamente enamorado de mí y que, ojalá, y ella encontrara a un hombre como él, que la tuviera entre palmitos.

—Tan igualito era que se quedó con el original.

—Claro, pero yo debía seguir estando en la inopia.

—¿Eso por qué?

—Porque me estaban viendo como un cajero automático. Carlos acaba de emprender un negocio y, mientras no daba frutos, era mi dinero el que costeaba todo, incluidos los regalos que le hacía a ella.

—¿Perdona? ¿Pagaba sus regalos con el dinero de tu cuenta?

—Tal y como estás oyendo. Ese día llegué antes a mi casa y lo hice a propósito, después de una llamada del banco.

—Tienes que explicarme eso, de verdad, porque es para escribir un libro.

—No te creas que no me lo planteo.

—Sería un superventas, te lo prometo.

—Desde hacía unos meses, yo dejé firmado en el banco que, cuando se gastara más de quinientos euros con cualquiera de las dos tarjetas asociadas a la cuenta, que me avisaran.

—Y se hizo un cargo superior.

—Exactamente, y mi gestora me llamó. Se había realizado una compra de setecientos euros en una famosa joyería de la zona. Ilusa de mí, pensé que, por fin, y después de tanto tiempo juntos, me iba a pedir matrimonio.

—¡No!

—Sí, y me fui a mi casa para preparar una cena especial, por si era esa misma noche. Ni siquiera me importó que el anillo se comprara con mi dinero, porque yo juraba que era un anillo para mí.

—Te prometo que me estás dejando sin palabras.

—Pues todavía hay más, en cuanto que abrí la puerta, empecé a escuchar como gemidos, y fíjate si soy gilipollas que pensé que estaba haciendo deporte.

—Hombre, deporte estaba haciendo, solo que de otro tipo.

—También tienes razón.

A estas alturas de la película, ambas reíamos a carcajadas porque, aunque la escena tuvo que ser tremenda, Sofía lo contaba de una manera que era imposible no reírse; hasta ella misma lo decía.

Al final, no fue un anillo, sino una pulsera para esa mujer que estaba en la cama con él y que ni siquiera se dignó a dejar lo que estaba haciendo.

Sofía, automáticamente, le dijo que tenía media hora para recoger sus cosas y salir de allí.

Él, pensando que su amante lo metería en su casa, se quedó en la calle porque eso no sucedió, y ahora no paraba de llamarla para pedirle perdón, para decirle que no significaba nada, pero para mi nueva amiga sí que significó, una traición como la copa de un pino.