Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 21
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Capítulo 21

Alba

Nos dimos una ducha juntos, pero en la que no pasó nada, entre otras cosas porque no podíamos con nuestros cuerpos; el agotamiento había hecho acto de presencia, pero en la que no faltaron ni los besos ni las caricias para ninguno de los dos.

Nos dejamos caer en la cama, tan solo con la ropa interior, en mi caso con la braguita y en el suyo con el bóxer, con mi cabeza reposando en su pecho, mientras que su brazo me acariciaba en la espalda, que era algo que me encantaba.

—¿Cómo se te ha ocurrido enfrentarte de ese modo a Cuca?

—Porque era lo que necesitaba: que alguien le parara los pies.

—Pero lo que no entiendo es una cosa. ¿De qué conoces a su marido? Porque yo lo he visto con ella y no lo conozco de nada, y ya sabes que tu padre y los míos tienen la mayoría de los amigos en común.

—Es que no lo conozco de nada; me lo he sacado de la manga, pero eso ella no lo sabe. Al igual que lo de la prensa, que también es mentira.

Raúl me miró y soltó una carcajada porque no se esperaba esa respuesta por mi parte, y me apretó más a él, besándome en la cabeza, pero sin dejar de reír, y esa complicidad me gustó muchísimo.

—¿Sabes que eres única, Alba?

—Estaría bueno que hubiera dos como yo. Terminaría a todo el mundo loco, te lo aseguro.

—Loco, pero por ti, porque no puedes ser más bonita y luchadora que tú, porque no se pueden tener las ideas más claras y actuar en consecuencia.

—Eso siempre intento ser coherente con relación a mis pensamientos y mi manera de actuar. No entiendo a esas personas que dicen una cosa y hacen otra completamente diferente.

Entre conversaciones y risas, nos quedamos dormidos. Cuando me desperté, estaba sola en la cama, pues Raúl se había marchado muy temprano para el despacho, ya que tenía que empezar con las entrevistas de los posibles candidatos.

Según él, no había ninguno que tuviera el suficiente conocimiento del hotel como para ocupar ese puesto, y se me ocurrió algo que le comenté en esa conversación que tuvimos antes de dormir.

Independientemente de que entrevistara a los seleccionados, también podría hacer lo mismo con varios de los empleados del hotel.

Entendedme, no le estaba sugiriendo que cogiera a uno de los camareros y lo pusiera a dirigir el hotel, porque, probablemente no daría pie con bola al no estar acostumbrado, pero sí que podía hacerlo con varios de los encargados, de los que hacían trámites administrativos a diario.

Me levanté de la cama, me di una ducha y me planté el bikini para meterme en la piscina. Hoy no me apetecía salir de la villa y por eso ordené que me trajeran el desayuno allí, y lo mismo haría con la comida, a no ser que Raúl terminara temprano y pudiéramos comer juntos.

Cogí mi móvil y llamé a Chicky, a la que le enseñé la villa por videollamada, aprovechando que no había nadie en la oficina, y os podéis imaginar su reacción ante semejante preciosidad.

—Ahora mismo estoy llamando a Daniel para decirle que quiero que me lleve allí.

—Amiga, será mejor que elijas otro de los hoteles, porque aquí hay una moscona y de las grandes.

—Explícamelo, porque no lo entiendo.

—Se llama Cuca y es la esposa de un ricachón, de esas a las que les importa poco todo mientras que se salga con la suya.

—¿Has tenido problemas con ella?

—Pues sí, pero ya le he parado los pies; te aseguro que no se va a acercar más a Raúl…

Le expliqué todo y, de la boquita de mi amiga, salió todo tipo de improperios, dirigidos todos a esa mujer, por supuesto. Pero no pensaba permitir que eso me agobiara o me fastidiara mis vacaciones y cambié el tema de conversación de manera inmediata.

Nos centramos en Chicky y en la manera en la que Daniel se le había declarado la noche anterior, hasta el punto de que, desde ese momento, no se habían vuelto a separar, quedando en ir a dormir a su casa y en comer juntos al mediodía.

—Chicky, no vayas a comer hasta tu casa, o no podrás descansar nada. Quédate arriba; ya sabes que por mí no hay problemas.

—No pienso descansar, aunque te agradezco el tiempo extra que me vas a proporcionar para disfrutar de mi chico.

Mi amiga levantaba repetidamente las cejas, haciéndome ver cuáles eran sus verdaderas intenciones, mientras que a mí me salía una carcajada de lo más profundo de mis entrañas, hasta el punto de que casi me ahogaba.

Estaba en esa conversación cuando llamaron a la puerta de la villa.

Era el servicio que me traía el desayuno.

Me despedí de ella en cuanto tuve el desayuno delante, del que podían comer más de tres personas. ¡Qué barbaridad, cuánta cantidad de comida! Vale que yo era de comer, pero no podría con eso, ni loca.

Me dejaron allí un carrito con casi de todo. En él había una jarra de zumo de naranja recién exprimido; también había tostadas, porciones individuales de aceite de oliva, mermelada y guacamole, así como huevos cocidos, revueltos, lonchas de pavo y jamón serrano y una amplia gama de fruta cortada.

Lo tenía claro, entre otras cosas porque no me gustaba tirar la comida; con eso tendría para el desayuno, sí, pero lo que sobrara me lo comería a la hora de la comida. No pediría nada más porque sería un auténtico desperdicio.

Me senté a la sombrita en el jardín y me dispuse a desayunar, pero no pude ni con la mitad de lo que me habían traído, así que volví a poner la tapa de aluminio para que se conservara y me lancé al agua de la piscina, para, a continuación, tumbarme en una de las hamacas a tomar el sol.