Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 20
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Capítulo 20

Alba

No me esperaba que Raúl me fuera a hacer caso y pregonara a los cuatro vientos su amor por mí, y me gustó mucho; no lo voy a negar. Pero había algo que no pensaba dejar pasar por alto y era la prepotencia de esa mujer.

Lo que ninguno de los dos sabía era que, mientras que me disponía a dar el paseo por la playa, le pregunté a uno de los empleados de quién se trataba esa mujer, y el chivato de internet me dijo todo lo que me faltaba por saber; por eso, sabía cuál era su punto débil y lo iba a atacar directamente.

En el momento en el que Raúl se bajó del estrado, encaminé mis pasos hasta donde estaba esa mujer, con una seguridad que no me creía ni yo, pero que, a todas luces, parecía que iba innata conmigo, y lo iba a aprovechar.

—Buenas noches, señora Cuca, señora de Alfredo Santisteban, amigo de mi padre, por cierto.

—¿Y tú eres?

—Yo soy la mujer que te va a poner las cosas claras. Conozco a Alfredo desde hace muchos años y, si no quieres que se entere de todo lo que hace su mujercita a sus espaldas, será mejor que nos dejes en paz, tanto a Raúl como a mí.

—¿Me estás amenazando? Porque no creo que tengas la osadía de hacer algo así.

—No, te estoy advirtiendo. Pero también quiero que sepas algo: si a mí me sucede cualquier cosa, aunque sea un resbalón en el filo de la piscina, la prensa ya está avisada y saldrá a la luz todo lo que haces. ¿Estás dispuesta a perder tu nivel de vida por un polvo?

Cuca me miró completamente aterrada, lo que provocó que una sonrisa asomara de mis labios. Era una sonrisa de satisfacción, de saber que todo había salido tal y como lo había planeado.

En mi puñetera vida había oído hablar de ese hombre, pero eso ella no lo sabía. Ni era amigo de mi padre ni lo había tenido por delante en mi vida; me había marcado un farol en toda regla y esperaba que no se volviera en mi contra, la verdad.

Después de decirle eso, me giré, con la clara intención de marcharme a mi villa, pues, aunque no había cenado, el estómago se me había cerrado, y lo único que me apetecía ahora mismo era quitarme ese vestido mojado, que me estaba resultando de lo más incómodo, y darme una ducha.

Raúl, que vio mis intenciones, ni siquiera se despidió de ella, sino que cogió mi mano y salimos de allí, de la manera más digna que pudimos, teniendo en cuenta cómo llevábamos la ropa. Cuando dejamos atrás el restaurante y nos fijamos en nuestras pintas, ambos soltamos una carcajada.

—Quiero bañarme en el mar, contigo, ahora.

—Yo tenía pensado darme una ducha o meterme en la piscina, pero ese plan también me gusta.

—Entonces, no se hable más. Vayamos a la playa de la villa, pues quiero que lo hagamos completamente desnudos.

Imaginar la situación hizo que me mojara más de lo que ya estaba, por lo que aceleré el paso, queriendo llegar a la villa lo antes posible y poder llevar a cabo los planes que tenía mi chico.

Ni cinco minutos después, ya estábamos los dos en el interior, despojándonos de la ropa mientras que nos besábamos como si no hubiera un mañana.

En cuanto nos separamos, salí corriendo hacia nuestro trocito de playa privado, bajando los cuatro o cinco escalones que separaban la villa de la arena, completamente desnuda, y viendo cómo Raúl me seguía, riendo, por la locura que estaba cometiendo.

Me daba igual que nos vieran; estaba haciendo lo que me nacía del corazón, y él se había dado cuenta, y pensaba lo mismo que yo.

Por eso, en cuanto que llegó a mi altura, se lanzó encima de mí, cargándome al hombro y entrando en el mar, mientras que me azotaba las nalgas de una manera de lo más sensual.

Nos sumergimos en el mar, él porque se lanzó conmigo a su hombro, yo, porque no tuve más remedio que hacerlo, aunque lo hubiera hecho del mismo modo, puesto que sabía lo que vendría a continuación, que era un momento de pasión de lo más apetecible.

Pero me equivoqué, porque no lo hicimos en el agua, no al menos de la manera que yo esperaba, sino que me llevó hasta la orilla, donde me posó en la arena, mientras que nos besábamos y me penetraba de una manera dulce, pero no por ello menos pasional.

Mis uñas se clavaron en su espalda; era incontrolable lo que me estaba haciendo sentir. No estábamos follando; no era solo sexo. En ese momento, Raúl y yo estábamos haciéndonos el amor, de la manera más bonita en la que lo había hecho en mi vida.

Ni qué decir tiene que teníamos arena hasta en la foto del DNI, pero nos dio exactamente lo mismo, ya nos la quitaríamos ahora en el mar o, si decidíamos que no queríamos bañarnos más, lo haríamos en la ducha.

En estos momentos lo único que nos importaba era sentirnos de la manera en la que lo estábamos haciendo.

Ambos alcanzamos el orgasmo a la vez, con un grito y unas sacudidas en las que casi se nos descoyunta un miembro, pero mientras que no fuera el que le colgaba entre las piernas y tenía ahora mismo en mi interior, íbamos bien.

Definitivamente no podíamos entrar a la villa de la manera en la que estábamos, por eso, nos decidimos a sumergirnos en el mar, para intentar minimizar los daños ocasionados por la arena, y lo hicimos entre risas puesto que Raúl decía que éramos la viva imagen de dos croquetas antes de entrar en la freidora.

Ni qué decir tiene que lo volvimos a hacer mientras que nos bañábamos en el mar. Un simple roce era suficiente para que ambos saltáramos a los brazos el uno del otro y que se incendiara el ambiente.