Capítulo 19
Raúl
Estábamos en el restaurante, decidiendo qué íbamos a cenar, cuando la vi llegar.
Era Cuca, una de las mujeres más peligrosas que había en toda la isla, y lo decía con conocimiento de causa, pues lo había sufrido en mis propias carnes, cuando se me ocurrió decirle que era uno de los propietarios del hotel.
Para evitar males mayores, y como era una mujer que, a pesar de que se notaba a leguas que sus curvas y pechos eran producto de la cirugía estética, no estaba nada mal, tampoco resultó un sacrificio acostarme con ella cada vez que había venido.
Ignoré a propósito a Alba, pues no quería que se diera cuenta de lo mucho que me importaba ella, o sería capaz de hacer cualquier cosa. Lo comprobé el año anterior, cuando un hombre se tomó la licencia de decirle que no quería acostarse con ella, puesto que estaba felizmente casado.
Dos días después, y disfrazado de un atraco, su mujer sufrió un brutal asalto, en el que casi perdió la vida, obligando a ese hombre a volver a su casa junto a ella, después de permanecer más de dos semanas ingresada, una de ellas en la unidad de cuidados intensivos.
Sabía que Alba se iba a enfadar, pero lo primero era su seguridad.
Cuca tenía un marido bastante adinerado, pero estaba con ella para lucirla como si fuera un trofeo, sin pensar en lo que ella quería o necesitaba.
Por su parte, ella, con tal de que la agasajara con lo que se le antojaba y tuviera toda clase de lujos, le daba igual con quién estuviera o con quién se acostara.
Me había dado cuenta de que Alba se había levantado y se había marchado a la playa, pero hice como si no me importara.
Aproveché un momento en el que Cuca se levantó de la mesa para ir al baño, para llamarla, pues estaba preocupado, ya que no había visto para dónde había ido, pero esa llamada, lejos de tranquilizarme, me dejó todavía más preocupado.
—Alba, ¿dónde estás?
—Dando un paseo.
—¿Por qué no me has dicho nada?
—Porque no me ha dado la gana. Sigue con tu amiguita, que se te veía muy a gusto.
Ese último comentario me provocó dos tipos de sentimientos. Por un lado, me gustaba mucho ese punto celoso que había dejado salir, porque me demostraba que le gustaba y que lo que me había dicho esa tarde en la villa era cierto.
Pero, por otro lado, sabía que estaba molesta y dolida, y eso no me gustó nada. Intenté convencerla de que no era lo que estaba pensando, pero ni siquiera me escuchó; me dejó hablando solo, pues me cortó la llamada, justo en el momento en el que Cuca volvía a mi lado.
—Me temo que tengo que marcharme, Cuca.
—¿Tu acompañante te reclama?
—Para nada, Alba es una ayudante y, como has podido comprobar, ella sigue sus propias reglas.
—Así que se llama Alba.
—No te atrevas a hacerle nada, Cuca, porque te las tendrás que ver conmigo.
—Pues, si no quieres que eso suceda, ya sabes lo que tienes que hacer. Te espero en mi villa dentro de dos horas y espero que me hagas gritar de placer tanto como la última vez.
—Eso no va a pasar; tengo trabajo pendiente y no puedo perder el tiempo.
—Tú sabrás lo que tiene prioridad para ti. Tan solo te digo que mi marido no estará en toda la semana…
Se dio media vuelta y se marchó, llevándose con ella las miradas y las atenciones de todos los hombres que estaban allí esa noche, todas menos la mía, que tenía como prioridad encontrar a Alba. Como me había dicho que estaba paseando por la playa, tan solo tenía que seguir su rastro.
La encontré más de media hora después, sentada en la orilla, sin importarle que su vestido se estuviera mojando.
Tenía las rodillas pegadas a su pecho, con las piernas encogidas y su barbilla descansando en ellas, mientras que miraba al mar.
Esa imagen me llegó al alma, pues sabía, sin acercarme a ella, que se estaba preguntando qué era lo que había pasado.
No le dije nada, sino que me senté a su lado, sin importarme que mi pantalón corriera la misma suerte que su vestido. Esperé a que ella me hablara para explicarle todo; tenía que contarle el peligro que corría y que ella decidiera si quería permanecer allí o volver a casa.
—¿Quién es esa mujer, Raúl?
—Esa es la mujer más peligrosa de toda la isla.
—¿Cómo has dicho?
—Lo que has oído. Cuca, que así se llama, no duda en hacer lo que sea necesario para conseguir lo que quiere, así tenga que cometer un delito.
Le hice entender mi postura porque no la había presentado ni la había incluido en la conversación, así como la amenaza que había lanzado, de manera velada, o no tan velada, sobre ella y lo que quería. Pero también tenía que tener claro que no me iba a acostar con ella.
—Ahora, eres tú la que decide si quieres volver a casa o quedarte aquí, pero con mil ojos.
—Si piensas que esa mujer me va a arruinar las vacaciones, es porque todavía no me conoces bien.
—No la subestimes, Alba; no te puedes imaginar lo que es capaz de hacer.
—¿Acaso sabes de lo que soy capaz yo?
—¿Qué piensas hacer?
—Tener unas palabritas con esa señora, que parece que todavía no ha encontrado a nadie que le plantee cara.
—No hagas una locura, por favor. Incluso le he dicho que eras una ayudante, a ver si así lograba que desviara su atención hacia ti.
—¿Tu ayudante? ¿Así es como quieres que me comporte contigo?
—No he dicho eso; no pongas palabras en mi boca que no he pronunciado.
—De verdad que no te entiendo. Hace tan solo unas horas me decías que tenía miedo de perderme. Y ahora, le dices a esa mujer que soy tu ayudante…
—Pero lo he hecho para protegerte.
—Llevo desde los quince años cuidándome sola; te aseguro que lo que menos necesito es protección, sino cariño, el amor de un hombre al que no le importe que todo el mundo lo sepa.
—¿Eso es lo que quieres para asegurarte de mi amor?
—Pues mira, sí, es lo que necesito.
La cogí de la mano y me la llevé hasta el restaurante, en el que continuaba la fiesta y donde se encontraban casi todos los huéspedes del complejo, además de Cuca, que seguía en la barra, con una copa de champán y buscando a su siguiente víctima.
Me fui hasta el chico que estaba poniendo la música, que me reconoció al instante, y le pedí el micrófono prestado, el cual puso de inmediato en mis manos con una sonrisa y un tanto nervioso, pues le dije que tenía que comunicar algo importante.
Alba me miraba desde abajo, como si no terminara de creerse lo que estaba a punto de hacer.
—Señores, disculpen la intromisión, pero quería comunicaros algo importante.
Todo el mundo me prestó atención de inmediato, incluida Cuca, que me miraba de manera un tanto recelosa, sin saber si sonreír y disimular su cabreo o dejar que este saliera a la luz, sin importarle que llegara a oídos de su marido.
—Hasta hace unos meses, era considerado como el soltero de oro, ese al que todas, o casi todas, las mujeres querían cazar. Pues, lo siento por todas y cada una de ellas, pero ya me han cazado y quiero que todos las conozcáis. Se llama Alba y es mi novia.
Le hice un gesto para que subiera al pequeño estrado en el que yo me encontraba, que era desde donde el DJ ponía la música. Soltó una carcajada y, a mí, ese simple gesto me pintó una sonrisa en los labios, pues sabía que me había perdonado al instante.
Alba subió, ayudada por mí, pues su vestido, al igual que mis pantalones, estaba completamente mojado. La acerqué a mí y le planté un beso que dejaba muy pocas dudas en el aire sobre mis sentimientos, por no decir que no dejó ninguna.
Me fijé en cómo Cuca apretaba los dientes y me miraba desafiante, pero lo que no esperaba fue lo que hizo Alba a continuación, nada más bajarse del estrado. Me soltó de la mano y se dirigió hasta donde se encontraba ella, con paso decidido y una seguridad que no le había visto en mi vida.
Se plantó delante de ella y, sin importarle que nadie pudiera oír lo que iba a decir, se dirigió a Cuca y le habló de manera tajante, dejándonos a todos con las piernas colgando, como se suele decir, sobre todo a mí, que sabía que todo lo que estaba diciendo era mentira, lo que hizo que a ella le cambiara la cara, de la prepotencia al más absoluto terror.