Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 18
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Capítulo 18

Alba

Entramos en la villa dispuestos a todo; queríamos dejar que la pasión nos consumiera, y eso tan solo podía ocurrir en la intimidad. Habíamos dejado atrás todo lo sucedido con su madre y con su hermano; no queríamos que nada empañara ese instante, nuestro momento.

Hacía muchísimo calor y, por eso, en cuanto ambos estuvimos desnudos por completo, Raúl me cogió en brazos y se lanzó a la piscina conmigo, pero sin dejar de besarme ni de tocarme por todo mi cuerpo, encendiéndome todavía más, si es que eso era posible.

Me arrinconó en una de las paredes de la piscina, concretamente la que daba a la playa, y llevó sus manos a mi sexo, mientras que con su boca lamía y mordisqueaba mis pechos, volviéndome completamente loca de placer.

—Eres absolutamente deliciosa, Alba.

—Y tú eres un auténtico gurú del placer.

—Córrete, mi niña, hazlo, quiero sentir tu placer en mis dedos.

Con tan solo estas palabras, mi cuerpo estalló en un orgasmo devastador. Ni siquiera me dejó recuperarme de eso cuando ya me estaba penetrando, con una certera estocada que me hizo soltar un grito, tanto por la sorpresa como por el placer que sentí en ese momento.

Dentro del agua me manejó a su antojo, girando mi cuerpo cuando le vino en gana, poniéndome de cara a la playa y elevando mis caderas para tener mejor acceso a mi sexo, y penetrándome de nuevo por detrás, sintiéndolo más adentro y haciendo que me retorciera de placer.

En esa postura fue en la que ambos alcanzamos un nuevo orgasmo, que nos hizo temblar y gritar de placer, hasta casi quedarnos sin voz y sin aliento. Siempre me ocurría lo mismo con Raúl; me hacía sentir cosas que ni siquiera sabía que existían.

Una vez que nos recuperamos un poquito, cuando nuestra respiración volvió a ser la misma que antes de ese encuentro, decidimos salir de la piscina y tumbarnos en una cama balinesa que había en el jardín y que tenía una mosquitera para poder descansar en ella sin preocuparnos por los bichitos que pudieran acudir.

Lo hicimos completamente desnudos, pues Raúl no me permitió que me pusiera ni siquiera la braguita, al igual que él tampoco se colocó su bóxer. Nos tumbamos en ella, completamente abrazados, con mi cabeza reposando en su pecho y nuestras piernas enredadas.

—¿Eres feliz, Alba?

—Mucho, aunque ya sabes que para que mi felicidad fuera completa, necesitaría tener a mi hermano cerca.

—Todo se andará, y no dudes nunca en que lo conseguirás.

—¿Y tú? ¿Eres feliz?

—A medias.

—¿Cómo que a medias? No te entiendo lo que quieres decir.

—Pues que, estoy tan feliz que el miedo no me deja disfrutarlo.

—¿A qué tienes miedo?

—A perderte, a que descubras que no soy suficiente para ti y te decidas por mi hermano.

—Eso no va a suceder nunca. En primer lugar, porque, aunque no te lo haya dicho, estoy completamente enamorada de ti desde que era prácticamente una niña. Y, en segundo lugar, pero no menos importante, porque no me gustan los hombres trepas, como Jacobo.

—¿Es cierto eso que me has dicho?

—Ambas cosas, completamente ciertas.

—Yo también estoy enamorado de ti, Alba. Como tú misma has dicho, desde que era prácticamente un niño, desde el primer día en que te vi, con quince años, en el club de campo.

—Por aquel entonces, mi familia todavía era mi familia.

—El tiempo pondrá todo en su sitio, te lo aseguro.

—Lo malo es que, cuando lo haga, ya sea demasiado tarde.

—¿A qué te refieres?

—A que mi hermano está creciendo mientras oye verdaderas barbaridades sobre mí, y que, en cuanto eso se haga una constante en su vida, terminará por creerlas y no querer saber nada de mí.

—Eso no va a suceder, Alba. Tu hermano es un niño muy inteligente y sabe que lo quieres con todo tu ser.

—Pero todo cambia, amor…

—¿Cómo me has llamado?

—Lo siento, yo no quería…

—Sí, querías y no tienes que sentir nada, porque yo estoy encantado de que lo hayas hecho.

—Entonces, te he llamado amor.

—¿Soy tu amor?

—Sí, y siempre lo serás.

Raúl me miró a los ojos mientras que se dirigía a mis labios, esos que empezó a besar.

Fue un beso tierno que, poco a poco, empezó a calentarnos la sangre, hasta el punto de que nos volvimos a enredar.

Sentir su boca por todo mi cuerpo, su lengua saboreándome desde el cuello hasta el dedo gordo de los pies, fue la sensación más intensa que había tenido en mi vida.

Sin darnos cuenta, la noche se nos echó encima, entre charlas trascendentales para nosotros y gestos de cariño que nos llevaban al mayor de los placeres, y decidimos darnos una ducha para ir a cenar al restaurante de la playa, en el que esa noche iban a hacer una barbacoa y una fiesta.

Para esa ocasión, elegí un vestido de color blanco, tipo ibicenco, largo, que dejaba toda mi espalda al descubierto.

Era más corto por delante que por detrás, dándole un toque asimétrico y algo más desenfadado.

Lo combiné con unas sandalias planas que iban formando como una enredadera a lo largo de mi pie y mi tobillo.

Mi pelo lo recogí en una coleta alta, me apliqué máscara de pestañas y brillo labial, y me puse unos pendientes de oro heredados de mi madre, que formaban dos florecitas que subían por la oreja. Macarena había querido despojarme de ellos, pero mi padre no se lo permitió, gracias a Dios.

Cuando salí al jardín, me encontré con un Raúl de lo más increíble. Llevaba un pantalón de lino en color verde militar, pero mucho más clarito, y una camisa del mismo tejido en color blanco, cuyas mangas estaban recogidas hasta el codo, y unas zapatillas de esparto a rayas de los mismos colores.

—No se puede estar más bonita que tú.

—Chaval, que tú tampoco estás nada mal. Al final, me voy a tener que dedicar a espantarte a las moscas durante toda la noche.

—Me parece a mí que va a ser al revés.

—Bueno, ya lo veremos.

Nos fuimos dando un paseo, agarrados de la mano, hasta llegar a aquella parte del complejo que ya estaba repleta de gente. Por suerte, Raúl había llamado en cuanto nos decidimos por el plan y había dejado reservada una mesa en la misma arena, que me encantó.

Estábamos hablando de lo que haría mañana, pues él tenía que empezar con las entrevistas de los seleccionados, cuando una mujer demasiado explosiva para mi gusto se acercó a nosotros.

Lo hizo con una cercanía y una familiaridad con respecto a Raúl que, tengo que reconocer, me chocaron mucho, sobre todo estando yo delante.

—Pero bueno, si está aquí el soltero de oro. ¿Pasarás esta noche a verme?

—Hola, Cuca. ¿Qué tal todo?

—Ahora que estás aquí, mucho mejor.

—No creo que sea para tanto, la verdad.

—¿Me puedo acoplar a cenar contigo? Es que no tengo mesa y no me gusta esperar.

—Por supuesto, siéntate donde quieras.

Me jodió muchísimo la actitud de Raúl, y no porque se sentara con nosotros, sino porque en ningún momento le paró los pies.

Estaba encantado con las atenciones que esa mujer le estaba ofreciendo.

Era como si yo fuera la convidada de piedra, pues ni siquiera hizo el intento de presentarme e incluirme en la conversación.

Mi teléfono sonó en ese momento: era un mensaje de Chicky para contarme que Daniel había ido a buscarla, sin avisar, a la salida del trabajo, y que iban a pasar la noche cenando en su casa.

No quise decirle nada de lo que estaba pasando, para no arruinarle la noche, pero lo cierto era que estaba que echaba humo por las orejas.

En un determinado momento, y sin decirle nada a nadie, me levanté de la silla y me fui a la orilla a pasear.

Raúl ni siquiera me prestó atención, pues no se dio cuenta hasta varios minutos después, en los que me llamó por teléfono.

—Alba, ¿dónde estás?

—Dando un paseo.

—¿Por qué no me has dicho nada?

—Porque no me ha dado la gana. Sigue con tu amiguita, que se te veía muy a gusto.

—No puedo creer que hayas hecho esto por celos.

—No son celos, Raúl. Me has ignorado deliberadamente; ni siquiera me has presentado o te has dirigido a mí en ningún momento de la cena.

—Lo siento, es por la falta de costumbre.

—Pues nada, sigue con tus hábitos, que yo estoy muy tranquila.

Le colgué y, aunque insistió varias veces más, no le contesté. Me senté en la orilla y dejé que el sonido ambiente me envolviera.