Capítulo 17
Alba
Nos encontrábamos en el aeropuerto para viajar a las Islas Canarias, concretamente a Tenerife, donde se encontraba el hotel de mi chico.
Sabía que durante al menos un par de días no podría contar con él hasta la hora de comer, pero me daba igual, pues luego tendríamos todo el tiempo del mundo para nosotros.
—No quiero que, mientras que yo trabajo, te quedes en la habitación esperando a que yo llegue.
—Uy, eso ya lo tenía claro, chaval. Me pienso pasar el día entre la playa y la piscina.
—Eso es precisamente lo que quiero, que disfrutes. Intentaré solucionar todo lo antes posible para que podamos disfrutar juntos del resto del viaje.
—Por cierto, me ha llamado Salva; ya ha presentado medidas cautelares para que pueda ver a mi hermano.
—¡Qué buena noticia!
—Pues sí, porque tengo unas ganas enormes de darle un abrazo. Además, le he pedido que investigue lo que me ha dicho tu hermano: que mi padre está arruinado.
—No deberías poner la casa a nombre del niño hasta que no averigües si es cierto que tu padre lo ha perdido todo.
—Por eso mismo se lo he pedido; no quiero que utilicen su patrimonio para salir adelante, que es lo que pretenderán.
—Creo que no es cierto, o mi hermano no tendría tanto interés en seguir con ese acuerdo de matrimonio.
—Eso es lo que más me choca, la verdad.
—¿Y si se lo ha inventado para conseguir que caigas en sus redes?
—No pienso que sea tan idiota; con preguntarle a mi padre, obtendría la respuesta.
—No sería así si se hubieran puesto de acuerdo los dos. Si hubiera convencido a tu padre de que sería lo mejor para ambos.
—¿Crees que mi padre caería tan bajo?
—Si fuera el Alejandro de antes, te diría rotundamente que no, pero teniendo a Macarena a su lado, tan solo faltaría que ella se lo dijera para que cayera en la trampa.
—Tienes razón, por Macarena es capaz de hacer cualquier cosa, hasta echar a su propia hija de la fiesta de cumpleaños de su hermano menor.
Me mantuve un buen rato pensativa porque me dolía tanto que mi padre hubiera cambiado de esa manera tan alarmante que, por primera vez desde que murió mi madre, fui consciente de que estaba sola, al menos en lo que a la familia de sangre se refería.
Por suerte para mí, el piloto nos dijo que nos abrocháramos los cinturones, que estábamos a punto de aterrizar, y eso hizo que se esfumaran todos esos pensamientos de mi cabeza.
Raúl, que se había dado cuenta de mi cambio de actitud, me cogió la mano, apretándola y mostrándome todo su apoyo, por lo que no pude hacer otra cosa que sonreírle.
Ese día no tenía ninguna reunión y, como llegamos poco después de las tres de la tarde, lo que hizo fue avisar al hotel para que nos dejaran la cocina abierta o nos subieran a la habitación en la que nos alojaríamos unos cuantos platos fríos, pero la dirección le indicó que la cocina permanecía abierta hasta las cuatro de la tarde y que nos esperarían a que llegáramos.
Un coche del hotel nos estaba esperando en la puerta y, como tan solo llevábamos un equipaje de mano, no tuvimos que esperar nada y saliendo del aeropuerto minutos después.
El trayecto hasta el hotel no era demasiado largo, pero todavía se me hizo más corto al ver los paisajes tan bonitos que teníamos delante de nuestros ojos.
—Esto es precioso.
—¿No habías venido nunca?
—No, cuando mi madre vivía, a ella no le gustaba viajar; decía que le daba miedo el avión y, en el momento en el que ella ya no estuvo, cuando llegó Macarena a nuestras vidas, ya no era una opción el que yo fuera de vacaciones con ellos.
—Lo entiendo, pero no te preocupes, porque conmigo conocerás todos esos lugares que te quedan por descubrir.
—Chicky y yo sí que hemos viajado mucho, sobre todo desde que terminamos la carrera y abrimos la agencia de viajes, pero nunca en temporada alta, porque es cuando más trabajo tenemos.
Raúl me llevaba cogida de la mano en ese momento y me la apretó, pues quería demostrarme su apoyo y su cariño. No me atrevía a llamarlo amor, no tan pronto, a pesar de que tenía muy claros mis sentimientos hacia él, pero no quería precipitarme.
Si lo que había visto de la isla era precioso, no os podéis imaginar lo que sentí cuando llegamos al hotel.
Una habitación decía que había sido reservada para nosotros, cuando en realidad era una pequeña villa, con una playa a la que se accedía desde la misma casa y con una piscina infinita que nos llamaba a disfrutar de ella.
—Veo que el alojamiento también te gusta.
—¿Estás de coña? Es un sueño. Ahora mismo, en cuanto nos instalemos, le pienso hacer una videollamada a Chicky, porque tengo claro que le va a encantar.
—Eso será más tarde. Ahora, vayamos a comer al restaurante, o el alien que tengo dentro de la barriga terminará por salir de ahí y comerte a ti.
—Tampoco le pondría yo ningún impedimento, oye.
—No me digas esas cosas, porque dejo el hambre a un lado y te juro que no te dejo salir de ahí hasta mañana por la mañana.
Solté una carcajada mientras corría hasta la puerta de la villa, con la intención de llegar al restaurante, pero no me dio tiempo a abrirla cuando ya tenía a Raúl a mi espalda. Me giré para tenerlo cara a cara y, después de mirarnos, nos besamos, haciendo que nuestros cimientos empezaran a temblar.
—Te libras porque nos están esperando y no se marcharán hasta que no lleguemos, puesto que, si no fuera así, ya mismo te encerraría en esa casa y no te dejaría salir hasta que no nos saciáramos el uno al otro.
—Entonces, no podrías acudir a ninguna de las reuniones porque yo nunca tengo suficiente de ti.
Raúl me miró muy fijamente y salió corriendo de la villa, conmigo de la mano. Me fijé en sus pantalones y solté una carcajada porque supe el motivo de esa urgencia que le había entrado: no era otro que la excitación que sentía.
En cuanto llegamos al edificio principal, pude observar bien el hotel, que, más que un hotel, era una especie de pequeño resort.
Tenía varias edificaciones; en la principal, estaban la recepción, los dos tipos de restaurantes y una zona de baño y solárium, con piscina y playa, y varias plantas con habitaciones y suites.
Aparte de eso, y a lo largo de toda la propiedad, había varias villas repartidas; eran de uso muy exclusivo. Por el dineral que costaba alojarse en una de esas villas, la intimidad de los clientes era lo primordial.
No es que estuvieran demasiado lejos unas de otras, pero sí lo suficiente como para que los huéspedes no tuvieran que cruzarse si no querían, y eso era algo que no se encontraba en muchos sitios, sobre todo en una isla tan turística como la isla.
Nos sentamos en el comedor del restaurante, donde Raúl se encargó de encargar la comanda, y yo lo dejé todo en sus manos; no tenía mala boca y, por eso, no podría pegar en lo que me pusieran por delante. Lo único con lo que no podía era con la mantequilla; era más que mis fuerzas.
—¿Te parece bien lo que he pedido o quieres que cambie algo?
—Me parece todo perfecto. Además, con el hambre que tengo, creo que me comería un elefante por los pies.
—Aquí, sería mejor que te comieras un camello.
—También es verdad que es más grande.
—No lo decía por eso, pero bueno, te lo compro.
Raúl había pedido una ensalada de la casa para dos personas, que contenía frutos secos y productos típicos de la isla. Además, también había encargado una ración de patatas con mojo picón y un pescado al horno para cada uno, pues sabía que el pescado me encantaba.
De postre, había pedido un surtido de helados con diferentes tipos de galletas para compartir, y todos y cada uno de ellos estaba delicioso. Creo que, si no se da prisa, no llega a probar ni uno solo, pero, como él decía, era una alegría verme comer.
—Chico, no sé de qué tipo de mujeres te has rodeado hasta ahora, pero la comida no la perdono.
—Pues, precisamente de ese tipo de mujeres, no, más bien todo lo contrario. De las que se comen dos hojas de lechuga y dicen que ya están llenas.
—Lo siento, pero soy una mujer, no un pájaro; la lechuga está bien cuando viene acompañada de algo más contundente, de algún alimento que te llene y no te deje con esa sensación de vacío.
Raúl me miró, sonriente, y, sin pensarlo, me dejó un beso en los labios que me supo a poco; por eso, salimos de allí como si fuéramos dos adolescentes con las hormonas revolucionadas, entre risas y deseando entrar por las puertas de la villa para dejarnos llevar por la pasión.