Capítulo 16
Raúl
Estaba en mi despacho, revisando documentación que tenía pendiente, cuando mi teléfono móvil empezó a sonar. Reconozco que tengo la mala costumbre de contestar sin mirar quién es la persona que llama y, en este caso, me arrepentiría toda la vida.
—Sí, dígame.
—Tan vulgar como siempre, hasta para contestar una llamada de teléfono.
—¿Mamá?
—¿Tan extraño te parece que tu madre te haga una llamada?
Pues sí, era de lo más extraño y me dejó completamente asombrado, porque era la primera llamada que recibía de mi madre desde hacía mucho tiempo.
Ni siquiera lo hacía por mi cumpleaños, ni lo había hecho por Navidad, aun sabiendo que estaba en la ciudad y que la pasaría en casa de un amigo, en lugar de hacerlo con mi familia.
Pensé que me llamaba para pedirme perdón, pero nada más lejos de sus verdaderas intenciones. Si me había llamado, era para incordiarme y hacerme dudar hasta de mí mismo y de mis sentimientos.
—¿Para qué me has llamado?
—Para decirte que agradezcas a esa mujer con la que andas que tu hermano no te haya denunciado.
—¿Perdona? ¿Qué me quieres decir con eso?
—Pues muy sencillo, la señorita Blanco ha tenido la deferencia y el buen criterio de llamar a tu hermano, de citarlo para llegar a un acuerdo por el que ambos salgáis beneficiados, tanto tú como tu hermano.
—Eso no puede ser cierto; lo siento, pero no te creo.
Sé que mis palabras no sonaron con la seguridad con la que yo pretendía que sonara, y ese fue el detonante para que mi madre se afianzara mucho más en su teoría, para hacerme dudar, porque ella sí que hablaba con una completa convicción que era digna de admirar.
—Créeme que no te estoy mintiendo. Es más, tu hermano, ahora mismo, estará con ella en su oficina, llegando a un acuerdo. Tan solo hace falta averiguar qué tipo de acuerdo será.
—¡Alba no es así!
—Lo está haciendo por ti, para salvarte el culo. De verdad que todavía no entiendo qué es lo que ha visto en ti. Aunque también conozco a tu hermano y estoy completamente segura de que conseguirá que se case con él, eso si no la pasa antes por su cama.
El simple hecho de imaginarme a mi hermano besando y tocando a mi chica me dio unas arcadas horribles.
Mi madre me había dejado sin palabras y con una rabia y un mal cuerpo que no podía aguantar.
Por eso, ni siquiera le dije adiós; simplemente corté la llamada y me fui hasta mi baño privado a vomitar.
La sangre me estaba hirviendo en las venas y no sabía cómo iba a reaccionar cuando tuviera a Alba delante.
Intenté centrarme en el trabajo, en la documentación que tenía que revisar, a ver si, de esa manera, me relajaba un poquito, pero no pude.
Justo cuando iba a abandonar el despacho, recibí un mensaje de ella.
Alba: Cariño, ya he terminado y voy para allá.
Raúl: Te espero en la puerta.
No pude decir ni una sola palabra cariñosa, ninguno de los apelativos con los que solía dirigirme a ella, no me salían. Era tanta la rabia que sentía que ni siquiera esperé a que Alba llegara, sino que me bajé a la puerta del hotel en ese mismo instante, sin esperar más tiempo.
En cuanto que la vi llegar, en el momento en el que el coche dobló la esquina de la calle en la que se situaba el hotel, me salí al filo de la carretera, dispuesto a no perder más tiempo.
Justo cuando llegó a mi altura, abrí la puerta y me introduje en el coche, sentándome en el asiento del copiloto.
—¿No tienes nada que contarme?
—Pues sí, pero no me ha dado tiempo ni siquiera a saludarte.
—Entonces, habla, y ya veré yo si quiero que me saludes o no.
Mi tono de voz reflejaba el dolor y la rabia que sentía, y ella se dio cuenta. Empezamos a discutir porque lo cierto es que yo no la dejé explicarse. Desde el primer momento le di veracidad a las palabras de mi madre; no puse en duda que me estaba diciendo la verdad.
Por todo eso, Alba se apartó de la carretera y, tras decirme unas palabras, cogió sus cosas del asiento trasero y bajó del coche, tomando un taxi que pasaba por ahí en ese momento, y supe que la había perdido.
Me trasladé al asiento del conductor, pero en vez de coger rumbo a mi casa, lo hice a casa de Daniel.
Era el que mejor me conocía y el que me podía dar los mejores consejos.
Ni siquiera lo avisé; no pensé que pudiera estar acompañado y ocupado, y, sinceramente, me daba igual, pues lo necesitaba en estos momentos.
—¿Qué estás haciendo aquí, Raúl? ¿No habías quedado con Alba?
—Te necesito, amigo.
—Pasa y cuéntame todo lo que te sucede. Voy a por dos cervezas.
Entré a su casa y me senté en el sofá del salón, donde Daniel se sentó a mi lado, ofreciéndome un botellín de cerveza y esperando a que le contara todo lo sucedido. Le di un sorbo a mi cerveza y empecé a contarle todo, desde la llamada de mi madre hasta lo sucedido con Alba.
—Definitivamente, eres gilipollas, amigo.
—Gracias por tu comprensión, Daniel.
—¿Qué comprensión quieres que tenga? Tu madre miente; siempre te ha mentido y tú le das la razón sin esperar a que Alba te cuente lo que realmente ha sucedido.
—¿Tú no crees que ella haya sido capaz de llamar a mi hermano?
—Por favor, Raúl, eso es completamente mentira. Ciertamente, te pensaba mucho más inteligente.
—Joder, he sido un idiota, y ahora no sé si podré remediar esta situación.
—Ve hasta su casa, pídele que te cuente todo, tal y como ha sido. Una vez que conozcas todos los detalles, toma la decisión que te dé la gana.
—Tienes razón; me marcho ahora mismo a su casa. Gracias, Daniel, no sé qué haría sin ti.
—Pues seguirías siendo un loco con dinero. Yo soy la parte coherente de la sociedad.
Solté una carcajada, me despedí de él y salí pitando hasta la casa en la que vivía Alba.
Al abrirme la puerta, pude ver que me había equivocado con ella, de todas, todas, porque estaba tan derrotada y abatida como yo.
Hablamos y entendí su postura, y me prometí a mí mismo que no volvería a dudar de su palabra.
Después de pasar la noche juntos en su casa, la acompañé hasta la oficina, donde me encontré con algo que no me esperaba, y que no fue otra cosa que el interés que tenía Chicky en mi amigo Daniel. Una sonrisa se pintó en mi boca, porque mi amigo pensaba que era todo lo opuesto.
Salí de allí, quedando en recogerla en cuanto que terminara y me avisara, y me dirigí hasta el hotel, pero no a mi despacho, sino al de Daniel, pues quería meterme con él un buen rato antes de decirle la verdad sobre la compañera de mi chica, esa que tanto le gustaba.
—¡Qué buena cara te veo, amigo!
—Reflejo de la noche que he pasado.
—Vale, pero no necesito que me des detalles.
—No pensaba hacerlo. Lo que hago con mi chica en la cama, es algo personal y privado.
—Uy, pensé que ibas a contestarme que era algo personal e intransferible.
Solté una carcajada que resonó en toda la habitación y que provocó una sonrisa en los labios de mi amigo, porque, por fin, me veía bien, sonriendo y feliz.
Le conté que me marchaba al día siguiente al hotel de Canarias, en el que teníamos que buscar un nuevo director, que previamente habíamos seleccionado, pues el actual se jubilaba en breve.
Empecé a cargarlo con Chicky, diciéndole que me había confesado que le gustaba mucho un hombre, y su rostro fue cambiando del asombro a la desilusión, como si fuera algo que esperaba, pero no tan pronto.
—Te lo dije: ella no estaba en el mismo punto que yo.
—¿Cómo lo sabes?
—¡Me lo acabas de decir tú, ahora mismo!
—Yo no he dicho eso; no tergiverses mis palabras.
—No me vuelvas loco, Raúl. Sabes que me acabas de contar que Chicky ha admitido que le gusta mucho un hombre.
—Pero no he dicho de quién se trata.
—¿Perdona? No estoy entendiendo nada.
—Idiota, el hombre que le gusta mucho eres tú y estás perdiendo el tiempo.
—¿Por qué no me lo ha dicho?
—¿Y tú? ¿Por qué no se lo has dicho a ella?
—Joder, tienes razón.
—Ella ha dicho que no piensa mover ni un dedo, que siempre es ella la que te tiene que llamar a ti para quedar.
—Es que no quería importunarla ni agobiarla.
—Pues lo que has conseguido es todo lo contrario: que piense que no tienes interés en ella.
—Pienso solucionarlo ahora mismo; te lo aseguro.