Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 15
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Capítulo 15

Alba

Nada más llegar, lo noté de lo más extraño. Traía una cara que parecía que se lo habían hecho y no se lo habían pagado. Esperé a que entrara en el coche, pero no me dio tiempo a preguntarle nada, pues él mismo se delató, dándole la razón a lo que, momentos antes, me había advertido mi amiga.

—¿No tienes nada que contarme?

—Pues sí, pero no me ha dado tiempo ni siquiera a saludarte.

—Entonces, habla, y ya veré yo si quiero que me saludes o no.

—Mira, Raúl, no sé lo que te habrán contado, pero, desde luego, no seré yo la que te permita esa actitud conmigo.

—¿Qué actitud quieres que tenga cuando te haya dedicado a llamar a mi hermano para que vaya a la oficina para hablar contigo?

—¿Perdona? Eso no ha sido así y tengo a Chicky como testigo.

—Pues eso es lo que me ha contado mi madre, que Jacobo no me va a denunciar, porque tú lo has llamado para convencerlo.

—Esto es la leche —murmuré.

—No, no es la leche, es una traición en toda regla. Soy lo suficientemente adulto como para que me pueda encargar de mis cosas; no necesito que nadie venga a defenderme.

El tono que usó conmigo fue duro y no me gustó nada. Ni siquiera me dio opción de explicar lo que había sucedido, lo que su hermano me había dicho y lo que yo le había contestado. Pero hasta ahí, porque no pensaba permitirle ni a él ni a nadie que me tratara de esa manera.

Por todo eso, me hice a un lado con el coche, en una zona en la que no molestaba a nadie con mi gesto; me giré hacia él y, después de mirarlo, le dije lo que realmente se me pasó por la cabeza en estos momentos.

—Como veo que no me vas a dar la oportunidad de explicarte lo sucedido, como soy consciente de que ya has dictado sentencia, sin escucharme, será mejor que lo dejemos aquí.

Esperé a que me contestara, pero el silencio fue tan atronador como el mayor de los gritos que me pudiera dar. Cogí la mochila que tenía en el asiento de atrás y me bajé del coche, dejándolo allí con sus pensamientos.

Justo en ese momento, pasaba un taxi por aquella calle; lo paré y me subí a él, dándole la dirección de mi casa, mientras que intentaba aguantar las lágrimas. No me gustaba llorar delante de nadie, mucho menos de un desconocido, así que tuve que hacer un esfuerzo titánico para conseguirlo.

Una vez que llegué a la puerta de mi edificio, en cuanto que estuve a salvo de miradas ya no pude aguantarlo más, y dejé salir mis lágrimas mientras que subía las escaleras corriendo a toda velocidad, deseando de entrar en mi casa y poder desahogarme a gusto.

Dicho y hecho, entré, dejé caer la bolsa en el suelo y me fui directamente al sofá, en el que caí bocabajo, con la cara en uno de los cojines, en el que lloré hasta que ya no tuve fuerzas.

El llanto provocó que me quedara dormida, y así estuve hasta que la insistencia del timbre sonando me despertó.

Me levanté sin ninguna gana; me pesaba hasta el alma, pero ese sonido del timbre de la puerta, sonando sin parar, me estaba taladrando la cabeza, por lo que no me quedaba más remedio que abrir la puerta.

—¿Se puede saber qué se está quemando?

Esas palabras las dije pensando que sería Chicky la que estaba detrás de todo aquello, pero me equivoqué.

No era ella; se trataba de Raúl, y era lógico, pues mi amiga tenía llaves de mi casa y, sabiendo que me encontraba sola y que estaba en ese estado, no hubiera dudado en abrir a la primera de cambio.

—Yo me estoy quemando, perdóname.

—¿Te has dado cuenta de que me has tildado de traicionera, cuando has sido tú el que ha creído a tu madre por encima de mí?

—Y por eso estoy aquí. ¿Puedo pasar?

—Sí, por supuesto. Perdona, pasa y ponte cómodo.

—No estaré cómodo hasta que no consiga que me perdones.

—No se trata de perdón o no, se trata de que debes confiar en mí, jamás te haría daño, mucho menos, haría algo a tus espaldas.

—Quiero, bueno no, necesito, oír de tu boca lo que ha sucedido.

—Y yo no tengo ningún inconveniente en contártelo, que era lo que iba a hacer cuando te recogí.

Le conté absolutamente todo lo que había sucedido cuando su hermano puso un pie en la agencia, sin dejarme absolutamente nada, palabra por palabra, así como lo que yo le había respondido a su propuesta.

Raúl me miraba completamente incrédulo y desubicado, no porque no me creyera, ni mucho menos, sino por el motivo y las excusas que me había dado su hermano para conseguir tu cometido, que no era otro que hacerse con el control de la empresa de mi padre.

Me acerqué a él, y me senté a su lado, no hubo palabras, no en ese momento, en el que Raúl no sabía si besarme o no, y fui yo la que adelanté mi cara hasta rozar sus labios.

Lo que empezó siendo un beso de lo más dulce, se fue tornando en uno hambriento, necesitado, que nos llevaría a ponernos al límite.

Cuando nos separamos para coger aire, mi chico tenía lágrimas en los ojos, pero no me atreví a preguntarle el motivo de ese llanto, quería dejarle su espacio, que fuera él quien me lo contara cuando pudiera o cuando quisiera que, para mí, era exactamente lo mismo.

—No me puedo creer que haya pensado que mi madre podía estar diciéndome la verdad.

—Es lógico, Raúl, sigue siendo tu madre, por mucho que te empeñes en que no quieres saber nada de ellos.

—Y ahora, todavía lo tengo más claro. No quiero a ninguno de ellos en veinte kilómetros a la redonda, ni tuya, ni mía.

—Tampoco te puedes poner así, Raúl. No digas cosas de las que te puedas arrepentir luego.

—No me arrepentiré de nada. Ellos tan solo tienen ojos para mi hermano, y así seguirá siendo para los restos.

—Es tu vida, y no seré yo la que te diga, jamás, como gestionarla. Eso sí, tan solo que voy a pedir una cosa. Si alguna vez ocurre algo como esto, un rumor, un comentario mal intencionado, quiero que me lo preguntes a mí, porque yo, siempre, te diré la verdad.

—¿Me perdonas?

—Siempre.

Volvimos a besarnos, esta vez, dejando volar nuestra pasión, sin ponerle freno ni barreras y, cuando quisimos darnos cuenta, ya nos encontrábamos los dos completamente desnudos, comiéndonos a besos y sin poder dejar de tocarnos, de acariciarnos.

Lo hicimos allí mismo, en el sofá de mi casa, pero no fue como en otras ocasiones; esta vez fue especial. Lo hicimos de manera lenta, casi tortuosa, mientras que nos mirábamos a los ojos, que nos decían más que cualquier palabra que hubiéramos pronunciado.

No fue la única vez que lo hicimos, sino que nos pasamos gran parte de la noche entregados el uno al otro, como si no hubiera un mañana, hasta que el cansancio ya nos pudo y caímos rendidos, yo con mi cabeza en su pecho, mientras que él acariciaba mi espalda.

Cuando sonó el despertador, me quería morir, pero no tenía más remedio que levantarme, pues no quería cargar a mi compañera con más trabajo del que ya tenía, sobre todo, teniendo en cuenta que me marcharía con Raúl durante una semana y que se tendría que hacer cargo ella de todo.

—No te levantes; vamos a quedarnos aquí un poquito más.

—No habría nada que me guste más que eso, pero tengo que ir a trabajar.

—¿Por qué no se hace cargo Chicky de todo y pasamos el día aquí, en la cama?

—Pues, porque me voy contigo una semana a Canarias y…

—¿Te vas a venir conmigo?

—Te lo iba a contar ayer, que fue cuando hablé con Chicky, pero no tuve la oportunidad de hacerlo.

—Bueno, mientras que desayunamos me pones al día, y me dices cuando nos vamos.

—Pero bueno… eso me lo tendrás que decir tú a mí.

—Si por mí fuera, nos iríamos mañana mismo.

—Pues entonces, bajo a decirle a Chicky lo que hay pendiente y preparo la maleta. Déjame tus datos para reservar el vuelo.

—Que sea en primera clase, por favor.

—No me seas elitista, que es un vuelo corto.

—Si voy contigo, como si nos sientan en la bodega, con el equipaje.

Solté una carcajada, una de esas que salen de lo más adentro de tu corazón, y que le contagié a Raúl, que vino a abrazarme por detrás, mientras que me dejaba una cadena de besos por el cuello, que me resultaron de lo más tentador, pero no podía perder más el tiempo.

Salimos de mi casa y nos dirigimos hasta la agencia, donde ya se encontraba Chicky, que había abierto hacía unos minutos. Le conté lo que ocurría y me lo dejó claro; no podría encontrar nunca una mejor amiga que ella.

—Recoge tus cosas y lárgate; yo me ocupo de todo.

—Ah, no, ni que te lo pienses. Tengo mucho que hacer, empezando por buscar los vuelos y demás.

—Alba, hagamos una cosa, porque yo también tengo cosas pendientes en el hotel. Haz todo lo que tengas que hacer y, cuando termines, me avisas y paso a recogerte; así salimos de mi casa para el aeropuerto —me dijo Raúl.

—Eso me parece una idea fantástica —respondió Chicky.

—Me está hablando a mí, por si no te habías dado cuenta —le dije, con la mano en la cintura.

—Pero seguro que tú le dices que no, que hasta que no termine tu jornada laboral, que eres muy lacia.

—Mira quién ha venido a hablar de lacia, que no llama a Daniel por orgullosa.

—¿Te gusta Daniel? —preguntó Raúl, completamente incrédulo.

—Uy, mucho más que eso, pero ya te lo contaré luego, cuando estemos a solas, que, si lo hago ahora, la loca esta es capaz de dejarme sin melena, y no estaría bonito que fuera a Canarias calva por una tontería.

—Atrévete y te las verás conmigo.

—Sí, pero será después de una semana de relax, por lo que no me afectará en nada; vendré de lo más tranquila y relajada.

—Una semana no, serán dos. Recuerda que cuando tú vengas, seré yo la que me marche.

—¿Se lo has propuesto ya?

—No, ni lo haré, pero eso no impedirá que me vaya a alguna parte durante unos días, sola, si hace falta.

—¿Me podéis explicar de qué coño estáis hablando?

Miré a Chicky porque, por mucho que yo hubiera dicho, si ella no me daba permiso, no le contaría a nadie nada de lo que ella me había confiado, ni con relación a Daniel, ni con nada, y ella me hizo un gesto de asentimiento.

Después de eso, le conté a Raúl lo que habíamos estado hablando sobre sus vacaciones y sus intenciones de comentárselo a Daniel, pero como él no daba señales de que quisiera algo más que una amistad con Chicky, pues ella había decidido que no seguiría insistiendo.

Raúl nos miró, pero no dijo ni una sola palabra al respecto, bueno, ni de ningún tipo, porque se acercó a mí, me dejó un beso en los labios y salió de la agencia, quedando en que yo lo avisaría cuando tuviera todo listo, incluida la maleta, que no había bajado ni del altillo.

Chicky no quiso seguir hablando del tema; entendía que le doliera un poco, pues a ella le gustaba muchísimo Daniel, a pesar de que él no mostrara especial interés en ella.

Por eso, me senté frente al ordenador y busqué los vuelos para el día siguiente, encontrando billetes en uno que tenía un horario muy bueno, pues saldríamos a las doce y media de la mañana.