Capítulo 14
Alba
Cuando logré tranquilizarlo un poco, cuando estuve convencida de que no iría a buscar a su hermano, otra vez, lo dejé que se marchara. Antes, llamó a Daniel para que se hiciera cargo de todo mientras él no llegaba, pero le arrebaté el teléfono antes de que colgara.
—Daniel, te lo mando ya mismo. Si en media hora no ha llegado, me llamas por lo que tú más quieras.
—¿Qué ha pasado para que me pidas eso? Porque me queda claro que una novia tóxica no eres.
—No, para nada. Si hay algo lejos de una descripción mía, es la toxicidad; te lo aseguro.
—Por eso te lo pregunto.
Le conté, así por encima, lo que había sucedido, y me dijo algo que me dejó mucho más tranquila, y que a Raúl no le gustó nada, pero me daba exactamente lo mismo.
—Alba, no hay una reunión hasta dentro de una hora. Deja su coche ahí, que yo voy a recogerlo.
—Mucho mejor. Que me deje las llaves y seré yo la que lo recoja cuando cierre la agencia.
—No soy un niño de quince años al que hay que llevar y recoger.
—Pero más vale prevenir que curar, porque, aunque no tienes quince años, como tú mismo has dicho, parece que estáis en el patio de un colegio —le respondió Daniel, por teléfono.
Le dije dónde estábamos y no tardó ni quince minutos en plantarse allí con el coche, tocando el claxon para que su amigo se acercara y se subiera, y así no tenía que aparcar y perder más tiempo.
—Dame las llaves; te recojo a la salida.
—¿Y si termino antes?
—Pues, si eso ocurre, te tomas una cervecita con Daniel en el restaurante del hotel hasta que yo termine.
—¿Sabes que eres una cabezota?
—¿Y tú sabes que eres un niño grande?
Daniel nos miraba, negando con la cabeza, sobre todo por los resoplidos que estaba dando su amigo mientras que metía las manos en el bolsillo y sacaba las llaves de su coche, para, a continuación, ponerla en mis manos.
—Te estoy entregando parte de mi vida, que lo sepas.
—No seas dramático, chico, que lo máximo que puede pasar es que lo arañe al salir del estacionamiento.
—No serás capaz de hacer eso porque, en ese caso, nos veríamos las caras.
—Bah, que no se te olvide que sé, exactamente, cómo hacer que se te pase el enfado, sobre todo si estamos a solas.
—Vale, vale, no necesitaba saber eso —dijo Daniel y los dos rompimos a reír.
Los vi salir de allí, camino del hotel, mientras que yo cruzaba la carretera para llegar hasta la agencia. Allí me esperaba Chicky, que estaba atendiendo a los clientes con los que yo me había citado el día anterior.
—Lo siento, señores, pero me ha surgido un inconveniente personal y no he podido estar aquí para atenderos.
—No te preocupes, tu compañera lo está haciendo igual de bien que tú.
—Entonces, dejo que continúe ella. Gracias. Y aquí estoy para todo lo que necesitéis.
Entré en el almacén, donde dejé mi bolso y cogí mi agenda, que dejé allí el día anterior, para revisar lo que tenía pendiente, y me puse manos a la obra.
Casi sin darme cuenta, llegó la hora de comer, porque entre clientes con los que teníamos cita, documentación que tuve que preparar y demás, se me había pasado la mañana volando.
—Vamos a comer, morena, que me muero de hambre.
—Y yo, rubia, pero subamos a mi casa, que tengo una lasaña que quita todas las penas del sentido.
—¿Cuándo la has hecho?
—La hice para cenar ayer, pero como nos fuimos a casa de Raúl, se quedó en la nevera y tan solo hay que calentarla.
—Pues ya estás tardando en subir y en meterla en el horno.
Cerramos la oficina y subimos a mi casa. Mientras que yo ponía a calentar la lasaña y hacía una ensalada fresquita, ella puso la mesa y encendió la televisión de la cocina. En estos momentos estaban echando uno de esos concursos que nos gustaban a nosotros y comimos mientras lo veíamos.
Abríamos de nuevo a las cinco de la tarde y eran las cuatro menos diez; por eso, nos preparamos dos tazas de café y nos sentamos en el sofá a descansar un rato.
Antes de hacerlo, entré en mi habitación y preparé la ropa para llevarme a casa de Raúl, pues estaba segura de que querría que pasáramos la noche allí.
Aproveché ese momento de relax que teníamos Chicky y yo para hablarle de mis planes para los próximos días. Sabía que no me pondría ningún tipo de inconveniente; es más, estaba completamente segura de que me animaría a que lo hiciera lo antes posible.
—Sabes que conmigo no hay problema, Alba.
—Lo sé, pero no me parecía justo desaparecer sin decirte nada.
—Entre otras cosas, porque me moriría de la preocupación.
—Cuando yo vuelva, serás tú la que te marches unos días.
—¿Con Daniel?
—Con quien te dé la gana.
—Definitivamente, con Daniel. Le diré que me invite a alguno de sus hoteles, y así le costará más barato.
—Mira, él pone el hotel y tú los vuelos, así vais a medias.
Chicky me miró con una cara que lo dijo todo; era una mezcla entre sorpresa e ilusión.
Seguro que ella también lo había pensado, pero no se había atrevido a verbalizarlo.
Entre risas, se nos pasó la hora de descanso rápidamente, por lo que cogí la bolsa que tenía preparada para no tener que subir cuando cerráramos.
La tarde fue algo más tranquila que la mañana, por lo que pude aprovechar para mirar las próximas ofertas vacacionales que nos habían llegado. Cuando estaba a punto de llegar la hora de cerrar, la puerta se abrió y otra vez estaba Jacobo allí.
—Mira, chico, ya no sé en qué idioma decirte que me dejes tranquila y que no vengas más.
—Tengo que hablar contigo, lejos de mi hermano y de todo el mundo.
—Pero es que resulta que yo no tengo nada de qué hablar.
—Tu padre está arruinado.
—Pues lo siento por él; que su mujer se busque un trabajito.
—La solución está en tu mano. Si nos casáramos…
Solté una carcajada que me dolió hasta la garganta, de lo repentina que me salió. ¿Ese era su argumento? ¿Decirme que mi familia estaba arruinada?
—¿Vas a dejar que tu hermano pase necesidades?
—Por supuesto que no, para eso tiene a su hermana, pero no significa que vaya a hipotecar mi vida para que su madre siga luciendo ropitas de firma en el club de campo.
—Te vas a arrepentir de haber elegido a mi hermano, te lo aseguro.
—¿No te das cuenta de que, aunque tu hermano no estuviera en mi vida, jamás tendría nada contigo?
—Eso lo dices ahora porque te tiene hechizada, pero en cuanto que veas la realidad del asunto, vendrás a mí. Tan solo espero que no sea demasiado tarde.
—Ni tarde ni pronto, no pienso acudir a ti en la vida. Y ahora, te pediría, por favor, que no vengas más, que me dejes en paz de una puñetera vez.
Salió de la oficina dejándome un mal sabor de boca y un dilema que me estaba taladrando la cabeza.
¿Debía decírselo a Raúl o lo dejaba pasar?
Si lo hacía, si le contaba lo que había pasado con su hermano, ¿sería calentar más el asunto?
Por el contrario, si no se lo decía, ¿se lo podría tomar como una traición?
No había verbalizado nada, pero mi amiga, que me conocía mejor que nadie, tan solo con mirarme a la cara, supo lo que me rondaba por la cabeza; por eso, no dudó en darme su opinión al respecto.
—Amiga, no se lo ocultes; sería mucho peor si lo hicieras.
—Es que no quiero calentar más el asunto.
—Te voy a poner un supuesto.
—A ver, porque miedo me dan tus supuestos.
—Supón que tú no le dices nada, pero que su hermano, se lo cuenta, a su manera y tergiversando la situación. ¿A quién piensas que creería?
—Joder, si me lo pintas así, no tendré más remedio que decírselo.
Nos despedimos en la puerta de la oficina; yo me fui en dirección a donde se encontraba el coche de Raúl, mientras que ella ponía rumbo a su casa.
La cosa con Daniel estaba entre Pintos y Valdemoro, o lo que es lo mismo, tenían un ni contigo ni sin ti que la tenía un poquito de los nervios.
Por eso no quiso venir conmigo; decía que ya estaba harta de ser ella quien lo buscara siempre.
Me monté en el coche y conduje hasta el hotel, no sin antes enviarle un mensaje a Raúl, que me contestó de manera inmediata que me esperaba en la puerta, así no tendría que aparcar y podríamos salir directamente para su casa.