Capítulo 13
Alba
No tardé ni dos minutos porque ya tenía la ropa preparada para el día siguiente y tan solo la tuve que meter en una de las bolsas de viaje que utilizaba para llevar y traer ropa de su casa.
Al entrar en el coche, lo vi muy enfrascado en una conversación con su madre, que le recriminaba el hecho de haberle roto la nariz a su hermano. Fue algo que me impactó muchísimo, porque no lo veía como una persona violenta, y eso hizo que lo mirara fijamente, esperando una explicación.
—En casa te lo cuento todo; ahora no soy capaz.
—Tómate todo el tiempo que necesites.
El trayecto de mi casa a la suya lo hicimos en completo silencio. Yo, intentando encontrarle una explicación a lo que había escuchado, y él, supongo que intentando encontrar las palabras adecuadas para contarme todo, que intuía que no era nada fácil.
Entramos en su propiedad, nos pusimos cómodos, pero todo sin decirnos ni una sola palabra, y nos sentamos en el sofá del porche trasero, con dos vasos de refrescos con hielo, mientras que Raúl no encontraba la manera de empezar la conversación. Por eso, fui yo la que rompió el hielo.
—Cuéntame que es lo que ha sucedido, y no te dejes nada, por favor.
—Fui a casa de mis padres…
Empezó a relatarme todo lo que había sucedido y, conforme iba hablando, me iba cabreando mucho más, llegando a un punto en el que no me pude mantener ni sentada ni callada; era superior a mis fuerzas.
—Tu hermano es gilipollas.
—Lo sé desde que iba en los huevos de mi padre.
—De verdad, no entiendo cómo alguien puede ser de esa manera.
—¿De qué manera? Porque se me ocurren muchos calificativos para describir a mi hermano.
—Estúpido, creído, con mal corazón y tan egocéntrico que, cuando hay un relámpago, es capaz de decir que Dios le está haciendo una foto.
Cuando terminé de decir eso, Raúl soltó una carcajada que le salió de lo más hondo de su alma. Tenía hasta las lágrimas saltadas y, cuando pudo recuperar un poco el aliento, me tomó la cara entre las manos y me dio un beso, de esos sonoros, en los labios.
—Gracias, Alba, de verdad.
—Gracias, ¿por qué?
—Por hacerme reír, por hacer que algo que me parecía un mundo se haya quedado en una minucia y, sobre todo, por elegirme a mí por encima de todo lo demás.
No supe qué decir; me había dejado sin palabras, y eso era algo extraño en mí, que no me callaba ni debajo del agua, y que siempre encontraba una salida para todo. Por eso, lo único que hice fue darle un beso en los labios.
Raúl aprovechó que yo estaba cerca para cogerme en brazos, como si fuera un bebé, y saltó conmigo a la piscina, vestidos tal y como estábamos, y a mí me entró una risa que casi la dejo sin agua, de toda la que tragué.
Entre risas y caricias, la cosa se fue calentando y terminamos por hacerlo ahí mismo, en el agua. Al fin y al cabo, no teníamos a nadie que pudiera sorprendernos, puesto que la señora de servicio tan solo venía de lunes a viernes y hasta las tres, por lo que nos encontrábamos completamente solos.
Salimos de allí, completamente desnudos y con toda la ropa tirada por cualquier lugar. Unas, flotando en el agua; otras, reposando sobre el césped, y alguna que no teníamos ni la más remota idea de dónde había caído.
Eso sí, la sonrisa que llevábamos los dos no se borraba de la cara y no lo hizo durante toda la noche, en la que los besos y los momentos de pasión no cesaron. En un determinado momento, Raúl me preguntó algo que no había pensado y que me dejó un poco fuera de juego.
—¿Qué vas a hacer con el viaje de tu hermano?
—Pues, sinceramente, no lo sé. Por suerte, no tenía las fechas cerradas, así que esperaré un poco a ver si puedo llevarlo y, si no, pues lo anularé, qué remedio.
—¿Y con esos días que tendrías que cogerte libre?
—No los cogeré y listo. Afortunadamente, no dependo de nadie para irme o volver, porque, de lo contrario, sería un caos absoluto.
—Te propongo algo.
—A ver, dime, porque miedo me das.
—Tengo que ir al hotel de Canarias; hay varios asuntos que tengo que resolver. ¿Por qué no te vienes conmigo?
—Depende de cuándo fuera, porque sabes que hay temporadas en las que no paramos.
—Te estoy hablando de marcharnos en unos días, como muy tarde, el viernes, y volver el martes o el miércoles de la semana que viene.
—Déjame hablarlo mañana con Chicky. Si ella quiere hacerse cargo de la agencia durante esos días, estaría encantada de irme contigo.
Raúl me volvió a besar en cuanto pronuncié esas palabras, y ese fue el detonante para que la cosa se fuera calentando mucho más, hasta provocar que nos enredáramos de nuevo y nos perdiéramos entre las sábanas, dejando salir nuestro lado más pasional, ese que no se agotaba nunca.
Esa mañana, las ojeras me llegaban a las rodillas, pero la sonrisa me ocupaba toda la cara. Me consideraba la mujer más feliz del mundo en esos momentos, y Raúl lo notó, pues me abrazó por la espalda, dejándome besos en el cuello, que sabía que me encantaban.
—No vayas por ahí, que sabes que tengo una cita concertada en la agencia a primera hora de la mañana.
—Lo siento, no puedo resistirme a ti; eres de lo más apetecible.
—Chico, ni que fuera un pastelito.
—¿Un pastelito? No, cariño, tú eres una tarta de esas de diseño, que vale más que una pastelería entera.
Solté una carcajada porque lo dijo como si fuera la verdad más absoluta.
Nos tomamos un café y nos subimos al coche, dispuestos y listos para ir al trabajo.
Raúl quedó en pasar a recogerme por la noche, ya que, al mediodía, tenía una reunión telemática importante y no sabía el tiempo que podía durar.
—Te recojo luego, preciosa. Que pases un buen día.
—Gracias, guapo, igualmente.
Un beso selló nuestra despedida, pero justo cuando me iba a bajar del coche, lo vi. Ahí estaba otra vez, con los ojos morados y una férula en su nariz, como si me estuviera esperando a que llegara. Raúl lo vio, de la misma manera en la que yo lo hice, e intentó bajarse del coche.
—No, Raúl, no le des lo que está buscando.
—Es un desgraciado que ya me está tocando mucho los cojones. Se lo advertí ayer.
—¡Raúl!
Pegué un grito en cuanto lo vi bajarse del coche y salí detrás de él para intentar aguantarlo, pero me resultó imposible hacerlo. Cuando quise darme cuenta, ya estaba a su lado, plantándole cara.
—¿Se puede saber qué estás haciendo aquí? ¿No has tenido suficiente, que vienes a por más? —Le preguntó.
—Raúl, por favor, déjalo. ¿No ves que lo que quiere es provocarte? —Le dije en cuanto llegué a su altura.
—¿Provocarlo? Que yo sepa todavía no le he dicho nada, cuando ya estaba encima de mí —contestó, con una sonrisa de lo más irónica.
—No estoy hablando contigo y ayer te dejé claro que no quiero que te acerques a mí.
—¿También me vas a pegar?
—No me hace falta: con llamar a la policía y denunciarte por acoso, tengo bastante.
—No harás eso; puedo demostrar que tu padre y el mío tienen un acuerdo, que serás mi novia y que estoy cortejándote.
—Eso no va a suceder, nunca, métetelo en la cabeza de una puta vez —le gritó su hermano.
—Aquí tienes a tu novio, el celoso y agresivo de mi hermano. Si yo fuera tú, me alejaría lo antes posible, antes de que te haga algo parecido a mí y ya no tenga remedio.
Raúl lo miró como si no se pudiera creer lo que estaba escuchando, pero, con una mirada, intenté tranquilizarlo. Chicky llegaba en ese instante y, al ver el panorama que tenía por delante, me hizo un gesto para que me lo llevara a tomar un café, ya que ella se encargaba de todo lo de la agencia.
Su hermano se marchó, pero sabía que esto no iba a terminar aquí y, por eso, decidí que, aunque tuviera que cerrar la agencia por esos días, me marcharía con Raúl a Canarias. Aunque no lo viera en todo el día por el trabajo, me daba igual, pero ambos necesitábamos salir de aquí y cambiar de aires.
—Siento que te veas enfrentado a tu hermano por mi culpa.
—No vuelvas a decir eso, nunca, jamás en la vida. Mi enfrentamiento con Jacobo no es por ti.
—En este caso, sí, aunque la cosa venga de largo.
—¿Te estás arrepintiendo de haberme elegido a mí?
—Ahora sí que estás diciendo una tontería, ¿cómo me voy a arrepentir? ¿Acaso no te has dado cuenta de que siempre has sido tú?