Capítulo 12
Raúl
Cuando escuché el relato de la visita de mi hermano a la agencia de viajes de Alba, la sangre me hervía en las venas.
Mi primera intención fue coger el teléfono y ponerlo como los mismos trapos, pero me contuve.
No porque lo fuera a dejar pasar, ni mucho menos, sino porque preferí enfrentarlo cara a cara.
En cuanto terminamos la reunión con Salva, Alba dijo que volviéramos a la oficina, pues tenía muchísimo trabajo pendiente, por lo que la acompañé hasta la puerta, con la intención de recoger el ramo de flores, ese que le tiraría en la cara a mi queridísimo hermano.
—Dame el ramo de mi hermano; yo me encargo de tirarlo.
—¿El ramo?
—¿Quieres conservarlo? Si lo quieres, no tengo ningún inconveniente en que lo conserves.
—¿Para qué voy a querer conservarlo? Ni que me importara un pito esas flores.
—No lo sé, como has preguntado…
—Simplemente, porque me ha chocado un poco, pero ahí lo tienes. Cuanto antes lo quites de delante de mi vista, mucho mejor.
—¿Te recojo cuando cierres y cenamos algo?
—Perfecto, pero volvemos a mi casa, que no me puedo retrasar mañana; tengo una cita a primera hora.
—Está bien, me traigo ropa y pasamos la noche en tu casa.
Le dejé un beso en los labios, cogí el puto ramo de los cojones y salí de allí, con la promesa de recogerla por la tarde, cuando terminara su horario de trabajo.
Me subí a mi coche, que estaba aparcado casi en la puerta de la agencia, solté el ramo en el asiento del copiloto y puse rumbo a la casa de mis padres, donde estaba seguro de que encontraría a mi hermano.
Intenté abrir la verja de fuera, pero mi llave no funcionaba. Habían tenido la poquísima vergüenza de cambiar la cerradura sin darme una llave, pero bueno, no me podía extrañar de nada, porque así eran mis padres.
Me bajé del coche y llamé al interfono, donde me contestó uno de los chicos de la seguridad, que me indicó que tenía que preguntar si se me autorizaba la entrada, porque no estaba en el listado de personas habituales. Tardó como cinco minutos en abrirme, sin decir absolutamente nada más.
Salí disparado con el coche hacia el interior, aparcando en la zona habilitada para ello. No lo hice ni bien ni calmado, porque no podía; la sangre me hervía; por mucho que intenté tranquilizarme, no lo conseguí. Bajé del coche, respiré hondo y llamé al timbre de la puerta de la vivienda.
—Buenas tardes, señorito Raúl.
—Buenas tardes, Braulio. ¿Dónde está mi hermano?
—En el salón, junto a los señores.
—Gracias, Braulio.
Encaminé mis pasos, pero el mayordomo me paró, como si yo fuera un extraño, pero me zafé de su agarre de manera abrupta. Esta seguía siendo mi casa y no iba a dejar que me trataran como a un extraño, por encima de mi cadáver, y me daba igual que luego él se llevara la bronca.
—Ni se te ocurra. Esta todavía sigue siendo mi casa.
—Lo siento, señorito Raúl, pero tengo que anunciar cualquier visita, aunque sea usted.
No le hice caso y encaminé mis pasos hasta el salón, donde se encontraban los tres, con una taza de café en las manos, como si fueran de la realeza. Me entró un asco impresionante por la mirada de mi hermano, como si estuviera por encima de todo el mundo.
—Lo siento, señores, pero el señorito no me ha permitido anunciarlo —dijo Braulio, muy apurado.
—No se preocupe, Braulio. Mi hermano es así, sin educación y sin…
No lo dejé terminar; me fui para él y lo cogí por el cuello, tirándole el ramo de flores que le había llevado a Alba a la cara.
—¿Tú me hablas de educación? ¿Tú, que no eres capaz de respetar a nadie?
—Deja los celos a un lado, hermanito. Te pongas como te pongas, esa mujer terminará pasando por el altar conmigo, y por mi cama, porque buena está que te cagas…
—¡No te quiero cerca de ella! —grité, por no darle un puñetazo, que era lo que se merecía.
—Raúl, haz el favor de bajar la voz. No te olvides de que esta todavía es mi casa —me dijo mi padre, sacando la cara por él, como hacía siempre.
—Déjalo, papá; es tan mediocre que no será capaz de mantener a una mujer así a su lado.
Ahí sí que no me lo pensé; le asesté tal puñetazo que lo tiré al suelo y empezó a sangrar por la nariz. Mi padre, automáticamente, se levantó, me cogió por la solapa de la chaqueta y me sacó de la casa, mientras que mi madre se agachaba para auxiliar a mi hermano.
—No te quiero ver cerca de tu hermano y mucho menos que vuelvas a entrar en esta casa.
—No la necesito; tengo la mía. Y con respecto a mi hermano, es él quien no tiene que acercarse ni a mí ni a mi novia.
—Una novia que te va a durar menos que un dulce en la puerta de un colegio.
—Eso es problema mío, no tuyo, y te aseguro que te vas a equivocar.
—Ya lo veremos. El tiempo pone a todo el mundo en su lugar y a ti te va a situar muy lejos de esa mujer.
Me subí al coche y salí de allí quemando goma, por la velocidad a la que iba. Paré en un descampado, lejos de su casa, y empecé a darle puñetazos al volante y a gritar como si no hubiera un mañana.
Miré el reloj y vi que era casi la hora de recoger a Alba.
Tenía que tranquilizarme antes de hacerlo, aunque tenía claro que se daría cuenta de que había pasado algo, entre otras cosas, porque llevaba la camisa manchada de sangre, la que había salpicado de la nariz de mi hermano, y el puño magullado.
Puse rumbo a su casa, aparcando en la calle y dirigiendo mis pasos hacia ella, que ya me estaba esperando en la puerta, con una sonrisa que se le fue borrando poco a poco en cuanto me vio manchado de sangre.
—¿Se puede saber qué es lo que te ha sucedido para que vengas así?
—Es una larga historia, pero no me apetece hablar aquí; subamos a tu casa.
—Está bien, pero supongo que necesitarás ropa limpia, porque no te veo con ninguna bolsa.
—No me ha dado tiempo y te agradecería que nos fuéramos a mi casa, mejor. Prometo traerte mañana a primera hora.
—De acuerdo, déjame que coja ropa para mí.
En mi casa, después de los días que había pasado allí, tenía ropa para estar en casa, pero no para venir mañana a trabajar, y no quería tener que perder el tiempo subiendo a cambiarse antes de entrar a la oficina.
—Te espero en el coche. Está allí aparcado.
—Perfecto, no tardo nada.
Antes de subir, me dejó un beso en los labios, uno que me supo a poco, y por eso no quería subir a su casa, porque entonces no nos moveríamos de allí hasta bien entrada la noche, y quería que descansara.
Me senté en el coche a esperarla; justo cuando lo hacía, me entraba una llamada de mi madre. Tenía la esperanza de que ella se pusiera de mi lado y por eso contesté, pero me equivoqué.
—Dime.
—¿Dime? ¿Eso es todo lo que me tienes que decir?
—No estoy para tonterías, mamá.
—Partirle la nariz a tu hermano no es ninguna tontería.
—Se lo tenía merecido.
—¡Es tu hermano, por el amor de Dios!
—Y ya me ha tocado los cojones lo suficiente.
—No te voy a permitir que me hables así.
—Me da igual lo que me permitas o no. Una madre que deja que echen a su propio hijo de su casa deja mucho que desear.
—Mira, Raúl, tan solo te llamaba para advertirte de que tu hermano va a emprender acciones legales contra ti por la agresión y tanto tu padre como yo testificaremos a su favor.
—Si hacéis eso, tened por seguro que habréis muerto para mí. Haceros cuenta que tan solo tenéis un hijo, aunque vamos, tan poco os va a suponer nada nuevo, siempre lo habéis hecho.
Mi madre se mantuvo en silencio, cortando la llamada sin decirme ni adiós. Pues nada, la suerte estaba echada, aunque tenía clarísimo que me había quedado sin padres en ese mismo momento.
No me había dado cuenta de que Alba estaba a mi lado, sentada en el asiento del copiloto, y que había sido testigo de esta última parte de la conversación, y me miraba esperando una explicación, una que no sabía si estaba preparado para darle. Tan solo la miré y acaricié su cara.
—En casa te lo cuento todo; ahora no soy capaz.
—Tómate todo el tiempo que necesites.