Capítulo 11
Alba
Ese fin de semana no nos movimos de la casa de Raúl hasta el domingo por la noche, cuando me llevó a mi casa, ya que al día siguiente teníamos que trabajar ambos y no era plan ir a la oficina con el bañador y el vestido de playa.
Durante el tiempo en el que estuvimos allí, y como el domingo lo pasamos a solas, ni el bañador me puse, sino que utilicé una camiseta de tirantes de Raúl, que a mí me servía de vestido, pero con la que estuve de lo más cómoda.
Esa mañana me levanté con el ánimo por los suelos, pero mis clientes no tenían la culpa de mi situación anímica, y por eso no dudé en darme una ducha rápida, vestirme y bajar a la oficina, donde ya estaba Chicky organizando todo lo que había traído del congreso al que había asistido la semana anterior.
—Amiga, deberías de haberte quedado arriba; no tienes buena cara.
—Si me quedo allí, empezaré a darle vueltas a todo y será peor para mí.
—Bueno, si estás tan segura de eso, entonces será mejor que te mantengas entretenida.
—Pues sí. ¿Pasaste el fin de semana con Daniel?
—¡Y qué fin de semana, chica! No me podía imaginar que pudiera disfrutar tanto con un hombre como lo hice con él.
—Mira qué bien, se te terminó la sequía entonces.
—Yo diría que no solo es que se me haya terminado la sequía, sino que he acabado inundada.
Solté una carcajada por lo que había dicho mi amiga, pero cuando levanté la vista, se me cortó la risa de pronto, pues allí estaba Jacobo, como si no hubiera roto un plato y con un ramo de flores en la mano.
Chicky me miró, sin entender nada, y yo puse mi cara más profesional, porque no iba a dejar que se pasara un pelo conmigo.
—¿Se puede saber qué estás haciendo aquí?
—Venía a traerte flores para pedirte disculpas por lo que sucedió el sábado.
—Ni quiero tus disculpas, mucho menos tus flores. Por eso, coge tu ramo y vete por donde has venido.
—No seas así, Alba; tenemos que hablar y llegar a un acuerdo.
—¿Llegar a un acuerdo? Venga ya, hombre, no digas más tonterías.
—El matrimonio que nuestros padres han organizado es muy beneficioso para los dos; no veo dónde está el problema.
—No me puedo creer que estés diciendo esto. ¿Cómo que dónde está el problema? ¿En que no estamos enamorados, por ejemplo?
—El amor puede llegar con el tiempo y, si no llega, tan poco pasa nada. Podemos acostarnos con quien queramos, siempre y cuando no se entere nadie nada más que nosotros dos.
—Lárgate de aquí antes de que termine tirándote algo a la cabeza. No sé con qué tipo de mujeres estás acostumbrado a tratar, pero te aseguro que yo no soy como ellas.
—Todas las mujeres son iguales, Alba, y tarde o temprano, te darás cuenta. Mientras que tengan joyas, estatus y lujos, lo que hagan sus maridos les trae sin cuidado.
—Te repito que yo no soy así, nunca lo he sido y nunca lo seré.
—Sería bueno que hablaras con Macarena; ella te abrirá los ojos.
—Te he dicho que te marches; no me hagas llamar a la policía. Esto es un local privado y tengo reservado el derecho de admisión.
—Bueno, si te pones así, me marcharé. Pero, en cuanto que te des cuenta de la manera que es mi hermano, cuando veas que se ha cansado de ti y te ha tirado como un pañuelo usado, no dudes en venir a buscarme, seguiremos con el trato que tenían nuestros padres.
Me quedé que no sabía cómo reaccionar, al igual que le pasó a mi amiga. Justo cuando empezaba a volver en mí, la puerta se volvió a abrir, pero en esta ocasión se trataba de Raúl, que me miraba con cara extrañada, alternando con el ramo de flores que estaba encima de la mesa.
—¿Y esto?
—Tu hermano.
—Explícate, porque no me está gustando nada.
—Ven, vamos a tomar un café o una cerveza; en estos momentos, me da exactamente lo mismo.
Raúl se acercó, me dejó un beso en los labios y me miró, mostrando preocupación en sus ojos, pero le hice un gesto para que se quedara tranquilo. Ahora le contaría todo lo sucedido en cuanto recuperara la capacidad de hablar con coherencia, porque ahora mismo no sabría ni decir cómo me llamaba.
Salimos de la oficina y nos sentamos en la terraza del bar que había enfrente, en el que comimos aquel día mientras que negociábamos. Raúl me dejó que me relajara, sin preguntarme nada, hasta que fui yo la que lo hizo.
—Tu hermano ha venido con un ramo de flores para pedir disculpas por lo sucedido en el cumpleaños de mi hermano.
—¿Y te lo has creído?
—Para nada, sobre todo por lo que ha dicho después…
Empecé a contarle todo lo sucedido, lo que me había dicho y a cómo se había referido a él, con su consiguiente enfado. Quiso coger el teléfono y llamarlo, pero logré convencerlo de que no lo hiciera, que no merecía la pena. Algo me decía que no lo iba a dejar pasar, pero confié en que así sería.
—Te juro que, si lo tengo delante ahora mismo, no sé lo que le haría.
—No te quemes más la sangre; ya le he dejado clara mi postura y también que la próxima vez que venga a la oficina, llamaré a la policía.
—Es que no lo entiendo, de verdad. Lo tiene todo, mis padres comen de su mano. ¿Por qué no es capaz de dejarme en paz?
—Porque te tiene envidia, y no por mí, que quede claro, sino por todo lo que has conseguido por tus propios medios, sin la ayuda de nadie.
—Que se ponga a trabajar, que salga ya de las faldas de mi madre, que es la que se lo da todo.
—Se supone que es él quien lleva las riendas de la empresa de tus padres, ¿no?
—Esa es la teoría, pero, en la práctica, es mi padre el que mueve todos los hilos, y él es una simple marioneta en sus manos. No tiene ni idea de cómo llevar la empresa y eso, a la larga, será un problema.
Estuvimos un buen rato más hablando de todo ello cuando su teléfono sonó y era Salva, el abogado del que me habían hablado, que había llegado antes de tiempo y quería que nos reuniéramos para tratar todo.
Raúl no dudó en decirle dónde nos encontrábamos y, como se acercaba la hora de comer, en invitarlo a que comiera con nosotros, invitación que no dudó en aceptar.
Mientras que ellos hablaban, yo avisé a mi amiga de que debía cerrar la agencia hoy, pues yo estaba reunida con el abogado, quedando en contarle todo en cuanto que pudiera.
Como media hora después, ya estaba el abogado allí, y por supuesto que lo conocía, tan solo que, en nuestra época, se le conocía por otro nombre, por su facilidad para jugar al fútbol, y por eso era «el arquero». En cuanto que me vio, también me reconoció al instante y no dudó en darme un abrazo.
—Si hace unos días me dicen que voy a conocer a la novia de Raúl y que, encima, se trata de ti, le hubiera dicho al que fuera que cambiara de camello, que se lo estaban dando adulterado.
—Ni que fuera una hazaña por su parte, cuando puede tener a la mujer que quiera.
—Uy, si yo te contara la cantidad de veces que tu nombre salió de su boca en nuestras borracheras —me dijo, entre risas.
Raúl se puso rojo como un tomate antes de que parara a su amigo, con la intención de que no siguiera largando por esa boquita, que no lo dejara al descubierto, y eso me hizo sonreír.
—Salva, corazón, no sigas hablando si no quieres tener que ir a visitar al dentista con urgencia.
—Amigo, que tu chica sepa que tu interés no es algo de ahora, sino que viene de años atrás.
—¡Qué te calles, coño! Al final, le busco otro abogado a mi chica, ya verás.
Sabía que todo lo estaba diciendo en tono de broma, aunque la vergüenza inicial seguía allí, y sus mejillas seguían sonrojadas, y eso me gustaba mucho, porque me hacía comprender que nuestros sentimientos venían de muy atrás.
Una vez que dejamos todo eso atrás, empezamos a hablar de lo importante, del tema de mi hermano. Salva fue anotando todo lo que yo le iba contando y no paraba de hacerme preguntas mientras que lo hacía, para conocer todos los máximos detalles del asunto.
Le expliqué mi intención de poner mi parte de la casa a nombre de mi hermano, pero que su madre no pudiera disponer de ella en ningún momento, ni siquiera tomar decisiones sin que yo lo supiera.
—Estudiaré todo; dame unos días y te cuento las mejores opciones que tenemos.
—Gracias, Salva, espero poder ver a mi hermano lo antes posible, de verdad.