Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 10
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Capítulo 10

Alba

Raúl, tal y como le había dicho a mi amiga, llamó a Daniel y le dijo que la recogiera y se viniera para su casa, pero que, antes de llegar, pasara por el asador a recoger lo que él iba a encargar y a dejar pagado, para que no tuviéramos que esperar allí mientras lo preparaban.

Me encantaba la sencillez que tenía este hombre; a pesar de venir de una de las familias más adineradas de la ciudad y del país, no era de esos que tan solo comían en restaurantes de esos en los que te ponían un plato al revés con la comida, sino que cuanto más de barrio fuera el bar, mejor se lo pasaba.

—¿Bien?

—Hombre, no tanto como quisiera, pero tampoco tan mal como otros quisieran verme.

—Tienes claro que tu madrastra no va a permitir que nos traigamos al niño mañana, ¿verdad?

—Pues sí, pero haré todo lo posible para que así sea, aunque tenga que llamar a la policía.

—Y yo te apoyaré en todo lo que decidas. Ahora hablamos con tranquilidad, que voy a encargar la comida.

Raúl paró el coche en la puerta del asador y se bajó rápidamente, dejándome allí, sentada, esperando a que volviera.

No tardó ni diez minutos después de que encargara dos pollos asados a la leña, con sus patatas panaderas y varias verduras asadas, además de una tarta de chocolate y cerezas que decía que estaba buenísima.

No podía juzgarla porque no la había probado nunca.

Pusimos rumbo a su casa cuando mi teléfono empezó a sonar. Al mirar el nombre de la persona que estaba llamando, vi que se trataba de mi padre. No supe si contestar o no la llamada, pero Raúl me animó a hacerlo; según él, lo mismo quería pedirme disculpas, pero yo sabía que no me llamaba para eso.

—Dime.

—Macarena y yo hemos decidido que no vengas mañana a por el niño, que no lo dejaremos ir contigo, al igual que tampoco vamos a permitir que te lo lleves al extranjero. No te vemos mentalmente estable.

—Mira, papá, ya te lo dije, llegaré hasta donde tenga que llegar, pero no me vais a apartar de mi hermano. Menos tú, un hombre que no tiene palabra, que no sabe cuidar de lo suyo, pero no te preocupes, que ya tendréis noticias de mi abogado.

Corté la llamada con una rabia y un dolor que no pude reprimir y grité y lloré como nunca lo había hecho. No entendía que una persona tuviera tan mal corazón y fuera capaz de alejar a un niño de una persona que lo quería, pero, como había dicho, no lo iba a dejar estar.

Raúl, al verme llorar de esa manera, paró el coche a un lado de la carretera, y me abrazó, dejándome hacerlo sobre su pecho, hasta que ya no me quedaron lágrimas, mientras que me acariciaba la espalda y me susurraba palabras para que me tranquilizara.

—Ya, mi niña, el tiempo pondrá a todo el mundo en su lugar, no lo dudes.

—No puedo soportar que me hagan esto, Raúl. ¿Tan mala soy?

—No vuelvas a decir eso. Eres la persona más buena que conozco, no es tu problema, es de ellos.

Me dejó un breve beso en los labios y seguimos rumbo a su casa. Nada más llegar, me condujo hasta la parte trasera del jardín, donde había una preciosa zona de barbacoa y una piscina de lo más apetecible, en la que se suponía que pasaríamos el día.

—No tenemos que cambiarnos de ropa, así que, vamos a darnos un baño que nos despeje la mente.

—¿Y si viene Daniel?

—Pues que abra la puerta, que para eso tiene llaves.

—Chicky también tiene llaves de la mía, que me dio un susto el otro día, que para mí se queda.

—¿Y eso? ¿Qué te pasó?

Le conté todo lo que sucedió después de que pasáramos la noche juntos, y se doblaba de la risa, hasta las lágrimas tenía cayendo por sus mejillas, pero no eran como las mías de antes; estas eran de risa, no de pena.

Casi sin darme cuenta, me había quitado el vestido y, cuando menos me lo esperaba, me cogió en brazos y se lanzó al agua conmigo. Sabía que lo hacía para quitarme cosas de la cabeza, y se lo agradecía, aunque eso no significara que me fuera a olvidar de mi hermano ni de lo que había hecho mi padre.

Tenía una cosa en mente, pero antes de llevarla a cabo tendría que consultarla con un abogado, primero, porque no sabía si eso podía ser posible, y segundo, porque quería cerciorarme de que lo que hiciera no terminara perjudicándome a mí.

Pero ese día, decidí que no le daría más vueltas a la cabeza. Cuando viniera Chicky le contaría lo sucedido en la última llamada, porque estaba segura de que lo que nos propondría sería celebrarle otra fiesta de cumpleaños en casa de Raúl, pero eso no iba a ser posible, de ninguna de las maneras.

No fui yo la que le dije nada, porque Raúl se encargó de avisarla en cuanto que entraron en la propiedad, ya que tuvo que ir mi chico a abrirle, porque Daniel decía que no quería entrar sin avisar, por si estábamos en una situación comprometida. ¡Había que joderse!

—¿Has visto a tu hermano? —Le preguntó Daniel a Raúl.

—Sí, y por fin ha dejado ver su verdadera cara.

—No te entiendo. ¿Qué ha hecho para que digas eso?

—No te lo vas a creer: es un hipócrita, tal y como yo pensaba. Tiene una cara por delante y otra muy diferente por detrás.

Raúl le contó lo que había dicho, la manera en la que se dirigió a mí y el puñetazo que le asestó y por el que terminó en el suelo. Daniel lo escuchaba atentamente, pero la cara de Chicky lo decía todo.

—Lo siento, pero se me ha caído un mito con tu padre, Alba. Pensé que tendría más cojones y que te defendería.

—Sabes que nunca lo ha hecho, mucho menos cuando eso implicaría llevarle la contraria a su querida esposa.

—No entiendo a los hombres que eligen a una mujer por encima de sus propios hijos, porque, con esa actitud, no solo te está haciendo daño a ti, sino también a tu hermano.

—Eso mismo he pensado yo, pero no me voy a quedar de brazos cruzados, ni muchísimo menos; el lunes pienso ir a visitar a un abogado.

—¿Tienes pensado hablar con un abogado, preciosa? —Me preguntó Raúl.

—Sí, quiero hacer algo, pero antes tengo que asesorarme.

—Podemos llamar a Salva; él la atenderá mejor que nadie y, además, no tendrá que esperar —dijo Daniel.

—En eso mismo estaba pensando. Voy a buscar mi móvil, a ver si puede venir mañana mismo y que pueda empezar a moverse —contestó Raúl.

Mientras que mi chico se marchaba para llamar por teléfono, Daniel se encargó de contarme quién era Salva, que resultó ser un compañero de correrías en la época del instituto. Estaba segura de que lo tendría que conocer, aunque fuera tan solo de vista, porque todos íbamos al mismo instituto.

Cuando volvió, lo hizo con una sonrisa. Resultó que Salva estaba fuera, en un congreso, por lo que no podía venir mañana, pero sí que me agendó una cita para el martes, que era el día en el que volvía a su despacho.

—Le he contado, por encima, lo que ocurre, y me ha dicho que se pueden llevar a cabo muchas medidas legales que te permitirían ver a tu hermano.

—Ojalá, porque no pienso permitir que me separen de él.

—Bueno, pues con eso medio solucionado, ha llegado la hora en la que comamos, que se va a enfriar el pollo y yo estoy muerta de hambre —dijo mi amiga.

Raúl le lanzó una mirada de agradecimiento porque estaba claro que lo que pretendía era que cambiara de tema, para así poder evitarme pensar más en eso que estaba rondando mi cabeza, y que no era otra cosa que mi hermano.

Decidí hacerles caso, porque, por muchas vueltas que le diera a lo mismo, no iba a conseguir nada de nada, ni el que me dejaran ver a mi hermano, ni el que pudiera pasar el día con él, y, mucho menos, el que me dejaran llevármelo de viaje ni al parque de la esquina.

Por todo ello, me levanté de la mesa en la que habíamos comido y, sin que nadie se lo esperara, salté a la piscina en bomba, poniendo a todos chorreando. Mi amiga soltó todo tipo de improperios, mientras que yo casi me ahogo de la risa.