Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 9
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Capítulo 9

Alba

No me lo podía creer. Os prometo que pensé que estaba en medio de una conversación de esas que se dan en las películas de época en los que la hija no quería casarse con el noble que habían elegido sus padres para ella.

Por un momento, pensé en largarme de allí, pero no le iba a dar ese gusto a Macarena, que era lo que pretendía desde que me vio llegar.

Miré a mi padre con una mezcla de asco y pena, porque no me esperaba que me tratara como si fuera un objeto.

No quería ni pensar en la que me iba a caer como se enteraran de que Raúl y yo no éramos pareja.

Tenía que encontrar la manera de hablar con él, de preguntarle que iba a pasar a partir de ahora, pero no me hizo falta.

—Alba, esto que te voy a decir no es por lo que ha pasado ahora.

—¿A qué te refieres?

—A que quiero que sigamos conociéndonos, que seamos esa pareja que hemos dicho que somos.

—¿Lo dices de verdad? Puedo intentar inventarme algo, yo que sé, que no somos compatibles o algo parecido.

—¿Acaso tú no quieres seguir con esto?

—¿Estás tonto? Esto que voy a decir puede que juegue en mi contra en algún momento, pero no me lo puedo callar.

—Pues habla, que yo te escucho, pero, para que te quede claro que lo que he dicho no tiene nada que ver con lo sucedido, te diré que siempre me has gustado, y mucho, desde que éramos unos niños.

—Joder, eso mismo era lo que te iba a decir yo, que siempre has sido mi amor platónico, como si no fuera a conseguirte nunca.

—Lo siento por ti, pero ya me tienes, en cuerpo y alma.

Raúl me acarició la mejilla, y me besó. De manera suave, porque ambos éramos conscientes de que, si el beso subía de intensidad, íbamos a mandar a la mierda a la fiesta y a todos lo que estaban ahí, y mi hermano no se lo merecía.

Justo estábamos en un momento de esos de complicidad, con nuestras caras muy juntas, unidas por nuestra frente, cuando escuchamos al pavisoso de Jacobo, que estaba justo detrás nuestra, aplaudiendo como si estuviera viendo una película en el cine.

—Vaya, hermanito, ¿ahora te dedicas a seducir a las futuras novias de los demás?

—Para empezar, gilipollas, ni soy tu novia ni lo voy a ser en la vida —le respondí.

—Uf, una gatita salvaje, como me gustan a mí. Seguro que en la cama es una fiera. ¿Verdad, Raúl?

—No vuelvas a hablar de ella en ese tono, si no quieres que te parta esa cara bonita que tienes.

—Gracias por lo de la cara bonita, pero hablaré en el tono que me dé la gana. ¿Te la quieres follar? Hazlo, pero no pienso perder mi oportunidad de conseguir lo que quiero por tu culpa.

Fui a hablar, pero Raúl le asestó un puñetazo a su hermano en la mejilla, que lo tiró de culo en el césped. En cuanto que mi padre se dio cuenta, no dudó en venir hasta nosotros y pedirle a mi chico que se marchara de la fiesta, que no quería camorristas en ella.

—Si se marcha Raúl, yo también me marcho.

—No hace falta, cariño, quédate y disfruta de tu hermano.

—No me quedaré, primero porque no me dejarán acercarme a él, y segundo, pero no menos importante, que me moriría de asco si tengo que comer al lado de estas personas.

—Entonces, recoge tus cosas, y vámonos.

—Espera, quiero darle su regalo a mi hermano, y decirle algo a mi padre. No dudaré en poner todo en manos de la justicia si no me dejáis ver a Alejandro ni llevármelo de viaje.

—A nosotros no nos amenaces, y lárgate ya de aquí —dijo Macarena, como si yo fuera lo peor del mundo.

—No es una amenaza, es una advertencia. Y no me marcharé hasta que no hable con el niño.

—Pues, si quieres hablar con él, tendrás que hacerlo en mi presencia, no pienso dejar que le metas cosas en la cabeza a mi hijo.

En ese momento, mi hermano venía por el pasillo que llevaba hasta el bar, que era dónde estábamos todos. No lo dudé, y lo llamé, porque lo que tenía que decirle lo podía hacer delante de todos, no me importaba. Es más, así mejor, a ver si se le caía la cara de vergüenza a mi padre y a su madre.

—Alejandro, ¿puedes venir un momento?

—Dime, Albita. ¿Qué te pasa?

—Cariño, me tengo que marchar ya, me ha surgido un problema en casa, pero no quiero irme sin darte mi regalo y el de Raúl.

—¿Ya te vas? Yo no quiero que te marches, te veo muy poco —empezó a llorar mi hermano, partiéndome el alma.

—No te preocupes, y no me llores. Te prometo que, mañana, te recojo en tu casa y te vienes a pasar el día con nosotros…

—Mi hijo no tiene por qué pasar el día en una casa que es una ratonera, cuando en la mía tiene piscina y un jardín enorme —me dijo Macarena, con superioridad.

—Te recuerdo que tú, en esa casa, lo único que tienes es la ropa. Es mía al cincuenta por ciento, y el otro cincuenta pertenece a mi padre, que no se te olvide.

—Además, que el niño no pasará el día allí, sino con nosotros, en mi casa, en la que también tendrá un jardín y una piscina. Pero ¿sabes lo que tendrá allí que no hay en la que vive? Dos personas dispuestas a jugar con él —le dijo Raúl.

Una sonrisa se pintó en mis labios, mientras que Macarena intentaba no explotar para no mostrar su verdadera cara delante de mi padre, para que no viera que, todo lo que yo le contaba, era cierto.

Cogí la cajita en la que iba la llave, y la carta, pero antes, decidí que fuera Raúl el que le diera su regalo.

Cuando mi hermano quitó el papel de regalo y vio aquella moto a batería, se llevó las manos a la boca, completamente sorprendido.

No sabía quién le había dicho nada, pero lo cierto es que mi hermano llevaba un montón de tiempo soñando con una moto como esa, pero jamás se le ocurrió pedírsela a sus padres.

—Es preciosa, gracias, Raúl. ¿Me das un beso?

—Y mil, campeón.

Mi chico se puso a su altura y lo abrazó, dejándole un montón de besos. Su madre fue a decir algo, pero la mirada que le eché fue suficiente para que se mantuviera en silencio.

—Bueno, y ahora le toca al mío. A ver si te gusta.

—¿Qué es eso, hermana?

—No lo sé, ábrelo tú y dime si te gusta.

Mi hermano cogió la cajita y, al abrirlo y ver la llave de Disney, sus lágrimas fueron cayendo por sus mejillas. No era el regalo en sí, que sí, que le había encantado, sino lo que implicaba, que era pasar tiempo conmigo, lejos de su madre.

—¿Vendrá Raúl con nosotros? —me preguntó.

—Pues no lo sé, porque supongo que tendrá trabajo. Eso se lo tendrás que preguntar a él.

—¿Vendrás?

—Campeón, creo que es un momento para que estéis juntos y a solas, yo os esperaré en el aeropuerto a la vuelta.

Miré a mi hermano, y vi su carita de desilusión, por lo que, me acerqué a él y le dije, susurrando en su oído, que intentaría convencerlo de que viniera con nosotros.

Sabía que lo había dicho para no ponerme en el compromiso de su presencia, pero a mí me daba igual.

Es más, me hacía mucha ilusión que lo compartiera con nosotros.

Me despedí de mi hermano, con una sonrisa y diciéndole que lo recogeríamos al día siguiente en su casa, a las diez de la mañana, para que pasara el día con nosotros. Sabía que su madre se inventaría cualquier artimaña para que no fuera así, pero pensaba llegar hasta el final.

Raúl me cogió de la mano y salimos de allí con la cabeza muy alta.

Teníamos mucho de lo que hablar, sobre lo que había pasado en esa fiesta, sobre la actitud de su hermano y, sobre todo, en lo respectaba a nuestra relación.

Pero lo haríamos en su casa, tranquilamente, no allí, delante de todos.

Llamé a Chicky, para que no fuera a la fiesta, ya que no íbamos a estar.

—Me cago en toda la puta estampa de tu madrastra, Alba.

—Mejor, cágate en la de mi padre, que ha sido el culpable de que ella actúe con tanta superioridad.

—Pues también… pero estoy pensando en algo, a ver si te parece bien.

—Dime, tengo el altavoz del móvil puesto, por si vas a decir alguna burrada de las tuyas, que sepas que Raúl te está escuchando.

—No voy a decir nada malo, es más, mejor así, que me escuche, porque entiendo que vas para su casa ¿no?

—Efectivamente, vamos para mi casa. ¿Por qué no te vienes y hablamos cara a cara?

—¿Cómo voy, listo, si no tengo la dirección?

—No te preocupes, que llamo a Daniel y le digo que te recoja en media hora.