Capítulo 8
Raúl
Iba preciosa, y se le iluminaron los ojos en cuanto que vio a su hermano pequeño, a pesar de que la mujer de su padre no la dejó abrazarlo como ella hubiera querido. Pero eso no fue lo peor, su comentario, queriéndonos tirar por los suelos sí que lo fue.
Con mucho tacto, su padre nos quitó de en medio, pidiéndole por favor que no montara un espectáculo, no por su hija, porque ella no había dicho nada más que la verdad, no como su esposa, que tiró con dardos envenenados.
En cuanto que estuvimos apartados de ellos, el pequeño Alejandro abrazó a su hermana como quería.
—Hermana, me gusta tu novio. No me mira como si fuera un estorbo —le dijo a Alba, después de analizarme bien.
—Porque no lo eres, campeón —le respondí.
—Pues serás el único que no me ve así, porque ni mi madre, ni mi padre, ni sus amigos, me hacen sentir así.
—¿Por qué dices eso, Ale? —preguntó Alba, con curiosidad.
—Cuando estoy solo con mamá, que es casi siempre, y le pregunto si jugamos a algo, siempre me dice que está haciendo cosas de mayores, que me vaya a otra parte.
Su hermana lo miró con una mezcla de rabia y dolor, porque a ella su madre nunca la hizo sentir así, pero se tragó sus palabras para no hacer sentir al niño peor, pero en el momento en el que contó que su padre se mostraba con él de la misma manera, ahí sí que ya no pudo más.
—Pues, en cuanto que te digan algo de eso, coges el teléfono y me llamas, te sabes mi número, y yo iré a jugar contigo, aunque sea un ratito.
—Te echo de menos, Alba. ¿No puedes volver a casa?
—No, cariño, no puedo volver a casa, pero sí que te puedes venir conmigo unos días cuando tú quieras, que tu madre no te diga nunca que estoy ocupada, porque, para ti, siempre tendré tiempo.
—Te quiero mucho, Alba. Y a ti también, porque mi hermana sonríe cuando está contigo —nos dijo.
Me agaché para ponerme a su altura, mirándolo a los ojos y le dirigí unas palabras que quise que se le quedaran grabadas para siempre. Porque ningún niño debía sentirse un estorbo, jamás en la vida.
—Campeón, tú no eres, ni serás nunca, un estorbo para nadie. Eres la alegría de una casa, el amor verdadero de tu hermana y siempre, siempre, podrás contar con nosotros, para lo que sea.
—Entonces… ¿os bañáis conmigo?
—Por supuesto que sí. Ahora mismo vamos, pero no te tires a la piscina solo, por favor, que no tardamos ni un minuto —le dijo su hermana, después de mirarme a mí, y yo asentir con la cabeza.
—Entonces, os espero y vamos los tres juntos.
Tanto su hermana como yo, le dimos el último sorbo a la copa de vino blanco que nos estábamos bebiendo y, cuando íbamos a emprender el camino hasta la piscina, se puso en medio de nosotros y nos dio una mano a cada uno, como si quisiera flanquearse y que nadie le pudiera decir nada.
En cuanto que Alba se quitó el vestido y se quedó con ese trikini que era pura seducción y elegancia, me quedé parado en medio del poyete de la piscina, pues quería admirarla todo el tiempo que pudiera. Ella se giró, me regaló una sonrisa y se lanzó al agua con su hermano.
Yo, me quité la camisa que llevaba, las zapatillas, y las dejé junto a la ropa de ellos, y también me lancé de cabeza, yendo a su encuentro y cogiendo a Alba por la cintura, para dejarle un beso en los labios. El pequeño Alejandro estaba en sus brazos, y soltó una carcajada.
Mientras que nosotros estábamos ajenos a todo lo que se estaba cociendo fuera de esa piscina, los demás estaban conspirando contra nosotros, de una manera ruin y vergonzosa, sobre todo viniendo de dónde venían esas críticas, que no era otro lugar que, de mis padres, su padre y su madrastra.
—¿Podéis dejar de dar el espectáculo? Mucho menos delante de un niño —dijo mi padre, con desprecio.
—No sabía que darle un beso a mi novia era dar un espectáculo —respondí.
—Además, un niño es esto lo que debe ver, el amor entre dos personas, no el desprecio al que se le ha sometido —respondió Alba.
—¿Se puede saber de qué estás hablando? —preguntó su padre.
—Alejandro, sal ahora mismo de la piscina y ve a jugar con los niños de tu edad, que no tienes que estar ahí, en medio. Sobre todo, cuando yo no te he dado permiso para que te bañaras —sentenció Macarena.
Alba los miró, a los dos, y ayudó a su hermano a salir de la piscina, y yo lo hice detrás de ella.
Cogí una toalla, y la envolví, junto a mí, en ella, situándome a su espalda para que sintiera mi apoyo.
Sabía que ese era un momento duro para ella, porque se tendría que enfrentar a su padre y, en cierto modo, también al mío.
—Papá, me refiero a que nunca encontráis un momento para jugar con él, ni tú ni su madre, y el niño me ha dicho que se siente un estorbo.
—No digas tonterías, eso, seguro que son cosas que tú le has metido en la cabeza al niño, para llevártelo a tu terreno. ¿Ves como no es buena idea eso de que se vaya con ella de viaje? —respondió Macarena, con desprecio.
—Ella no le ha dicho nada al niño, ha sido él quien ha venido a contarlo, a preguntarnos si podíamos bañarnos con él. Y no veo una mejor compañía para que el niño se vaya unos días de vacaciones —sentencié.
—Tú, más vale que te calles, que no llevas vela en este entierro. Eso es un tema de familia y tú, ni siquiera sabes lo que significa esa palabra —me dijo mi padre.
No me pensaba quedar callado, si eso era lo que mi padre pretendía, lo llevaba claro. Era el momento oportuno para que le cantara las cuarenta, para que le dijera todo aquello que me estaba comiendo por dentro, sin importarme nada más.
—Quizás tengas razón, pero si no lo sé es porque vosotros no me lo habéis inculcado. Porque, en vuestra familia, yo no tenía cabida, tan solo el perfecto de Jacobo, y vosotros dos, yo era la oveja negra de la casa.
—¿Otra vez con los putos celos, Raúl? Si tu hermano es perfecto, tan solo es porque ha seguido todas nuestras indicaciones, sin rechistar en ningún momento.
—Entonces, no ha sido perfecto, ha sido un pelele en vuestras manos, que lo habéis moldeado a vuestra imagen y semejanza. Yo prefiero haberme labrado mi propio futuro.
—Un futuro, ¿tú? No me hagas reír, si estás trabajando en un hotel, dirigiendo algo que no es tuyo.
—Piensa lo que quieras, no te tengo que dar explicaciones de ningún tipo.
—Y deja a esta chica, que no es de tu categoría, a pesar de lo rebelde que es. Estamos seguros de que, en cuanto que empiece a salir con tu hermano, y se case con él, entrará en razón, tu hermano sabrá como reconducirla —me dijo.
Miré a Alba, que estaba completamente asombrada con las palabras de mi padre, pero, sobre todo, con que Alejandro no dijera absolutamente nada, era como si estuvieran hablando de un perrito al que había que amaestrar. Quise intervenir, pero no me dio tiempo, ya que ella se me adelantó.
—Para empezar, ni su hijo tiene que reconducirme, ni nadie tiene que decir con quién tengo que salir o no. Le guste a quién le guste, hoy por hoy estoy con Raúl, mañana, no lo sé, porque lo mismo y se me cruza un albañil que me roba el corazón, y me caso con él.
—No digas tonterías, Alba. De verdad, cada día estás peor. Ya hemos organizado todo entre los Trechera y nosotros, es lo mejor, tanto para las dos familias como para las empresas —dijo su padre.
—¿Ahora soy un activo de la empresa?
—No es eso, y no te vayas por ahí. Simplemente, tú no quieres saber nada de la empresa, y Jacobo será el sustituto perfecto para mí, quedando todo en la familia.
—Esto es lo último que podía escuchar, ni que estuviéramos en el siglo diecinueve, con los matrimonios concertados. Pues, que os quede claro una cosa, no me pienso casar con Jacobo, vamos, es que no pienso ni tomarme un café con él, que te quede claro.
—Ya te he dicho que no tienes nada que decir, que está todo hablado —dijo su padre.
—Déjala, ya se dará cuenta de la persona que tiene al lado y recapacitará.