Sí, quiero. ¿O no? Capítulo 7
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Capítulo 7

Alba

La semana transcurrió como siempre, aunque no tuve señales de Raúl, y eso me hizo dudar en si me acompañaría a la fiesta de cumpleaños de mi hermano o no.

Yo tenía preparado su regalo y, de manera simbólica, le había encargado una llave de Disney, así como una carta que explicaba el motivo de la llave.

Estaba sumida en mis pensamientos cuando la puerta de la oficina se abrió. Era viernes a media mañana y supuse que sería alguno de los clientes que vendría a concretar algo de su viaje, pero me equivoqué, de todas, todas.

Al levantar mi cabeza, me lo encontré a él, con una sonrisa blanca y radiante que podía volver loca a cualquier mujer. Esa seguridad que emanaba al caminar, esa mirada penetrante, conseguían ponerme de lo más nerviosa, y él lo sabía, a pesar de haber pasado aquella noche juntos.

—Hola, preciosa.

—Hola, Raúl.

—Perdona que no te haya llamado en esta semana, pero he tenido unos días de locos, de verdad.

—No te preocupes, tampoco habíamos quedado en nada.

—Sí, pero he querido adelantar todo el trabajo que he podido, porque mañana voy contigo a la fiesta de cumpleaños de Alejandro.

—No quiero que te sientas obligado, de verdad. Si no puedes o no te apetece, no tienes por qué venir conmigo.

—Pero lo que ocurre es que sí que quiero y lo hago de corazón. Si no fuera así, te lo diría, sin excusas. Sabes que me gusta ser directo.

—Sí, lo he comprobado en mis propias carnes.

—Bueno, eso lo hablaremos después. Ahora quiero hablar contigo de negocios. ¿Podemos comer juntos?

—Claro, déjame que termine esto que tengo entre manos y enseguida nos vamos.

—Sin prisas, haz lo que tengas que hacer, que ahora hablamos con tranquilidad.

Terminé de enviar los correos que me faltaban y recogí todo, dispuesta a apagar las luces y salir a comer. Tenía un par de horas, puesto que a partir de las cinco había quedado con unos clientes que se marchaban de vacaciones en una semana y tenía que explicarles muchas cosas.

Chicky no se encontraba en la oficina en el día de hoy porque tenía una reunión de agentes de viajes para la presentación de las nuevas tendencias de vacaciones y demás, así como para conocer las nominaciones a la mejor agencia de viajes de España.

Nos sentamos en el bar de enfrente de la oficina, pues no quería perder mucho tiempo en ir y volver, y Raúl estuvo de acuerdo.

Durante la comida, estuvimos hablando de todo el tema del porcentaje de descuento que podíamos ofrecer en los hoteles de su propiedad, así como del importe del beneficio que obtendríamos nosotros, como agencia.

No nos costó mucho trabajo llegar a un acuerdo, ya que lo que él nos ofrecía era bastante razonable, además de ser beneficioso para ambas partes.

Según nos contó, dejaría un número de habitaciones que sería en exclusiva para nosotros, sabiendo, así, que siempre tendríamos disponibilidad, a no ser que las reserváramos todas nosotras.

Cuando me dejó en la puerta de la oficina, lo hizo dejándome un breve beso en los labios, antes de decirme que me recogería al día siguiente a las doce en la puerta de mi casa, ya que la fiesta empezaba a las doce y media, y no queríamos ser los primeros.

—Quiero que, cuando entremos, ya estén allí los demás, que nos vean llegar de la mano y se queden con la boca abierta.

—Menos mal que en el club de campo hay servicio médico, porque a más de uno le da un infarto.

—Eso si no nos echan antes, que todo puede pasar.

—No se atreverá. Porque, si alguien puede hacer eso, es Macarena, y no se lo pienso permitir.

—Esa es mi chica, que no deja que nadie la pisotee.

—A ella, en concreto, no se lo permito; ya se ha adueñado de bastantes cosas como para permitirle que lo haga también de mi dignidad.

Raúl mostró una sonrisa en su rostro y se marchó, pues ya habían llegado los clientes que estaba esperando, quedando en volver al día siguiente. Esa noche no dormiría y no podía pasarme las horas charlando con Chicky, pues no volvía de la convención hasta el día siguiente por la mañana.

Ella también estaba invitada a la fiesta de cumpleaños de mi hermano, pero dijo que iría por la tarde, pues quería descansar un rato después del viaje, y lo entendí.

Eran muchas horas de coche, pues, en esta ocasión, se celebraba en un pueblecito de Barcelona y, desde nuestra ciudad, había como cuatro o cinco horas en coche.

Mi amiga odiaba los aviones; era superior a sus fuerzas y tan solo los cogía cuando ya no tenía más remedio, porque si podía hacer el trayecto en coche o en tren, no dudaba en hacerlo. En esta ocasión eligió el coche porque no le cuadraban los horarios de los trenes.

La tarde se me hizo demasiado corta, pues no pararon de llegar unos clientes detrás de otros. Primero, algunos que venían a terminar de concretar lo que tenían pendiente para sus vacaciones. Otros, para pedir presupuesto y los que ya lo tenían claro, para hacer la reserva de sus viajes soñados.

Subí a casa, me di una ducha rápida y me planté el pijama, lista para sentarme en mi sofá, con un sándwich que me preparé, un paquete de patatas chips, y una lata de refresco, dispuesta a hacer un maratón de la serie que estaba viendo, aunque el maratón se quedó en una carrerita, porque no pude terminar de ver ni el primer capítulo, porque me quedé dormida como un bebé.

A la mañana siguiente me levanté con un ánimo que hacía mucho que no tenía. Estaba feliz y segura, y eso fue lo que más me sorprendió. Iba dispuesta a todo, como si me tenía que enfrentar a mi madrastra por mi hermano, haría lo que fuera.

La fiesta era en la piscina, por lo que nos exigieron que lleváramos traje de baño. No quise ponerme ninguno de los bikinis que tenía, pues eran demasiado pequeños para la «moral» de mi querida Macarena.

Por eso, hacía unos días, fui a la tienda de baño del centro comercial y me compré un trikini blanco y dorado, con unos aros que le daban un toque de lo más elegante. Lo combiné con un vestido de gasa a conjunto y unas sandalias también doradas.

Cuando me lo puse en mi casa, me veía bien, lo suficientemente sexy sin parecer chabacana, además de muy elegante. Me recogí mi melena en una coleta alta y me puse las gafas de sol, justo después coger el bolso y de recibir un mensaje de Raúl, que me indicaba que ya estaba abajo, esperándome.

Al llegar, lo vi mirando algo en el móvil, pero parece que notó mi presencia, porque levantó la vista y soltó un silbido.

—Vaya, vaya, estás preciosa, Alba.

—Ya será para menos. Además, me juego contigo lo que quieras a que, en cuanto lleguemos, Macarena me dice algo para ridiculizarme y hacerme quedar mal.

—Pues, te aseguro que, si eso ocurre, seré yo el que le diga cuatro cosas.

—No merece la pena, Raúl, sería rebajarse a su altura, y tú y yo, tenemos mucha más clase que ella.

—Bueno, no te prometo nada. Todo dependerá de lo que salga por su boca.

—Está bien, ahora, vamos, que estoy como loca por ver a mi niño. Por cierto, ¿qué es ese paquete que llevas ahí detrás, en el asiento?

—Mi regalo, no pretenderías que fuera con las manos vacías.

—No hacía falta, podríamos haber dicho que el mío era de los dos.

—Claro, y quedar como un tacaño, cuando no lo soy. De eso nada, chavala. Además, me lo tengo que ganar, que, a todas luces, será mi cuñado.

Lo miré porque no sabía a qué se estaba refiriendo, y el corazón me dio un vuelco. No habíamos hablado de futuro, y eso me daba cierta inseguridad. Raúl, que se dio cuenta de mi cara de desconcierto, procedió a aclararme todo.

—Quieres quitarte a mi hermano de encima, ¿verdad? Pues nada mejor que hacerles creer a todos que eres mi novia.

—Ah, vale, era eso, entonces…

—¿Te pensabas que te iba a pedir matrimonio allí, delante de todos?

Raúl soltó una carcajada que intenté seguir, pero tan solo me salió una breve sonrisa en mis labios.

No diré que no me decepcionó su respuesta, porque ya me había imaginado que seríamos una pareja, pero de verdad.

Pero luego recordé cómo era él, que iba de cama en cama, y entendí que no me había prometido nada más que una noche inolvidable, una que me dio, con creces.

Intenté quitarme eso de la cabeza, sobre todo antes de entrar en el club de campo, pues no quería que la gente me miraba de ninguna manera que me demostrara compasión o algo parecido.

—¿Estás preparada para entrar?

—Nací preparada, chaval.

—Entonces, vamos a demostrarles a todos que somos la mejor pareja del mundo, y que ningún comentario podrá con nosotros.

Raúl me cogió de la mano nada más bajar del coche y entramos así en el club de campo. Mi hermano, nada más verme, vino corriendo para darme un abrazo, pero su querida madre lo frenó a mitad del camino, y eso me sentó como una patada en el estómago.

—Alejandro, te he dicho que no se corre para recibir a los invitados.

—Mamá, pero ella no es una invitada, es mi hermana.

—Tu hermana o tu prima, me da igual, es una invitada más y debes dirigirte a ella con educación y tranquilidad.

—Tiene siete años, Macarena, no setenta. Es normal que esté agitado en un día como hoy, que es su cumpleaños.

—Me da igual, dice el refrán que, el arbolito, desde chiquitito, y no va a pasar como contigo, que te fuiste de las manos…

—¿Me estás diciendo que mi madre no me educó bien?

—No te está diciendo eso, Alba. Es solo que ella es más estricta que tu madre, nada más —dijo mi padre, justificándola de nuevo.

Ambos miraron mi mano entrelazada con la de Raúl, pero no cayeron en la persona que era, hasta que él mismo se presentó, con todo el arte del mundo, dejando claro de quién se trataba.

—Buenas tardes, soy Raúl Trechera, el novio de Alba.

—¿Trechera? ¿No serás el hijo díscolo de Camila y Julián? —preguntó mi madrastra, con toda la mala leche.

—El mismo que viste y calza, encantado.

—Encantado, chico. Pasad, id a tomar algo antes de que nos sirvan la comida —le dijo mi padre, estrechándole la mano.

Mi madrastra me miró como si no se lo pudiera creer, pero no cerró la boca, no se mantuvo en silencio, sino que soltó una perlita de esas a las que nos tenía acostumbrados y que era todo un dardo envenenado.

—Como no, Dios los cría y ellos se juntan.

—Por supuesto, Macarena. Lo que no sé es qué hace mi padre contigo, cuando no tenéis nada en común, por decirlo de una manera elegante.

—Hija, por favor, si no lo haces por mí, hazlo por tu hermano. Es su fiesta y no se merece que haya mal ambiente —me suplicó mi padre.

—Ten por seguro de que, si no fuera una fiesta del niño, iba a estar aquí un guardia vestido de gitano, porque yo, no.

Me di media vuelta, y me fijé en que Raúl hacía un verdadero sacrificio por no soltar una carcajada, esa que soltó en cuanto que nos alejamos de mi padre y su mujer.

No me quedé con las ganas de abrazar a Alejandro, así que, en el momento en el que lo vi de nuevo, lo estrujé contra mi pecho y me lo comí a besos.

Levantó la cabeza y vio a Raúl, cogido de mi mano. Me miró a mí, alternó la mirada con él y, con una sonrisa, se dirigió a nosotros.

—Hermana, me gusta tu novio. No me mira como si fuera un estorbo.

—Porque no lo eres, campeón.