Capítulo 6
Alba
Cumplió su palabra, en cuanto que aparcó el coche en el garaje, no me dejó ni bajar de él, me giró, poniéndome de cara a él, abrió mis piernas y, apartando el tanga a un lado y se lanzó a lamer y succionar mi sexo, haciéndome gritar de tal manera que pensé que perdería la voz.
No paró hasta que no llegué a mi segundo orgasmo, que alargó con su lengua hasta que ya no me quedaba ni un poquito de aliento, porque el placer que me había proporcionado en unos minutos superaba con creces cualquiera que hubiera sentido en toda mi vida sexual.
—Eres exquisita, preciosa, y pienso saborearte muchas veces hasta que amanezca.
—Lo mismo y soy yo la que te saborea, que también me muero por hacerlo.
—Estoy a tu entera disposición, haz conmigo lo que quieras.
No me lo pensé, le di un pequeño empujón que lo llevó a su posición original, me incliné sobre él, abrí su pantalón y liberé su miembro del interior de su bóxer, saltándome muy cerquita de la cara.
Me parecía increíble que, sin tan siquiera haber puesto un pie en el interior de su casa, ya estuviéramos en esta situación, pero, a la vez, me excitaba de una manera espectacular. Todo en este hombre me hacía sentir como nunca antes me había ocurrido.
Una vez que dejé el miembro al aire, empecé a acariciarlo de arriba abajo con mi mano, y, cuando menos se lo esperaba, lo lamí, de la base a la punta, haciendo círculos con mi lengua en su glande, hasta que la metí entera en mi boca.
—Joder, Alba, me estás matando, y esto es solo el prólogo de lo que nos espera esta noche.
Lo miré, sonriendo, pero sin sacar su miembro de mi boca. Chupé, succioné y lamí hasta que conseguí que se derramara en el interior de mi boca. Lo hizo con un gruñido que dejó claro el placer que había sentido en ese momento y que me hizo sentir de lo más orgullosa.
Cuando recuperó la respiración, que coincidió con el momento en el que yo me incorporé en mi asiento, junto a él, puso su mano en mi cuello y me besó, saboreándonos el uno en la lengua del otro, haciendo que nos volviéramos a excitar muchísimo.
—Creo que será mejor que entremos dentro de la casa o no saldremos del coche hasta mañana.
—Sí, porque te quiero en plenitud, quiero verte completamente desnudo y deleitarme con tu cuerpo.
—Si me dices eso, te juro que no vamos a pasar de la puerta de entrada.
—Mientras que pueda cumplir mi objetivo, me da exactamente igual dónde lo hagamos, como si quieres hacerlo en la encimera de la cocina.
No sé de dónde saqué este valor y esta poquísima vergüenza, pero ver el deseo en sus ojos me dio la valentía que necesitaba para hacer lo que tenía en mente y no lo dudé.
En cuanto bajamos del coche y atravesamos la puerta de su casa, abrí la cremallera de mi vestido y lo dejé caer al suelo, quedándome tan solo con mi tanguita.
Los ojos de Raúl se abrieron de golpe, creo que no esperaba que yo actuara de ese modo, pero, una vez recuperado de la sorpresa, vino hasta mí y me besó de una manera hambrienta, poniendo sus manos en mis nalgas, para cogerme en brazos y hacer que rodeara su cintura con mis piernas.
Subimos la escalera hasta su habitación de ese modo, notando en mi sexo la dureza de su miembro, haciendo que yo me moviera de manera incontrolada sobre él, mientras que desabrochaba su camisa, porque su chaqueta se quedó en el coche en cuanto que salimos del restaurante.
Con mucha delicadeza, que contrastaba con la manera en la que me estaba besando, me posó en la cama, separándose de mí y poniéndose de pie al final de la cama, donde empezó a desnudarse delante de mis ojos. Jamás me imaginé que Raúl tenía un cuerpazo así, que me dejó con la boca abierta.
Sus músculos estaban muy bien marcados, sobre todo la V que llevaba hasta su miembro, que se veía grande y grueso y de lo más apetecible.
Podéis pensar que ya lo había degustado antes y que no se entendía mi asombro.
Y sí, lo degusté, pero no lo vi en el conjunto de su cuerpo, como lo estaba viendo ahora.
—¿Te gusta lo que ves?
—No, no me gusta; me encanta.
—Pues, es todo tuyo; haz con él lo que quieras.
Me levanté de la cama y me dirigí hasta donde estaba él, quitándome mi tanga con mucha sensualidad, ante la atenta mirada de Raúl.
Una vez que estuve completamente desnuda, a su lado, me arrodillé en la cama y lo besé.
Era mucho más alto que yo, por lo que, para llegar bien a su boca, tuve que colocarme en esa postura.
Raúl se dedicó a besar todo mi cuerpo, centímetro a centímetro, empezando por mi boca y llegando hasta el dedo gordo de mi pie, que mordisqueó, lamió y succionó, al igual que había hecho en mis pechos, en los que se deleitó.
El momento en el que me penetró fue como tocar el cielo con los dedos; no fue nada sutil, pero tampoco de forma brusca. No sé cómo explicarlo. Aplicó la fuerza y el ritmo justo para que me alcanzara un orgasmo brutal, que no dudé en gritar.
Así nos mantuvimos gran parte de la noche, hasta que casi vimos el amanecer, momento en el que nos quedamos dormidos, justo después de volver a hacerlo en la ducha, después de enjabonarnos el uno al otro, en un baile de lo más sensual, mientras que nos caía el agua a ambos sobre la cabeza.
En cuanto me desperté, vi que Raúl no estaba a mi lado, pero su lado de la cama continuaba aún caliente, por lo que no debía de haber pasado mucho tiempo desde que había salido de ella.
Al levantarme, vi mi vestido doblado en una de las sillas del dormitorio, por lo que, lo cogí y me lo puse, ya era hora de que me marchara de esa casa.
Bajé hasta la cocina, donde estaba Raúl con un pantalón de algodón corto, y una camiseta de mangas cortas que le quedaba como un guante. No pude evitar quedarme mirándolo, con la boca abierta y completamente anonadada, porque verlo era todo un espectáculo.
—Buenas tardes, bella durmiente.
—Buenas tardes.
—¿Te apetece tomar algo?
—No, será mejor que me marche, ya es tarde y tengo cosas que hacer.
—Espera, que me calzo y te acerco a tu casa.
—No hace falta, ya he pedido un taxi.
—No me cuesta nada, de verdad.
—Sí, pero estás en casa, cómodo, y no es necesario. Gracias por la noche.
—No me tienes que agradecer nada, el placer ha sido mutuo, y no es una manera de hablar.
De pronto, me llegó un mensaje al móvil, era de la aplicación de los taxis, que me decía que el mío ya estaba llegando. Por eso, me despedí de él, antes de salir, Raúl, me cogió por la cintura y me dejó un beso en los labios, acompañándome hasta la entrada, en la que ya me esperaba el coche.
—Te llamo en estos días para concertar una cita y hablar de negocios.
—Cuando quieras, no tienes que llamar, normalmente estoy en la agencia.
—Perfecto, me organizo y me paso por allí. De todos modos, nos vemos el sábado, te recojo para ir a la fiesta de cumpleaños de tu hermano.
—Vale, espero tu llamada.
Me subí en el taxi y puse rumbo a mi casa, pero lo hice completamente feliz y satisfecha.
Sabía que Raúl no era de repetir pareja, y que, probablemente, eso que habíamos vivido no se volvería a dar otra vez, pero, por lo menos, había conseguido cumplir mi sueño de pasar la noche con mi amor platónico.
Entré en mi casa y allí, sentada en el sofá, estaba mi amiga, esperando a mi regreso para que le contara todo, pero me dio un susto de muerte, pues no me había dicho nada de que iba a venir y esperarme.
—Me cago en todo, Chicky, vaya susto que me has dado.
—Hija, soy fea, pero no creo que sea para tanto.
—La madre que te parió, Chicky, ¿cómo se te ocurre venir a mi casa sin decirme nada?
—Ni que fuera la primera vez que lo hago.
—No, no es la primera vez, pero no cuando no estoy, y no es que me moleste, ni mucho menos, pero es que, ver que la llave de la puerta estaba abierta y divisar una cabeza en el sofá, casi me doy la vuelta y llamo a la policía.
—Si va a ser un policía de esos de los que salen en las redes sociales, llama, que me espose, pero, preferiblemente, al cabecero de la cama.
Solté una carcajada, porque ella le veía el lado cómico a todo lo que le sucedía, da igual lo que fuera, y eso era lo que más me gustaba de ella, su optimismo ante cualquier situación, por muy negra que se viera.
—Desde luego, hija, eres única.
—Claro, como tú vienes bien servida. No como yo, que tengo que tener ahí abajo hasta telarañas.
—Sí, sí, lo que tú digas. Vamos, que no te has acostado con nadie en el último mes.
—A principios de mes, y ya estamos a veintiuno. Tres semanas sin darle una alegría al cuerpo, para mí, eso es una eternidad.
—Me voy a dar una ducha y a cambiarme de ropa, ve pidiendo algo de comer, que no me apetece cocinar y tengo hambre.
—No vas a tener hambre, si la cena de anoche seguro que la has quemado bien. Está bien, pero, en cuanto que salgas, quiero todos los detalles.
—No te los pienso dar. Quédate con que he pasado una noche inolvidable y he cumplido el sueño de una noche de pasión con mi amor platónico.
—Desde luego, las hay con suerte. Que verdad es eso que dicen que, hay quién nace con estrella y quién nace estrellado, y yo, soy de la segunda opción.
Ella lo decía completamente convencida, cuando la realidad era que no había nadie con más suerte que ella, que siempre conseguía todo lo que quería y, prácticamente, sin ningún esfuerzo. Negué con la cabeza y me metí en la ducha, al salir, ya estaban allí las pizzas que había pedido.
—O yo he tardado mucho o las pizzas han tardado muy poco.
—Ni lo uno, ni lo otro, digamos que os habéis quedado en un término medio.
—Pues nada, vamos a poner la mesa, y comamos.
—No te voy a dejar pasar esa conversación que tenemos pendientes, que lo sepas.
—Lo que tú digas, chica.
Nos sentamos a la mesa y nos pusimos hasta arriba de pizza, además de comernos dos helados del tamaño de una plaza de toros portátil, ella de chocolate y pistacho, y yo, de nata con nueces, que era mi preferido.
Le conté cómo había ido la noche, sin entrar en detalles, porque ella sabía que, en primer lugar, me daba muchísima vergüenza, y en segundo, pero no menos importante, entendía que eso formaba parte de mi intimidad, y eso mismo era mía y no tenía por qué contarlo a nadie.
Ella también me contó que había quedado con Daniel, pero que no pasaron de unos cuantos besos, pero que habían quedado para comer mañana, por lo que pasaría por la oficina a recogerla en cuanto terminara una reunión que tenía en el hotel, y a la que suponía que también tendría que acudir Raúl, como socio suyo que era.
Al final de la tarde, Chicky se marchó a su casa, por lo que yo, que no podía ni con mi cuerpo, me puse mi pijama y me acosté a dormir.