Capítulo 5
Alba
Raúl me llevó a un restaurante de lo más romántico y elegante, que se encontraba a las afueras de la ciudad, y en cuya terraza nos acomodaron, con unas vistas a la sierra que eran una maravilla.
—Me encantan las vistas…
—A mí también. Hoy estás que te sales de bonita.
—¿Cómo me dices esas cosas?
—¿Qué quieres que te diga? ¿Que eres más fea que un frigorífico por detrás? Chica, no podría decir eso ni queriendo, te lo juro.
—Pero ¿es que no entiendes que me pones nerviosa?
—¿Nerviosa por eso? Entonces, si te llego a decir todo lo que me está pasando por la cabeza, ahora mismo, seguro que te da un infarto.
—No, mejor no me digas nada, por lo menos mientras que estemos en el restaurante.
—Si me dices eso, te juro que pido la comida para llevar y, no sé si cenaremos, pero, nos la podemos desayunar.
Me encantaba el descaro de Raúl, esa seguridad que tenía en sí mismo, y esa mirada lobuna que decía mucho más que las palabras que pudiera pronunciar.
Supe, en ese momento, que la noche prometía, en todos los sentidos, y que ese hombre iba a provocar en mí muchos sentimientos, lo que, para mí, sería un problema.
—Bueno, cuéntame, ¿qué tal todo por tu vida? Me enteré de que tu padre se buscó una nueva pareja y que tienes un hermano pequeño. ¿Es cierto?
—Sí, Alejandro, lo más bonito del mundo. Es mi vida, aunque su madre no me deje pasar tanto tiempo con él como me gustaría.
—¿Y eso? ¿Te llevas mal con ella?
—No es que me lleve mal; el problema es que no he permitido que maneje mi vida como a ella le dé la gana, y por eso hemos discutido más de una vez.
—¿Tu padre no ha dicho nunca nada? Porque, hasta donde yo lo conozco, era un hombre de carácter que no dejaba que nadie se subiera a sus barbas.
—Pues ahora, no es que ella se suba a sus barbas; es que se sube e invita a las amigas, con eso te lo digo todo.
Raúl soltó una carcajada que me contagió a mí y a muchas de las personas que estaban cenando en ese momento en la misma terraza que nosotros.
En el momento en el que se le pasó la risa por lo que había dicho, le expliqué cómo lo manejaba a su antojo y él callaba, hasta el punto de creerse la dueña de todo, cuando la mitad de esa casa era mía.
—Entiendo que hayas huido de ahí como alma que lleva el diablo, porque yo hice lo mismo. No podía con las comparaciones con mi hermano, el perfecto.
—¿Tu hermano? ¿Tienes un hermano? Te prometo que no lo sabía, jamás te he visto con él. Es más, creo que no te he llegado a ver nunca ni con tus padres.
—Desde que tuve la suficiente conciencia como para ver las cosas, decidí apartarme hasta que llegó el momento en el que pude huir de ahí, estudiando en el extranjero.
—Es cierto porque te has llevado unos cuantos años. Lo mismo y hasta he coincidido con tus padres en el club de campo, aunque, sinceramente, no los recuerdo.
—Claro que sí, y con el pavisoso de mi hermano. El gran Jacobo Trechera, el hijo deseado de doña Camila y don Julián…
—No me jodas… ¿Jacobo es tu hermano?
—El mismo, aunque seamos como la noche y el día. Yo he llegado a pensar que, en algún momento, me cambiaron en la cuna del hospital y que yo no pertenezco a esta familia.
Esta vez, la que solté la carcajada fui yo, porque si había alguien en quien no había pensado como su hermano, era Jacobo, precisamente. Aunque ahora que lo pensaba, sí que tenían cierto aire; tenían los mismos ojos, aunque de colores diferentes.
—¿Por qué te ríes?
—Si tú supieras…
—Pues cuéntamelo, para que lo sepa.
—La divina Macarena, y no me estoy refiriendo a la Virgen sevillana, sino a la mujer de mi padre, quiere emparejarme con él.
—¡Por encima de cadáver!
Eso que exclamó me llegó al alma, aunque no entendía el motivo. No sabía si lo había dicho porque él estaba interesado en mí, porque no quería a una persona sin sangre en mi vida, o, simplemente, porque lo que intentaba era joder a su hermano, pero no le quise dar más vueltas al asunto.
Terminamos de cenar y un impulso me atravesó la mente. ¿Me callé? Pues va a ser que no, que mi boca habló antes siquiera de que pudiera procesar lo que estaba pensando. No entiendo si lo dije por fastidiar a mi madrastra o porque así alejaría de mí a Jacobo, pero no lo dudé.
—Raúl, el sábado es el cumpleaños de mi hermano, es en el club de campo…
—Sí, te acompaño gustosamente.
—Joder, si no me ha dado tiempo a preguntarte nada. ¿Y si lo que quiero es que me acompañes a comprarle el regalo?
—Vaya manera de quitarme las ilusiones, chica. Yo que ya me había imaginado entrando en el club contigo de la mano…
—Bueno, vale, te dejo que vengas conmigo, pero solo si me prometes que me ayudarás a alejar a tu hermano de mí.
—Eso está hecho, preciosa. Pero luego no quiero hojas de reclamaciones ni nada, te lo advierto.
—Te lo firmo cuando quieras.
—Te iba a decir si te apetece tomar una copa, pero, siendo sincero, me gustaría que la tomáramos en mi casa. ¿Te parece bien?
—Me parece una idea fantástica.
Durante la cena no había bebido más que una copa de vino blanco, con la intención de que, si tomáramos algo después, no terminara borracha como un piojo con un atracón de colonia.
Quería estar en mis cinco sentidos para poder disfrutar de esa noche de pasión que tantas veces soñé, sin saber que se me convertiría en realidad.
Raúl, en cuanto salimos del restaurante y antes de subirnos a su coche, aprovechó que íbamos cogidos de la mano para ponerse delante de mí y pegarme a él.
No hizo falta palabras, puso su mano en mi cuello, me miró, y me besó con una intensidad que hizo que, al separarnos, me tambaleara, de lo que me entró por el cuerpo.
—No te puedes imaginar las ganas que tenía de hacer esto.
No supe qué contestarle, así que tan solo hice lo que me salió de lo más profundo de mi alma, que fue sonreírle y besarlo de la misma manera, pero esta vez fui yo la que inició ese beso, en el que nos costó mucho más separarnos.
Subimos al coche en completo silencio, pero con una sonrisa que decía mucho de lo que nos esperaba en cuanto que llegáramos a su casa, o eso pensaba yo, porque los preliminares empezaron en el primer semáforo en el que nos tuvimos que parar.
Mi vestido se había subido demasiado, pero me daba igual, no hice nada para bajarlo y mi tanguita se veía a simple vista.
Raúl miraba de reojo durante todo el trayecto y lo escuché suspirar muchas veces.
Yo me removía en el asiento del copiloto, consciente de lo mojada que estaba, sobre todo, cuando me fijé en el pantalón de mi acompañante, en el que se notaba cómo su miembro iba tomando forma.
Raúl, en cuanto que vio que el semáforo se puso en rojo, llevó sus dedos a mi sexo, primero por encima del tanga, segundos después, apartándolos y acariciando mis pliegues de arriba abajo y, al contrario.
No pude evitar soltar un gemido y noté cómo su miembro dio una sacudida en el interior de sus pantalones.
—Si sigues gimiendo así, aparco en el primer sitio que encuentre y no vamos a llegar a mi casa.
—¿Qué quieres que haga si me tienes ardiendo?
No teníamos detrás ningún coche, entre otras cosas, por la hora que era y porque estábamos en una zona de poco tránsito de coches. Por eso, le importó bien poco que el semáforo se pusiera en verde; él siguió con su labor y no paró hasta que no consiguió que alcanzara mi primer orgasmo.
Se metió los dedos en la boca y los lamió como si mi sabor fuera el mejor del mundo, y lo hizo con una mirada de lo más libidinosa que me encantó, dicho sea de paso, sobre todo por lo que dijo a continuación.
—Me encanta cómo sabes, Alba y, te aseguro que, en cuanto que pongamos un pie en mi casa, ni copa ni nada que se le parezca, me voy a beber toda tu excitación.
No me dejó decir nada más, arrancó el coche y salió disparado hasta su casa, una que no estaba muy lejos de donde nos encontrábamos, o al menos así me lo pareció a mí, pues no tardamos ni cinco minutos en llegar.
Estaba tan excitada que no sabía si era que había ido demasiado rápido o que el trayecto era demasiado corto.