Capítulo 4
Alba
La noche con Raúl y con sus amigos transcurrió entre risas y copas, alargándose más de la cuenta.
Chicky y yo dijimos que volveríamos pronto a casa, pero creo que nos referíamos a pronto, de temprano, que era porque cuando atravesamos la puerta de mi casa, ya era de día y hasta habíamos desayunado churros.
Durante la noche, pude notar la mirada de Amanda sobre mí, como si fueran puñales, y más de una mala contestación también recibí, pero no le di importancia, porque, al fin y al cabo, ella y yo no éramos ni siquiera conocidas.
Al llegar la hora de marcharnos, Raúl y Daniel nos acompañaron hasta el portal de mi casa, con el consiguiente enfado de aquella mujer, que estaba claro que tenía algo con Raúl, como era normal.
—Ni que se fueran a perder, chico —le dijo cuando manifestó su intención de acompañarnos.
—Pues no, no se van a perder, pero no me quiero separar de ella, tenemos mucho tiempo que recuperar —le contestó él, enfadado.
—Raúl, da igual. Chicky y yo estamos cerca. Si quieres marcharte con ella, no me importa, de verdad. Podemos quedar otro día —dije, intentando minimizar el daño.
—Por supuesto que quedaremos otro día; eso no lo dudes, pero no por eso voy a dejar de acompañarte.
Amanda se giró bruscamente, visiblemente ofendida, pero a Raúl le daba igual, pues me echó el brazo por encima y siguió andando, poniendo rumbo al edificio en el que se encontraba mi casa.
—Mira, esta es nuestra agencia de viajes —le dijo Chicky a Daniel.
—Joder, la tenéis bien situada, y con bastantes paquetes vacacionales, la verdad —contestó él.
—Tenemos que reunirnos para negociar, pero eso será en otro momento, porque mañana me gustaría invitarte a cenar, los dos a solas, para ponernos al día —me dijo Raúl.
Os prometo que me temblaron hasta las pestañas, pues no me esperaba que el amor de mi juventud, ese amor platónico que nunca pensé que se fijaría en mí, me estuviera invitando a cenar. Vamos, para no creérselo.
—¿No te seduce la idea? —Me preguntó, puesto que me había quedado completamente en silencio.
—No es que no me seduzca esa propuesta, lo que ocurre es que no quiero que tengas problemas con Amanda. Si me has acompañado a mi casa y se ha puesto así, no me quiero imaginar cómo se pondría si se enterara de que me has invitado a cenar.
—Que se ponga como le dé la gana. Entre ella y yo, tan solo ha habido sexo y Amanda es consciente de ello. Además, tan solo en las veces en las que he venido de vacaciones, fuera de eso, no hay nada más.
—Pues cualquiera lo diría, porque ha estado marcando territorio desde que nos sentamos con vosotros —dijo Chicky, que, si fuera muda, reventaría.
—Os lo repito: que piense lo que quiera, yo soy libre y ceno y me acuesto con quien me salga del alma, y con esto creo que ya he sido lo suficientemente claro.
—En ese caso, si tú lo tienes tan claro, para mí sería un honor ir a cenar contigo mañana. Me mandas la ubicación y la hora y allí estaré.
—Estás loca si piensas que no vendré a recogerte y te dejaré ir sola. A las nueve estaré en la puerta de tu casa, ¿te parece buena hora?
—Me parece genial; nos vemos mañana.
Nos despedimos con un beso en la mejilla, uno que duró más de la cuenta, o, al menos, así me lo pareció a mí, que me tuve que poner roja como un tomate, a juzgar por la cara que puso Raúl y la carcajada que soltó mi amiga.
—Amiga, el destino se ha puesto de tu parte.
—No lo digas muy alto, que todavía se me tuercen las cosas.
—No seas negativa, hija. Qué manera de gafar todo.
Nos miramos y soltamos una carcajada porque ella era de las que decían que, si te ponías de manera negativa ante algo bueno, se terminaba echando a perder, que la positividad era muy buena en todas las situaciones.
Esa noche, y al día siguiente, una vez que Chicky se marchó a su casa, los nervios se apoderaron de mí. No me cabía en la cabeza que Raúl, tal y como era, se pudiera fijar en una mujer como yo, cuando podía tener a sus pies a toda la que quisiera.
Chicky, antes de irse de mi casa, me dejó encima de la cama lo que me tenía que poner, según ella, para resultar arrebatadora y sexy sin parecer vulgar y chabacana.
Había dejado un vestido negro, con un solo hombro, estrecho hasta las caderas, de estos que aparecen con la falda montada y, justo a medio muslo, salían unos flecos que llegaban hasta casi el tobillo.
Lo combiné con unas sandalias doradas que me resultaban muy cómodas, a pesar del taconazo que tenían, al igual que los complementos y el bolso, que también eran del mismo color.
Mi cabello lo recogí en una coleta alta, estirada, pues me molestaba mucho comer con el pelo en la cara, un maquillaje sencillo, pero muy favorecedor y mis labios de color rojo putón, como decía mi querida madrastra, que se ponía negra de coraje cuando me veía destacar un poquito más que ella.
De repente, a mi cabeza acudió la imagen de ella, de Macarena, diciéndome que tenía que ir a cenar con Jacobo, que era el hombre con menos sangre en el cuerpo que conocía.
No es que fuera feo, porque era muy atractivo, pero no me gustaban los hombres que se dejaban manejar, mucho menos si los que movían los hilos eran sus padres.
Miré el teléfono para ver la hora que era y ya tenía un mensaje de Raúl, que estaba esperándome abajo. Me eché un último vistazo en el espejo de la entrada y, tal y como me dijo mi amiga, me sentí arrebatadora; esperaba que la reacción de Raúl me lo confirmara.
Desde el portal lo vi, apoyado en la puerta del copiloto de su coche, con un traje de chaqueta azul azafata, una camisa blanca, sin corbata, y los zapatos y el cinturón en marrón chocolate, y me resultó arrebatador.
—Joder, Alba, no se puede estar más bonita que tú.
—Gracias, tú también estás muy guapo.
—¿Dispuesta a pasar una noche inolvidable?
—Uy, eso que me dices pinta muy bien.
—Te prometo que esta noche no la olvidarás nunca.
Esa última frase la dijo mirándome de una manera que me hizo estremecer. Iban muchas promesas veladas en esas palabras, pero no me quería hacer ilusiones, no con él, que había sido mi amor platónico desde que era una adolescente.
Me abrió la puerta de su coche, en el que subí. Lo que no me había dado cuenta es que, al sentarme, la falda de mi vestido subía mucho, por lo que, prácticamente, llevaba las piernas completamente al aire.
Eso no le pasó desapercibido a Raúl, que me lanzó una mirada de deseo que me calentó por dentro y por fuera, porque mis mejillas tomaron el color de la camiseta de España, roja como la bombilla de un local de vida alegre, por decirlo de una manera elegante, pero que todos me habéis comprendido.
—Si sigues mirándome así, voy a entrar en combustión espontánea.
—¿Cómo quieres que te mire?
—No lo sé, pero me estás poniendo muy nerviosa.
—Mira, Alba, si por algo me caracterizo, es por ser directo y sincero. Me gustas, y mucho, y no quiero que esta cita se quede en el restaurante. Quiero que pases la noche conmigo.
—¿Directo? Y tanto, chico, no has cogido ni una rotonda, has ido directamente por la autopista.
Raúl soltó una carcajada, pero no dejaba de mirarme como si fuera la última botella de agua fría en medio del desierto. Lo cierto es que yo también quería lo mismo que él, pero no me atrevía a decírselo con palabras.
Por eso, en vez de hablar y aprovechando que el coche estaba parado en un semáforo, me acerqué a él y le dejé un breve beso en los labios. No fue nada del otro mundo, pero os prometo que un escalofrío me subió por la espalda, como presagio de lo que me esperaba esa noche.
—Veo que tienes las mismas intenciones que yo, y eso me gusta.
—Uf, calla ya, por lo que más quieras, que me muero de vergüenza.
—¿Por qué? Nos conocemos desde hace mucho tiempo, no es que nos acabáramos de conocer hace cinco minutos.
—Por eso mismo, porque nos conocemos, y jamás imaginé que terminaría así, contigo.
—¿Terminar? No te confundas, preciosa, esto no ha hecho nada más que empezar.
Esta vez fue él quien me besó a mí, pero no se limitó a darme un beso de pico, como había hecho yo. Raúl profundizó todo lo que quiso y más, hasta que enredó su lengua con la mía, en un baile de lo más sensual.