Capítulo 3
Raúl
Para mi familia, siempre había sido el garbanzo negro, el que no quería seguir con la empresa que había ido pasando de padres a hijos, sobre todo cuando les comuniqué que quería irme a estudiar al extranjero; por supuesto, nada que tuviera que ver con lo que ellos querían que me preparara.
Me había llevado fuera del país durante once largos años, pero ya había llegado la hora de volver a casa.
Con eso no estoy diciendo que entrara por lo que mis padres querían, ni mucho menos, porque no iría a dormir ni a su casa, que ya tenía comprada una para mí, en la que hacer y deshacer lo que me placiera.
Daniel, quien siempre había sido mi mejor amigo, aun en la distancia, fue el encargado de buscarme una cerquita de la suya.
Era independiente y contaba con un gran jardín en el que pasar las tardes de verano, ya fuera en la piscina o en la zona de barbacoa, donde estaba seguro de que pasaríamos muy buenos ratos.
Había llegado a mi ciudad esa misma mañana, en un vuelo que me tuvo en el trayecto más de siete horas, pero fueron las mejores de mi vida, porque me acercaba a lo mío, a mis amigos, a mi gente, a mi infancia, esa en la que fui tan feliz.
Cogí mi equipaje de la cinta y salí a la terminal, donde estaba completamente seguro de que mi queridísimo Daniel me estaría esperando. Si no hubiera encontrado casa o si hubiera necesitado reformas, podría haberme ido a su casa hasta que todo estuviera listo, pero no era el caso.
—¡Amigo! No sabías las ganas que tenía de tenerte aquí, pero para siempre.
—¡Daniel! Más ganas tenía yo, por mucho que estuviera bien allí, nada que ver con ser mi propio jefe y estar rodeado de los míos.
—He quedado con todos esta noche en el bar de Manolo. Tenemos que celebrar tu vuelta.
—¿No podrías haber esperado a mañana? ¿O a la semana que viene?
—No, porque tu llegada ha sido hoy; además, no vienes ni de una guerra ni de hacer una mudanza, chaval.
—Pero vengo muerto; ha sido un vuelo de muchas horas, Daniel, y me duele hasta las pestañas.
—Pues nada, ahora te das una ducha, te echas un rato y esta noche estarás como una rosa.
—Eres único, amigo, de verdad.
—Gracias a Dios y a la Virgen del Carmen, porque dos como yo serían difíciles de aguantar.
Ambos soltamos una carcajada y subimos a su coche, que era el con el que había venido a recogerme. El mío lo había vendido antes de marcharme de la ciudad y mis pertenencias habían llegado el día anterior con una empresa internacional de mudanzas.
Tenía que comprarme uno nuevo, pero eso podía esperar hasta el día siguiente. Primero quería ir a casa, ponerme cómodo y descansar. Después de eso, ya revisaría todo lo que me hacía falta y pasaría por el trabajo.
Os estaréis preguntando cuál era la empresa que me había traído de nuevo de vuelta, y ahora mismo os lo voy a contar. Estudié turismo y dirección de empresa en un doble grado en una de las universidades europeas más prestigiosas. Cuando terminé, empecé a trabajar en una cadena de hoteles.
El CEO de esa cadena cayó en vicios demasiado caros, lo que llevó a la empresa prácticamente a la ruina. Fue en ese momento en el que vi mi oportunidad y hablé con Daniel, que sabía que se embarcaría conmigo en esta locura.
Eran hoteles internacionales, pero yo no tenía la intención de quedarme con todos, por lo que nuestra propuesta debía ser estudiada minuciosamente y conocer los pros y los contras, pues deberíamos vender los demás en los que no estábamos interesados.
Y así lo hicimos. Pedimos un préstamo al banco por el importe de todas las deudas que había contraído el propietario, más un poco más de dinero para que pudiera empezar otro negocio, si era eso lo que tenía en mente. No lo dudó y aceptó de inmediato.
Nos llevó un poco de tiempo poder vender los demás hoteles, pero la venta fue bastante ventajosa para nosotros, pues pudimos saldar el préstamo que habíamos pedido, además de quedarnos con un buen colchón económico para afrontar los pagos de al menos un par de años.
Tan solo nos quedamos con los tres hoteles que había en nuestro país, dos de ellos en la península y otro en las Islas Canarias, que ya estaban llenos al máximo para toda la temporada.
Nosotros trabajaríamos en el que se encontraba en nuestra ciudad, que además no tenía director, puesto que se había jubilado recientemente. En los otros dos, continuaríamos con la misma dirección que tenía antes de nuestra compra.
No había sido una cuestión de falta de atención por parte de los empleados, ni mucho menos, sino una mala gestión por parte de su propietario. Por ello, decidimos que no cambiaríamos ni sustituiríamos a ninguna de las personas que trabajaban allí.
Había llegado la hora de ir al bar de Manolo.
Sí, sé que podréis pensar que, con el dinero que ambos teníamos, nos podíamos permitir el restaurante más lujoso de toda la ciudad, que, incluso, hubiera sido más fácil cenar en el del hotel, que se encontraba en la terraza superior, pero nosotros no éramos así.
Estábamos acostumbrados a hacerlo ahí, en un bar de barrio, porque era donde nos concentrábamos todos desde que éramos prácticamente unos niños, huyendo del control de nuestros padres.
Mis padres, en concreto, eran unos clasistas de mucho cuidado y, cuando me veía rodeado de mis amigos, de los que, salvo Daniel, la mayoría eran gente de clase media, cuyos padres eran trabajadores normales, se volvían locos.
Para ellos, yo era el hijo díscolo, el que no seguía las normas, la oveja negra de la familia, pero me daba exactamente igual, yo tan solo quería vivir mi vida con tranquilidad, sin los protocolos y las historias que mis padres tenían para todo.
—Pablo me acaba de enviar un mensaje para decirme que ya están allí todos, esperándonos.
—Pues vamos, me muero por darles un abrazo a todos.
—Sí, sí, en especial a Amanda, ¿no?
—No digas tonterías, sabes que mi cabeza nada más que la ocupa una mujer, aunque esté muy lejos de mi alcance.
—Estaba lejos cuando no vivías aquí, pero ahora que estáis los dos en la misma ciudad… ¿Quién sabe?
—Dios te oiga…
Ambos soltamos una carcajada porque mi corazón tan solo lo había abierto ante mi mejor amigo, nadie más lo sabía. Cuando era un niño y antes de marcharme, conocí a la hija de unos amigos de mis padres y me quedé prendada de ella.
Jamás me atreví a decirle nada, entre otras cosas, porque mis propios padres se encargaron de decirle a todo el mundo que yo no era el chico que unos padres de su estatus querrían como yerno. Ni que nos fuéramos a casar en ese momento, pero, en fin, ellos se pensaban que pertenecían a la nobleza.
Eso no quería decir que no me hubiera acostado con nadie, porque lo había hecho, tanto en el extranjero como aquí, puesto que me acostaba con Amanda cada vez que venía, pero dejándole claro que no era nada serio.
Estábamos en esa terraza cuando, al levantar la cabeza, la tenía delante de mi vista y estaba más preciosa que nunca. No dije nada y empecé a andar hasta donde se encontraba ella, sin ni siquiera fijarme en la persona que la acompañaba.
—¿Alba? ¿Eres tú?
—La misma que viste y calza.
—Joder, chica, estás increíble.
Estuvimos un buen rato hablando, ya que se nos unió también Daniel, que siempre había estado interesado en Chicky, la amiga de Alba, y que se encontraba allí con ella en ese momento.
En un momento dado, nos unimos todos y nos sentamos en varias mesas que unimos. No me separé de ella; quería saberlo todo de su vida, a qué se dedicaba, si seguía viviendo en la ciudad, y para ello, no dudé en preguntarle todo lo que se me pasó por la cabeza.
—Cuéntame, Alba. ¿A qué te dedicas?
—Pues, Chicky y yo tenemos una agencia de viajes; ambas estudiamos turismo y era nuestro sueño.
—No me lo puedo creer, estamos predestinados a trabajar juntos.
—¿Y eso? ¿A qué te refieres?
Le conté que, tanto Daniel como yo, éramos los propietarios de tres hoteles, y le expliqué que, si quería, podíamos firmar un acuerdo exclusivo con su agencia, en la que tendría un veinte por ciento de descuento por alojamiento.
Lo cierto es que no sabía cómo tenerla cerca y el brillo volvió a mis ojos, porque no se podía ser más bonita que ella, tanto por dentro como por fuera. Lo que más me gustó fue que me dijera que la relación con su padre y su madrastra no era la más idónea, porque así lo tendría más fácil.