Capítulo 2
Alba
Mi empresa iba viento en popa, se trataba de una agencia de viajes, puesto que tanto Chicky como yo habíamos terminado la carrera de turismo. Cada día teníamos más y más reservas de viajes, le pesara al que le pesara.
En el mismo momento en el que mi empresa empezó a funcionar tal y como lo estaba a día de hoy, lo primero que hice fue buscarme una casita para mí sola. No era gran cosa, pero lo suficiente para que yo pudiera vivir.
Después de decirle a mi padre que quería que me comprara mi parte de la casa, me lo pensé mejor. No le iba a dejar lo que tanto sudor les costó a mis padres a ella, no pensaba ponérselo en bandeja, no me daba la gana.
—Tenemos una reserva para una peña. Serán cincuenta pasajes para el crucero por el Mediterráneo —me dijo Chicky.
—Mira a ver en qué fecha podemos ubicarlos a todos y si se les puede hacer precio.
—Por cierto, tu padre llamó cuando saliste a tomar el café.
—¿Por qué no me llamó a mí al móvil?
—Pues no lo sé, chica. Llámalo y se lo preguntas.
—Eso mismo voy a hacer ahora, en cuanto que termine con esta reserva online que nos ha llegado.
Terminé de confirmar lo que me faltaba y llamé a mi padre, que me contestó al segundo tono. Uf, cuando eso ocurría, era porque le urgía contarme algo y, sin miedo a equivocarme, puedo decir que tendría algo que ver con Macarena.
—Dime, papá, que Chicky me ha comentado que me habías llamado.
—Sí, era para comentarte algo. El sábado es el cumpleaños de tu hermano y vamos a hacer una fiesta con todos nuestros amigos en el club de campo. Por supuesto, queremos que su hermana esté allí.
—No faltaría por nada en el mundo, me hubieses llamado o no.
—Alba… ¿Por qué no entierras ya el hacha de guerra, por favor? Si no lo haces por mí, hazlo al menos por tu hermano.
—¿Cómo quieres que entierre el hacha de guerra si es ella la que no me da una tregua? Tenía pensado regalarle a Alejandro un viaje a Disney, los dos a solas, pero tu mujer ya me ha dejado claro que no le dará el permiso para que vaya conmigo.
—Si es eso lo que le quieres regalar, hazlo. Se volverá loco y yo me encargaré de que el niño vaya contigo. Te doy mi palabra de que así será.
—Eso espero, porque te prometo que, si no es así, me decepcionarás mucho y creo que ya me has decepcionado bastante desde que murió mamá.
Mi padre guardó silencio, no sé si porque sabía que yo llevaba la razón o porque no sabía cómo contestarme. El caso es que no volvió a decir nada más al respecto, se despidió de mí y cortó la llamada, indicándome la hora en la que nos veríamos en el club de campo.
—¿Todo bien?
—Eso parece. Me ha dicho que le regale al niño el viaje a Disney, que él se encarga de que vayamos.
—Yo no confiaría mucho, ya sabes que tu padre, cuando está a solas, es uno y, cuando está ella delante, se da la vuelta como un calcetín.
—Por eso mismo, voy a hacer una reserva con posibilidad de anulación, por si, cuando llegue el momento, surge algún problema.
—Qué lo habrá, te lo aseguro.
Terminó nuestra jornada laboral y decidimos ir a cenar y a tomar una copa, por eso, subimos a mi casa para arreglarnos, porque yo vivía en un piso justo arriba del local de la agencia.
Lo que más echaba de menos de mi casa era pasar los ratos en la piscina, nadando y desestresándome, tanto sola como en algunos momentos que había pasado con mi hermano y con mi mejor amiga.
Podéis pensar que era mi casa y que podía ir cuando quisiera, pero nada más lejos de la realidad que eso.
Tan solo lo había intentado en un par de ocasiones.
La primera vez, Macarena me dijo que estaban limpiando la piscina y que no podía hacer uso de ella.
En la segunda ocasión, me dijo que aquello no era una pensión y que, antes de ir, tendría que avisar para ver si estaba disponible o no.
No sabía si mi padre era conocedor de estos episodios o no, puesto que yo no le dije nada, pero si lo sabía por su mujer, estaba clarísimo que le había dado la razón a ella, porque no me había dicho ni «mu».
Esa noche, como íbamos en plan tranquilo, me cogí unos shorts de tela vaquera, en color blanco, con una camiseta de tirantes a rayas blancas y azules, y unas cuñas de esparto azules. Recogí mi pelo en una coleta alta y me apliqué máscara de pestañas y brillo labial.
Chicky, por su parte, eligió una falda vaquera con una camiseta blanca de tirante ancho en color blanca, así como sus zapatillas de esparto blancas, que le daba un estilo de lo más desenfadado, pero que no le restaba un ápice de elegancia.
—¿Dónde vamos a cenar?
—No lo sé, ¿qué te apetece?
—Me apetece algo de picoteo, de tapitas, nada de restaurantes pijos ni nada de eso.
—Estoy de acuerdo contigo. ¿Vamos al bar de Manolo?
—Buena propuesta, porque ahí, además de cenar, podremos tomarnos una copita antes de volver a casa, sin tener que movernos de allí.
—Pues mira, no lo había pensado, la verdad.
Salimos de mi casa entre risas y bromas y nos dirigimos hasta el bar en cuestión, dando un paseo, pues no estaba lejos de allí, sino como a cinco minutos, más o menos, desde donde estábamos.
En cuanto llegamos, una risa me llamó la atención, pero hacía mil años que no la escuchaba.
No podía ser porque la última noticia que tenía de él era que se había ido al extranjero a estudiar y se había afincado allí, donde había encontrado un trabajo y había dejado de lado la empresa de sus padres.
Chicky, que me vio poner una cara rara, no dudó en preguntarme qué era lo que había visto para que me cambiara el gesto, pero en cuanto se lo contara, me iba a entender.
—Chica, parece que has visto un fantasma.
—Más que ver, lo he oído.
—¿De qué estás hablando?
—No me puedo creer que no te hayas dado cuenta, con la cantidad de veces que hemos oído esa risa, amiga.
—Si me dices a quién corresponde, lo mismo y me puedo acordar.
—¿Recuerdas a Raúl Trechera?
—Chica, ¿cómo no me voy a acordar? Jamás podremos olvidar esos pectorales y esa espalda, que ya nos llamaban la atención cuando teníamos trece o catorce años.
—Pues me parece muy mal que recuerdes eso y no te acuerdes de su risa.
—Joder, es verdad. ¿Está por aquí?
—No tengo ni la más remota idea, lo mismo y es alguien que tiene una risa parecida, porque hace tiempo que no lo veo, que ni siquiera sé si ahora está igual o ha cambiado mucho.
—Tengo que decirte que sí ha cambiado, que está mucho más maduro, pero también te digo que sigue estando igual de bueno que siempre, al igual que Daniel, mira que culo tiene el condenado.
Me giré hasta donde me señalaba mi amiga y ahí estaban los dos, acompañados de más gente, entre ellas unas mujeres que parecían recién salidas de un catálogo de moda.
Vaya mala suerte la mía, tenía que encontrarme con él, justo en el día en el que peor arreglada iba.
No, si al final le iba a tener que dar la razón a Macarena.
En un momento determinado, y cuando estábamos a punto de buscar una mesa en la que cenar, pasando de ellos, Raúl giró la cabeza en nuestra dirección y en su cara pude ver la misma sorpresa que yo había sentido minutos antes.
¿La diferencia entre su reacción y la mía? Que él tuvo los reaños que a mí me habían faltado y vino hasta donde nos encontrábamos nosotras, que nos habíamos quedado clavadas en el suelo.
—¿Alba? ¿Eres tú?
—La misma que viste y calza.
—Joder, chica, estás increíble.
—Gracias, tú también te has conservado muy bien.
—Bueno, tampoco es que tenga sesenta años ahora, que tan solo tengo cuatro más que vosotras.
—¿No le vas a dar un abrazo a una vieja amiga? —Le preguntó Chicky, con su característico descaro.
—Uno y mil. Pero espera, que cuando Daniel te vea, se va a caer de culo.
—Hombre, no, que no tengo el móvil preparado para grabarlo —le contestó mi amiga, haciendo que soltáramos una carcajada.
—¡Daniel! Mira quiénes están aquí.
—Joder, pero si son el Dúo Dinámico —dijo él, dejando allí a la gente con la que estaban y acercándose a nosotras.
Sí, así nos puso el cabronazo de Daniel, porque decía que siempre íbamos juntas, aunque Chicky siempre decía que era por nuestra edad y la canción de aquel grupo, esa que decía que quince años tenía su amor.