Capítulo 1
Alba
Habían pasado ya diez años desde el momento en el que mi padre metió a esa mujer en nuestra casa, y tres desde que terminé mi carrera y empecé con mi empresa, una que había creado yo misma, desde abajo y sin ayuda de nadie.
Os podéis pensar que yo no contaba con los medios necesarios, con el dinero que costaba poner todo en marcha, pero os equivocáis, porque mi madre me dejó en herencia un buen pellizquito para mis estudios y mi futuro.
Como estudié mi carrera mediante becas, tenía el dinero intacto para empezar mi labor, aunque la querida Macarena estuviera en contra, como todo lo que se refería a mí y a mi vida.
—Pienso que el dinero no es de ella, es tuyo, Alejandro, y tiene que servir para toda la familia —le dijo aquel día a mi padre.
—Ese dinero es mío y por ahí sí que no voy a pasar, Macarena. Llegaré donde tenga que llegar —le contesté, enfadada.
—Hija, Macarena no está diciendo nada malo para que te pongas así. Al fin y al cabo, sigues viviendo bajo el techo de esta casa —dijo mi padre, quitándole hierro al asunto, como hacía siempre.
—Un techo del que la mitad es mío, por mucho que os fastidie. Esta casa también era de mi madre, aunque ella haya querido borrarla de nuestras vidas.
—Yo no he querido hacer eso, no digas mentiras.
—Ah ¿no? Entonces… ¿cómo llamas tú a quitar todos sus recuerdos, sus fotos, sus cosas?
—Eso se llama avanzar, Alba, que es lo que tu padre necesitaba.
—No voy a entrar en eso, Macarena, porque veo que mi padre sigue con la misma indiferencia de siempre. Tan solo venía a deciros que la semana que viene abriré la empresa.
—Pues lo siento por ti, pero esa semana estaremos de viaje, los tres. Un viaje en familia —me dijo ella, con toda la maldad del mundo.
No dije ni una sola palabra más; subí a mi habitación y cerré la puerta. Mi hermano Alejandro tenía cuatro años en ese momento y era mi mayor tesoro, a pesar de lo que su madre intentaba para separarnos.
Llamó a mi puerta y abrió una pequeña rendija por la que asomó la cabeza, con esa sonrisa tan bonita que tenía. Me limpié las lágrimas para que no me viera llorar y le di paso.
—Hola, mi vida, ¿qué te ocurre?
—Hola, Alba. ¿Estás llorando? ¿Mamá te ha hecho llorar?
—No, cariño, es la alergia la que hace que mis ojos lagrimeen. Pero estoy bien.
—¿Voy a mi cuarto y cojo un juego de mesa?
—Venga, corre, ve a coger el del pato, que ese me gusta mucho a mí.
Mi hermano salió corriendo y cruzó el pasillo hasta llegar a su habitación, de donde volvió corriendo con su juego en la mano, pero no le dio tiempo de entrar en la mía, ya que su madre lo interceptó.
—Alejandro, deja eso en su sitio, que vamos a salir.
—Pero, mamá, yo quiero quedarme con Alba, ¿puedo?
—No, no puedes porque papá quiere que vengas con nosotros. ¿No querrás decepcionarlo?
—Está bien, mamá, ahora mismo voy.
Cuando el niño se dio la vuelta para volver a dejar el juego en el lugar en el que lo había cogido, salí al pasillo a enfrentarme a ella. Ya estaba harta y empezaba a cansarme de las tonterías de esta mujer.
—No entiendo ese afán que tienes de querer separar a mi hermano de mí.
—Alba, hija, siempre estás buscando conspiraciones contra ti por mi parte, cuando eso no es cierto. Simplemente teníamos planes que no podíamos anular.
—Lo que tú digas, Macarena. Pero desde ya te digo que a mi padre has podido apartarlo de mí, pero no lo conseguirás con el niño.
—¡Por fin has desvelado el motivo real de tu comportamiento!
—¿De qué estás hablando?
—De que estás celosa, cariño. Pero no tienes por qué estarlo, tu padre te quiere mucho y siempre te querrá.
Que cambiara de tono tan rápidamente y me hablara con tanta dulzura tenía una explicación que se desveló al instante, pues mi padre apareció por mi espalda, dándome un abrazo y un beso en la cabeza.
—No tienes que sentir celos, mi vida. Son cariños diferentes y, cuando te enamores de verdad, lo entenderás todo.
—Por cierto, tengo al candidato perfecto. Se trata de Jacobo, el hijo de Cuca y Manuel —dijo ella.
—Ni se te ocurra, eso sí que no lo voy a permitir. Ya me has manipulado bastante, ¿no te parece?
—¿Manipularte? Venga ya, chica, si siempre has hecho lo que te ha dado la gana. No has aceptado ni un solo consejo mío.
—Una cosa es dar un consejo y otra, muy diferente, imponer tu santa voluntad, como has hecho siempre.
—Pues mira, no te lo he dicho nunca, pero ya va siendo hora de que lo haga, ya que tu padre no se atreve.
—¿A qué te estás refiriendo?
—A que, si no te gusta mi manera de ver la vida, ya tienes edad suficiente para buscarte un pisito en el que hacer y deshacer lo que te dé la reverenda gana.
Miré a mi padre, que estaba a su lado, con la cabeza gacha, como si pensara lo mismo que su mujer, pero que no se atreviera a pronunciarlo. Cuando levantó la cabeza, supe que le iba a dar la razón, minimizando sus palabras e intentando darle la vuelta, pero me adelanté a ellos.
—Me parece perfecto, pero quiero que o me compréis mi parte de esta casa, o la vendamos y, con mi mitad, poder comprarme algo para mí.
—¿Estás loca? —Me dijo mi padre, como si no le cupiera en la cabeza lo que estaba diciendo.
—No, no estoy loca, soy práctica. Esta casa es tanto mía como tuya. Queréis que me vaya, perfecto. Tasamos la vivienda y me compráis mi parte.
—No es mala idea lo que dice la niña; así podríamos hacer las reformas que queremos e incorporar su habitación a la nuestra en forma de vestidor.
Ahí estaba el verdadero motivo del deseo de mi marcha, pero esta vez, no se lo iba a poner fácil. Ellos se marcharon, junto a mi hermano, y yo aproveché para llamar a Chicky, que seguía siendo mi paño de lágrimas.
—Hola, loquita.
—Hola, cariño. Necesito una fiesta de esas de las que no te acuerdas ni de dónde vives.
—Precisamente eso es lo que te gustaría, no acordarte de dónde vives.
—Mejor que eso, que Macarena se olvide hasta de su nombre, nos iría mucho mejor a todos.
—¿Qué te ha sucedido esta vez con ella?
Le conté a mi amiga lo que había pasado hacía unos minutos y la forma en la que había reaccionado mi padre. Si me llegan a decir al oído que mi padre iba a convertirse en el pelele en el que se había convertido, le habría dicho que estaba loco al que fuera.
—De verdad, esa mujer debe tener un cascabel en el chichi, porque no tiene explicación.
—Eso mismo pienso yo, que tiene que ser una fiera en la cama, porque no es nada del otro mundo.
—¿Nada del otro mundo? Si tiene una cara que ya no la sacan ni en el mango de los paraguas.
Solté una carcajada porque no se podía tener más arte que ella al decir las cosas. Era la persona ideal con la que conversar en los días de bajón, porque te subía el ánimo con tan solo dos frases.
—Venga, prepara una mochila y te vienes a mi casa. Después de comer, vamos al local un ratito para organizar lo que falta y nos distraemos un poco.
—Vale, pero siempre que me prometas que, una vez que hagamos eso, nos daremos una ducha y nos vamos a cenar por ahí.
—Prometido.
—Te quiero, petarda.
—Y yo a ti, cariño.
Corté la llamada y me dispuse a preparar esa mochila que me llevaría. Al abrir mi armario, noté que me faltaba un vestido, pero pensé que estaría en la canasta de la ropa sucia. Por eso, bajé hasta la cocina, donde estaba la chica que ayudaba en casa.
—Marina, ¿sabes si mi vestido azul está para lavar?
—No, cariño, lo lavé y lo planché antes de ayer. Se lo di a la señora, me dijo que ella se encargaba de guardarlo todo.
—Uf, ¿estás segura? Si fuera mi padre, te lo compro, pero ella, que no es capaz de dar un palo al agua…
—A mí también me extrañó, pero no quise rebatirle nada, que ya sabes cómo se pone.
—Está bien, le preguntaré cuando la vea mañana, porque ahora me marcho a casa de Chicky.