Sí, quiero. ¿O no? Prólogo
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Sí, quiero. ¿O no?

Sí, quiero. ¿O no?

Por Martina Leiva

© inepub.com

Prólogo

Alba

Mi madre había fallecido hacía tan solo un par de meses, y yo, a mis quince años, no entendía nada de la vida.

Los ojos se me inundaban de lágrimas nada más ver la foto de mi madre que colgaba de la pared del salón, en la que salía, junto a mi padre, riendo y con una vitalidad que contrastaba mucho con lo que pasó pocos meses después.

Jamás me podía imaginar que, en aquellos momentos, el maldito bicho se la estaba comiendo por dentro, de tal manera que, cuando vino a dar la cara ya no había nada que hacer.

Durante sus últimos meses de vida, intentamos que cumpliera todos sus sueños y casi lo logramos. Lo único que no pudimos concederle fue el hecho de ver cómo nacía un nieto, pues yo ni tenía edad ni tenía pareja para ser madre.

Os prometo que, si hubiera tenido veinte años, yo misma habría acudido a una clínica de reproducción asistida para que ella pudiera haberse marchado de este mundo con el título de abuela.

—No puedes seguir así, Alba; a tu madre no le habría gustado.

—¿Qué pretendes? ¿Me voy de fiesta? Hace dos meses que murió mi madre, papá. No puedo estar de ninguna otra manera.

—Yo también estoy triste, pero esta noche voy a salir a cenar y a tomar una copa con unos compañeros de trabajo.

—Pues me alegro por ti, porque lo hayas superado tan rápido.

—No es que lo haya superado, pero tengo cuarenta y cinco años; no me puedo encerrar.

—Haz lo que te dé la gana, papá; a mí lo único que me apetece es estar aquí, en casa, revisando las últimas fotos que nos hicimos.

—Ahí te dejo dinero para que te pidas unas pizzas.

Esa fue la conversación que tuve aquel día con mi padre, Alejandro Blanco.

Me quedé mirándolo sin poder terminar de creérmelo; no podía ser.

No pretendía que mi padre se muriera en el mismo momento en que lo hizo mi madre, pero tan solo habían pasado dos meses; no le iba a pasar nada por esperar un poquito más de tiempo.

Maldita la hora en la que salió aquel día a cenar con sus compañeros, porque, en esa cena fue dónde conoció a Macarena. Seis meses después de ese primer encuentro, mi padre se sentó conmigo en el salón y, por su cara, supe que tenía que decirme algo que me resultaría, cuanto menos, incómodo.

—Alba, tengo que hablar contigo.

—¿Qué ocurre? No me vayas a decir que tú también estás enfermo, porque esas mismas palabras fueron las que me dijo mamá aquella tarde, al volver de la consulta médica.

—No, cariño, no es nada de eso; es algo bueno.

—Pues, tú dirás.

—Alba, he conocido a alguien y le voy a pedir que se venga a vivir con nosotros. Nos vendrá bien a los dos.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Hija, no significa que haya olvidado a tu madre ni que vaya a olvidarla; ella siempre estará en mi corazón, pero no puedo detener mi vida y me he enamorado de nuevo.

—Tan solo quiero que le dejes claro que ella no es ni será nunca mi madre.

—Eso ya lo sabe, cariño. Pero, por favor, te lo pido, no me lo pongas demasiado difícil, no me hagas tener que elegir entre ella y tú, porque siempre estarás tú en primer lugar, aunque eso implique ser un desgraciado durante lo que me reste de vida.

Mi padre no se merecía que yo le dijera que no. Hacía poco tiempo, e incluso llegué a pensar en muchas ocasiones que esta historia venía de antes, de cuando mi madre todavía estaba viva, pero siempre me prometió que no, que la respetó y le fue fiel hasta el último día de su vida.

En el momento en el que Macarena puso un pie en mi casa, empezó mi calvario. No es que fuera una mala mujer, pero tenía que llevar la razón por encima de todas las cosas, aunque se diera cuenta de que estaba equivocada.

Empezó por decirme que no me vistiera de determinada forma, que «Las señoritas de bien» no se vestían de esa manera. Como si fuéramos ahora de la nobleza.

Lo siguiente que hizo fue quitar todas las fotos de mi madre de toda la casa y mi padre se lo permitió. Según él, ella se sentía incómoda viendo esas imágenes de mis padres juntos porque sentía que estaba compitiendo con un fantasma.

Eso me costó un buen disgusto. Las cogí todas y las puse en mi habitación, donde ella no podía hacer nada. Era mi madre y mi territorio, y yo no competía con nadie, así que, en vez de llenar las paredes con pósteres de cantantes, yo compré dos corchos gigantes y puse ahí todas y cada una de ellas.

Cuando nació mi hermano pequeño, pensé que me iba a dejar en paz, pero nada más lejos de la realidad, sobre todo cuando empecé a salir de noche con mis amigas. Eso fue un acoso y derribo.

—Ale, no le puedes permitir que llegue después de las doce, que despierta al niño y, después, ya sabes lo que le cuesta volver a dormirse —le decía a mi padre al día siguiente, por la mañana.

—¿Soy yo la Cenicienta ahora y no me he enterado?

—Alba, tienes diecisiete años y, mientras estés bajo mi techo, tendrás que respetar las normas. No es normal que llegues a estas horas, sobre todo porque despiertas a tu hermano.

—Venga, papá, ni que entrara con una campana en la mano. Macarena lo hace para controlarme.

—No vayas a empezar, de verdad, que no tengo ganas de discutir. El pequeño Alejandro no ha dormido en toda la noche y estoy cansado.

—Claro, y me echarás a mí la culpa…

—Deja la ironía; vamos a sentarnos a hablar como adultos.

—Mira, papá, no tenemos nada que hablar porque, al final, tu mujer se saldrá con la suya y yo terminaré enfadada, así que vamos a ahorrarnos el disgusto, por favor.

—Yo no me quiero salir con la mía; es lo mejor para todos. Es una cuestión de convivencia —me dijo ella, poniendo carita de pena, como hacía siempre.

—Para ti la perra gorda, Macarena, ya te he dicho que no me apetece discutir.

Me levanté y volví a mi habitación. Lo que más me jodía de todo esto es que, si ella no hablara, mi padre no ponía ningún inconveniente, porque confiaba plenamente en mí, y jamás había venido con una copa de más, entre otras cosas, porque no me gustaba el alcohol.

Por suerte, me quedaban menos de dos meses para cumplir los dieciocho, además de irme a estudiar la carrera que quería, que sería en otra ciudad, y por eso me dejaría las pestañas en lo que quedaba de curso para sacar las mejores notas y poder cumplir mi sueño.

Si me daba pena irme de la ciudad, era por mi hermano. Era tan pequeñito que me perdería muchos de sus avances, pero tampoco es que su madre me dejara participar mucho en sus cuidados.

Siempre que me acercaba a él para lo que fuera, me apartaba, diciéndome que estaba dormido o que tenía que comer. Cualquier excusa era buena para separarme de él, mientras que mi padre miraba para otro lado.

Mi amiga Chicky era mi paño de lágrimas; era la que me aguantaba todos mis llantos, todos mis momentos de bajón, porque era la única persona que, de verdad, conocía lo que para mí había supuesto abrirle las puertas de mi casa a esa mujer.

Mi hermano era mis cinco sentidos; no lo podía querer más, y así se lo dije infinidad de veces a mi padre, pero siempre lo justificaba, y eso era lo que más me dolía, que tan solo miraba por los ojos de ella.

Cuando mi madre vivía, si tenían que tomar una decisión, la tomaban en conjunto, analizando los pros y los contras. Con Macarena no era así; no lo había sido nunca. Ella decidía y después le explicaba a mi padre el motivo por el que lo había hecho.

Y eso pasó cuando me fui a la universidad. Un fin de semana, llegué por sorpresa, pues tenía unos días libres. Al entrar, vi que mi padre se ponía nervioso y tuve claro que lo que iba a escuchar a continuación no me iba a gustar.

—Alba, no te esperábamos.

—En eso consistía, papá, en que no lo supieras para darte la sorpresa.

—Y nos las ha dado, cariño —dijo Macarena, con una sonrisa más falsa que un billete de seis euros.

—¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan nervioso? —Le pregunté a mi padre.

—Verás, Alba, hemos pensado que el pequeño Ale necesitaba una habitación más grande y, como tú te has ido a la universidad…

—Alba, tu cuarto ahora es el pequeño, donde antes estaba el de tu hermano, que ha pasado a ocupar el tuyo —me dijo ella.

Os prometo que me dolió tanto, que volví a coger la mochila y me marché de nuevo a la universidad. Ni le contesté a las llamadas de mi padre. No me dolía porque no quisiera cedérselo a mi hermano; lo hacía porque mi padre no había tenido ni voz ni voto en esa decisión.