Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 65
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Capítulo 65

Y no me pidas que te olvide si fuiste tú quien me enseñó a amar […]

Podrás llevarte todo, pero hay algo que nunca me podrás quitar:

Tu recuerdo.

Nyno Vargas

El domingo sufrí la misma tortura que el sábado. Dolor, tristeza, ira, rabia, impotencia, incredulidad, todo mezclándose en mi interior creando un cóctel catastrófico.

Se iba. Alexis se iba. Me dejaba.

Se marchaba y no me quería a su lado en su nueva vida.

Domingo, 23 de agosto. Cinco de la tarde.

Ádriel

Tengo cosas tuyas. Están en una bolsa.

Alexis

¿Qué son?

Ádriel

Dibujos, un par de camisetas que echaste a lavar, la sudadera del coche y algo más.

Alexis

Quédatelo. Será un recuerdo. A mí no me importa.

Ádriel

No lo quiero. Lo he dejado al lado del baño. Cuando pases por allí, llévatelo.

¿Cómo podía hablar con esa indiferencia?

¿Un recuerdo? ¿En serio? Estuve a punto de estampar el móvil contra el suelo.

El Alexis que yo conocía ya no estaba, era un hecho.

Y el nuevo Alexis era odioso. No sé por qué no le mandé a la mierda en ese momento y terminé con todo. Iba a irse de todos modos.

Domingo, 23 de agosto. Diez y veinte de la noche.

Ádriel

Si te vas mañana, quiero que nos veamos esta noche.

Alexis

Como quieras.

Ádriel

Tengo aún el Kinder Bueno que me regalaste. Lo llevo al descampado.

Alexis

Si te apetece, sí.

No sabía muy bien qué esperar de ese último momento juntos. Tal vez convencerle de que se quedara. O disfrutar de su compañía, aunque no fuera del todo agradable.

Estuvimos serios y callados durante el trayecto hasta el descampado.

No me tocó ni me miró ni una sola vez y mantuvo una distancia prudencial.

Se me hizo raro porque nosotros nunca fuimos así.

Todo era forzado, todo me gritaba que me diera la vuelta y me fuera a casa, pero no escuché, porque todo el rato mi cabeza daba vueltas a lo mismo: «Se va y no puedo hacer nada».

Y ante esa verdad, todo quedó a un lado.

Se iba la persona que creí que estaría siempre, la que pensé que me protegería de todo.

Con la que pensé que me casaría y tendría hijos en el futuro.

Se iba y tenía que aprovechar cada segundo que él me dejara.

Alexis me pidió que escuchara una canción en particular, de la cual entonó algunos trozos.

Insistió mucho en ello, poniéndola hasta tres veces cuando le dije que no era capaz de escuchar la letra porque tenía demasiado en la cabeza.

Loco de amor , de DaniMflow y Daviles de Novelda.

Me perdí en su letra sin entender a dónde quería llegar.

Esa canción no tenía ni pies ni cabeza que la interpretara, porque hablaba de amor, de estar enamorado.

Alexis acercó su rostro al mío y dejó que nuestros alientos se mezclaran mientras cantaba la canción.

Cerré los ojos atesorando su cercanía y una pequeña lágrima se me escapó.

Parecía que volvía a ser mi Alexis, excepto por su mirada.

Seguía distante y no podía ver lo que albergaba dentro.

Cuando no me alejé, sus manos comenzaron a buscar las zonas que me volvían loca, lo que hizo que le apretara con fuerza contra mí, queriéndole todo lo cerca posible.

Quería que se fundiera conmigo. Esa vez no nos desnudamos, Alexis solo apartó mi ropa y me penetró.

Apenas me tocó. Solo hubo un beso, casto, sin sentimientos, vacío.

No hubo caricias, ni gestos cariñosos, no me miró a los ojos en ningún momento.

No me susurró al oído o me dio placer. No me gustó.

Aquella noche solo fue sexo. No hubo sentimientos ni gemidos y, tras su orgasmo, un silencio sepulcral se adueñó de nosotros.

Me sentí una mierda. Debí haber parado. Fue una mala idea.

Mi cabeza decía que todo estaba mal. Que no debía estar ahí junto a ese Alexis tan diferente del que conocí.

El silencio y la frialdad del momento me llevó a rebuscar en mi bolsillo el Kinder Bueno. Le tendí la mitad sin mediar palabra. Tras terminar el dulce, encaré a Alexis.

—¿Podríamos probar una relación a distancia? —pregunté.

—Mi vida es complicada ahora. Mi mundo era y es complicado. Y las relaciones a distancia no van conmigo —contestó Alexis adusto.

—¿Lo has probado alguna vez? —Alexis negó—. ¿Entonces cómo lo sabes? —pregunté exasperada.

—Sabes tan bien como yo que a mí me gusta el contacto. Estando lejos es complicado.

—Ya. Supongo que no nos merecemos una oportunidad.

No me contestó.

Me tumbé en la hierba y Alexis me siguió. Observamos el cielo en silencio, con nuestros cuerpos más separados que nunca el uno del otro. Cuando mis ojos empezaron a claudicar y el cansancio y el malestar se apoderaron por completo de mi cuerpo, le pedí volver a casa.

Ambos nos quedamos frente a la puerta. Esa era nuestra despedida. Era el momento. No volveríamos a ser «nosotros juntos» nunca más.

—¿Por qué no me has pedido que me vaya contigo? —Me atreví a preguntar dolida mientras mi voz se quebraba con cada palabra pronunciada.

A pesar de tener miedo, entendí que si me hubiera pedido que me fuera con él, lo habría hecho.

Habría sido egoísta. Cogería a Togo y a Troya y me iría con él.

Abandonaría a mi familia por él. Eso era algo grande, algo inmenso.

Abandonaría todo, al menos era lo que pensé aquella noche.

Aunque el nuevo Alexis no se merecía que me fuera con él.

No se merecía todas las lágrimas que derramé y que me abriera en canal y me mostrara vulnerable.

Todo eso, se lo merecía el Alexis con el que yo conviví.

El que me hizo reír, enamorarme, sentirme segura, encontrar un refugio ante mis días grises, olvidar los problemas, ser yo misma y sobre todo, ser feliz.

—No puedo pedírtelo. Angelito no te puede perder. —Su voz sonó osca—. Y yo no te puedo tener solo para mí.

Sus ojos eran oscuros, carentes de sentimiento. Más opacos que nunca y aquello me dio un escalofrío.

—Sabías a lo que te enfrentabas si formabas parte de esta familia. —Le eché en cara sin poder evitarlo, pasando de la furia a la tristeza en cuestión de segundos—. Y aun así, mira —le espeté.

—No ha sido mi decisión —contestó poniéndose a la defensiva.

El daño que me hacía con cada palabra que pronunciaba era tal que me encontré subida en una montaña rusa de sentimientos.

Subía y caía, sucumbiendo a la ira y el enfado, a la tristeza.

Y no era capaz de frenarlo, de pararlo o de intentar bajarme.

Yo solo sentía y me dejaba llevar. Eran demasiados sentimientos juntos intentando convivir juntos. No supe pararlos.

—Te escudas en eso. Pero claro que ha sido tu decisión. Tú has decidido largarte —le señalé con brusquedad—. Tú has decidido que no merecemos la pena. ¡Que mi familia no merece la pena! —grité alterada y enfadada.

—Te estás equivocando y por mucho. —Alexis mantuvo la calma.

¿Cómo lo hizo? El señor «salto por todo», se mantuvo impasible ante mis ataques de rabia. Porque fue ella la que habló, no yo.

—No lo creo. —Bajé mi tono de voz. Comencé a mover nerviosa uno de mis pies, creyendo que el movimiento rítmico me calmaría—. Yo lo veo así. Dijiste que nunca me dejarías. —Solté mi dolor junto con mis palabras.

—Lo sé, pero las cosas han cambiado, y…

Le interrumpí.

—Tu familia de sangre, aunque no les importes, te vean mal y no se preocupen por ti, son tu familia. Y les debes lealtad. Tu familia, con la que no puedes ser tú mismo, es lo primero. Aunque a mí me dijeras que el crío y yo éramos tu prioridad —terminé por él la frase.

En el fondo, siempre debí saber que algo así pasaría. Que si tenía que elegir, yo nunca estaría al mismo nivel que su familia, siempre estaría por debajo.

—No hables así de ellos. No es eso —gruñó perdiendo parte de su calma.

—Llámalo de otra forma si lo prefieres. El caso es que les eliges a ellos antes que a nosotros —rugí con irritación impregnando cada palabra.

—No es elegir es…

Le volví a interrumpir.

—Es verdad. Nunca deberías haber elegido, deberías haber intentado conservar las dos cosas.

Luchar para encajarnos a ambas familias y así no tener que elegir.

¡Y si no querías dos familias, no haber construido una tan lejos de la otra sabiendo que tarde o temprano ibas a volver con ellos!

—Largué por mi boca todo lo que tenía en la cabeza sin filtro alguno—.

Desde el principio sabías que un día tendrías el dinero suficiente y te largarías de donde estuvieras.

Creíste que huías de tu familia y era mentira.

En cuanto te avisaron, estuviste dispuesto a volver —dije con disgusto—.

Estoy segura de que ni siquiera les planteaste poder hacer lo mismo en este pueblo y así huir de ese barrio, pero conservar a las personas que quieres y te apoyan. —Terminé de hablar compungida.

—¡No es tan sencillo, Ádriel! —Elevó el tono de voz.

—¿Ah no? ¿Por qué? ¿Porque crees que debes algo a tu hermano porque os la pegasteis cuando conducías sin carnet y siendo menor?

¿Y él no tiene cargo de conciencia por dejarte conducir de manera ilegal?

¿Crees que tienes que joderte por tu hermano?

—Escupí veneno sin cortarme un pelo—. Es que ni siquiera lo has intentado.

Lo sé. Ni se te ha pasado por la puta cabeza la posibilidad de no renunciar a nada.

—No hables así de mi hermano.

—Lo que quiero que entiendas es que no le debes pleitesía. Él te dio las llaves de ese coche. Te dejó conducir. Es tan culpable como tú de lo que pasó.

—¡No! No tergiverses lo que te conté. —Alexis habló de muy malas maneras.

—No lo hago. Es la verdad. La diferencia es que tú no sabes verlo. O no quieres hacerlo. Estás obnubilado por una verdad que no es cierta. Solo está en tu cabeza —intenté explicarle.

—No puedes venir conmigo, Ádriel. ¿Sabes por qué? —Alexis suavizó su voz en la pregunta.

—¡Ilumíname! —Elevé mis brazos al aire.

—Tienes unos caballos y una familia que te necesita. Te necesita ahora.

—Tú también eres mi familia —susurré abatida.

—No puedes abandonarles y esperar que tal vez en algún momento Ángel y el nene vuelvan a ti. Tienes que quedarte con tu familia.

Me observó durante un instante y se alejó hacia las escaleras de la buhardilla. Le contemplé alejarse en la noche por última vez intentando no olvidar los rasgos de su rostro, cómo era el tacto de su pelo o su piel bajo mis dedos.

Se me escaparon las lágrimas y lo odié, porque supe que a él le daba igual que yo me estuviera rompiendo por dentro. Le di igual. No miró atrás, a mí, ni una sola vez. Abrió la puerta de la buhardilla y se encerró allí.

Odié aquella despedida.

Le odié a él también.

Antes de meterme en la cama, me duché y froté mi cuerpo a conciencia.

Necesitaba quitarme el recuerdo de Alexis de aquella noche, pues según cerré la puerta de casa, caí en que usó la canción Loco de amor para hacerme creer algo que no era y que tuviéramos relaciones sexuales.

Me di cuenta de todas las estupideces que cometí y todo lo que me arrastré por amor.

Por ello, decidí dejar el recuerdo de esa noche relegado a lo más profundo de mi mente para no volver a sentirme traicionada y estúpida.

Para no recordar nunca más lo vulnerable que fui y todo el daño que una persona podía hacer al manipular a otra.