Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 64 #2
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Capítulo 64 #2

Entré en casa y busqué a Gelo. Llevaba el pulso acelerado y me costaba demasiado respirar.

Pensé que iba a perder el conocimiento. Después empezaron los sudores y las náuseas, la sensación más larga y desagradable que había sufrido nunca.

Ojalá nunca tuviera que volver a pasar por otra crisis de ansiedad.

A lo largo de la mañana la ira se fue y dejó paso a la tristeza.

Se me rompió en pedazos el mundo que habíamos construido juntos.

Le quería. Quería un siempre que jamás tendríamos porque para él nunca sería la primera.

Su hermano siempre estaría antes. Siempre sería su prioridad.

¿O tal vez podría hacerle cambiar de opinión?

Entre Gelo, Ainhoa y yo, le explicamos a Angelito, con palabras adecuadas a su edad, lo que pasaba. El crío no entendía por qué se iba Alexis, pero a decir verdad, ninguno lo comprendíamos del todo. Solo pudimos darle la información que teníamos.

Por la noche escribí a Alexis. No pude evitarlo. Llevaba prácticamente un año contándole todo y me salió solo acudir a él.

Sábado, 22 de agosto. Diez de la noche.

Ádriel

¿Hablamos? ¿Vamos a dar una vuelta?

Alexis

Estoy liado todavía.

Ádriel

Ya. A partir de ahora no va a ser fácil que saques tiempo, ¿no?

Alexis

No es eso. Si termino a buena hora te aviso, fea.

Ádriel

Ok. Yo saldré aun así.

«Fea». Odié que me llamara así.

No contestó a mi mensaje y a la hora a la que solíamos salir con Togo, a pesar de que Gelo me pidió que me quedara en casa y me diera algo de espacio con Alexis hasta que se largara de nuestra casa, obvié su consejo y marché hacia el descampado.

Le esperé tumbada en la hierba perdiéndome en las estrellas. Dudaba que viniese, dudé tanto que no miré mi móvil en ningún momento por si me ponía alguna pobre excusa.

Pero vino.

Me saludó y se sentó a mi lado. Ninguno habló y ese silencio que se creó fue demasiado abrumador.

Ahogaba y daba miedo. Jamás un silencio con él había sido así, tan denso que se podría haber cortado con cuchillo.

Romper el silencio se me antojó difícil.

No sabía ni qué decir, pero me arriesgué a hablar, dado que él no lo iba a hacer.

—Déjame tu móvil, porfa. —Me senté y extendí mi mano. Tal vez algo de música aligeraría el ambiente.

Me lo dio sin preguntar, pero no pude desbloquearlo con mi huella.

Me revolví nerviosa y probé con su contraseña, pero tampoco funcionó: la había cambiado.

¿Cuándo lo hizo? ¿El mismo día que llegó a su barrio o tal vez el jueves cuando decidió que ya no habría un «nosotros»?

¿Desconfiaba de mí o con ese acto solo pretendió borrarme de su vida?

—Toma. Pon música —murmuré con el dolor calando como veneno extendiéndose por todo mi cuerpo mientras intentaba mantener la compostura.

No hablamos mucho. No sabía qué esperaba al decirle que viniera conmigo a nuestro sitio. Tal vez frustrar sus planes, al menos un poco. No estaba preparada para aceptar que se marchaba.

—Deberías quedarte —susurré.

—No puedo, fea.

Su «no puedo» hizo que la rabia escondida en los recovecos de mi cuerpo, emergiera. Me devoró a pasos agigantados, sin permitirme pensar con claridad.

—Ya. Me dijiste que nunca me dejarías. Que nunca me harías daño, que jamás serías capaz de dejarme y bla, bla, bla —le eché en cara—. Dijiste tantas cosas que creí que lo nuestro sería eterno. ¡Y no eran más que mentiras! —escupí con ira mal contenida.

—No hables así. No me gusta que me echen las cosas en cara —gruñó Alexis levantándose del suelo de golpe. Yo hice lo mismo para quedar a su altura.

—¡Y a mí no me gusta que me mientan en la maldita cara!

—grité y pasé mis manos por el rostro, frustrada—.

No me gusta este vacío que tengo en el pecho, vomitar todo lo que como, sentirme una puta mierda por un tío.

¡Un simple tío! —Elevé mis manos al aire—.

Y aun así tengo que lidiar con todo ello.

¡Lidia tú con tu puto problema de echar las cosas en cara! —Le miré con desagrado.

—No te he mentido. —La voz de Alexis sonó dura, cargada de desdén—. Se lo debo a mi hermano. ¿No lo entiendes?

—No. No lo hago. —Apreté lo dientes con rabia—. ¿¡Es que no lo ves!? Nunca lo entenderé —dije con voz desgarrada. Tal vez también se desgarró mi alma.

—Si no lo entiendes, entonces no hay nada que hacer.

—Eso parece —bajé mi tono, decepcionada.

Pasaba de la rabia a la tristeza en cuestión de segundos. Pero el dolor siempre estaba en ambos, liderándolos. Dejarnos llevar por nuestros sentimientos nos vuelve vulnerables. Y yo me volví vulnerable ante él. Ocurrió aquello que más temía.

Alexis se alejó de mí y me dejó sola en el descampado. No le perseguí, solo me quedé recogiendo mis pedazos. Guardando cada cachito roto en mí. Aunque estuvieran rotos, no quería perderlos, eran parte de mi historia.

Me escribió un rato después, cuando ya estaba en la cama y mi mano tembló mientras desbloqueaba el móvil para leerle.

Domingo, 23 de agosto. Una y media de la madrugada.

Alexis

Lo siento mucho. Pero no te pongas mal, por favor.

Ádriel

Estoy perfectamente.

Alexis

¿Seguro? No me mientas.

Ádriel

¿Qué más da que te mienta?

Alexis

Ah, muy bien, muy bonito. Estoy tratando de calmarte y que te sientas mejor y me dices eso. Y tratando de que quede en una buena amistad y me saltas con esas.

Ádriel

¿Cómo voy a contarte cómo me siento si es por ti por quien estoy mal?

Alexis

Esas contestaciones son las que me hacen pensar las cosas. Porque parece que te importa una mierda lo que haga o lo que pase y me da mucho por culo. O sea, que antes de decir nada piensa bien las palabras que vas a poner para que no suene tan mal y parezca tan despreciable y borde.

Ádriel

Eres un gilipollas. Ese es el puto problema. Y yo una idiota porque aun así sigo queriendo todo contigo.

Alexis

Algunas veces las cosas no funcionan como uno ha esperado. Y no van como uno quiere.

No contesté a su último mensaje. Dejé mi móvil en la cama y salí a trompicones para irme a la habitación de Gelo.

Angelito dormía con él. Me coloqué entre los dos y abracé a mi mejor amigo.

Él me abrazó de vuelta mientras me deshacía en lágrimas y Angelito me abrazó la espalda.

Ellos no podían sanar mi alma, pero podían calmar algo mi dolor.

En algún momento de la noche dejé de llorar, mi mente por fin desconectó y pude dormir unas horas.