Capítulo 64
Tú siempre serás mi nido.
Mitad de mi mitad, mi silencio y mi sonido.
—Me voy —dijo Alexis con voz calmada.
—¿Te… T-te vas? —Mi corazón dejó de latir y el dolor lo envolvió todo.
—Llevamos años ahorrando para montar un negocio propio —se sinceró. Primera noticia que tenía de aquello. ¿Me había mentido desde el principio? Capullo—. Es el sueño de mi hermano.
Se iba.
No, no podía ser.
—No tiene sentido. Me dijiste que vivías lejos de ellos no solo por trabajo, sino por tu propia paz mental. Por encontrar tu camino lejos de ellos.
—Las cosas cambian.
El barrio y su familia le volvieron a engullir.
No fue capaz de salir, solo logró asomarse a la superficie durante unos años.
Me recordó a mí con mi pueblo. La diferencia era que volver a mis raíces era rodearme de gente buena, de oportunidades y de mi familia que no era de sangre.
Para Alexis, volver a ese barrio era volver a las drogas, a los malos recuerdos, pesadillas, ansiedad y vivir eternamente en esa espiral que daba miedo.
Alexis me contó que el lunes sus primos y su hermano le pidieron que no volviera a irse lejos de casa de su tío, pues ya no tenía por qué buscar trabajo, tenían el dinero que necesitaban.
El martes y el miércoles fueron a ver locales a los que su hermano había echado el ojo.
El jueves por la mañana, el día en que Alexis empezó a estar raro, firmaron el contrato.
Para él, lo nuestro había terminado aquel día.
Lo supe. Tomó su decisión sin contar conmigo.
Sin dedicar ni un mísero segundo a pensar en mí o en nosotros.
¿Cómo pude llegar a pensar que nuestra relación se basaba en la confianza?
Sus acciones me demostraron que no era así.
Al menos desde ese maldito jueves veinte de agosto.
Me traicionó. Lo sentí así.
Según Alexis hablaba sin tapujos de sus planes, mi mundo interior comenzó a tambalearse, a caer, a destruirse.
Lloré sin poder refrenar por más tiempo las lágrimas.
Le abracé con fuerza y por primera vez no me consoló, no me abrazó de vuelta.
Me separé de él muerta de miedo por su falta de empatía y me abracé a mí misma.
Me estaba demostrando que era todo lo contrario a lo que me había hecho ver durante tantos meses.
Estaba molesta por su nueva faceta en la que no era más que un auténtico gilipollas.
Así empezó el principio de nuestro fin. Lo anterior solo fue el preludio.
Después llegó la hecatombe. Un fuego violento que arrasó todo a su paso. Que esquilmó mi fuerza, mi valentía, mi sentido del humor, mi felicidad y mi ingenuidad. Que abrasó mi inocencia, mi forma de ser, de sentir. Mi yo. Todo.
No dejó nada, ni una pieza para reconstruir mi mundo interior, todo se volvió cenizas.
Dejó la nada dentro de mí.
Ahí, con o sin grietas anteriores, comenzó a derrumbarse lo que construimos juntos.
Mi mirada volvió a su tatuaje nuevo. ¿Por qué se había tatuado a Troya? Dolía verlo porque era algo que iba a ser nuestro.
—¿Cuándo te has hecho el tatuaje?
—El martes.
—¿Te arrepientes?
—No —contestó con voz grave—. ¿Por qué lo haría?
«Porque sabías que al volver ya no seríamos nada y ese tatuaje es algo nuestro».
Di vueltas a sus acciones, aún sin entenderlas.
Nada tenía pies ni cabeza. Eran decisiones caóticas.
¿Tatuarse algo que le recordara a mí y luego mostrarse tan frío y vacío de sentimientos? No había ninguna clase de lógica.
Mis ojos se volvieron acuosos y mi rostro se tiñó de incertidumbre y desazón a causa de todo el malestar que empezaba a anidar dentro de mí por no entender los actos y toma de decisiones de Alexis.
Cogí aire y lo solté con lentitud, preparándome para hacer mi siguiente pregunta. Me abracé a mí misma, sintiéndome incapaz de mirarle a los ojos.
—¿Cuándo te vas?
—El lunes. Aquí ya no tengo nada.
Nada. No tenía «nada».
Mis manos aferraron las sábanas de la cama con fuerza. Me convertí en una jodida palabra. Me transformé en una palabra que dolía como ninguna otra. Me convertí en «nada».
Gelo, Angelito y yo éramos «nada».
Nosotros, nuestra relación, todo, se transformó en «nada» para él.
La rabia comenzó a brotar en mí y luchó contra mi tristeza, ganándole terreno.
Sorbí por la nariz y restregué mis manos por mi rostro, llevándome el rastro de lágrimas.
«¿Somos nada?», «¿te han lavado el cerebro o es que los porros han afectado a tu juicio?
», pero no pregunté nada de eso. En su lugar dije:
—¿Dónde está el Alexis del que me enamoré? —Mi voz se quebró—. ¡¿Dónde?!
—Está aquí. Delante de t…
Le corté con una risa mordaz cuando la rabia me invadió por completo. Me levanté de la cama como un resorte, me coloqué frente a él y dejé más espacio del que habría dejado días atrás entre ambos. Él permaneció estoico en la cama, sin moverse un ápice.
—¡No! Tú no eres la persona con la que llevo conviviendo más de un año —rebatí—.
Porque esa versión de ti jamás me habría hecho el daño que me estás causando tú ahora.
—Le señalé exasperada con mi dedo índice—.
Ese Alexis nunca me habría dejado de lado.
Nunca habría tomado decisiones que nos atañen a los dos él solo.
¡Tú eres una versión mala de mi Alexis! —hablé alterada—.
Ojalá volviera el Alexis que era muy buena persona, valía un mundo entero y a pesar de todo lo que había sufrido durante toda su vida, había sobrevivido y estaba reconstruyéndose poco a poco para ser mejor aún.
Merecía solo cosas buenas el resto de su vida.
Tú, en cambio… —dejé la frase sin terminar.
—Soy la misma persona, Ádriel —contestó serio.
—Para nada. Para empezar, el Alexis que conozco, nunca, jamás me habría llamado por mi nombre —dije dolida—.
¿Tan culpable te sientes por el accidente con tu hermano que harías cualquier cosa para sentirte mejor?
¿Piensas que volviendo allí de donde estabas huyendo podrás redimirte? —pregunté incrédula.
—Lo primero es mi hermano.
—Lo sé. Antes que tú mismo. —Hablé cabreada—.
¿Por qué me mentiste entonces? ¿O es que también te mentiste a ti mismo cuando me dijiste que tu prioridad éramos Angelito y yo?
No mencionaste a tu hermano. ¿Es que lo olvidaste?
—Le acusé con resentimiento en mi voz—. ¿O solo dijiste lo que quería escuchar?
¿Ha sido así todo el tiempo? ¿Tú solo decías lo yo quería oír?
—le acusé con rencor—. ¿Algo de todo lo que dijiste es verdad?
—Estallé con rabia y dolor, sin poder aguantar más con la boca cerrada.
—No miento. Todo lo que te he contado de mi infancia y adolescencia es verdad. Todo fue real. Todo lo sufrí. —Alexis se mantuvo sereno.
No dudé de su respuesta. Vi en sus ojos el dolor que le ocasioné cuando le acusé de mentir sobre su pasado. «Bueno, pues ya somos dos los que estamos jodidos. Bien por nosotros».
—Es posible que en eso no mintieras. Pero míranos.
—Nos señalé—. Hace unos días querías vivir conmigo.
¡Casarte conmigo! ¡Estábamos prometidos!
¡Por Dios, hablamos hasta de tener hijos en común!
—Elevé mis manos al aire—. Y mira ahora.
Me dices que te vas. Me has engañado. Todo ha sido una jodida mentira que me he tragado.
—Acometí enfadada—. Si es que soy una estúpida.
No sé en qué momento pensé que la familia que elegí me permitiría tener una pareja y mi propia familia —murmuré disgustada.
Alexis rechinó sus dientes y su cuerpo entero se tensó ante mis acusaciones.
—No me ataques.
—¿Que no te ataque? —pregunté alucinada—. ¿Sabes lo que pasa? Que yo te quiero. Aunque tú al parecer has olvidado todo lo que teníamos —dije esto último con desdén—. Ese es el maldito problema.
—¿Quién dice que lo haya olvidado? ¿Que no sienta nada? —Alexis se puso en pie y me encaró. Parecía listo para rebatir todos mis argumentos. Y yo estaba lista para replicar los suyos.
—Tus acciones. Tus jodidas acciones dicen todo de ti ahora mismo —gruñí con disgusto.
—Necesito poner espacio. Nada más.
Según Alexis abría la boca con tan poca delicadeza y con la voz tan vacía de sentimiento, mi ira burbujeaba más furiosa, queriendo contestarle, rugir.
—¡Ostras, no me jodas! —exclamé alucinada.
¿De verdad me acababa de decir eso?—. Mira, yo decía que de los dos, tú eras el sensato, pero está claro que aún tienes que madurar.
Las relaciones no funcionan así. Las decisiones se toman juntos.
Deberías haberme contado tu jodido plan cuando entraste en mi vida.
Todo habría sido diferente —me lamenté—.
He vivido una puta mentira y a ti te ha parecido bien.
Porque tú —le señalé con furia— sabías que tenía fecha de caducidad y aun así me prometiste un «siempre».
Eres un grandísimo capullo hijo de puta.
—Alexis no contestó a mi verborrea y yo gruñí enfurecida.
Me alejé de él, distanciándome de una situación que no tenía ni idea de cómo manejar.
Mis pies me llevaron a la puerta de la buhardilla y no les frené—.
Que se te dé bien haciendo las putas maletas.
Si tienes algo mío, lo quiero de vuelta.
Todo. Déjalo en la puerta. Y ni se te ocurra pasar por nuestra casa salvo si es para mear.
Tenemos que explicarle a Angelito que ha perdido a su puto tío favorito.
—Hablé con rabia, odio y tristeza. Todas las emociones se mezclaron y eran un batiburrillo que mareaban a mi cerebro.
—Ádriel…
—Vete a la puta mierda.
Salí de la buhardilla, cerré de un sonoro portazo y apoyé mi espalda y nuca en ella. Cerré los ojos con fuerza, conteniendo la rabia y el dolor dentro de mí. «Será cabrón».