Capítulo 63
Solo te ruego que nunca me abandones.
Siempre dijiste que era yo o ninguna.
Brillan tus ojos de luna.
Maki
El sábado por la mañana fui directa a las escaleras de la buhardilla.
Quería que Alexis me explicara qué pasaba.
Era la primera vez que iba a subir a su casa.
Mi corazón latía acelerado y me costó horrores subir las escaleras sin tropezar con la congoja que llevaba encima.
Era un manojo de nervios e incertidumbre.
Llamé a su puerta y esperé con el corazón en vilo.
Cuando Alexis me abrió, un olor a marihuana mezclada con tabaco me saludó.
Sentí otra estocada en el corazón. Observé la postura tensa de su cuerpo, sus ojos inexpresivos; sin rastro de aquel brillo que solían tener y de esa transparencia que un día llegué a ver.
Era todo frío y serio. Me dejó pasar con un leve movimiento de cabeza.
Ni siquiera me habló. Mi corazón se rompió ante su actitud.
Mis piernas no se movieron. Me quedé atrapada en la entrada, sin entender quién era aquel chico que tenía delante de mí.
Escaneé la buhardilla con rapidez. Era más acogedora de lo que esperaba a pesar de que el mobiliario era escaso: un armario de palés, una pequeña librería pegada a la cama y un colchón elevado del suelo por un somier de palés.
No había mucha luz natural en el centro de la estancia, pero Alexis lo había solucionado al colocar tres lámparas.
Mis ojos volvieron a Alexis y entonces me di cuenta.
No llevaba la camiseta puesta, y en su pectoral derecho, había un nuevo tatuaje: Troya.
Mi mirada reposó allí, no podía apartar mis ojos.
Me acerqué a él sin apenas ser consciente de ello, subí mi mano y la posé sobre el tatuaje, llenándome de crema de cicatrización.
Alexis no se apartó de mi toque, así que tracé con las yemas de mis dedos la silueta de Troya sin importarme si su piel aún estaba sensible.
Bajé hasta la frase que lo rodeaba por abajo, en forma de semiluna: «Conocer el mundo a través de sus orejas, la paz mental que necesito».
Pasé mis dedos por ella mientras mis ojos se llenaban poco a poco de pequeñas lágrimas.
Bajo la frase, dos preciosas A mayúsculas unidas por un infinito en vertical.
Era simplemente precioso. Maravilloso. Olvidé por un momento la tensión en el ambiente, lo mal que lo había pasado.
Se había hecho nuestro tatuaje conjunto. Significaba algo, ¿no?
Dejé caer mi mano en mi costado y di dos pasos atrás para poner distancia entre nosotros, pues no podía estar cerca de él sabiendo que no era el de siempre. Nos miramos el uno al otro por lo que me pareció una eternidad.
Alexis caminó hasta los pies de su cama y le seguí. Me senté en el borde y le observé.
—Buenos días. —Saludó Alexis escueto.
Se sentó a mi lado y sacó lo necesario para liarse él mismo un cigarro. Le observé molesta. Hacía meses que solo fumaba aquellos que yo liaba. Otra puñalada. Alexis levantó una barrera entre nosotros.
—No contestaste ayer a mi mensaje. —Quise que mi voz no sonara tan dolida y frágil como me sentía por dentro.
—Estaba cansado. Llegué aquí y me fui a dormir al poco.
El tono serio de su voz me hizo sentir insignificante, como si no le importase. Nunca había escuchado ese tono en él antes.
—¿V-va todo bi-bien?
Alexis no contestó. Estar cerca de él era muy tenso. Parecía indiferente ante lo que acontecía a su alrededor. Aquello me provocó una sensación rara en la boca del estómago.
No éramos los de siempre. Él parecía un desconocido.
Ni rastro del chico payaso, cariñoso, risueño, abierto y feliz que conocí.
Ni rastro de mi Alexis.
—¿Qué te ha pasado allí para haberte convertido en la persona que tengo delante de mí? —pregunté desesperada.
—Es… Tengo algo que contarte.