Capítulo 62
A ver cuántos maestros pueden describir
cómo se siente el alma cuando alguien se va
y llena de epidemia todo tu recuerdo. [...]
Cómo se cose un alma que era de cristal
cuando la soledad te la partió en pedazos.
El Barrio
Quise mandar a la mierda a Alexis. Estaba enfadada y dolida a partes iguales.
Salí de mi habitación temblando de pies a cabeza, y con la visión borrosa por las lágrimas apelmazadas en mis ojos.
Me ahogaba. Busqué a Gelo, que estaba en la cocina, y le tendí de manera abrupta mi móvil para que leyera la conversación.
—Acabo de tener esta conversación con Alexis. ¿Crees que siguen siendo paranoias mías? —pregunté con enojo y dolor—. Me va a dar algo, Gelo. Estoy tan cabreada y tan cagada. Es tan gilipollas y le quiero tanto —gemí y pasé mis manos por mi rostro—. Madre mía, Gelo. Madre mía. Esto es una locura.
Me apoyé en la encimera para no perder el equilibrio cuando mis piernas flojearon.
Gelo tendió su mano y cogió mi móvil mientras con su brazo libre me sostenía.
Releyó varias veces la conversación y su cara, que empezó neutral, pasó a la confusión y terminó con el enfado dibujado en su rostro, murmurando tacos a diestro y siniestro.
—Joder, Ari. Se está comportando como un capullo —gruñó Gelo—. Voy a llamarle y a decirle un par de cosas. No sé a qué juega el muy cabrón.
—¡No! No lo hagas. Es cosa mía. Deja a un lado que es tu mejor amigo. Mírale como si solo fuera mi pareja. —Gelo asintió—. No sé si chillar o llorar. Estoy con mil sentimientos en la cabeza. Me va a estallar. —Llevé mis manos temblorosas a mi rostro y lo froté nerviosa.
—Mañana podrás aclarar toda esta historia —dijo Gelo con enojo en cada una de las palabras que pronunció—. Tiene muchas cosas que explicar. —Asentí—. Y hasta entonces, termino de cocinar y nos vamos a la playa con el chucho.
Negué varias veces con la cabeza. Quería quedarme en casa y se lo hice saber.
—¿Para darle más vueltas al tema? Paso. ¿Qué Alexis se está comportando como un gilipollas? Ninguna duda. Pero no te vas a quedar amargada en casa. Voy a cuidar de ti, Ari.
Lloré y dejé que mis sentimientos fluyeran libres, tal como lo hicieron mis lágrimas. Gelo me estrechó contra su pecho.
—Estoy aquí, Ari. Todo estará bien. O tal vez no, pero Ainhoa, Angelito y yo estaremos. Nosotros no nos vamos a ir a ningún lado —me susurró Gelo mientras, acariciaba mi pelo.
—No quiero que se vaya. —Mi voz estaba cargada de desesperación.
Gelo me estrujó más fuerte y es posible que él también llorara conmigo. Alexis era su mejor amigo y me estaba haciendo daño a mí, su mejor amiga. Debía posicionarse y por mucho que le doliera, sabía bien en qué lado estaba.
Fuimos a la playa con Ainhoa. A pesar del cielo azul sin nubes, el calor que abrasaba mi piel desnuda, el sonido de las olas y mis pies que tocaban la arena, por dentro mi día no dejó de ser gris.
Mandé varios mensajes a Alexis durante la tarde, pero solo los leyó.
Me dieron náuseas de pensar en lo que se avecinaba.
De darme cuenta del cambio radical en él en apenas dos días.
«¿Qué ha pasado para que pase de quererme a hacerme daño?
». Por dentro estaba empezando a desquebrajarse mi felicidad, mi seguridad en mí misma, y a crearse un huracán que desataría una catástrofe en mi interior.
Alexis y nuestra conversación estuvieron en mi mente en primera plana toda la tarde. Quería volver a sentirme segura y en calma entre sus brazos. Volver a entrar en nuestra fortaleza de abrazos y quedarme allí para siempre.
No supe en qué momento Alexis cogió el autobús de vuelta a casa o cuándo llegó.
No me avisó. Pensé que estaría distante conmigo el tiempo que estuviera con su familia.
¿Pero en el autobús? Probé a llamarle a lo largo de la tarde, pero no me lo cogió ni una sola vez.
Frustrada y dolida me fui a Finca Deva, monté a Troya a los tres aires y dejé que la adrenalina me envolviera.
¿Cuándo se torció todo y por qué? ¿Cómo podía arreglarlo?
Viernes, 21 de agosto. Diez y media de la noche.
Ádriel
¿Has llegado ya?
Alexis
Sí, hace un rato.
Ádriel
¿Podemos vernos?
Me leyó.
No me contestó.
Sentí una estocada en mitad de mi corazón que hizo que se me rompiera un poquito.
Me entraron náuseas y vomité. Me sentí mareada y débil, así que me quedé en el suelo del baño hasta que Gelo me encontró.
Cuando me sentí mejor, me hizo comer galletas, beber Coca-Cola y me confesó que estaba preocupado por mí.
Creía que mi mente estaba sacando todo de quicio, que por un chico no podía estar así.
Él no entendía lo mucho que necesitaba a Alexis en mi vida.
No debería haber dejado que se convirtiera en algo tan esencial en mi día a día, pero lo hice porque pensé que nunca tendría que despedirme, que siempre estaría para mí.
Que de verdad habría un «siempre» para nosotros.
Esa noche, Alexis y yo no nos escribimos, ni salimos juntos a dar nuestro paseo. Solo quería desaparecer, borrar esos últimos días. ¿Qué habría pasado desde el miércoles para que estuviera así?
No importaba cuánto había logrado acercarme a él en ese año porque aquella noche caí en que siempre habría un muro que nos separara.
Uno que durante ese año pensé que no existía.
Pero nos separaba y por más que yo me empeñara en que no lo hiciera, por más que escalara y lo atravesara para estar cerca de él y comprenderle, en cuanto me despistaba, volvía a estar al otro lado y el muro era más grande, ancho y alto.