Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 58
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Capítulo 58

Tú eras mi fuego, mi tormenta, un terremoto. […]

La única persona a la que llamé hogar,

y es que si tú eras fuego no me importa arder. […]

Prometo no dejarte de buscar.

Nassim, Diego el Jhane, Fran El Niño, Subze

Al llegar al restaurante, me quedé trabada en la puerta con la mano en el pomo, y escudriñé su interior en busca de Alexis y los demás con una bola de nervios creciendo en mi estómago a cada segundo que pasaba. Mi corazón latía acelerado, pocas veces había estado tan nerviosa en mi vida.

—¿Vas a quedarte ahí toda la noche, amor? ¿O entramos a cenar? —preguntó una voz tras de mí entre los latidos desbocados de mi propio corazón. Alexis.

Mi cuerpo entero tembló. Me giré hacia el sonido de su voz e intenté aparentar serenidad.

Alexis llevaba los ojos achinados y me sonreía feliz y relajado.

Se acercó a mí y noté su aroma enturbiado por un tenue olor a marihuana que llegó a mis fosas nasales.

Nos saludamos, le besé y dejé que el olor a hierba se quedara impregnado en mis labios.

—¿Cómo estás? —susurré para que solo él me escuchara. Alexis me dedicó una pequeña sonrisa—. ¿Y por dentro?

Alexis se encogió de hombros. Pegué mi frente a la suya y respiré su mismo aire, encontrándome mucho más relajada solo con su cercanía. Me separé de él y me enfrenté a los tres pares de ojos que nos observaban. Les observé de vuelta, quería averiguar quién era su hermano.

—Ella es Ádriel —me presentó Alexis—, y ellos son mi hermano, Víctor.

—Señaló al más delgado de los tres chicos.

En la foto era el que le pasaba el porro—.

Santi, mi primo mayor. —Apuntó al chico que en la foto miraba a los otros tres—.

Y mi primo Javi. —Indicó con un leve gesto de cabeza al chico que salía en la foto sacando la lengua.

¿Cuál de los dos era con quien estaba enfadado? ¿O ya no lo estaba?

Los tres me miraron con interés durante unos segundos que se me hicieron eternos.

—Así que tú eres la novia de mi hermano. —Víctor se acercó a mí con una gran sonrisa en los labios y me estrujó en un abrazo—. Encantado.

—Encantada —susurré sintiéndome muy pequeñita ante su entusiasmo. ¿Sería así de normal o era efecto del porro?

Los primos me saludaron, Alexis me cogió la mano y tiró de mí dentro del restaurante, haciéndome sentir más segura y tranquila.

No hablé mucho en la cena, quería ver si, como me dijo una vez, él era con ellos como yo con Gelo y Ainhoa.

Comprobé que se parecían a nosotros tres, pero para nada eran iguales.

Les faltaba complicidad, confianza y transparencia.

Se notaba a la legua que habían echado de menos a Alexis.

Eran todo risas, y recuerdos que les hacían reír mientras cenábamos.

Alexis engañaba muy bien a todo el mundo, incluso a mí.

Su risa no parecía hueca o falsa, reía como lo hacía conmigo.

Hablaba y contaba anécdotas como los demás.

Nada me indicaba que por dentro se estuviera rompiendo al reunirse con su pasado.

Me aterrorizó pensar en cuántas veces delante de mí aparentó estar bien sin estarlo.

Luego me percaté de que conmigo se quitaba siempre, o casi siempre, la máscara, y me calmé.

La cena avanzó inexorablemente hacia su fin entre risas.

¿Eran siempre así? ¿Nunca se quitaban sus máscaras estando los cuatro juntos?

¿O era por mí, la chica nueva? Terminamos en la plaza del pueblo sentados en un banco de madera que recordaba desde niña.

Alexis se sentó en el respaldo, en uno de los extremos.

Me acomodé entre sus piernas y apoyé mi nuca en su rodilla para tener una mejor vista de los chicos.

Me llevé las piernas al pecho y encajé mis pies entre el talón y la punta de uno de los pies de Alexis.

En esa posición me encontré protegida. Sentí que entre nosotros y el mundo había una muralla que lo paraba todo.

Miré hacia arriba y le sonreí. Él posó el brazo en su muslo y dejó su mano en mi hombro, acariciándome de manera distraída.

Bajó su rostro hasta el mío y me besó con cariño en los labios una, dos, cinco veces, haciendo ese sonido que tanto me gustaba cuando nuestros labios se separaban.

—Te quiero —susurró contra mis labios.

Acaricié su rostro con mimo y observé sus ojos. Dentro de ellos había una mezcla de inseguridad, felicidad y dolor. Todo enredándose sin dejar claro qué sentimiento predominaba sobre los demás.

—¿Un canelo? —propuso Víctor, estallando nuestra burbuja de dos.

Quien dice uno, dice cuatro. Uno para cada uno. Hacía varios años desde la última vez que aspiré uno, pero seguía sin gustarme ese olor tan penetrante que se olía a kilómetros.

—Siento fumar delante de ti… —me susurró al oído a mitad del porro haciendo que su aliento llegara a mis fosas nasales. Evité hacer una mueca por el molesto olor—. Yo… Lo siento. No sé en qué pensaba. No quería que vieras esto nunca —pronunció abatido.

—Tranquilo, estoy bien. —Acuné su rostro con mis manos antes de besarle—. Disfruta. —Volví a besarle—. Y si quieres, hablamos luego. —Me alejé de su rostro pero dejé una de mis manos en su mejilla.

Él asintió contra mi mano, movió su rostro y se apoyó contra ella ansiando más contacto. «Te quiero» vocalizó antes de deslizar sus labios por mi palma, besándola con delicadeza. Sonreí aunque por dentro mi corazón estuviera encogido.

Todos se siguieron mostrando cautelosos a mi alrededor.

No mostraron un solo sentimiento en mi presencia, solo dejaron cabida a las risas.

A las tantas de la noche, caminamos hasta el hostal donde se quedaron Javi y Santi.

Alexis, Víctor y yo nos dirigimos hacia casa para recoger a Togo y dar nuestra vuelta nocturna.

Noté el cambio en ambos chicos en cuanto sus primos se alejaron.

—Tenía ganas de verte, hermano. —Alexis miró a Víctor con una sonrisa sincera mientras caminábamos por calles oscuras y poco concurridas.

Su hermano le devolvió la sonrisa y pasó uno de sus brazos por sus hombros.

Durante el paseo me di cuenta de que Víctor sí que se quitó la máscara.

Habló abiertamente conmigo, bromeó, se mostró contento de tenerme con ellos, incluso le vi decaído al hablar sobre algunos aspectos de su pasado.

No tuvo problema en mostrar su fragilidad frente a nosotros.

Sin embargo, la máscara de Alexis no cayó ni un ápice.

Solo yo sabía que en su interior estaba aconteciendo una gran tormenta.

¿Por qué su hermano tenía la hermosa capacidad de mostrarse como se sentía en cada momento y Alexis no?

¿Por qué proteger a su hermano mayor de todo quedándose Alexis con su desorden para él solo?

No entramos en casa, desde la puerta llamé a Togo, quien vino a nuestro encuentro.

Cuando llegamos al descampado me alejé de los hermanos, dándoles espacio.

Aproveché la luna llena para fijarme en la cicatriz del brazo de Víctor, que apenas era una marca.

En la cabeza de Alexis la cicatriz era mucho más inmensa, una marca interna que él no quería que desapareciera.

La cojera sí que se apreciaba más, pero no le impidió correr detrás de Togo junto a su hermano.

Me acerqué a ellos pasado un tiempo prudencial y me coloqué al lado de Alexis. Quería su contacto.

—Hazte un pisto —instó Víctor a su hermano dándole un codazo en las costillas.

Este asintió y sacó de su bolsillo todo para hacer un cigarro mientras su hermano sacaba una bolsita con marihuana del bolsillo de su pantalón.

—¿No es demasiado? Llevas mucho sin fumar —me preocupé.

—Está todo controlado. —Me sonrió Víctor—. Alexis necesita dejar de pensar otro poco.

—Ya…

Me sentí fuera de lugar y me fui a caminar por la parcela.

Cuando volví, los hermanos reían a carcajadas sentados en el suelo.

Me senté al lado de Alexis y le observé con detenimiento antes de besarle: parecía relajado.

No me importó que hubiera marihuana de por medio, Alexis seguía siendo mi Alexis.

—Me encanta cuando te ríes y no puedes dejar de hacerlo —susurré en su oído.

—Y a mí cuando tú sonríes —susurró de vuelta y me abrazó.

Los hermanos decidieron pasar la noche juntos en la buhardilla.

Victor se despidió de mí con un abrazo y comenzó a subir las escaleras.

Alexis se acercó a mí y me besó una, dos, cinco, ocho veces antes de darme un apretado abrazo que dijo todo lo que sus palabras o acciones no hablaron aquella noche.

—¿Sabes una cosa? No eres tan diferente fumado.

Sigues siendo tú —dije tras separarme de su abrazo y noté a Alexis temblar—.

Quiero que te sientas con la confianza necesaria como para que si un día quieres o necesitas fumarte un porro y yo estoy contigo, lo hagas.

No va a cambiar la forma en que te veo o te trato.

A pesar de que piense que la marihuana es una droga y tú me digas que no lo es.

Alexis me miró con un brillo genuino en los ojos.

—Gracias. Por todo, gordi. —Me volvió a abrazar—. Tengo sentimientos encontrados sobre eso. Pero tus palabras me han puesto la piel de gallina. Te quiero muchísimo.

Cogí su rostro con mis manos y le besé.

—Si fumas, no te pases, por favor. —Le volví a besar—. Y si me necesitas, llámame, o ven a mi habitación. Sea la hora que sea. No te preocupes por si estará o no el crío.

—Vale, amor. Te amo mucho mucho.

—Buenas noches, cariño. Te quiero. —Me despedí antes de dirigirme a la puerta.