Capítulo 57
Yo era como un demonio sin temor a nada.
Solo de dolor y sangre me alimentaba.
Tú fuiste la mano que me salvó,
el abrazo que necesitaba y que nadie jamás me dio,
la paz que ahora siento bajo la piel.
SHÉ
Apenas dormí la noche anterior a la llegada de la familia de Alexis. Tampoco es que lo hubiera hecho demasiado las anteriores: el caos interior de Alexis y sus pesadillas estaban desatadas y mi preocupación me impedía conciliar el sueño.
Aquella mañana, le pedí que viniera a desayunar a casa en vez de irse al bar.
Sonreí como una boba cuando entró en casa con una bolsa de churros.
A pesar de todo el tiempo que llevábamos juntos, aún se me aceleraba el corazón cuando le veía, me daba un suave abrazo, me daba mimos, me besaba, cuando…
todo. Él me hacía vibrar por dentro siempre.
Nos sentamos a desayunar uno al lado del otro.
Hubo un tiempo en que probamos a sentarnos en frente, el problema era que, aunque nos podíamos ver mejor, el contacto era nulo, y a ambos nos gustaba que nuestras piernas, brazos o pies se rozaran o tocaran, cogernos de la mano o acariciarnos el antebrazo el uno al otro de manera distraída. Siempre a una caricia de distancia.
—Hay algo que quiero decirte antes de que lleguen. —Alexis rompió el silencio que se instauró entre nosotros mientras desayunábamos.
—¿Qué pasa? —Atrapé su mano más cercana a la mía y la acaricié con mimo.
—Es… sobre mi hermano. —Tragó con dificultad.
—¿Qué pasa con tu hermano?
Giré mi silla para quedar frente a Alexis y él hizo lo mismo. Encajé una de sus piernas entre las mías para poder estar más cerca de él. Cogí sus manos, las coloqué entre nuestras piernas y las apreté con suavidad instándole a hablar.
—Tuvo un accidente.
Coloqué en su lugar las piezas sueltas que me había dejado a lo largo de los meses sin él saberlo.
—¿De coche?
—¿Cómo lo sabes? —Alexis se mostró receloso.
—Cosas que me has dicho desde que te conozco. He atado cabos. —Me encogí de hombros.
—Y dirás que no me sabes leer. —Un brillo genuino cruzó sus ojos unos segundos. ¿Orgullo, tal vez?
—Quiero creer eso de que sé leerte —susurré y sentí que conectábamos al nivel más profundo que existía.
—Es real, vida —dijo Alexis con la dulzura impregnada en su mirada.
Nos quedamos unos minutos sosteniéndonos la mirada, bebiendo de nuestros ojos, hasta que el semblante de Alexis se tensó y supe que me iba a contar qué había pasado en ese accidente.
—Conducía yo. —Su voz y su postura se tiñeron de culpa.
—¿Tú? —Arrugué el gesto—. Si no tienes carnet.
—Fui un inconsciente —admitió con la culpa comiéndole vivo y bajó la mirada a nuestras manos.
—¿Cuándo fue? —pregunté con miedo a saber la respuesta.
—Hace tres años —contestó y un escalofrío me recorrió al darme cuenta de que mis suposiciones eran ciertas—. Un año después me fui con mi abuelo. No podía soportar la culpa y verle a él. Me recordaba a diario lo que hice. Sus cicatrices… —La voz de Alexis tembló.
—¿Qué pasó?
—A veces… —Alexis se calló y eligió las palabras adecuadas para seguir—. A veces mi hermano me dejaba conducir. —Dejó de hablar y me miró—. No quiero que pienses diferente de mí después de esto —murmuró inseguro y vulnerable.
—Aunque me digas que eres un asesino en serie, no te vería diferente. Te veo como realmente eres, cariño. —Le besé la nariz con mimo.
—Él iba haciendo un porro, la música estaba alta y…
no sé qué pasó. Venía de frente un coche adelantando a otro y…
—Sus manos apretaron las mías. Observé su figura tensa, sus oscuros y turbados ojos, y esperé que me contara ese secreto que llevaba meses escondiendo de mí—.
No supe qué hacer con nuestro coche. Frené y cuando vi que eso no iba a servir de nada, pegué un volantazo y el coche se estampó contra un árbol —narró—.
No debería haber pegado ese volantazo. Tal vez con irme más hacia arcén…
Los ojos de Alexis se oscurecieron más, plagados de culpa y tormento. Podía ver la desazón dentro de él, el desagrado por lo que hizo, el recuerdo turbulento que traía al presente esa amargura del momento.
—No fue tu culpa no saber qué hacer.
Me guardé para mí que en caso de buscar culpables, en todo caso sería su hermano por dejarle conducir sin carnet.
—Le debo todo a mi hermano. Y más después del accidente. —La impotencia y el resquemor se hicieron palpables en su voz.
—¿Qué te pasó en el accidente? —pregunté con tiento.
—Yo solo tuve algunos raspones. Algunas cicatrices que ya no se ven, ni se pueden palpar. Solo están en mi cabeza. En mis recuerdos.
—¿Y tu hermano?
—Él tiene una cicatriz grande y fea en el brazo. Una… —Alexis tragó fuerte—. Una leve cojera. Algo de sordera en un oído. Y dos años con ansiedad.
—Tienes pesadillas con el accidente —afirmé sin saber si era verdad.
Alexis asintió—. Tú también has tenido ansiedad por ello —sostuve sin saber si esa afirmación también era verdad.
Alexis volvió a asentir—. ¿Entonces por qué no lo dices?
¿Por qué te saltas esa parte que te atañe a ti? Tú has sufrido lo mismo que él.
—¡Yo no estoy cojo o sordo! ¡No tengo una descomunal cicatriz en el brazo! —exclamó alterado y le acaricié el brazo para calmarle.
—Que tus cicatrices no se externalicen al mundo no quiere decir que no las tengas. Están dentro de ti, creando tu caos, tus pesadillas. No sé si aún sufres algún ataque de ansiedad, pero sí que sé que piensas a menudo en esto. En que pudiste hacer algo para que el accidente no ocurriera.
—Mi hermano lo pasó muy mal —defendió Alexis.
—No lo dudo, pero tú también sufriste lo de ambos sin contar con nadie.
—Intenté mostrarle mi punto pisando sobre arenas move dizas, esperaba no hundirme—.
Conociéndote, antes cuidabas de tu hermano, pero desde el accidente, darías tu vida una y mil veces por volver atrás y que te pasara a ti todo lo que le pasó a él.
Por no haber cogido ese coche. Desde entonces tu lealtad hacia él se ha multiplicado por un millón. ¿Me equivoco?
—No. Aparte de mi abuela, él es lo único que de verdad tengo. No lo puedo perder —gimió con sus ojos anegados en lágrimas.
Me acerqué más y terminé a horcajadas sobre él, con mis manos recorriendo su rostro para intentar calmarle con la mirada, insuflándole ánimos, dándole vida.
—Te entiendo. Solo creo que la manera en que lo demuestras no es la mejor.
—Soy así. —Alexis elevó sus brazos al aire y los dejó caer a sus costados.
—Lo sé. —Le abracé.
—No quiero que le mires raro —suplicó Alexis con voz entrecortada. Me separé unos centímetros de él y le miré sin entender— por cómo camina o por la cicatriz de su brazo.
—¿Por eso me lo has contado? ¿De no ser así, no lo habrías hecho? —Me separé de nuestro abrazo con rechazo. Me sentí ofendida, traicionada y decepcionada.
—Lo habría hecho —aseveró—. Esto ha sido el empujón que necesitaba.
Asentí y todo lo que sentía se disipó de un plumazo.
—Yo no me fijo en esas cosas. —Fruncí el ceño y me crucé de brazos—. Y si lo hago, es con disimulo.
—Su brazo llama la atención. Y su cojera.
—No le voy a dar más importancia de la que tiene. Tiene una cicatriz y cojea. Bien, no se acaba el mundo ni tengo que pasarme el día entero observando sus defectos.
Alexis asintió y le abracé. Noté cómo su cuerpo entero se reblandecía, quedándose laxo entre mis brazos.
—Te quiero, mi vida —susurró—. Estoy nervioso por verles, y tengo ganas de que os conozcáis. Mis dos mundos entremezclándose. —Alexis besó mis labios—. Te quiero —repitió—. Te quiero más que a nada.
—¿Alguna vez le has contado esto a alguien? —pregunté creyendo saber la respuesta. Deseé que no fuera cierta.
—No. Nunca.
Acerté. Se me encogió el corazón y me costó contener las lágrimas.
—¿Ni a tu abuelo cuando volviste a vivir con él?
—Tampoco. Mi abuelo y yo no nos llevamos muy bien. Nos toleramos por mi abuela.
—¿No te dijo nada por volver con él y alejarte de ellos?
—Demasiadas preguntas para hoy, vida. Te prometo que cuando se vayan estos, te lo contaré todo. —Besó mis labios con dulzura, sellando su promesa.
Entendí que no quisiera abrir viejas heridas teniendo en cuenta que su pasado estaba a punto de irrumpir en su presente.
Me dio pena que el amor de hermano que sentía hubiera sido sustituido por la culpa, porque su relación con él jamás volvería a ser tan estrecha y pura hasta que aceptara que no todo fue por él. Pero Alexis no opinaba lo mismo.
Durante el resto de la mañana Alexis tuvo momentos de calma alternados con otros que parecía al borde de un ataque de ansiedad.
Su mente se mantenía en constante lucha contra muchos pensamientos y recuerdos de los que no me hizo partícipe.
Intuí que tenía miedo de que su pasado esquilmara su presente, de que se comiera todo lo que le había llevado tiempo y esfuerzo construir aquí.
Me pidió ir solo a buscarles y quedamos en que nos veríamos para cenar, directamente en el restaurante.
Un tiempo después, Alexis me avisó de que habían llegado y al cabo de un rato me mandó una foto de los cuatro.
Era la primera vez que veía los rostros de las personas que más quería.
Examiné la fotografía a conciencia: estaban los cuatro sentados en un banco; Alexis estaba en medio y miraba a la cámara con una medio sonrisa.
A su derecha, un chico sacaba la lengua, y a su izquierda, otro le pasaba un cigarro mientras expulsaba humo por su boca.
El cuarto miraba a los otros tres con una sonrisa tonta.
¿Cuál sería su hermano? No distinguí ninguna cicatriz llamativa en el brazo de ninguno.
Me fijé en los rostros de los cuatro chicos.
Ninguno tenía un rasgo característico que destacara también en los demás.
No parecían familia. Tal vez me lo parecerían cuando les viera interactuar.
Viernes, 14 de agosto. Ocho y media de la tarde.
Ádriel
¿Cigarro o porro?
Alexis
Porro. Pero solo uno para los cuatro...
Alexis no leyó mi humor o temor en el mensaje. Para calmar mi malestar y mi agobio, me repetí mil veces que su pasado, a pesar de mezclarse con su presente en ese momento, era solo eso, pasado. Y nosotros éramos presente y futuro.
Le di vueltas —muchas vueltas— al hecho de que recayera, que todo por lo que había luchado durante años se le hubiera olvidado nada más ver a su familia.
Gelo me notó nerviosa a pesar de que intenté ocultárselo para que no se preocupara, y nos propuso a Angelito y a mí pasar la tarde en Finca Deva.
Sabía que necesitaba a los caballos. Montamos los tres en la pista por primera vez a petición de Angelito y disfruté muchísimo.
Montar a Troya fue un bálsamo que calmó a mi preocupada mente y a mi loco corazón. Pasar tiempo con los caballos es sanador. Con ellos no hacen falta tiritas, las heridas cicatrizan al aire. Son un lugar al que huir, donde refugiarse, donde aprender de ellos y con ellos. Un lugar al que pertenecer.
—Estoy lista para la cena, Gelo —dije decidida—. Gracias por traerme aquí.
—A veces olvidamos que son nuestro hogar.
Volvimos a casa y me fui directa a mi habitación a cambiarme de ropa.
Ni se me pasó por la cabeza si mi camiseta favorita azul sin mangas pegaba con mis pantalones hippies naranjas, con mis sandalias blancas de brillantes o con mi riñonera de colorinchis que me habían regalado el año anterior mis mejores amigos, hasta que la voz de Alexis resonó en mi cabeza con ese «eso no pega» tan suyo.
Salí de casa lista para conocer a la familia de Alexis.