Capítulo 56
Amemos sin prejuicios, aunque juzguen lo que amamos.
Seguiremos siendo niños cada vez que lo queramos. […]
Que te quiero así, cerquita de todas mis distancias.
Como dos adultos que se besan las infancias.
Rafa Espino, Brock Ansiolítiko, Ginés González
Alexis parecía no asimilar bien que su familia viniera a verle.
Desde que lo confirmaron, todo le podía hacer perder el control.
Era complicado estar a su alrededor y hablar sin terminar malherido.
Lo aguanté por el tormento que percibía en su mirada, el dolor en sus palabras, el desconsuelo en su rostro compungido y serio a todas horas.
Alexis parecía otra persona, una que arrastraba mi felicidad lejos y dejaba oscuridad a su paso.
No sabía cómo hablarle o calmarle, y saber que estaba mal y que no era capaz de ayudarle, me hacía sentir pequeña.
Era desolador encontrarme con ese otro Alexis en lugar del que era todo sonrisas sinceras y verdaderas, cosquillas, besos y risas.
Viernes, 7 de agosto. Doce de la madrugada.
Ádriel
Te he notado raro hoy.
¿Estás bien?
Alexis
Me has leído.
No ha sido un día muy bueno, no.
Ádriel
¿Qué pasa por tu mente?
Alexis
No dejo de darle vueltas a volver a fumar maría. Me agobia el querer hacerlo si veo a mi hermano o mis primos hacerlo.
Ádriel
Eres fuerte. Sé que lo eres. Tú solo disfruta de su compañía mientras estén contigo.
Alexis
Soy débil. Hay demasiado en mi cabeza, amor.
Ádriel
Sé que ahora no tienes confianza en ti mismo, pero eres fuerte. Y valiente. Tú mismo me dijiste que fuiste tonto por fumar marihuana, por querer volver a hacerlo en ciertos momentos. Y aunque a veces te llamo tonto, tú y yo sabemos que no lo eres.
Alexis
No entiendo cómo puedes ver todo lo positivo y bueno que hay en mí. Yo no soy capaz. Solo veo miedo, culpa, inseguridad…
Ádriel
Eres muy bonito por dentro y por fuera; pero sobre todo por dentro.
Alexis
No. Por dentro soy todo caos.
Ádriel
Tu caos también es bonito. Solo hay que ordenarlo para que deje de molestarte y siga siendo precioso.
Ádriel
¿Te apetece venir a mi cuarto y dejar de rayarte?
Alexis
¿Y si va Angelito a tu cama esta noche?
Aún no hemos hablado del tema como dijimos.
Ádriel
Me necesitas. Ven. Ya veremos qué pasa si viene el crío.
Esa noche vino a mi habitación y se mostró inseguro y negativo.
Era como si se repudiara a sí mismo. Intenté hacerle ver lo bella persona que era y lo positivo de reencontrarse con su hermano y sus primos y pasar tiempo de calidad con ellos.
Se mostró vulnerable con sus comeduras de cabeza.
Rayándose a pesar de que quizás ni siquiera pasara algo malo.
Se encerró en sí mismo dándole vueltas al tema de fumar una y otra vez, torturándose.
No supe cómo romper el círculo, me sentí impotente por verle mal y no poder reconfortarle como me hubiera gustado.
Necesité más que nunca su manual de instrucciones.
Fue la primera vez que noté que su pasado no le permitía vivir el presente como él quería, que le frenaba.
Y Alexis se aferraba al pasado, con miedo de olvidar todo lo malo, todo su caos.
No se permitía evolucionar, prefería estar estancado.
No sé si por evitar un nuevo dolor, un palo más, un desplante o perder más gente a su alrededor.
Tal vez por comodidad, o porque ya no tenía fe en la humanidad. Tal vez tampoco en sí mismo.
A la mañana siguiente, Alexis y yo nos llevamos a Angelito a Finca Deva.
Ellos parecían familia de sangre. Y a mí, cualquier interacción que había entre ellos, hacía que el corazón se me hinchara de felicidad.
Alexis disfrutaba de la compañía del crío, le educó en los momentos necesarios y le enseñó a valorar las pequeñas cosas.
Llegué a sentir que Angelito era hijo de los tres y no solo de Gelo.
Trabajé con los caballos y di clases a Alexis y Angelito a la vez.
Alexis montó a Troya y el crío a Neo. Me encantaba ver a Alexis sobre Troya y el binomio que formaban.
Dos cosas bonitas juntas que hacían una maravillosa.
Angelito no se quedaba atrás, verle montar y, tan bien como lo hacía ya, era alucinante.
En algún momento, empezaron a jugar al pillapilla .
Quise decirles que dejaran de hacerlo, pero les vi tan bonitos mientras jugaban juntos y los caballos estaban tan a gusto con lo que les pedían, que no dije nada.
Aquello hizo que me diera cuenta de que quería tener mis propios hijos con Alexis.
Uno, dos, tres, cuatro hijos con él. Quería niños mitad él, mitad yo.
Con sus ojos, con mi color de pelo, con mi cabezonería, con su inteligencia y risueños como él.
O tal vez con todo cambiado. Me daba igual mientras fueran nuestros y vinieran con manual de instrucciones, no como su padre.
Quería formar mi propia familia con él dentro de la que ya tenía, pues la atesoraba demasiado como para dejarla de lado.
Angelito siempre sería mi primogénito. Cuando me embarqué en esta aventura de vivir con el crío no sabía que al final él lo conquistaría todo.
Sería complicado mantener unidos a dos núcleos familiares y muchas veces la intimidad brillaría por su ausencia con tres adultos, pero a mí no me importaba.
Alexis decía no tener problema, pero a la hora de la verdad, ¿le importaría? ¿Quizá le estaba pidiendo demasiado?
Ese lunes diez de agosto, fue el último día de trabajo de Alexis.
A pesar de lo que le prometieron al contratarle, ya no le necesitaban.
Se mostró abatido tras colgar la llamada con su jefe.
Le comenté que tal vez fuera el momento de que se planteara en serio volver a estudiar, o que buscara un trabajo que de verdad le hiciera feliz y trabajara a gusto.
El dinero en nuestra casa no era problema, entre Gelo y yo podíamos mantener a tres adultos y un niño.
No podríamos tener muchos caprichos, pero sería solo por una temporada.
Con mis palabras, Alexis le vio sentido a lo de sus estudios y buscamos juntos dónde podía formarse para sacarse el bachillerato y acceder a la universidad.
Le vi motivado y feliz al pensar en la posibilidad de conseguir trabajar en algo más afín.
Me sentí orgullosa de él porque se planteara pelear por sus metas y sueños.
A pesar de parecer tranquilo frente a los demás, yo notaba a Alexis alterado; su familia perturbaba la paz que consiguió con nosotros.
Había estado toda la semana un poco a su bola.
Cantó menos de lo habitual, dijo no tener imaginación para bocetar nada nuevo y tuvo muchas pesadillas que no le dejaron descansar lo necesario y se pasaba el día con ojeras.
En esa semana, aprendí a comprender algunas cosas en él.
Aprendí a ver cuándo estaba nervioso, a interpretar su mirada y los claroscuros de su interior.
A fuerza de meter la pata millones de veces, de aprenderme de memoria sus gestos y sus frases, empecé a comprenderle y a leer entre líneas cuando no me decía de primeras que no se encontraba bien.
Me recordó al binomio que formaba con Troya. A esa química.
Alexis y yo éramos uno y quería que siempre lo fuésemos. Solo quedaban algunos flecos que perfilar, como el hecho de que Gelo y Angelito vivieran siempre con nosotros sin condiciones, o que Angelito durmiera cuando lo necesitara en mi habitación aunque también lo hiciera Alexis.