Capítulo 55
Confundimos amistad con aprecio; aprendimos que todo tiene un precio.
Los favores se cobran en euros o en el futuro se pagan en desprecio.
Sabemos el valor del silencio; lo que vale la palabra. […]
Podemos ser santos, pero también diablos si alguien daña a la familia.
Somos de barrio.
Nos dejamos la vida luchando si es necesario.
Haze, Barroso
Aquella mañana de principios de agosto, Alexis había hablado con su primo durante casi una hora bajo el sol abrasador en Finca Deva, en vez de refugiarse, como hice yo, en el despacho.
Al colgar, vino a buscarme y me dijo que no volvería a hablar con él jamás.
Estaba enfadado, aunque no me dijo el motivo. Le abracé para que se calmara.
—A mí nunca me dejes de hablar —dije en un murmullo temeroso.
Alexis llevó su mano a mi rostro y lo acarició. Sus ojos verdes y dorados buscaron los míos y su mirada me hizo una promesa silenciosa.
—No. A ti, nunca.
Acercó su rostro al mío y su beso creó magia.
Al día siguiente y tras jugar con tres violetas en nuestras bocas, Alexis fumaba un cigarro que le acababa de liar.
El humo serpenteaba por el aire y escapaba de sus labios entreabiertos.
No pude evitar acercarme un poco más a él solo para aspirarlo.
Sacó su móvil del bolsillo y mientras yo coloreaba en el capó del coche él se quedó inmerso en una conversación con alguien.
Le observé de reojo. Su cuerpo estaba tenso mientras tecleaba y sus ojos entrecerrados.
—Hablo con mi hermano —dijo Alexis ante la pregunta en mi mirada—. Eres una cotilla. Disimulas muy mal.
Mis mejillas se ruborizaron y Alexis rio.
—¿Le pasa algo a tu hermano?
Alexis se encogió de hombros y rehuyó mi mirada. Cogí su rostro y busqué sus ojos. Estaban llenos oscuridad. Ante mi toque, el cuerpo de Alexis se relajó y mi corazón se saltó un latido por ser capaz de hacer ese tipo de cosas en él, poder ayudarle.
—Quieren venir a verme. Mi hermano quiere que arregle las cosas con mi primo —murmuró Alexis.
—¿Y tú cómo te sientes con eso?
—¿Por qué lo preguntas? —preguntó a la defensiva y la tensión volvió a su cuerpo. Se alejó de mí y su mirada fría me escrutó inquisitiva.
—Me dijiste que ellos te hacían recordar eso que querías olvidar —hablé con calma. No quería que la conversación se convirtiera en una guerra.
—Sí. Pero son familia —aseveró con su cuerpo preparado para saltar—. Quiero verles. Les echo de menos, pero…
—Van a traer recuerdos consigo, ¿verdad? —Busqué sus ojos y quise leer lo que escondían.
—Sí.
Acerqué mi rostro al suyo y le besé con dulzura. Alexis bajó sus barreras y su cuerpo liberó la tensión que contenía. ¿Qué habría pasado con su primo? ¿Era el pequeño o el mayor? Si tanto quería a su hermano, si tanto significaban para él sus primos, ¿por qué apenas me hablaba de ellos?
Alexis me abrazó con fuerza y dejó salir el aire contenido en sus pulmones sobre mi cuello.
Me encogí al notar su aliento hacerme cosquillas.
Jugueteó con el mechero pasándolo entre sus dedos mientras me contaba que tendríamos que aguardar unos días para que le confirmaran si podían librar en sus trabajos y venir.
Aspiró el humo del cigarro recreándose en él, algo que solía hacer cuando es taba nervioso.
Me quedé pegadita a su lado y esperé que mi cercanía ayudara a calmar el ruido de su cabeza.
Los días de espera a que su hermano le confirmara la visita, Alexis estuvo raruno. No tenía muchas ganas de hablar, de reír, ni de decir payasadas o meterse conmigo. Lo único bueno fue que no me separó de él. No me pidió espacio para estar solo. Se refugió en mí y eso me hizo sentir bien.
Aquella noche de jueves, en nuestro paseo nocturno, su hermano lo confirmó: vendrían la semana siguiente, de viernes a domingo.
Aquello hizo que habláramos de su barrio.
Le dije que tenía curiosidad por conocer el barrio que le crio, que le vio crecer y le hizo tal y como era.
Quería pasear por sus calles y que él me contara alguna anécdota graciosa o bonita de aquellos años.
Que recordara solo lo bueno, porque sabía que lo hubo.
Quería conocer esa otra parte de él que trataba de borrar y ocultar de mí.
—Es posible que algún día me atreva a volver y llevarte conmigo.
Asentí y me prometí que le protegería cuanto pudiera de los recuerdos que traerían sus primos y su hermano. Aunque solo me lo pidiera con la mirada y su forma de actuar en vez de con palabras.