Capítulo 59
Supe que era en ti cuando te vi querer la peor versión de mí. […]
Seremos un hogar para no echarnos más de menos.
Y esa mano que tendamos cuando no nos entendemos. […]
Somos uno y sé que venceremos a la distancia y a los miedos,
a la duda y a la bruma que encontremos.
Rafa Espino
Al día siguiente Gelo invitó a comer a casa a Alexis y su familia. Y aunque al principio este se mostró reacio, accedió. Víctor y sus primos fueron abiertos con Gelo, Ainhoa y el crío, y a ninguno les sorprendió que Angelito me llamara «mamá» y a Alexis, «tío Alexis».
Por la noche, Alexis vino a casa, dijo un escueto «Hola, familia, os robo a Ádriel unas horas» y sin esperar respuesta me sacó de casa en brazos mientras yo reía emocionada.
Alexis llevaba una gran sonrisa brillante en el rostro que era contagiosa.
Me subió en mi coche y me instó a salir del pueblo por un camino forestal.
La curiosidad picaba en la punta de mi lengua, pero me mantuve callada mientras él me guiaba con nuestra lista de reproducción favorita sonando a través de los altavoces del coche. Me hizo aparcar en un claro.
—Vamos a ver estrellas fugaces, gordita. —Me sonrió Alexis con un brillo especial en sus ojos.
—Me hace mucha ilusión —dije emocionada por su sorpresa—. Espero que hayas traído mantas.
—Traigo de todo, cari.
Me instó a echar un vistazo a la parte de atrás de mi coche donde había varias mantas y algo de picar.
Al bajar nos encontramos en la parte delantera.
Le besé con ansia tras pasar la tarde separados.
Daba igual los meses que lleváramos juntos, mi cuerpo siempre quería estar cerca del suyo.
Mi corazón seguía latiendo desbocado cuando me decía cursiladas bonitas o me cantaba, mi sexo se encendía con su mero toque en los lugares correctos o un beso en el lugar preciso.
Mi sonrisa boba aún aparecía cuando leía un mensaje suyo o me decía alguna cosita bonita.
Seguía queriendo que me leyera a menudo solo por escuchar su voz y memorizar su extraño acento que tanto llamaba mi atención y que amaba. Su voz era mi melodía favorita.
Junté mi cuerpo al suyo todo lo que pude.
Le besé desde el cuello hasta su clavícula y viajé a su hombro a pequeños y suaves mordiscos.
Alexis gimió y apretó sus manos con fuerza a mi alrededor.
Hicimos el amor en el capó del coche, desnudos entre mantas envolviéndonos y manteniéndonos calientes.
Nos quedamos abrazados, haciéndonos caricias y observamos el cielo, esperando las tan ansiadas estrellas fugaces.
En algún momento nos vestimos para comer todo lo que Alexis compró: fresas con nata hecha por él, dos tabletas de chocolate con leche, batido de vainilla y chocolate y dos Coca-Colas.
Comimos pegados el uno al otro, mientras observábamos el cielo, a veces incluso turnándonos, para no perdernos ni una sola estrella fugaz.
—¡Mira, gordi! —Alexis señaló el cielo mientras una estrella fugaz lo atravesaba—. ¿Has pedido un deseo? —Asentí. Pedí que Alexis fuera feliz siempre. Y si era conmigo, mucho mejor—. Dímelo.
—Si te lo digo no se cumple. El día que se cumpla, te lo digo.
—Eres mala.
Negué y Alexis empezó a hacerme cosquillas mientras me pedía que le dijera mi deseo.
Hinqué mi dedo en sus costillas y rompió a reír conmigo.
Dejé que sus carcajadas se colaran por cada resquicio de mi cuerpo, dándole vida.
Cuando nos calmamos, pusimos música y Alexis me cantó por encima del volumen del móvil cada canción que sonó.
Le miraba embelesada mientras él me acariciaba el rostro y me cantaba canciones de amor.
No podría sacar de mi sistema su voz al cantarme, sus caricias cuando me decía que me quería o su mirada cuando me observaba y parecía que yo era lo más importante que tenía.
—Quiero que siempre seas cien por cien tú. Sin esconderme nada —me susurró antes de besarme la nariz. Aquello cambió mi estado de ánimo y bajé la mirada—. ¿Qué pasa, amor? —preguntó preocupado.
—Que yo lo intento —murmuré—. Pero a veces es complicado. No solo por mí, sino por el equipaje que llevo.
—¿De qué equipaje hablas?
—De Gelo. Y sobre todo de Angelito.
—Eso no es un problema para mí. Lo sabes desde el principio.
—Ya… —dije mordaz y me crucé de brazos—. Noto que no estás tan cómodo con mi familia como dices. Por ejemplo, dices que quieres al crío, pero tus acciones dicen otra cosa.
Alexis se tensó cuando le acusé y apretó la mandíbula.
—Puede que en algún momento me haya costado aceptar ciertas cosas, pero por ti y por estar contigo, lo acepto.
—No quiero que lo aceptes por mí. Quiero que estés bien con ello.
Alexis se relajó un poco.
—Lo estoy, vida. Estoy dispuesto a tener una vida tan rara como habéis organizado Gelo y tú. Pero es un cambio grande para mí y a veces me han entrado dudas.
—¿Y ahora? ¿Sigues teniendo dudas?
—Cada vez menos. Cuando me imaginaba con mujer e hijos no me imaginaba que esa mujer viviera con su mejor amigo y su hijo y que vivir en otra casa no fuera opción.
No pensaba en unir dos familias bajo un mismo techo.
Pero tengo claro que quiero estar contigo y formar parte de tu familia.
Va a ser complicado, pero por todo lo que siento por ti, voy a intentar que funcione y salga bien.
—Quiero que salga bien. No te quiero perder —musité.
—No me vas a perder, pero… —Alexis me evaluó unos segundos—.
Podrías… plantearte pasar alguna noche en casa de tus abuelos.
Vivir entre las dos casas. Y tener nuestro propio lugar —habló esperanzado y fruncí el ceño contrariada.
Dejar de vivir con Gelo y Angelito no estaba en mis planes—.
Por favor. Escúchame. La casa de tus abuelos puede ser nuestro refugio e ir allí cuando lo necesitemos.
Me mostré reticente, pero sonaba bien eso de tener un sitio donde estar solos que no fuera mi habitación o Finca Deva. Pero dejar a Gelo y Angelito no tanto.
—Creo que podría pensármelo. —Le dediqué una pequeña sonrisa.
Igual que Alexis dio su brazo a torcer y aceptó a mi familia, yo podía hacer algo parecido y dejar de ser tan intransigente en cuanto a dónde vivir.
—Todo el tiempo que necesites, amor, aunque luego decidas que no quieres hacerlo. Tal vez hablarlo con Ángel y Ainhoa te ayude. Sé que es complicado para ti plantearte lo que te pido.
Asentí con sentimientos encontrados que abarrotaron mi mente.
Me imaginaba feliz en casa de mis abuelos con Alexis, juntos y solos a todas horas, pero también me imaginaba feliz con los dos chicos y el crío.
Disfrutar de mi mejor amigo, de ser madre de Angelito y del amor de mi vida, todo en una misma casa. Tenía mucho que pensar.
—Quiero que de verdad formes parte del día a día de Angelito.
—Miré de lleno a Alexis para ver su reacción, pero no vi nada—.
Que sea como tu… tu… —Me travé y tragué saliva con fuerza—.
¿Mediohijo ? No sé si esa palabra existe siquiera…
—Contuve el aire mientras Alexis me miraba de lleno a los ojos y mi corazón latía desbocado—.
¿He metido la pata? —Rompí el silencio cuando siguió observándome sin hablar.
—¿Quieres que te sea sincero? —preguntó con ojos centelleantes mientras llevaba una de sus manos a mi rostro y lo acariciaba con dulzura.
Asentí nerviosa—. Desde hace un tiempo ya siento que el nene es mi mediohijo , pero esa sensación me daba miedo.
—Me emocioné, ¿cómo no hacerlo? Enterré mi rostro en su pecho y aspiré su aroma—.
Quiero ser un padre para tu hijo y para los hijos que tengamos juntos.
—Estás loco —lloré conmovida.
—Por ti, vida, y por lo que podemos llegar a construir juntos.
—Muy loco… —susurré sintiéndome la mujer más feliz del mundo—. ¿Vas a formar parte de nuestra vida? ¿De cada cosa que nos suceda?
Sentí que juntos podríamos parar el mundo. El amor que me embargó lo desbordó todo, cada sentimiento bonito que apareció en mi mente.
—Siempre, mi amor. Siempre voy a estar para el nene y para ti.
—Tan loco… Tan, tan loco —murmuré contra los labios de Alexis antes de besarle—. Y eres todo mío. Y me encantas. La mejor locura que he hecho en toda mi vida ha sido escribirte aquel mensaje diciendo que te habría besado entre carcajada y carcajada aquella mañana en Finca Deva —susurré.
—¿Y mi caos?
Observé con descaro sus preciosos ojos verdes y dorados.
Había demasiado desorden dentro de él y no confiaba en nadie para remediarlo.
Y yo quería cambiar esa forma de ver la vida en él, de ver que no podía contar con nadie que no fuera consigo mismo para acallar su locura interior. Siempre me tendría a mí.
—Me da igual tu caos, cariño. —Llevé mis manos a sus mejillas y enmarqué su rostro con ellas—. Algún día lograremos que deje de estar dentro de ti, que se convierta en orden. —Rocé sus labios con los míos en un suave beso.
Nos besamos e hicimos el amor por segunda vez aquella noche.
Después le robé la camiseta y me la puse.
Alexis me propuso que podríamos entrar a diario en casa de mis abuelos, hasta que lograra pasar a todas las habitaciones y sentirme bien con ello.
Me emocioné porque me tendiera su mano, por entender lo importante y complicado que era para mí entrar en esa casa y sentirme bien dentro de ella.
Por querer un futuro conmigo, por querer vivir conmigo, por no huir de mi extraña familia y querer formar parte de nuestra locura.
—Te necesito en mi vida, amor —susurró en mi oído—. Quiero casarme y tener hijos contigo, despertarme cada mañana a tu lado. Quiero todo contigo.
—Estamos prometidos. —Sonreí al recordarlo.
—Sí, mi amor. Estamos prometidos. Cuando se vayan mi hermano y mis primos iré a comprarte un anillo. —Me besó y sonrió lleno de felicidad.
Le sonreí de vuelta y volvimos a tumbarnos a observar el cielo. Vimos dos estrellas fugaces más, me cantó al oído canciones de amor y al terminar me miró de lleno a los ojos, buscando las respuestas a una pregunta que aún no había formulado.
—¿Qué pasa? ¿Qué quieres preguntarme? —indagué.
—Me has leído —susurró maravillado. Me miró con adoración y me besó con mimo la nariz—. ¿Cuál es tu mayor miedo?
Contemplé su rostro y me quedé trabada en su mirada mientras reflexionaba mi respuesta.
—Quedarme sola. Perder a Gelo o a Ainhoa. Necesito gente de confianza a mi alrededor. No sé si soportaría estar sola. Necesito que me comprendan y el contacto humano. ¿Y el tuyo?
—Conmigo nunca vas a estar sola, gordi.
Mi pregunta quedó sin responder, pero pensé que algún día me lo contaría sin que yo preguntara.
Nos dieron las mil y monas y muy a nuestro pesar tuvimos que volver a casa.
Le devolví su camiseta y me congelé mientras me ponía la mía propia, pero mereció la pena porque su ropa dejó un rastro de su olor en mi cuerpo que me encantó.
Me habría quedado con ese aroma en mí para siempre, a vivir en ese momento, junto a él, con todo lo que nos dijimos y lo que prometimos ser, toda la eternidad.
Domingo, 16 de agosto. Una y media de la madrugada.
Alexis
¿Puedo hacer una locura?
Ádriel
Depende de cuál.
Alexis
Me encantaría dormir contigo esta noche.
¿Pero y nuestro mediohijo ?
Ádriel
Ven. Quiero todo contigo.
Si Angelito viene esta noche, será problema de la Ádriel y el Alexis del futuro.
Alexis vino a mi habitación y me cantó canciones preciosas y una cosa llevó a la otra e hicimos el amor una vez más. Me encantó poder desnudarle, observar todos sus tatuajes sin prisa y aunque ya eran casi las cinco de la mañana, acurrucarme en su pecho desnudo y dormir con él unas pocas horas.
—Duérmete, vida —susurró en mi oído mientras acariciaba con las yemas de sus dedos mi cuero cabelludo.
—¿Tú no vas a dormir?
—Puede. En unas horas nos tenemos que despertar y además a lo mejor viene Angelito.
—Es verdad, que tú sabes ir de empalmada —dije y Alexis rio. Su pecho subió y bajó conmigo encima y me gustó la vibración de su risa en mi oído—. A estas horas no creo que venga, suele venir antes —murmuré demasiado cansada para hablar más alto.
—Duérmete, mi amor. Te despierto a las diez y media para que puedas dormir un ratito, ¿vale?
—Gracias. Me gustaría que durmieras todas las demás noches conmigo —le confesé adormilada.
—Me encantaría pasar todas las noches a tu lado.
—¿Seguro? ¿Aunque esté Angelito?
—Sí, gordi. Pondremos una cama para él —dijo Alexis antes de besar mi frente con mimo.
—Hablaré con Gelo mañana para que vivas con nosotros mientras pienso lo de la casa de mis abuelos. ¿Te parece?
—Me parece perfecto. Te quiero, princesa —susurró en mi oído.
—Te quiero —susurré con una sonrisa en los labios mientras le estrujaba más cerca de mí.
Alexis me susurró palabras bonitas, me cantó canciones con amor por doquier mientras me acariciaba con mimo y justo antes de quedarme dormida, me dio un beso de buenas noches en la frente y me susurró un «buenas noches, mi vida».
Alexis cumplió con su palabra y me despertó a la hora acordada. Estaba muerta y él parecía más fresco que una lechuga. ¿Cómo puñetas lo hacía? Gemí mientras me estiraba.
—¿Estás seguro de que no son las nueve y puedo dormir un poco más? —murmuré en un quejido contra las sábanas.
—No, cariño. Lo siento. —Besó mi cuello y de manera instintiva mis labios buscaron los suyos.
Alexis había quedado para desayunar con su familia, así que me acompañó al salón, donde ya desayunaban Gelo y el crío. Se despidió de mí dándome tres, cuatro y cinco besos y salió a paso ligero por la puerta. Me llevé los dedos a los labios y sonreí.
—¿Habéis pasado la noche juntos? —preguntó Gelo cuando me senté en la mesa.
—Es posible. Depende de si me vas a soltar un discurso si digo que sí.
—Qué petarda eres. ¿Y? —Quiso saber Gelo.
—Deja que se vaya la familia de Alexis y esta noche hablamos. Necesito cerrar capítulos antes de abrir otros.
—Sí que te afecta que estén aquí, ¿eh?
—Me afecta porque aunque a Alexis no se le note, le perturba que hayan venido.