Capítulo 50
El miedo de decirte por última vez «te quiero». […]
Lo que me hace fuerte es pensar que sigues aquí,
que en verdad nunca te fuiste ni te vas a ir.
En los momentos en los que solo pienso en huir
oigo tu voz y todo se deja de derretir.
EZVIT 810
Me gustaba poder estar todo el fin de semana junto a Alexis sin que tuviera que irse a trabajar. Era sábado por la tarde y estábamos con nuestro puzle mientras Angelito jugaba en el suelo con unos muñecos y Gelo leía junto a mí.
—¿Palomitas con sal, azúcar o mantequilla? —preguntó Alexis mientras removía las piezas del puzle.
—Con sal —contesté sin dudar—. ¿Están ricas las de mantequilla?
Levanté mi mirada del puzle y busqué esos ojos verdes y dorados que tanto adoraba. Me podría haber pasado horas observándolos hasta aprendérmelos de memoria. ¿De quién los habría heredado? ¿O tal vez era el primero en tenerlos así?
—Las más ricas que hay. ¿No las has probado? —Me miró entre divertido e incrédulo. Negué—. Anda, vente, amor. Vamos a comprar un par de paquetes para merendar todos.
Sonreí como una niña y asentí.
—¡Gelo! —Propiné un codazo a mi mejor amigo sacándole de su lectura. Me fijé en su libro, El italiano , de Reverte. Llevaba meses con él, qué lento leía—. Vamos a por palomitas.
Al final fuimos los cuatro junto a Togo y cogimos el coche porque éramos unos vagos. Mi mejor amigo nos dejó a Alexis y a mí frente a la puerta de la tienda de comestibles y se fue a la carnicería con Angelito para comprar la cena.
Caminamos cogidos de la mano, besándonos en algún punto desde el coche a la puerta de la tienda.
Dejé que Alexis me guiara por los pasillos de la tienda hasta encontrar sus famosas palomitas de mantequilla.
¿Habían estado de toda la vida junto a las de sal y azúcar?
Primera noticia. Cogimos varias bolsas y unas pipas con sabor a bacon que a Alexis le pirraban.
No pude evitar pararme al lado de la caja y coger unas pocas chucherías.
—Pago yo —dijo Alexis a la dependienta.
—No, no. —Dejé un billete sobre el mostrador.
—¿Ah, sí? Pues te vas a enterar.
Alexis se echó a reír y comenzó a correr por la tienda. Reí al verle volver a la caja con sus manos llenas de guarrerías: patatas, donuts de chocolate, más pipas, más chucherías... Se me hizo la boca agua.
—¿A dónde vas con todo esto? —Señalé sus brazos llenos de comida basura.
—A pagarlo. Si no me dejas que pague yo lo otro…
Negué con la cabeza mientras reía. ¿Cómo podía ser tan cabezota?
—Mira que eres raro. Tú y tu dar lo mismo que recibes.
—Te lo dije. Lo soy —dijo Alexis con una amplia sonrisa mientras pagaba.
En nuestro camino hacia la puerta, encontró una tableta de chocolate que le pareció demasiado interesante como para no cogerla, así que volvió a la caja mientras yo reía y él pagaba.
Volvió a hacer lo mismo dos veces más haciendo mis carcajadas incontrolables.
La cajera nos miraba como si nos hubieran salido tres cabezas más a cada uno, pero no nos importó molestar con nuestras risas, nuestro cachondeo y nuestra tontería.
Salimos con las manos cargadas de guarrerías y caminamos hacia el coche con una sonrisa cómplice en el rostro, nuestros brazos rozándose, empujándonos de vez en cuando a la vez que sosteníamos con fuerza nuestro botín para que no cayera al suelo.
Gelo negó con la cabeza y una sonrisa se abrió paso entre sus labios al vernos tan cargados.
Salió del coche y abrió el maletero para que dejáramos caer todo dentro.
—¿Pero habéis comprado las palomitas? —preguntó Gelo con cachondeo—. Porque capaz eres de haberte venido arriba a comprar chuches y olvidar lo que venías a buscar.
Asentí entre carcajadas, pero Gelo tenía razón.
Mientras en el microondas se hacían las palomitas de mantequilla, hicimos el puzle los cuatro juntos.
Estaban riquísimas. Nos comimos tres paquetes y terminamos los cuatro en el sofá viendo una película de animación.
Me encantó la tarde, la disfruté como una enana a pesar de ser sencilla y casi rutinaria.
Probé varias tardes a pasear junto a Togo hasta la casa de mis abuelos.
Pero a mitad de camino y sin haber entrado en su calle, algo me frenaba.
Mi corazón comenzaba a latir desbocado y sentía que me faltaba el aire.
Me sentaba en la acera y acariciaba a mi perro hasta que me tranquilizaba.
El día que llegué a mi pueblo fui directa y sin pensar a ver la casa.
¿Por qué si sabía que iba hacia allí mi cuerpo me pedía parar?
Estaba siempre al borde de un ataque de ansiedad.
Al tercer intento tuve que llamar a Gelo para que viniera a buscarme, porque tras veinte minutos intentando calmarme, estaba tan mareada que dudaba que pudiera caminar sin ayuda todo el camino de vuelta.
Mis piernas no me sostenían, la cabeza me daba vueltas y me costaba respirar.
—Mientras no puedas controlar tus sentimientos, no vuelvas a intentar ir tú sola.
Aunque no te guste que te veamos mal, avísanos a alguno.
Incluso si avisas a Alexis, me vale, pero no vuelvas a hacer esto hasta que puedas llegar a casa de tus abuelos con alguno de nosotros —me dijo Gelo cuando estuvimos en el coche, y besó mi frente con ternura.
Asentí. No quería que Alexis me viera débil. Quería que viera que podía con todo lo que él tenía en su interior, porque si no, tal vez se pensaría más de dos veces si era tan fuerte como para soportar su caos. Se lo expliqué a Gelo.
—Puedes ser fuerte para Alexis, pero más sensible con tus problemas.
Todos somos débiles en algún momento. No podemos ser siempre fuertes.
Tú sabes mantenerte fuerte cuando él lo necesita.
¿Qué más da cómo seas el resto del tiempo?
Lo importante es que estés, y que él esté para ti cuando os necesitéis. Como hacemos Ainhoa, tú y yo.
—Con lo poco que te gusta nuestra relación, se me hace raro que me digas esto —admití en un murmullo.
—Estoy siendo sincero. Esto no tiene que ver con Alexis, sino contigo.
Esa noche, en nuestro paseo, Alexis me preguntó por mis tres intentos de llegar a casa de mis abuelos.
Por lo visto Gelo le puso de sobre aviso.
«Serás capullo, Gelo», pensé. Alexis se enfadó conmigo por ir sola, pero cuando le dije que yo quería hacerlo de esa forma, que quería ser fuerte, que no quería que me viera débil, me entendió un poquito y se le pasó el mosqueo.
—Mañana en nuestro paseo vamos a intentar llegar a casa de tus abuelos.
No te veo frágil. Te veo fuerte por querer volver a entrar en esa casa, y lo vas a conseguir —dijo Alexis, y yo me creí sus palabras—.
Ojalá yo fuera igual de fuerte para dejar de echarme en cara lo de no despedirme de mi abuela —murmuró con anhelo.
—No sé…
—Gordi, tú me escuchas, me comprendes, me ayudas, eres mi roca. Ahora me toca a mí ser la tuya.
—Solo por esta vez —dije.
—Cada vez que lo necesites lo seré.
—Siento que mis problemillas no son nada en comparación con todo lo que ya tienes. No quiero darte la lata.
—Jamás vuelvas a pensar así. Son igual de importantes que los míos.
Asentí a pesar de no estar del todo segura.
Intenté ir a casa de mis abuelos la noche siguiente, pero tras dar cinco pasos en aquella calle, aunque aún no tuviera la casa a la vista, me di la vuelta seguida de Alexis.
—No puedo. No puedo. —Entré en pánico y bajé mi mirada al suelo.
—Tranquila. —Alexis atrapó mi rostro con sus manos e hizo que mis ojos encontraran los suyos—. ¿Alguna de las otras veces has llegado tan lejos como hoy? —Negué—. Vale. Vamos a casa a leer juntos un rato y mañana, si quieres, lo volvemos a intentar.
En nuestro séptimo paseo juntos, llegué a detenerme frente a la casa de mis abuelos.
—Es aquí. —Enfrenté la hermosa casa llena de recuerdos que se cernía sobre nosotros.
—Es muy bonita.
—Lo sé. Por dentro lo es mucho más. O al menos el recuerdo que tengo es ese. Aunque mis padres dicen que está muy vieja. Tal vez la recuerdo bonita porque mis abuelos hacían que lo fuera.
—Tal vez. ¿Estás cómoda o quieres dar la vuelta?
—Me quiero quedar un poco más. Quiero ver si soy capaz de hacer que mi corazón lata tranquilo.
Esa noche no lo conseguí hasta que no estuvimos lejos de esa calle, pero lo haría. De allí fuimos al descampado e hicimos el amor. El sexo seguía siendo maravilloso con él. Nunca me había sentido así de relajada y a gusto con nadie. Y verle desnudo, poder ver sus tatuajes sin tapujos, me encantaba.
—Siempre que me necesites, estaré —susurró Alexis antes de besar con suavidad mis labios.
—¿Siempre de siempre?
—Claro, cielo.
Me aferré a él con fuerza y le creí. Siempre estaría cuando le necesitara.