Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 49
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Capítulo 49

Óyeme Dios, solo te ruego que los dejes amarse

porque el amor son ellos y ellos son un corazón. [...]

Mi vida eres tú y quisiera

estar siempre junto a ti.

Maki, Demarco Flamenco

Desconocía lo que pasó fuera de mi habitación el tiempo que estuve encerrada; me puse los cascos con música rap, abrí mi portátil y descargué mi furia en un relato desgarrador. Cuando terminé, ya no había rabia, solo tristeza inundando mi corazón. Me dejé caer en la cama y contemplé el techo.

Alguien tocó la puerta. Gruñí, y quien estuviera fuera dio por hecho que podía pasar. Mis padres. Me senté en el borde de la cama con las piernas cruzadas y les observé.

—¿Cielo? —empezó mi madre.

—¿Podemos hablar los tres un momento? —preguntó mi padre tra cerrar la puerta de mi habitación.

Asentí. Mi madre se sentó a mi lado y mi padre en la silla de mi escritorio, frente a nosotras. Nos pedimos perdón, fue lo primero; y aunque el mío era sincero, no dejé de sentirme mal.

—Lo sentimos, cariño —repitió mi madre—. Queríamos darte lo mejor y que no te faltara de nada. Y al final fallamos en lo más básico: estar contigo.

—Te veíamos tan bien que pensamos que no nos necesitabas tanto —explicó mi padre.

—Os equivocasteis —dije dolida.

—Sí, pero aún estamos a tiempo de arreglarlo. Si nos dejas.

Asentí. Los tres nos abrazamos y sentirlos a ambos tan cerca de mí me reconfortó.

—¿Por qué no nos dijiste antes lo que la casa de los abuelos significa para ti? —me preguntó mi madre con su voz cargada de aflicción.

—Di por hecho que lo sabíais.

Siempre pensé que ellos eran egoístas y no pensaron en lo que yo quería, pero tal vez fue que no me conocían tanto porque no habían pasado el tiempo necesario conmigo.

—No teníamos ni idea. —Mi padre me miró con una profunda mirada que denotaba tristeza—. Si quieres vivir allí algún día, como nos ha explicado Alexis, es toda tuya. Hoy mismo iremos a quitar el cartel.

—No sé si algún día viviré allí. Me gusta vivir aquí con Gelo y Angelito. Pero quiero que siga formando parte de mi vida —admití. Mis padres me abrazaron, reconfortándome al instante.

Estaba hecha un manojo de nervios y con mil sentimientos a flor de piel cuando entré en el salón.

Mis amigos, Angelito y Alexis aún estaban sentados en la mesa.

Crucé mi mirada con este último, que se levantó serio de su silla y vino a mi encuentro.

Quiso coger una de mis manos, pero evité su contacto.

Aún estaba molesta por nuestra conversación.

Salimos al jardín y nos dirigimos hasta el columpio.

Nos sentamos y no hablamos durante lo que me parecieron horas; hasta que rompí el silencio.

—¿Cada vez que salga el tema de la familia nos va a pasar esto? —El pesar tiñó mis palabras.

—No, princesa. —Alexis me habló con cariño—. Aprenderemos a lidiar con ello.

—¿Y si no lo hacemos? Estoy harta —expuse abatida mientras nacían unas lágrimas solitarias de mis ojos.

—Creo que nos costará y que lo pasaremos mal en el proceso, pero conseguiremos llegar a nuestro punto de encuentro —dijo Alexis mientras deslizaba su pulgar por mi rostro y arrastraba las lágrimas—.

Nos supondrá un tiempo respetar que cada uno piense totalmente diferente sobre algo tan sagrado como la familia.

Alexis me pidió perdón e intentó volver a cogerme la mano —esa vez le dejé—, y en cuanto sentí su calor llenándola, me abrumé. Él tenía la capacidad de hacer que con su mero toque todo fuera más fácil. Apoyé mi mejilla en su hombro y también le pedí perdón.

Se me antojó complicado poder exponer nuestros puntos de vista sobre la familia sin terminar mal.

Para mí, la idea de familia o tenía unos estándares de confianza, amor y respeto, o yo no la consideraba como tal.

Alexis pensaba muy diferente: valoraba la sangre que corría por sus venas, no sus actos.

No me gustó que mis padres se marcharan al día siguiente, quería más de ellos. Me pidieron perdón otra vez por haber estado poco presentes y yo les dije que sentía haber dado las cosas por sentado en vez de hablarlo con ellos.

—A partir de ahora va a ser diferente, Ari —dijo mi padre antes de meterse en el coche junto a mi madre y poner rumbo a Madrid.

Le creí ilusionada. Tuve la sensación de que todo iría mejor con ellos más presentes en mi vida.

Al día siguiente, Alexis y yo estábamos solos en casa, pues Gelo trabajaba y Angelito estaba con los abuelos. Cogí una violeta, mi caramelo favorito, de una caja que escondía en la cocina y fui directa a besar a Alexis.

—Sabes riquísimo —ronroneó Alexis con el deseo reflejado en los ojos.

—Es mi caramelo favorito.

—Quiero uno.

Alexis me besó el lóbulo, detrás de la oreja y dejó que su lengua recorriera mi cuello. Ahogué un gemido. Sabía volverme loca.

Señalé la cocina.

—Están… ahí —dije con voz entrecortada por el éxtasis.

Seguí a Alexis a la cocina y observé cómo se ponía de puntillas para coger del estante más alto la caja de violetas. Su camiseta se levantaba un poquito con ese gesto y miré con descaro la piel que quedó al descubierto. Me tendió la caja y elevó una ceja ante mi mirada.

—Se te ha levantado un poco la camiseta y… —dejé la frase a medias y llevé mi mano a la zona que segundos antes estaba al descubierto.

Me encantaba su cuerpo. El calor que manaba de su cuerpo impregnó la palma de mi mano.

En cuanto sintió mi toque, su estómago se encogió y mi centro se encendió.

Alexis se giró hacia mí y estampé mis labios contra los suyos, acercando mi cuerpo al suyo todo lo que pude.

Pegué nuestras caderas y busqué su dureza.

Abrí la caja y le tendí una violeta que cogió con sus dientes mientras besaba mis dedos.

Cogí otra para mí y la tiré dentro de mi boca.

Alexis me miró juguetón mientras acercaba su rostro al mío, tentándome por un beso, sacando su piercing durante unos segundos.

Mi mirada se quedó trabada en el destello del metal.

—¿Me besas para ver si sabes a violeta? —le tenté. Deseaba saborearle a fondo.

Alexis sonrió mientras alzaba sus brazos y me envolvía con ellos.

Colocó un mechón rebelde tras mi oreja y me besó.

Ahondó el beso deprisa, dejando que el sabor a violeta lo consumiera todo mientras su piercing rozaba mi lengua.

Pasó de él a mí lo que quedaba de su violeta.

El juego terminó con ambos desnudos en la cocina porque sabíamos que Angelito y Gelo tardarían en volver.

Observé su cuerpo. Habíamos llegado a tener esa confianza entre nosotros en la que podíamos observarnos sin pudor cualquier parte de nuestro cuerpo.

—¿Me dejas ver un rato tus tatuajes? —pregunté hambrienta por bebérmelos por los ojos y, tal vez, comérmelos a mordiscos.

—Claro, princesa. —Gimió cuando le besé el cuello.

Empecé por mi favorito. Busqué su antebrazo y tracé el pez koi con las yemas de mis dedos, haciéndole cosquillas en la piel, como si mis dedos fueran pluma.

—Ya tenemos todo el dinero para los tatuajes. —Sonreí y le besé—. Solo me queda escribir a mi tatuadora. —Le volví a besar—. ¿Dónde te vas a tatuar a Troya? —pregunté a pesar de saber la respuesta. Le volví a besar.

—En el pectoral —contestó a través de mis labios. Sonreí contra su boca.

—¿Aquí? —Besé su pecho y dejé que mi lengua se mezclase con algunos suaves pelos oscuros que tenía allí.

Me dirigí hacia sus pezones, que me encantaban.

Sus pectorales no estaban realmente definidos, solo lo justo.

Sin ser de esos que dejan los pezones pegaditos a la carne.

Esa imperfección los hacía especiales, únicos y daban muchas ganas de lamerlos, morderlos y quizá estirar un poco de ellos con suavidad, para ver si eso le provocaba más placer. Le toqué en busca de sus gemidos.

—Me parece un buen lugar, mi amor.

—Si me hablas con esa voz, me lo tatúo donde me pidas, mi vida —gimió Alexis antes de devorarme los labios y el cuello con pasión, queriendo más de mí. Queriéndolo todo.

Mi corazón se saltó un latido. Cada vez que pronunciaba «mi vida», la piel se me ponía de gallina, su voz se me antojaba musical y mi estómago daba un enorme vuelco.

Me daban ganas de besarle hasta perder el sentido.

Me hacía sentir especial y única con esas dos palabras.

Más que cualquier «te quiero» o «te amo» que me dijo.

Me daba la esperanza de que estaría con él mi vida entera.

Adoraba su piel pintada. Y la que no, también, adoraba todo de él, cada cachito de su cuerpo y de su alma.

Eso de ver sus estrías, las marcas de cicatrices antiguas, su vientre —que no era plano ni musculado— o cualquier imperfección de su piel o su cuerpo, y verlo perfecto a mis ojos rebosantes de amor, me pareció maravilloso.

Busqué más tatuajes bajo su atenta mirada, trazándolos con suavidad.

Le gustaba que admirara la tinta grabada en su piel porque eran partes de su vida.

Encontré el reloj de arena bajo el cual estaban las dos finas líneas de un pasado en el que intentó quitarse de en medio.

El jaguar que me tenía enamorada por la expresión tan brillante y azul de sus ojos que contrastaba con su oscuro cuerpo.

Besé el tatuaje de sus abuelos, dentro de su brazo.

Pasé mi lengua por los tatuajes de su hermano en las costillas, por el tigre en su muslo y de allí subí un poquito a su ingle. Me separé para besarle los labios.

Alexis me subió en la encimera. Me regaló besos, mordiscos y recorrió mi cuerpo con su lengua y su piercing .

Colocó su cuerpo entre mis piernas y se acercó a mí todo lo que pudo.

Pasó sus brazos por mis lumbares, me arrastró hasta el borde de la encimera e hizo que su dureza rozara mi centro.

Cuando me llenó, apoyé mis manos en la encimera y me coloqué más pegadita al borde, ansiando más de él.

Alexis colocó sus manos en mi trasero, soportando parte de mi peso y marcó el ritmo de las embestidas.

Cuando mis brazos comenzaron a temblar, me dejó un reguero de besos en mis labios, mi mejilla, mi cuerpo, mientras me llevaba a mi habitación, donde nos bebimos el orgasmo del otro y me sentí plena.

Alexis besó mis labios y se colocó a mi lado para abrazarme.

Me gustaban los días en que nos quedábamos sosteniéndonos, escuchando nuestras agitadas respiraciones y los latidos desbocados de nuestros corazones.

Pusimos nuestra lista de reproducción favorita y Alexis me cantó.

Nunca me cansaría de escucharle; de la alegría que transmitía, del sonido de su voz más agudo que su tono habitual, de la carita de felicidad que vislumbraba cuando entonaba una canción.

Era un momento mágico. Me imaginé cómo sería que lo hiciera con nuestros futuros hijos para calmarlos o para dormirles.

Cómo sería tener en mi vida y la de mis hijos esa felicidad que Alexis transmitía con su voz.

Quería pasar el resto de mi vida unida a él.

Quería que fuéramos dos personas que se convertían en una sola para siempre.

A partir de aquel día, cada mañana que me acordaba me metía una violeta de la pequeña cajita en la boca antes de salir de casa a buscar a Alexis al bar.

Le besaba para que su boca —en vez de saber a tabaco— supiera como el caramelo.

A veces él me robaba la poca que quedaba en mi boca con su lengua.

Otras era él quien cogía una violeta de la caja, y al cabo de un tiempo venía a besarme y a pasarme lo que le quedaba para que me la terminara.

Me encantaba ese juego. Me encantaban más aún las violetas si pasaban de su boca a la mía.

El futuro parecía que sería maravilloso a su lado.