Capítulo 48
Un año menos para vencer a ese miedo
y conseguir ser la mejor versión de mí por la que velo. [...]
¿Se marcharon o te fuiste?
¿Cuántas veces pudiste decir “me quedo”, pero decidiste irte?
Rafa Espino
Mis padres aparecieron sin previo aviso en nuestra casa una mañana de sábado.
No me terminaba de acostumbrar a que actuaran así.
Deseé con todas mis fuerzas que no volvieran a intentar convencerme de irme de mi casa, pues eso hacía que sus visitas me mantuvieran casi todo el tiempo alerta.
Solo se quedarían aquel día y su noche, pues debían estar en Madrid la noche siguiente para hacer guardia.
Intenté aparentar felicidad por tener un día entero con ellos, aunque quería que se quedaran más tiempo conmigo.
Les echaba de menos, tal vez siempre lo haría hasta que se jubilaran y dispusieran del tiempo que no tuvieron antes.
Tras besarles, les llevé al salón, donde estaban Gelo y Angelito. Mis padres los saludaron con efusividad y nos sentamos todos juntos a desayunar. Mi madre se interesó por saber si seguíamos teniendo la buhardilla alquilada. Gelo asintió contándole que Alexis seguía viviendo allí.
—Ahora es el tío Alexis —dijo el crío.
—¿Ah, sí? ¿Y eso, Angelito? —preguntó mi madre curiosa.
«Mierda. Va a decirles que estamos juntos».
Lo supe en el momento en que comenzó a hablar.
Quise detenerle, pero me di cuenta de que prefería no tener que escondérselo a nadie más.
Estaba orgullosa de estar con Alexis, de lo que estábamos construyendo juntos.
No quería una relación estancada, como decía Alexis que la sentía.
Que lo supieran mis padres era un paso, aunque no fuera yo quien diera la noticia.
—Mamá y él se besan.
Contuve el aliento por el secreto que les había desvelado y porque el crío me había llamado «mamá».
Escruté el semblante de mis padres, «mierda, se va a liar fijo».
Para mi sorpresa, sonrieron al crío, obviando esa palabra que cada día pensaba que me quedaba menos grande y se ajustaba más a mí. Me obligué a respirar.
—Fíjate, eso no nos lo había dicho ella. —Mi padre posó su mirada en mí con reproche.
—Bueno… Es que no sabía cómo decirlo —murmuré mientras digería que mis padres aún no hubieran saltado por cómo me llamó el crío.
—A Angelito se le ha dado bien —dijo mi madre enmascarando su pesar por no haberse enterado por mí meses antes.
Me sentí culpable por no haberles dicho nada y les hablé sobre nuestra relación.
Me preguntaron si él desayunaba con nosotros y les dije que solía irse al bar del pueblo.
Mi padre gruñó en desaprobación por lo bajo y yo miré mi móvil de reojo mientras evitaba su mirada disgustada.
Vi que tenía un mensaje de Alexis de hacía horas y no dudé en leerlo.
Sábado, 29 de mayo. Nueve y media de la mañana.
Alexis
He entrado en casa pero escucho mucho jaleo. Me he ido al bar. ¿Me pasas a buscar cuando salgas a Finca Deva?
Sábado, 29 de mayo. Doce de la mañana.
Ádriel
Perdona. Te acabo de leer. Son mis padres. Haz tu plan o vente para casa porque seguro que hoy vamos tarde.
Alexis
Vale. Luego te cuento qué hago.
Tras el desayuno, mis padres me siguieron a la cocina, donde me puse a llenar el lavavajillas.
—Ari, tu madre y yo queríamos hablar contigo.
Me tensé de manera automática.
—Estamos orgullosos de ti. Habéis creado una familia maravillosa —dijo mi madre con una sonrisa.
Mi corazón se saltó un latido y les miré con los ojos bien abiertos.
—Tomaste una buena decisión. Nos ha costado verlo pero hoy cuando hemos salido de la guardia y hemos visto la foto que nos mandó ayer Gelo de Angelito contigo, nos hemos dado cuenta de nuestro error —se sinceró mi padre.
—Teníamos que venir aquí y decírtelo, cielo.
Mis ojos se aguaron con cada palabra de mis padres y mis piernas flaquearon, quedándose como un flan.
—¿De verdad?
Mi madre asintió y mis padres me abrazaron. El calor de mis progenitores me envolvió y dejé que toda la tensión y la inseguridad fluyera lejos de mí y se extinguiera. Besé a ambos con una sonrisa endeble y mi cuerpo aún temblando.
Mi madre me instó a contarle con todo detalle mi relación con Alexis, y solo obvié mi miedo de que este no encajara tan bien en mi familia como pensaba o que me pidiera elegir entre la que ya tenía o crear una junto a él.
No quería que volviera a ver a Gelo y Angelito como un obstáculo para seguir mi camino y conseguir mis metas.
Alexis no vino con nosotros a Finca Deva, pero sí Ainhoa.
Al volver a casa, presenté a mis padres a Alexis, que tras cruzar varias palabras, se excusó y volvió a la cocina para terminar de cocinar.
Yo me quedé en el salón un ratito y luego me fui con Alexis.
Sonreí como una boba al verle de espaldas en la cocina y aspiré el delicioso aroma que emanaba de la comida.
—Huele genial, mi amor.
Me acerqué, le envolví en un abrazo y le besé el hombro por detrás.
Él se giró entre mis brazos y besó mis labios.
Le conté entre cuchicheos, besos y felicidad desbordándose por cada poro de mi piel que mis padres habían aceptado que viviera con Gelo y Angelito.
Por fin tenía todo lo que quería: a mis padres apoyándome, a Gelo y Angelito bajo mi mismo techo, y a él, el mejor novio del mundo.
—Además hay otra cosa. Se han enterado de que estamos juntos —dije con alegría desbordando mi voz.
—¿Se lo has dicho tú? —preguntó con una sonrisa en los labios.
—Angelito, en realidad.
La sonrisa de Alexis decayó y su mirada se transformó en una seria y opaca.
—Es lo que te dije hace unos días: estamos estancados. Si no es porque la gente a nuestro alrededor se entera de lo nuestro por terceros —dijo con voz dura—. Nunca eres tú la que das la cara porque esperas demasiado. No te atreves.
—Tengo dos frentes abiertos, Alexis: mi relación contigo y mi familia con Gelo y el crío. Y me cuesta seguir caminando porque no sé si la dirección en la que voy es buena. ¡No sé si me estoy equivocando o no! —expresé a voz en grito.
—Lo sé. Es duro no saber hacia dónde vas, pero en momentos como estos deberías ser valiente.
—Tengo miedo —acepté sintiéndome vulnerable.
Alexis suspiró y su mirada y la postura de su cuerpo cambiaron. Me abrazó con fuerza y se convirtió en mi refugio. Me enterré en él, en los muros que construía cada vez que lo necesitaba.
—Quiero hacerlo bien, Alexis, y no sé muy bien cómo hacer para poder unir al amor de mi vida y a la familia de la que elegí formar parte.
—Lo resolveremos juntos. Siento si te he presionado —dijo antes de besar mis labios una, dos y tres veces—. Vamos a intentar que todo vaya bien. —Alexis sujetó mi rostro con ambas manos, me sonrió y yo asentí y le creí.
Busqué nuestra lista de reproducción en mi móvil y por primera vez, cocinamos juntos, codo con codo. Aquello hizo que Alexis me sonriera orgulloso.
—Me encanta verte cocinar —murmuró con un brillo genuino en los ojos.
—¿Qué tal tu mañana?
Alexis profirió un suspiro hondo.
—Me habría venido muy bien un porrillo esta mañana, para qué engañarte —dijo sin desviar su atención del fuego.
—¿Por qué?
—He dormido mal. Demasiadas cosas en mi cabeza.
¿Qué recuerdo habría atacado a su mente, o qué pensamiento le rondaba tan fuerte como para tener tanto caos en la cabeza y necesitar fumar?
—Teniendo en cuenta que tú eres mi droga, puedo ser yo la tuya.
—¿Vas a ser mi porrillo? —Alexis me miró divertido, con una sonrisa pícara en el rostro.
Asentí. Coloqué mis manos en la pretina de su pantalón y le conduje hacia la puerta de la cocina que daba al jardín.
—Gordi… La comida…
Volví a los fogones, los apagué, aparté las sartenes y volví con Alexis.
Salimos al jardín y estampé a Alexis contra la pared de nuestra casa.
Apreté bien cerca nuestros cuerpos y uní nuestros labios.
Profundicé el beso, deseosa de notar ese piercing que me hacía perder la cabeza y gemí en su boca.
Nuestras manos danzaron por el cuerpo del otro, sin dejar un rincón sin explorar, sin rozar.
—Eres mi droga —dijo Alexis contra mis labios. Sonreí y él me devolvió la sonrisa.
—No sé lo que te durará, pero por lo menos espero que disfrutes de unos minutos de paz.
—En realidad cuando estoy contigo y nos ponemos a cantar, a reír o a hacernos cosquillas, se me olvida todo el desbarajuste que tengo siempre en la cabeza.
—Me alegra poder ser de ayuda. Y tal vez, algún día cuando lo sepa todo, ya no habrá caos dentro de ti. Ordenaré tu revoltijo para que todo lo que sientas sea silencio y paz.
—Si dejo de ser caos gracias a ti, te estaré eternamente agradecido.
Le besé con suavidad antes de girarme y recostar mi espalda contra su pecho.
Apoyé mi nuca en su hombro mientras él me abrazaba.
Le lie un cigarro mientras sentía el latido de su corazón contra mi escápula y cómo subía y bajaba su pecho al respirar.
Le tendí el cigarro sin girarme y cuando lo tuvo entre los labios, se lo encendí.
Aspiré el humo que emanaba. Tras exhalar la última calada, volvimos dentro y terminamos de cocinar juntos tatareando algunas canciones, cantando otras.
Felices. Eso era lo que me gustaba de nosotros. Éramos felices en compañía del otro.
—¿Quieres hablar con tus padres de la casa de tus abuelos? —planteó Alexis mientras terminábamos de recoger todos los cacharros que habíamos usado para cocinar.
—No sé…
—Es una buena oportunidad. Están aquí, y yo voy a apoyarte pase lo que pase.
—Me lo pensaré.
Durante la comida mis padres se interesaron por todos, pero sobre todo por Alexis. Supuse que esperaban conocerle mejor, o tal vez intentaban encasillarle en algún lado, decidir si era bueno para mí o no. Si merecía la pena conocerle. Deseé que les gustara tanto como a mí.
En la sobremesa, tras coger bajo la mesa la mano de Alexis y apretarla, llamé la atención de mis padres. Ambos me miraron expectantes. Alexis colocó su mano libre en mi pierna y comenzó a hacer suaves círculos con su pulgar, infundiéndome ánimos.
—Estaba pensando que… —Las palabras se agolparon en mi garganta y mi lengua—. Me gustaría quedarme con la casa de los abuelos —dije con mi garganta cerrada—. No quiero que la vendáis. —Me costó pronunciar cada palabra sin flaquear.
Ellos no tenían ni la más remota idea de mis sentimientos sobre esa casa. Nunca se lo dije a ninguno. No me vi capaz. O tal vez no confié en ellos como para abrirme con algo de esa magnitud.
No dijeron nada durante unos minutos en los que intenté que mi corazón dejara de latir desbocado y sosegarme un poquito.
Había creado un huracán, lo noté en sus miradas.
Y solo quería que la tempestad pasara rápido.
Me obligué a mantener la compostura mientras esperaba que uno de los dos empezara a hablar.
—¿Estás segura de lo que nos estás pidiendo? —Rompió el silencio mi padre.
—S-sí —titubeé.
—Si no eres capaz de entrar allí, Ádriel. ¿Para qué quieres esa casa? —Mi madre tiró por tierra mi moral—. Y lleva años cerrada. A saber cómo está por dentro —se quejó con lástima.
—Lo mejor es deshacernos de ella, Ádriel, y deshacernos de los recuerdos —sentenció mi padre.
Las lágrimas se agolparon en mis ojos. Cada palabra que pronunciaron fue como clavarme mil puñales en el corazón. Dolió como pocas cosas me habían dolido antes. Me hundieron. El dolor me provocó rabia, impotencia e ira; no me sentía comprendida, no me conocían en absoluto.
Me levanté de golpe y solté la mano de Alexis.
—¿Sabéis qué? —Mi ira estalló—. Iros a la mierda los dos. Ni siquiera sabéis lo que significa esa casa para mí. No tenéis ni idea. ¿Y sabéis por qué? Porque os dedicasteis toda mi infancia y adolescencia a trabajar en vez de a estar conmigo. Ese es el puto problema.
Fui hacia la cocina, necesitaba salir al jardín y respirar aire limpio.
—No deberías hablar así a tus padres —dijo Alexis pisándome los talones.
Paré en seco y me giré hacia él.
—¡¿Por qué?!
—Porque son tus padres. Te han dado la vida.
—Sí —concordé con él, para luego volcar toda mi ira—.
Me dieron la puta vida, ¿y qué? ¿Sabes quiénes han cuidado de esa vida que crearon mis padres?
¿Lo sabes? ¡Ellos no! —Alcé la voz—. Quienes me criaron fueron mis abuelos y los padres y abuelos de Gelo.
No ellos. No te confundas —aseveré sin poder morderme la lengua.
Las palabras salieron lanzadas como flechas venenosas de mi boca, haciendo daño sin poder evitarlo—. No pienso como tú, Alexis.
Necesitaba estar sola. Puse rumbo a mi habitación para encerrarme allí, lejos de Alexis y mis padres.
—Ádriel… —empezó mi padre poniéndose en pie cuando entré en el salón para llegar a las escaleras.
Le corté.
—Me molestaba no teneros en casa, pero no me importaba porque tenía a los abuelos.
Fueron mis padres en los momentos en que necesité unos y no estabais.
—Mi voz sonó estrangulada. El cuerpo de mi padre se tensó y los ojos de mi madre se aguaron—.
Y ahora solo os pido que me dejéis quedarme con la casa que ha sido más mi casa que la vuestra. Siempre será mi casa.
Dejé que las lágrimas cayeran por mi rostro.
La casa se sumió en un silencio sepulcral, solo roto por mi llanto y corrí hasta mi habitación para encerrarme.
¿Cómo podía doler tanto el recuerdo? ¿Cómo podían el corazón y la mente reponerse ante la marcha de personas tan importantes y no volver a caer en el dolor?