Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 45
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Capítulo 45

Te miro y me doy cuenta de cuanto te necesito,

que hace tiempo que te has vuelto mi lugar favorito.

El lugar al que me voy cuando quiero callar mis gritos.

El lugar que me regala la paz que nunca he tenido. [...]

Te quiero desde siempre, desde que no te conozco.

Dante

Celebrar el cumpleaños de Angelito con una barbacoa y nuestros amigos era una tradición.

La primera vez fue porque queríamos celebrar el primer año de vida del crío en este mundo.

Después, se creó esa loca tradición en la que los que más disfrutábamos éramos los adultos.

Ese día era genial, no solo por celebrar el nacimiento de esa personita que tanto quería y significaba para mí, sino porque durante el año era complicado ver a todos mis amigos, pero por el cumpleaños del pequeñajo nos juntábamos siempre.

Nunca fallaba nadie. Era un día de risas aseguradas, comer a dos carrillos y cantar a grito pelado Cumpleaños feliz.

El sábado madrugué, preparé unos Cola Caos, compré churros y me fui a Finca Deva con Angelito para nuestro momento cumpleañero.

Después de zamparnos la mitad de los churros, cogimos a Cuervo, le colocamos un sudadero y un cinchuelo y nos subimos ambos en él.

A Angelito le encantó poder sentir al caballo tan cerca.

Gelo nos llamó preocupado porque tardábamos mucho en volver, pero Angelito se quería quedar un ratito más y yo no era capaz de decir que no.

—Papá, es que quiero estar un rato más solo con mamá —dijo el crío elevando la voz mientras yo hablaba con Gelo.

«Mamá». Aún se me saltaba un latido cuando me llamaba así y una sonrisa boba aparecía en mi rostro.

—Ya le has oído, ¿no? Que nos quedamos aquí un poco más.

—Disfrutad de vuestro momento. Os quiero mucho, familia. —Se emocionó Gelo.

Terminamos los churros mientras Angelito me contaba con la boca llena y por enésima vez esa semana lo que había elegido para comer ese día: sus platos favoritos.

Le miré mientras me hablaba y recordé cómo fueron nuestros inicios.

Cómo se desató la locura para mí. Cómo me costaba no estrangularle a diario o seguir su ritmo.

Y allí estábamos esa mañana. Solos. Sin problema.

Me estaba adaptando a la vida junto a él.

Aún había días caóticos en los que necesitaba refugiarme de su parloteo y su energía, pero cada vez eran menos.

Y mirándole hablar caí en que eso era lo que siempre querría: una vida en la que el crío estuviera conmigo.

Ese día me di cuenta de que puede que fuese el hijo de Gelo, pero se convirtió, con el paso de los meses y la convivencia, también en hijo mío.

Y nunca le iba a dejar salir de mi vida.

Volvimos a casa a regañadientes. El crío me dijo que no se quería ir porque era la primera vez en mucho tiempo que estábamos solos y me sentí culpable por no darme cuenta antes de que Angelito necesitaba tiempo a solas conmigo.

Cuando llegamos a casa, Alexis, Gelo, Ainhoa y Juli se movían de manera frenética del jardín a la cocina y viceversa.

Cogí la mano de Angelito y llamé su atención.

Le hice quedarse en silencio y les observamos hasta que Angelito estalló en carcajadas cuando su padre gruñó que dónde nos habíamos metido.

—¿Cuánto lleváis allí? —refunfuñó Gelo.

—Mucho, papá. —Rio el crío.

—Estabais muy graciosos los cuatro dando vueltas como locos —contesté con risa en mi voz.

—Eres mala, ¿eh, amor? —Alexis se acercó a mí, me besó con suavidad los labios y luego me hizo cosquillas.

Marcos fue el primero en llegar, como siempre, para ayudarnos a terminar de organizar la fiesta.

Ese año fue el primero que trajo a su novia, Almu.

Intercambiamos números a los diez minutos de conocernos y no dejar de hablar como cotorras.

Conectamos al instante. Colocamos guirnaldas por todas partes, inflamos el enorme globo con el número cinco, sacamos la comida para la barbacoa y encendimos el fuego.

Me escaqueé junto al crío para cambiarnos la ropa que habíamos llevado en Finca Deva y que estaba llena de barro y olor a caballo.

Angelito se puso una deportiva negra y una zapatilla roja.

Una camiseta con muchos colorines y flecos y unos pantalones azules con dibujos de dinosaurios.

Me encantaba cómo vestía, a lo loco, como yo.

Sin combinar colores, solo poniéndose lo que le apetecía. Gelo nos hizo una foto al vernos.

—No puedes decir que no es hijo tuyo, Ádriel —me dijo Marcos al vernos al crío y a mí.

—No. Es un calco mío. —Miré nuestra ropa igual de mal conjuntada y me sentí orgullosa de que el crío tuviera algo mío.

Angelito y yo nos colocamos en la puerta del jardín listos para saludar a los invitados, que comenzaron a llegar en tropel.

Yo quería ser la primera en ver a nuestros amigos y el crío quería sus regalos, sus tirones de oreja y sentirse el centro de atención.

Pronto éramos demasiados para el pequeño jardín que teníamos, pero fuimos capaces de meternos todos en la parte trasera pudiéndonos mover más o menos con soltura.

—Mamá, ¿crees que mi otra mamá vendrá este año? —Angelito miró la puerta de entrada al jardín.

Se me encogió el corazón y sentí un nudo de desazón en mi estómago.

Temí que pasara como el año anterior, que Angelito se pasó varias horas delante de la puerta esperando que su madre apareciera.

Cuando no lo hizo, rompió a llorar sin entender por qué su madre no se presentaba en su cumpleaños.

No quería que volviera a suceder lo mismo.

Él se merecía lo mejor en cada cumpleaños.

Su madre no merecía una sola lágrima del crío.

No mientras no estuviera día a día en su vida.

—La avisamos —contesté—, pero no nos ha dicho nada.

—No va a venir, entonces. —El crío miró alicaído la puerta. Me agaché para ponerme a su altura y mirarle a los ojos.

—No lo creo, gordi. Te quiero, pequeñajo. —Le besé en la frente.

Angelito fijó su vista en mí y asimiló mis palabras.

—No me importa tanto que no venga. Está papá. Estás tú, mamá. Y está la tía Ainhoa —dijo el crío con voz desenfadada.

Me emocioné. Me convertí en madre. No sabía en qué momento, pero lo hice y no lo cambiaba por nada del mundo.

Gelo vino a por nosotros y nos condujo hasta la parte trasera del jardín, donde vi a Alexis al mando de la barbacoa, mientras hablaba animado con Marcos.

Me acerqué a ellos y posé mis manos alrededor de la cintura de Alexis.

Le abracé y quise fundirme con él. Me vino a la mente nuestra canción.

Necesito tus besos pa curar el mono. Eres mi droga, soy tu yonqui , susurré antes de rodearle, colocarme a su lado y darle un beso en la mejilla.

Marcos aprovechó mi llegada para ir a sentarse con Almu.

—¿Cantabas Fuego ? —me preguntó divertido Alexis devolviéndome el beso.

—Mi parte favorita —contesté con una sonrisa cómplice.

Adoraba esa sensación que solo él era capaz de causarme. De querer reír constantemente a su lado. De sonreír por cualquier bobada. De ser feliz con él a mi lado, pegadito a mí.

Angelito se acercó a nosotros y pidió a Alexis que le cogiera en brazos para ver qué había en la barbacoa.

Este le cargó con gusto y cocinó con él en brazos.

La escena me pareció entrañable y sonreí como una boba.

Rompí los escasos centímetros que nos separaban y le planté a Alexis un beso en los labios.

—Eres maravilloso, cariño —susurré contra sus labios.

—¿Por qué? ¿Por cocinar con una mano? —me tomó el pelo Alexis.

—Por querer tanto al crío, idiota.

—Es tuyo, ¿no? Entonces le quiero. Quiero todo lo que es tuyo.

—Lo que decía. Maravilloso —susurré con una sonrisa embobada por sus palabras antes de volver a besarle.

—Mamá, tío Alexis. Tengo hambre. —Angelito llamó nuestra atención, sacándonos de nuestra burbuja.

«Mamá», «tío Alexis». Sonaba tan bien, tan perfecto. Era madre, y Alexis tío, de una criatura maravillosa e inocente a la que teníamos que proteger. Siempre.

—Voy, pequeñajo. ¿Quieres butifarra? —le pregunté.

Angelito asintió y entre Alexis y yo le preparamos un bocadillo.

No solíamos vernos muy a menudo en la tesitura de cuidar juntos de Angelito desde que cambió de trabajo, pero los momentos en que podía ver a Alexis interactuar con él sin terceras personas de por medio, eran una delicia.

Quería que le quisiera como yo. Que permaneciera en su vida, como un referente más, toda la eternidad.

Deseaba que realizara con el crío todo lo que le hubiera gustado que hicieran con él en su infancia.

Angelito continuó en brazos de Alexis, hasta que Gelo le pidió que bajara para que Alexis pudiera descansar su brazo. Este no le dio importancia, pero aun así el crío fue al suelo y se fundió con la multitud de nuestros amigos.

—Cari, ¿por qué no te sientas en la mesa con los demás? Si te quedas toda tu ropa va a oler a humo —me instó Alexis.

—¿Tú crees que eso me importa? —Olí mi pelo—. Tarde. Ya hay humo impregnado en mi pelo.

—Entonces tendrás que sacrificarte y quedarte conmigo —Alexis me cogió por la cintura y me atrajo hacia él con una sonrisa traviesa.

Coloqué mis manos en su cintura y terminé de acercar nuestros cuerpos. Besé sus labios con suavidad y ternura.

—Gracias por quedarte —dije contra sus labios.

—Aunque este ambiente no sea mi fuerte, no me lo iba a perder. Y menos sabiendo que ella no se presentará.

La noche anterior, tras dormir al crío, nos sentamos los tres adultos en la mesa y hablamos de Laura. Alexis tenía que estar sobre aviso para poder contestar si el crío le preguntaba.

Angelito volvió con nosotros y le preguntó a Alexis si a su madre le daría tiempo a llegar antes de que soplara las velas.

Escuché sin intervenir cómo Alexis le tranquilizaba y le decía que tal vez su madre no llegara a tiempo, que tal vez no fuera al cumpleaños, pero que estábamos todos los demás arropándole en su día.

Sacamos la tarta, que era de color verde, el favorito del crío.

Con nata, chocolate, fresas y frambuesas, tal y como nos pidió.

La cara de Angelito al verla fue preciosa.

Todo inocencia, alegría, emoción, euforia y viveza rezumando por cada poro de su rostro.

Encendí la vela con el número cinco al llegar a la mesa.

Me coloqué junto a Angelito y mis dos mejores amigos y dejé la tarta frente al crío.

Alexis se puso a mi lado y pasó su brazo por mi espalda hasta apoyar su mano en mi cintura.

Le miré y sonreí. Cantamos Cumpleaños feliz y Angelito sopló la vela.

Fue un día maravilloso. Un día para recordar siempre, porque ya entrada la noche, mientras Alexis y yo dábamos nuestro paseo nocturno con Togo a nuestro lado y ambos entonábamos una de sus canciones, pensé que ese sería el primer año de muchos que estaría el día del cumpleaños de Angelito.

Porque él sabía lo que el crío significa para mí, que una vez le llamó «tío» ya no podría salir de su vida nunca.

Porque el daño que implicaría sería demasiado para poder perdonárselo nunca.

Porque nos perdería a todos. Esperaba que no deseara que eso ocurriera.

Mientras dormía escuché un ruido en mi habitación. Abrí los ojos asustada y me encontré con el rostro borroso de Angelito.

—¿Qué pasa, cumpleañero? —pregunté aturdida.

Parpadeé varias veces, mi vista se enfocó y me percaté de la humedad en su rostro descompuesto, de sus ojos anegados en lágrimas y del tenue sonido de sus hipidos discordantes.

—Mamá —susurró Angelito con voz rota. Me levanté de la cama con torpeza.

—¿Te has hecho daño? —pregunté alterada. Le miré de arriba abajo y palpé con mis manos su rostro y su cabeza. Angelito negó entre hipidos y le abracé—. ¿Has tenido una pesadilla? ¿Papá no se despertaba? —pregunté aún en nuestro abrazo apretado.

—Te necesitaba a ti. He soñado con mi otra mamá. Una pesadilla.

—Estás a salvo ahora —susurré antes de arrastrarle dentro de la cama conmigo y taparle con mi edredón.

Nos acurrucamos juntos y le acaricié el cuero cabelludo con suavidad mientras le susurraba mi canción favorita. Poco a poco, se calmó y dejó de llorar.

—Mamá, ¿puedo venir a tu habitación si tengo una pesadilla?

Se me encogió el corazón al escuchar su pregunta, la duda en su voz, el anhelo encubierto, el dolor si la respuesta era un no.

—Siempre que me necesites puedes venir a mi habitación. Despiértame y pídeme que te mime. Para eso están las madres, cariño —susurré a Angelito.

Le besé en la frente y noté cómo se relajaba en mis brazos.

—Papá no es tan cariñoso como tú. Tú me haces sentir bien. Me calmas, mamá.

—Lo sé. A papá a veces no le sale, pero yo siempre voy a tener un abrazo y muchos mimos preparados para ti.

—¿Siempre, mami?

—Sí. Eso no lo pongas en duda nunca.

—Gracias por cuidar de mí —susurró antes de quedarse dormido.

—Eso es la familia, enano. Cuidamos los unos de los otros —dije aunque él ya no me escuchara.

A pesar de tener sueño, no me dormí en seguida. Disfruté de tener a Angelito entre mis brazos, de sentirme su madre, de poder ser su apoyo.

Mandé dos mensajes antes de volver a caer en los brazos de Morfeo. Uno a Gelo y otro a Alexis.

Domingo, 17 de mayo. Cuatro y media de la mañana.

Ádriel

No te asustes, Geli. Angelito ha tenido una pesadilla

y necesitaba mimitos. Estoy bien durmiendo con él

Domingo, 17 de mayo. Cuatro y media de la mañana.

Ádriel

Angelito ha venido a mi habitación. Me necesitaba. Tengo el corazón blandito de tenerle aquí conmigo y pensar que gracias a mis mimos ya no llora y duerme a gusto. ¿Eso me hace mala persona?

Alexis

No, cariño. Son cosas de ser madre. Te sientes bien por hacer sentir bien al nene. Por ser la responsable de su tranquilidad.

Ádriel

Gracias, bonito. ¿Qué haces aún despierto?

Alexis

Estaba dormido. Dejo el móvil con sonido por si me necesitas alguna noche. O si llama mi hermano.

Ádriel

Pon el móvil en silencio y duerme. Por las noches la gente duerme, no pasa nada malo.

Alexis

Por las noches es cuando más cosas malas suceden. Te lo digo por experiencia.

Ádriel

Siento haberte despertado. Vuélvete a dormir. No le va a pasar nada malo a nadie esta noche.