Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 44
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Capítulo 44

Ahora sé que no todos los caminos llevan hasta ti,

pero sí cada uno en el que algún día fui feliz. […]

Llegaste a mi vida como un vendaval.

Iluminaste con tu luz toda mi oscuridad. […]

Tú eres mi canción favorita,

todo lo que mi alma necesita.

Subze

Sábado, 9 de mayo. Diez menos ocho de la mañana.

Alexis

Hoy tienes la mañana libre

Ádriel

No puedo. ¿Y los caballos?

Alexis

Va Ángel.

Ádriel

¡¿Cómo?!

No quiero que lo haga.

Ádriel

¿Es que ya no recuerdas cómo hemos estado estas semanas? Si tú le evitas a toda costa.

Alexis

Quizá por eso me ha dicho que se ocupará de los caballos para que podamos ir al sitio al que llevo unos días queriendo llevarte.

Ádriel

No sé si es buena idea.

No estoy muy cómoda con eso de Gelo.

Alexis

Venga, ven a ver con tus propios ojos que Ángel ha cambiado. Sal de la cama, mi amor.

Ádriel

No quiero hacerme ilusiones.

Me quedé con la mirada fija en la ventana y observé el cielo cubierto de nubes blancas antes de volver la vista a mi móvil para releer la conversación. ¿A Gelo le parecía bien que saliera con Alexis y no fuera con los caballos? ¿En qué mundo paralelo estaba? ¿Y su mosqueo?

No estaba segura de lo que encontraría al entrar en el salón y cuando irrumpí en él, me quedé trabada en la mirada brillante de Alexis.

Adoraba esos ojos de gato, como él los llamaba.

A veces buscaba en ellos matices e intentaba grabar en mi retina sus colores, cada tono de verde y dorado que había en la inmensidad de su mirada.

Creando un mapa de sus ojos para no olvidar los haces y trazos del verduzco sobre las tonalidades pardas.

Desvié mi mirada hacia Angelito y Gelo, que me miraba sin ese ceño fruncido ni el rencor de los días anteriores.

El ambiente ya no era incómodo. Me entraron ganas de llorar.

—Hola —murmuré nerviosa.

—Buenos días, niñita —dijo Gelo con una medio sonrisa en sus labios.

¿Era real? ¿No era una broma? ¿De qué hablaron Gelo y Alexis para que cambiara de actitud?

—¿Gelo? —murmuré mientras las lágrimas se agolpaban en mis ojos.

Mi mejor amigo restó el espacio que faltaba para unirnos, me envolvió entre sus brazos y me apretó con fuerza. Me deshice en su abrazo. «No se va a ir a ningún lado sin mí. Se va a quedar».

—Siento haberme comportado como un capullo estos días. Necesitaba pensar —susurró con voz entrecortada en mi oído.

Estallé en llanto. La angustia de días anteriores se extinguió y quedaron las ganas de fundirme con mi mejor amigo y volver a ser lo que habíamos sido siempre.

—Te he echado de menos —susurré entre hipidos con Gelo abrazándome aún con fuerza.

Nos quedamos abrazados hasta que nuestros corazones y respiraciones se calmaron. Hasta que mi cuerpo se llenó de Gelo. En algún momento, Angelito se unió a nuestro abrazo y aquello me produjo una sensación muy bonita.

—¿Desayunamos, niña?

—¡Sí! —contestó Angelito separándose de nosotros y ambos reímos.

Me separé de Gelo y le observé, aún anonadada por su cambio de actitud, por nuestra conversación.

Por… todo. Se me antojó extraño que me hablara como siempre y me concentré en olvidar el mal trago de las semanas anteriores para volver a ser yo misma con él.

Ser como éramos siempre. Era lo que más quería.

—¿Estamos bien? ¿No te vas a alejar más? —pregunté con voz compungida.

—Te juro que nunca voy a volver a alejarme, niñita. Te he echado de menos cada maldito día. Pero no sabía cómo callar todo lo que sentía. Tengo miedo de perderte.

—Yo tampoco me voy a ningún lado.

Gelo asintió, pero pude ver en su mirada que no me creía. Tendría que demostrárselo.

Me acerqué a la mesa y me senté al lado de Alexis y frente a Angelito. Gelo se sentó a mi otro lado. Agarré su mano con fuerza, quería cerciorarme de que no era un sueño. Todo parecía volver a ser como antes. Por fin.

—Buenos días, eh, atún. —Alexis llamó mi atención. Me giré para mirarle y su sonrisa fue contagiosa.

—Perdona. Buenos días, merluzo.

—¿Cómo te ha convencido de lo de hoy? —me atreví a preguntar a mi mejor amigo mientras untaba una tostada de mantequilla.

—Alexis y yo hemos coincidido en la cocina esta mañana y hemos hablado. El favor de hoy ha sido la excusa perfecta para poder recuperar la normalidad. —Se sinceró mi amigo.

—¿Estás bien con…? —empecé la pregunta pero no supe terminarla.

—Aún tenemos muchas cosas de las que hablar tú y yo sobre nuestra vida, nuestra casa y nuestra familia. Aún tengo mucho en lo que trabajar.

Asentí y pensé que tal vez en unas semanas, o meses, Gelo aceptaría que no era tan malo que Alexis y yo fuéramos pareja. Que estaba bien que formara parte de nuestra familia.

—Te quiero, Geli.

—Te quiero, niñita. —Gelo me besó la frente. Nuestro beso. El calorcito llegó muy dentro de mí con ese pequeño gesto.

Salí de casa seguida por Alexis tras terminar de desayunar y ponerme ropa decente.

Era la primera vez en meses que tenía una mañana de descanso, y además Gelo y yo volvíamos a ser los de siempre.

Estaba entusiasmada. Nos subimos en mi coche y Alexis buscó en mi móvil nuestra lista de reproducción preferida.

Me guio mientras cantaba sus canciones e incluso algunas de las mías que yo también entoné, y tras media hora de viaje, un cartel nos avisó de que estábamos en Santander.

No pude evitar preguntar a dónde íbamos, pero Alexis en lugar de darme alguna pista, buscó una canción, la entonó y me hizo descifrarla.

Hablaba de amor, de empezar de cero, del pasado que se graba a fuego en tu mente.

Justo cuando terminó me hizo aparcar en un lugar remoto y continuar a pie hacia donde fuera que me llevara.

Caminamos sin prisa por las calles menos concurridas de Santander.

Divagamos como siempre, reímos por chorradas y paramos cada pocos pasos para besarnos.

Hablamos de ahorrar juntos el dinero para que Alexis pudiera ir a la universidad y estudiar Trabajo Social.

Quería sentirse útil y le empezaba a picar el gusanillo de volver a estudiar.

—Es aquí. —Alexis llamó mi atención.

Desvié mi mirada hacia donde señalaban sus ojos.

—¡Noooo! ¿En serio? —Sonreí mientras deslizaba mi mirada desde el maravilloso chico a mi lado a la hermosa y enorme librería ante mí—. ¡Cómo te quiero!

Alexis rio cuando pegué mi rostro al cristal.

—¿Quieres entrar o solo vas a mirar desde fuera?

—Quiero entrar, pero primero me gusta ver el escaparate.

Alexis me llevó a mi otro paraíso: los libros.

—Hoy invito yo, princesa.

—¿Cuántos? —pregunté sin quejarme ni un poco. No me iba a pelear con Alexis. Con lo cabezón que era, capaz habría sido de comprarme los libros al azar si no los elegía yo.

—Todos los que quieras, cariño.

Me acerqué a la puerta, lista para que el olor a libro nuevo se deslizara por mis fosas nasales a la primera respiración que tomara dentro de la librería.

Pasé al menos dos horas allí dentro. Llené mis brazos con libros que deposité en una mesa de madera maciza en mitad del establecimiento.

Allí leí las sinopsis, los abrí por la mitad, leí unos párrafos al azar y me quedé con cuatro.

—¿Esos, mi amor? —preguntó Alexis, que sostenía en su mano el libro que hacía al menos una hora y media había elegido—. ¿Quieres alguno más? Te he visto dudar.

—Cuatro son suficientes. Gracias, mi niño. —Sonreí agradecida.

Cotilleé el libro que había escogido para él.

El instituto , de Stephen King. Que quisiera invertir su tiempo en leer conmigo en vez de hacer cualquier otra cosa, decía mucho de él.

Me volvía loca poder compartir esa parte de mí con él.

El silencio nos inundaba, solo se escuchaban nuestras respiraciones y el sonido del papel cuando pasábamos páginas.

Tenerle a mi lado todo concentrado mientras leía el mismo libro que yo era una delicia.

Transportarnos a otros mundos juntos para después poder hablar de ello era simplemente alucinante, increíble y extraordinario.

Nos sentamos en una terraza antes de volver a casa y dejé que Alexis pidiera por los dos, porque yo estaba demasiado ocupada admirando los cinco libros sobre la mesa de chapa plateada.

—¿Dará miedo? —Puse su libro frente a su rostro para que supiera de qué hablaba.

—Espero que un poco al menos.

—Si no lo hace, quiero leerlo.

Alexis me sonrió y la dulzura abarrotó sus hermosos ojos.

—Pero luego no vale dejarlo a medias como Cujo .

—No quería leer que mataban a Cujo. Me da penita que muera, y si no me lo termino de leer, no se muere, ¿entiendes?

—¡Pero qué inocente eres! —Alexis pasó su brazo por mis hombros, me estrechó cerca de él y besó mi frente mientras reía.

—¿Por qué Cujo es tu libro favorito? Explícamelo, porque no lo entiendo. Cujo se vuelve malo, es horrible.

—Por la trama que tiene. Y por ver cómo un perro puede crear instinto de león.

—Me recuerda a ti. No eras tan fuerte hace tiempo, pero ahora lo eres. Ahora eres un león.

Alexis se limitó a observarme unos segundos con unos ojos que querían decirme algo, pero no supe descifrarlos. Lie un par de cigarros mientras él preparaba mi Cola Cao. Y ojeó mis libros mientras fumaba. Sonreí alelada.

Al volver a casa nos esperaban Gelo y Angelito haciendo la comida. Observé a mi mejor amigo insegura, quería corroborar que los días malos habían llegado a su fin. Gelo me sonrió y supe que estábamos bien. Al menos por el momento.

Esa noche Alexis y yo nos quedamos en el sofá cuando Angelito y Gelo se fueron a dormir, y el chico de ojos verdes y dorados me empezó a leer su nuevo libro.

A pesar de que no era mi género literario favorito, escuchar a Alexis sí lo era.

Me resultó mucho más oscuro que los libros que acostumbraba a leer y me dio un poco de miedo, pero no le dije nada, porque quería aprender a disfrutar de ese tipo de historias como lo hacía él.

Aunque con Gelo todo volvía a ser como antes: suave, rutinario, tranquilo y genial, la convivencia con Alexis seguía siendo una montaña rusa en la que igual que subías, bajabas sin previo aviso.

Aquel paseo del domingo fue raro. Caminamos de la mano hasta el descampado, pero Alexis estuvo callado, serio y apenas interactuó conmigo salvo para darme algún que otro beso.

Intenté hacerle hablar, pero no cooperó y terminé por quedarme callada a su lado.

Miramos el cielo en silencio y dejamos que los sonidos de la noche nos envolvieran y las estrellas se convirtieran en todo lo que veíamos.

Cuando me dejó en la puerta de casa tras besarme sonoramente en los labios varias veces, me sentí triste al instante. Como si me faltara algo. El sonido de su risa o sus dedos buscando mis cosquillas. Me faltaba él, el chico que conocía y al que quería.

Leí unos minutos tumbada en la cama, pero mi mente no dejaba de pensar en por qué Alexis había estado tan raro. Aparté la vista del libro, lo dejé sobre mi estómago y cogí mi móvil de la mesilla.

Lunes, 11 de mayo. Una y dos de la madrugada.

Ádriel

¿Por qué estabas así en el paseo?

¿Qué te pasaba?

Alexis

No te lo quería decir porque a la mínima me empastillas, aunque no me duela mucho la rodilla.

Ádriel

Eres un gilipollas. ¡UN GRAN gilipollas! Me haces creer que estás enfadado y me voy preocupada. ¡Y todo porque no me quieres decir que te duele algo!

Alexis

Más o menos.

Ádriel

No lo vuelvas a hacer. Hacerme sentir mal para que no me dé cuenta de que te pasa algo no es justo.

Alexis

A veces soy complicado, lo siento. Vente a cenar conmigo ahora y te compenso.

Ádriel

Ya puede estar rica tu cena, porque me tienes que compensar mucho.

Alexis

La cena merece la pena, mi niña. Son macarrones con bechamel.

Ádriel

Voy. Pero no me vuelvas a vacilar con esas cosas o a enmascarar lo que sientes. Sé directo conmigo.

Una auténtica montaña rusa. Teníamos malentendidos y conseguíamos hacernos sentir mal el uno al otro.

Cualquier cosa podía torcer nuestro día y empezábamos a caer en picado, pero lo arreglábamos y volvíamos a subir hasta alcanzar otra vez el estado de ánimo óptimo para ser nosotros, para hacernos cosquillas, besarnos y hacer el amor.

Para que fuéramos una escala de grises en la que se mezclaban colores.