Capítulo 42 #2
Nos costó un buen rato dejar de lanzarnos pullas de ida y vuelta. Me sentó muy mal que Gelo no confiara en Alexis, que nuestra relación no le gustara, no tener su apoyo, que no viera lo especial que era ese chico.
—Oye, Gelo. Lo… lo siento. —Me costó pronunciar la última palabra—. Por hablarte con tan mala leche.
—Y yo. Pero eso no hace que vea bien lo que pasa entre vosotros.
—¿Por qué estás celoso? ¿Por qué? —inquirí exasperada.
—Por favor. No volváis a empezar. Intentad no subir el tono de la conversación —medió Ainhoa.
Resoplé, pero le hice caso.
—Gelo, dime por qué parece que estás celoso de mi relación con Alexis.
—No lo estoy.
—¡Oh, por favor! ¡Pero cómo puedes ser tan mentiroso! —exclamé alucinada sin creerle—. Si desde que empecé a hablar con él me has puesto caras raras.
—¡Eso no es verdad! —Gelo elevó el tono mientras se cruzaba de brazos molesto.
—Por favor, intentad mantener una conversación sin tiraros los trastos a la cabeza. Me estoy empezando a cansar de este rollito que tenéis los dos. —La voz de Ainhoa sonó a medias entre hastiada y exasperada.
Gelo y yo nos miramos. Ainhoa nunca perdía los nervios, pero faltaba poco para que lo hiciera. Suspiré hondo y tragué fuerte, lista para bajar mis armas.
—Gelo, le quiero. Y quiero que me apoyes. Lo necesito —dije sintiéndome frágil—. Alexis es buena persona, lo sabes. Y lo que tengo con él no va a cambiar nada entre tú y yo —aclaré—. No me hagas elegir entre él o vosotros —gemí mostrándole mi miedo.
Gelo me miró sin decir nada durante unos minutos. Casi podía ver los engranajes de su cabeza trabajar para encontrar algo que contestar.
—Es buena persona. —Me dio la razón—. Pero necesito tiempo para meditar sobre el daño que podéis haceros a vosotros mismos y a los demás. Somos una familia.
Asentí. No me pasó desapercibido que no intentó consolarme ni un poquito ante mi miedo de que me hiciera elegir. ¿Acaso pensaba hacerlo en algún momento? Esperaba que no.
—Vale. Creo que es lo mejor que podéis conseguir el uno del otro de momento. —Ainhoa se levantó de la mesa—. Yo lo doy por válido. Fin de mi trabajo. —Suspiró como si hubiera sido agotador. Tal vez lo fuimos—. Ahora abrazaos. —Miró de uno a otro—, y a cocinar —sentenció—. Tenemos hambre.
Gelo y yo nos levantamos de la mesa, pero ninguno se atrevió a acercarse al otro. Las tripas de Ainhoa sonaron y no se anduvo con contemplaciones. Nos cogió a ambos y nos lanzó a los brazos del otro. Nos dimos un abrazo corto y tenso. Cómo odiaba ese tipo de abrazos entre nosotros.
—Se os pasará. —Ainhoa palmeó nuestras espaldas.
Nos dejó solos confiando en que no volveríamos a discutir y fue a buscar a los demás.
En cuanto Angelito y Juli entraron por la puerta, me fui hacia la cocina.
Quería desaparecer de la misma habitación donde estaba Gelo.
Necesitaba a Alexis, escabullirme entre nuestros muros y que la pelea dejara de atormentarme.
Pero Alexis estaba muy serio. No me abrazó a pesar de mi cara abatida y se mantuvo a una distancia prudencial de mí.
—¿Estás bien? —pregunté.
Busqué sus ojos. Bajó la guardia y en ellos vi disconformidad, ansiedad, dolor y duda. O tal vez vi lo que quería ver y sus ojos fueron opacos como siempre.
—¿Y tú?
—Supongo —contesté desganada.
—¿Has cambiado de opinión? —preguntó con voz tensa e insegura. Enarqué una ceja—. Sobre nosotros.
—¿Por? —Alargué mi mano hasta llegar al antebrazo de Alexis. Quería su contacto. No me gustaba por dónde iba esa conversación.
—Ángel es tu mejor amigo. Y te ha dicho que yo no soy lo mejor como novio. Habéis discutido y además de…
No dejé que repitiera nada de lo que Gelo dijo sin saber. Le corté.
—Gelo ha dicho gilipolleces. Y ninguna ha cambiado mi forma de verte. Lo único que ha variado es que sabe que estamos juntos.
—¿Y cómo vamos a gestionar lo que piensa de nosotros?
—Cambiará de opinión cuando vea cómo encajamos de bien —sostuve—. Deberías formar parte de nuestra familia. Si quieres. Si estás dispuesto. —Sonreí nerviosa a Alexis y no supe descifrar las emociones que cruzaron sus pupilas y rostro—. Mierda, no debería haber dicho nada…
Alexis sonrió, me cogió por la cintura y me besó con ternura.
—Quiero formar parte de esta familia tan especial que tienes cuando Gelo esté dispuesto a que lo haga. —Me volvió a besar y apoyó su frente en la mía—. Y pensar que hace unos segundos pen saba que me ibas a decir de volver a ser solo amigos… —susurró con un deje de dolor en sus palabras.
—¿Estás seguro? —pregunté nerviosa.
—Segurísimo, mi vida.
—No quiero que seas solo mi novio. Quiero que seas un padre para Angelito llegado el momento.
Que te impliques en su educación. Te va a necesitar como a Gelo, Ainhoa y a mí.
Y tienes que estar comprometido, porque vamos a darlo todo por que nuestra rara familia funcione.
¿Entiendes lo que digo? ¿Entiendes mi miedo?
—Lo entiendo todo, gordita.
—Piénsalo todo el tiempo que necesites. Eres muy joven y yo me he metido aquí, porque era lo que sentía que debía hacer por Gelo y el crío. Pero tú no tienes por qué comprometerte.
—Te quiero. Para siempre, mi amor. —Me besó—. Quiero estar en esta locura contigo.
—¿De verdad lo quieres?
—Queremos estar juntos. Lo demás ya veremos cómo va saliendo —dijo con un gesto serio que invadió su rostro al pronunciar aquellas palabras.
—¿Lo demás?
—Ángel y Angelito —contestó Alexis.
—¿Qué pasa con ellos? —pregunté, poniéndome en guardia.
Alexis lo notó y suavizó su expresión.
—Nada malo. Ya hablaremos más adelante de ello. —Alexis me besó los labios y cortó rápido una posible pelea—. ¿Somos novios?
—¿Lo somos? —Sonreí con felicidad atosigando mi mente, olvidando por completo que tal vez vivir con Gelo y el crío no entraba en los planes de Alexis.
—Quiero lo que tenemos, siempre.
Sonreí como una loca enamorada.
—Nunca te dejaría. Y menos por un comentario de Gelo.
Comimos tarde, pero la espera mereció la pena.
Al fin mi relación con Alexis no era un secreto.
Tendría que haber sucedido de otra forma, pero mis miedos lo impidieron.
Alexis y yo nos sentamos juntos por primera vez.
En algún momento de la comida, Alexis atrapó mi mano con la suya y comenzó a hacer círculos con su pulgar en mi dorso.
Miré a Gelo, quien primero frunció el ceño y después intentó suavizar —sin mucho éxito— su expresión. Al menos lo intentó.
Tras la comida nos fuimos a ver una película mala de domingo.
Gelo y yo nos sentamos lo más alejados posible el uno del otro.
Nos iba a costar acercar posturas, pero yo no iba a separarme de Alexis por su estúpido enfado y su idea preconcebida sobre él.
Coloqué una de mis piernas sobre las de Alexis, que se sentó a mi lado en el sofá y acarició mi muslo por encima de mi pantalón como acto reflejo, subió hasta mi brazo, y al poco, mi mano fue al suyo para darle tanto placer y tranquilidad como él provocaba en mí con sus caricias.
Desvié mi atención al libro que estábamos leyendo.
—¿Podemos leer? Está tan interesante —le susurré a Alexis. Besé su hombro por encima de su camiseta, antes de coger el libro y moverlo frente a sus ojos. Alexis rio—. Además, no dejo de vigilar a Gelo. Necesito desconectar.
—Claro, cielo. —El chico besó mi mejilla.
Abrí el libro y lo coloqué entre ambos. La mayoría de las veces leíamos cada uno para sí, aunque hubo otras veces en que alguno de nosotros leyó un capítulo en voz alta.
Casi siempre fue Alexis, pues me gustaba escucharle hablar.
Aquella tarde nos sumergimos de lleno en la lectura y no dejamos de leer hasta pasadas tres horas que terminamos el libro.
El libro fue adictivo hasta la última página.
Juli y Ainhoa ya se habían marchado y Gelo y el crío habían salido al parque.
—¿Te ha gustado? —Deseaba comentar el libro con Alexis.
—Más de lo que esperaba. Podemos leer otro juntos, si quieres.
Comenzamos a parlotear y parlotear sobre el libro. Me llamó la atención que se sumergiera en el mundo del libro como yo y que lo disfrutara tanto. Podía contar con él en todos los ámbitos de mi vida.