Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 42
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Capítulo 42

Me sanaste sin querer cuando estaba herido.

En lo bueno y en lo malo siempre al lado mío.

Omar montes, Daviles de Novelda

Alexis y yo estábamos más melosos de lo habitual aquel domingo de mayo.

Tal vez porque pasamos la mañana separados.

Me subió a la encimera, se colocó entre mis piernas y me aferré a su cintura con ellas.

Me fascinaba tenerle tan cerca. Mis manos fueron a sus hombros, su cuello, su nuca…

Enredé mis dedos en su largo pelo —que ese día llevaba suelto como a mí me gustaba—, y bebí las emociones de sus brillantes ojos.

Acerqué su rostro al mío, pero el ansiado beso nunca llegó, pues oímos un carraspeo. Nos habían pillado.

—Mierda —murmuré mientras desenrollaba mis piernas de las caderas de Alexis. Por inercia le empujé con brusquedad lejos de mí.

—¿Interrumpo algo? —preguntó Gelo con voz áspera—. ¿Estáis…?

—Yo… Nosotros… —Dejé la frase en el aire, sintiéndome tan torpe como él.

—Salgo fuera a hacerme un cigarro, ¿vale, amor?

Alexis me besó en la mejilla y se alejó para darme mi momento con Gelo.

O tal vez para huir del drama. Asentí y me quedé clavada sobre de la encimera, no era capaz de moverme.

Observé a Gelo y su semblante tenso. Mierda.

Tendría que haber sido menos cobarde. También que haber confiado en Gelo desde el principio.

La había cagado. Mi mejor amigo farfulló por lo bajo y caminó enfadado hasta colocarse a escasos dos metros de mí.

—¿Desde cuándo estáis liados? —inquirió con voz seca.

—No me hables así —gruñí.

Bajé de la encimera y le enfrenté cruzándome de brazos.

—¿Y? —demandó Gelo con sus labios convirtiéndose en una fina línea recta.

Debimos elevar demás el tono, pues Ainhoa se personó en la cocina. Noté la figura tensa de Alexis en la puerta que daba al jardín y me giré hacia él. Estaba apoyado en ella fumándose un pitillo, sin perderse nada de lo que acontecía en el interior.

—¿Qué os pasa ahora? —preguntó Ainhoa con hastío colocándose entre ambos.

—Él. —Señalé a Gelo.

—¿Perdona? —estalló Gelo—. ¡Acabo de pillar a la niña comiéndole la boca a Alexis! Eso ha pasado. —Gelo miró a Ainhoa con frustración patente en el rostro—. ¿Por qué no estás ni la mitad de alucinada que yo? ¿Acaso lo sabías? —acusó a nuestra mejor amiga sintiéndose más ofendido si cabe.

Ainhoa me miró y me reprendió con la mirada, recordándome que había guardado mi secreto y que, gracias a ello, Gelo estaría enfadado con ambas.

—¿Y qué pasa con que se besen? —Ainhoa esquivó su pregunta con otra.

—¿¡Que qué pasa!? ¿Es que no lo ves? —Gelo se pasó las manos por el rostro, frotándolo agitado.

—Te recuerdo que fuiste tú el que decidió alquilar la buhardilla. El que decidió meter a Alexis en nuestras vidas. Tú eres el culpable. No yo —le gruñí molesta.

—¿Y? No alquilé la buhardilla para que tú tuvieras a alguien con quien liarte —me reprochó Gelo.

—¿Perdona? ¿Qué acabas de decir? —pregunté incrédula.

—Que yo seré el de las ideas de bombero, pero tú…

No dejé que Gelo terminara la frase.

—No sigas por ahí —escupí—. ¿Acaso sabes lo que sentimos el uno por el otro? —La cólera me inundó por completo. Fue como una pequeña gota tintada en mi sangre que se fue extendiendo por todo mi cuerpo hasta conquistarlo por completo.

Estaba harta de tener que esconderme de Gelo. Harta del qué dirán en el pueblo. Harta de que por mi cabeza pasara la idea de tener que elegir entre mi pareja y mi familia. ¡Harta!

—¿En serio? ¿Me hablas de sentimientos, Ádriel?

—Gelo rio irónico—. ¿Tú sabes la de movidas que tiene Alexis?

¿Cómo va a poder pensar en tener una relación?

¿Es que no lo ves? —Gelo elevó sus brazos al aire y comenzó a caminar dando vueltas por la cocina—.

Le aprecio mucho. Es mi mejor amigo. Pero como novio…

¿No te das cuenta de que nunca serás lo primordial para él? Siempre tendrá sus movidas antes.

Gelo hablaba como si supiera todo lo que llevaba a cuestas, pero Alexis era hermético para él. Yo, sin embargo, había descubierto que cuando convivías con Alexis durante un tiempo, aprendías a leerle un poquito, cuando se le olvidaba ponerse la coraza. Pero solo yo le veía, nadie más.

—¿No es lo mismo que me pasa a mí? Os tengo a ti y al crío.

Todo el mundo en el puto pueblo cree que somos pareja —le reproché—.

¿Y acaso Alexis te ha contado algo de su vida?

¿Cómo sabes lo que guarda dentro? —Salté—.

Porque yo creo que no tienes ni puta idea de nada, pero yo sí, y le quiero con todo el caos que hay en su interior, Gelo. ¡Nos queremos!

—No lo ha hecho, pero no me hace falta. Le calé el día que le conocí en la panadería. Se irá, como ha estado haciendo estos años atrás. Y luego tendremos que estar Ainhoa y yo recogiendo tus pedazos.

—¿Por qué eres tan…? —«Gilipollas» estaba en la punta de mi lengua—. ¿Cómo puedes hablar tan mal de una persona y luego decir que es tu mejor amigo? —Negué con la cabeza sintiéndome mal por todo lo que Gelo opinaba de Alexis y nuestra relación.

—¡Porque quiero a la persona perfecta para ti! Y él, claramente, no lo es —habló exasperado Gelo sin dejar de caminar por la cocina—. Y yo… yo no quiero que te vayas.

—Para mí lo es, Gelo —susurré—. Le quiero y sé que no me va a hacer daño conscientemente. ¿Y a dónde me voy a ir? A ningún lado. Sigo aquí, ¿no?

—Sigues aquí ahora, pero… —Gelo se acercó a mí y colocó sus manos unos segundos en mis brazos, dándoles un pequeño apretón—.

Te hará daño, Ari. ¿Es que no lo ves? —Me miró con infinita lástima en el rostro mientras dejaba caer sus brazos, separándose de mí.

Lo peor que pudo hacer, pues me hizo sentir pequeña, débil, vulnerable. La lástima solo me provocó vacío.

—Deja que te demostremos que no. —Alexis entró en la cocina y se colocó a mi lado, cogió mi mano y la apretó con suavidad.

Su voz sonó comedida y me demostró que éramos dos contra cualquier cosa que se pusiera en nuestro camino común. Que ninguno de los dos volvería a caminar solo, porque nos tendríamos el uno al otro.

—No estoy de acuerdo con esto. —Gelo nos señaló—.

Y menos cuando nos va a afectar a todos; sobre todo a Angelito.

—Gruñí sin poder evitarlo, porque fue él quien metió a un completo desconocido en nuestra casa con Angelito.

Y en ese momento fue muy buena idea, pero si ese desconocido y yo teníamos algo íntimo, entonces estaba mal.

¿Quién entendía eso?—. ¡Y además ni siquiera estáis saliendo en serio!

¿Qué clase de relación se vive a escondidas?

—Nos echó en cara mientras miraba mal a Alexis, culpándole.

Lo peor fue la mirada de dolor y traición de Alexis. Una que supe que le hizo volver a algún momento malo del pasado y que hizo que perdiera los estribos.

—¡Vete a la puta mierda, Gelo! —estallé rebosante de ira.

Alexis comenzó a acariciar mi mano con su pulgar, para intentar sosegarme—.

¡Lo hemos mantenido en secreto por mí! —La rabia brotó en mis entrañas—.

No ha sido cosa de él. He sido yo, ¡yo! —grité mientras señalaba encolerizada mi pecho—.

Porque quería que dejaras de estar celoso por el mero hecho de que Alexis y yo habláramos en cada momento libre que teníamos y pasáramos el tiempo juntos.

Porque quería estar segura de todo antes de dar el paso y no tener que elegir.

No soy gilipollas y sé pensar en vosotros.

Y tengo todo el derecho del mundo a tener las relaciones que me dé la puñetera gana —siseé furiosa esto último—.

Sí que he pensado en vosotros, capullo. Sobre todo en el crío —escupí con saña.

—No me hables así —rezongó Gelo.

—Hablo como me da la gana. ¡Estoy harta!

—exclamé irritada—. Encima de que pienso en ti, me como una bronca.

¡Pues vete a la puta mierda! —Me moví hacia la puerta de la cocina que daba al jardín, sin ganas de seguir discutiendo y con una furia que pocas veces había sentido tan llameante.

Llenaba todo mi cuerpo. Me paré a mitad de camino y me giré hacia mi mejor amigo—.

Y no permito que nadie diga nada malo de Alexis, ¿entiendes?

Él es buena persona. No se merece ni tener que escuchar tus falacias, ni tu opinión de mierda sobre nosotros.

No se merece que hables mal de él. Me voy a esforzar para asegurarme de que el resto de su vida tenga solo cosas buenas.

Me cueste lo que me cueste. Así que ya te puedes ir puto acostumbrando a ello.

Mis ojos se anegaron en lágrimas, no supe si de rabia o de la congoja que se estaba instaurando en mi interior. Me giré y continué mi camino hacia el exterior. Necesitaba aire fresco y espacio, o de lo contrario podría matar a mi mejor amigo.

—Vale, ¿y si nos calmamos? —intervino Ainhoa. Paré en seco.

—No sé si puedo.

Quería huir de aquella maldita estancia. Necesitaba el olor a campo y a caballo.

—Puedes. —Ainhoa cogió las riendas de la situación antes de que se fueran más de madre—. ¿Y tú? —preguntó a Gelo. Este gruñó por lo bajini—. Vale. Entonces vamos a hablar como personas civilizadas.

—Ahora mismo no puedo. —Restregué mis manos por el rostro llevándome las lágrimas—. Necesito calmarme un poco. No sabes cuántas ganas tengo de arrancarle la cabeza al gilipollas que tengo como mejor amigo.

—Deja de insultarme —siseó el aludido.

—¡Dejad de ser dos críos! —Ainhoa elevó su tono de voz—. Tú —Me señaló—, deja de llamarle gilipollas, aunque creas que se ha comportado como tal. —Miró a Gelo—. Y tú, deja de pinchar. Vamos a hablar del tema como adultos. ¿Entendido? —dijo con voz autoritaria y un rastro de enfado.

—Si no hay más remedio. —Me crucé de brazos.

—Lo que tú digas —masculló Gelo.

Ainhoa nos instó a ir al salón y nos sentamos en la mesa. Gelo y yo la usamos como barrera y nos sentamos uno frente al otro. Juli y Alexis se llevaron a Angelito al jardín y nos dejaron intimidad.