Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 38
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Capítulo 38

Si el hogar son las personas, tú eres mi jodido templo. […]

Contigo tengo la calma. Eres cuanto fui a buscar. […]

Aunque lo malo venga, juntos seremos un ancla. […]

No me quise dar ni cuenta de que ella es mi bastilla,

protegido contra el daño que me hacían.

Xenon

Viernes, 17 de abril. Tres menos veinte de la madrugada.

Ádriel

Tengo más cariño a la familia que no es de sangre y a mis abuelos, que a mis padres. Ellos en la parte sentimental y familiar, dejan mucho que desear. Me cuesta mucho admitirlo porque son mis padres, pero en determinados momentos, no les siento precisamente familia.

Alexis

Los padres siempre serán los padres.

Ádriel

Ya. Sé que está mal que piense así.

Alexis

No es eso. Solo por haberte dado la vida, ya son lo más importante.

Ádriel

Mira, algo en lo que discrepamos. Te recuerdo que yo no soy la madre biológica de Angelito, pero a efectos prácti cos, lo soy. Su madre biológica no está en su vida y yo sí. Soy su madre.

Ádriel

Madre mía, estoy flipando con que acabe de decir que soy madre. Dios, qué locura. Soy madre…

Alexis

Eres una madre genial, como tú ya no queda ninguna. Eres la mejor que he conocido y Angelito te puede tener como pilar en su vida para contarte sus problemas.

Ádriel

Intento hacerlo lo mejor que puedo.

Alexis

Vuestro caso es diferente al que tienes con tus padres.

Ádriel

Me gustaría que entendieras mi punto.

Ádriel

Echo de menos cada día a mis abuelos, ellos me criaron. Y pensaba que con el tiempo dolería menos, pero no es así. Eran mi pilar más importante. Mis padres pusieron su casa en venta hace años sin siquiera preguntarme. No quiero que la vendan, pero no me atrevo a hablar con ellos.

Alexis

Podemos hacerlo juntos la próxima vez que vengan, si quieres.

Ádriel

No he sido capaz de volver a entrar en esa casa.

Alexis

¿Pero tú quieres hacerlo? Podemos ir allí un día. Si quieres. ¿Tienes llaves?

Ádriel

Me gustaría. Sí, aún guardo mis llaves.

Alexis

¿Vamos mañana?

Ádriel

No.

Alexis

Vale. ¿Estás nerviosa?

Ádriel

Un poco. Me han venido a la mente recuerdos preciosos con ellos.

Alexis

¿Quieres que vaya a tu habitación? Puedo cantarte tu canción favorita.

Ádriel

Ven.

Alexis

Treinta segundos, pequeña. Voy por la trampilla.

Cuando Alexis entró en mi habitación me encontraba hecha un ovillo en la cama, dejando que la pérdida me invadiera por completo y destruyera mi felicidad.

Echaba tanto de menos a mis abuelos. Odiaba no ser capaz de entrar en esa casa.

¿Seguiría oliendo a ellos?, ¿a las comidas ricas de mi abuela?

¿Resonarían en sus paredes las voces de mis abuelos?

Si alguna vez volvía a entrar, ¿sería todo como lo recordaba?

—Hola, bebé —susurró Alexis acercándose a mi cama.

Se tumbó a mi vera, apoyándose en uno de sus brazos y su mano libre danzó sobre mi rostro, retirándome mechones de pelo y dejándolos tras mi oreja.

Sentí el estómago cerrado y me entraron ganas de vomitar.

Me acerqué a él en busca de su calor. Mi frente quedó pegada a su pecho y su brazo envolvió mi cuerpo.

Me sostuvo hasta que solo quedó el recuerdo amargo de haber llorado y el maldito hipo.

Alexis no dejó de acariciarme en ningún momento, erizando mi piel con su suavidad y haciéndome sentir protegida cuando por dentro me ahogaba en recuerdos.

Y me cantó mi canción favorita. Se sabía la letra y el ritmo de memoria.

Dejé que su voz calara dentro y me calentara poco a poco con cada palabra.

Fue maravilloso escucharle. Si ya era mi canción favorita, escuchársela a él fue como multiplicarlo por mil y el resultado elevarlo al infinito.

Quise que me la cantara en bucle, hasta que me cansara de escucharla salir de sus labios.

La canción me recordaba a mis abuelos, pero también que debía seguir viviendo a pesar de que ellos no estuvieran.

Que la vida era finita y había que aprovechar cada segundo que te regalaba.

—Gracias —susurré entre hipidos y me maravillé con que tuviera la capacidad de calmarme.

—Puedo volver a cantarte la canción. Podemos quedarnos así mil horas. Puedo hacer lo que tú quieras.

—No te muevas. Eres casa, me siento segura —dije mientras una lágrima escapaba de mis ojos. Fue la primera vez que me sentí así. Mi casa. Mi calma en la tormenta.

—Soy tu refugio.

Alexis me abrazó fuerte y me cantó Q tal , de Fondo Flamenco. Presté atención a cada palabra, al dulce sonido de su voz creando melodías perfectas para mí.

—Eres lo mejor y lo más bonito —susurré contra su pecho.

—Y tú eres lo mejor que tengo, mi vida. Siempre que me necesites voy a estar para ti —susurró en mi oído.

—¿Siempre? —Elevé mi rostro y busqué sus ojos.

—Siempre, cariño. —Alexis besó mi frente con mimo.

—Hay… una cosa que me raya mucho.

Me incorporé en la cama y apoyé mi espalda en la pared. Alexis hizo lo mismo mientras cogía mi mano.

—¿Quieres hablar de ello?

Asentí y traté de darle forma a mis pensamientos. Fijé la vista en la pared frente a nosotros y comencé a hablar:

—Primero se fue mi abuela. Cuatro meses después, mi abuelo.

Echo de menos su tacto, el sonido de su voz, la comida de mi abuela.

Todo —lloriqueé—. Ella tuvo un accidente cerebrovascular.

—Mis manos danzaron hacia el antebrazo de Alexis, sobre el koi tatuado.

Mi mirada se quedó trabada en el tatuaje y lo empecé a trazar—.

Cuando volvió a casa sentí que lo correcto era ayudarles, aunque eso me hiciera sentir fuera de lugar y torpe.

»Quería cuidarla como ella me cuidó y mimarla como ella lo hizo.

En cuanto salía del instituto me iba para allí con ellos.

Mi abuelo es que la miraba con unos ojos…

Nunca lo olvidaré. —Apreté el antebrazo de Alexis con fuerza en un intento de que todos los sentimientos de tristeza y el dolor que me invadieron fluyeran lejos de mí.

—¿Quieres seguir? ¿Cambiamos de tema? Podemos ver una peli. O te leo el libro con el que estés ahora. —Alexis me leyó la mente, como tantas otras veces.

—Quiero terminar, pero nunca lo he verbalizado.

—Le abracé, enterrándome bajo sus brazos y su calidez.

En mi refugio personal, todo era más sencillo de contar—.

Después de que terminemos, me gustaría que me leyeras un capítulo del libro que estoy leyendo.

Nadie me ha leído nunca, salvo los cuentos que me leían de peque mis abuelos.

—Vale, cariño. —Alexis acarició mi mejilla y besó mi coronilla con suavidad—. Yo nunca le he leído a nadie. Va a ser nuestra primera vez —dijo volviéndome a besar, esta vez en la mejilla—. Te quiero —susurró.

—Yo… Mi… mi tío, porque sí, tengo uno, pasaba de hacer nada con ella.

Cada día que iba a verla cuando había que cambiarle el pañal ponía una excusa y se piraba.

O la dejaba sucia toda la tarde hasta que llegábamos mi padre o yo.

Se me ha quedado grabado a fuego. Lle vo años sin hablar con él.

No creo que lo haga nunca porque se portó como un capullo.

—Apreté mis manos en puños, sintiendo la rabia por todo mi cuerpo, consumiéndolo para después irse tal cual había venido, dejándome con un vacío y una desolación inmensas—.

Me sentí una enana haciendo cosas de mayores.

Y él, tan mayor, no fue un apoyo. Sin embargo, cuando estaba mi padre, él solo quería que fuera una nieta y se ocupaba junto a mi abuelo, de todo. Y yo solo mimaba a mi abuela.

—Sé lo que se siente —susurró Alexis.

—¿Quién fue?

—Yo… yo también lo he vivido, aunque no con ningún familiar.

—Alexis tragó saliva con fuerza—. Eso… eso me lo hacían a mí siendo pequeño.

Mi hermano fue el único que se ocupó un poco de mí.

—Su voz sonó cada vez más rota mientras las lágrimas atravesaban la resistencia de sus ojos y se deslizaban por su rostro.

Me rompí con él.

No hablamos más. Porque me torturó en el alma su revelación, porque me dolió como nunca recordar a mi abuela y su último mes con nosotros.

Porque dolió como el demonio el recuerdo de mi tío.

Porque me agobió pensar en la infancia de Alexis.

Le abracé y besé su rostro, llevándome las lágrimas que él derramaba entre mis labios.

Besé su pecho, sus tatuajes visibles, y volví a su rostro.

Besé sus pómulos, su nariz y por último su frente y sus labios otra vez.

Me sentí débil, pero quise ser fuerte para arroparle ante lo que me había revelado.

Quise tener un genio que me concediera tres deseos para invertir el primero en hacer que todo lo que le doliera recordar a Alexis, desapareciera.

También quise que, al pasar mis dedos por su rostro, pudiera llevarme todo el dolor lejos de su vida.

Hicimos el amor de la manera más pura y sentimental que he vivido nunca. Rebosábamos dolor y amor a partes iguales. Un torbellino de sentimientos entremezclándose con el placer. El éxtasis del orgasmo me hizo desconectar. Esperé que fuera igual para él.

Tras recobrar el aliento, Alexis cogió de mi mesilla la novela negra que acababa de comprarme Gelo.

Me recosté en su pecho y abrió el libro.

Me centré en el sonido de su voz y cuando terminó el segundo capítulo de la noche, le pedí que no se fuera a la buhardilla y se quedara conmigo.

Lo hizo. Dejó el libro en mi mesilla y quedamos en que lo seguiríamos leyendo juntos.

Apagó la luz, nos metimos en la cama y me apreté en su pecho.

Le abracé mientras me susurraba Ojalá , de Fondo Flamenco, y me acariciaba el cuero cabelludo en un suave masaje.

Sucumbí en los brazos de Morfeo mientras él me cantaba una y otra vez mi parte favorita de la canción: «te quiero y desde el día en que te vi me enamoré».

Fue la primera vez que dormí con Alexis. La primera vez que me dormí mientras me cantaba que me quería.

Por la mañana la cama se me antojó enorme y fría. A mi lado no manaba ningún tipo de calor. Alexis no estaba. Una sensación de soledad se instauró en mi interior, pero encontré una nota y eso lo arregló un poquito.

No sabía que escribías. He descubierto algunas líneas de un poema mientras buscaba una hoja para dejarte esta nota y casi me pongo a buscar en todos tus cuadernos para encontrar más.

Ya hablaremos de ello, cariño :). No he dormido mucho, me he pasado la noche mirándote.

Eres preciosa. Y la mejor persona que conozco.

Espero que hoy te encuentres mejor. Me he ido por si Ángel o el nene entraban antes de irse.

Te veo después del desayuno.

Te amo.

Leí la nota varias veces antes de salir de la cama. Era verdad que nunca le hablé de ello. Era un simple hobby. Las ideas llegaban a mí y yo las plasmaba. Eran palabras que avasallaban mi mente y a las que debía darles salida de alguna manera si quería que dejaran de aparecerse una y otra vez.

Viernes, 17 de abril. Ocho y trece de la mañana.

Alexis

¿Cómo te encuentras, gordi?

Ádriel

Bien, amor. ¿Te quedas descansando?

Alexis

¿Por?

Ádriel

Me has dicho que no has dormido.

Alexis

Un par de horas. Y son las mejores que he dormido nunca. Con eso tengo hasta esta noche. ¿Vienes a buscarme en un rato?

Ádriel

Claro.

Fui a buscarle al bar, nos besamos en los labios sonoramente y Alexis puso nuestra lista de reproducción favorita.

Ese día los dos rezumábamos deseo. Tal vez por borrar esos sentimientos tan dolorosos del día anterior.

Nada más llegar a la finca nos desnudamos e hicimos el amor en el asiento del copiloto.

Ni siquiera nos dio tiempo a salir del coche, y no era la primera vez que nos pasaba.

Necesitábamos desnudarnos y estar juntos a ese nivel tan íntimo.

Tan pegados y, a veces, ni siquiera cuando le tenía dentro de mí y con su cuerpo pegadito al mío y nuestros labios unidos junto a nuestras lenguas, sentía que estábamos lo suficientemente cerca.

Sabía dónde debía tocarme y llevarme hasta el orgasmo en cuestión de segundos.

Sabía cómo moverse dentro de mí, dónde besarme, lamerme y morderme para excitarme.

Lo que más amaba era cómo apretaba y deslizaba su pulgar en la uve de mis caderas, un punto que no sabía que podía llegar a ser tan excitante.

Era tocarme y mi cuerpo se movía solo al son de sus dedos.

Hacer el amor con él me daba la vida. Me hacía sentir plena. Era alucinante y fantástico. Quería aquello para siempre.