Capítulo 37
Mirándote a la cara y solo si tú me dejas,
en un ladito de tu cama esperaría a que despertaras.
Decirte solo dos palabras: Te quiero.
Y desde el día en que te vi me enamoré.
Fondo Flamenco
Unos días después en Finca Deva, al terminar mis labores, mis ojos estaban llenitos de ganas de ver a Alexis.
Le encontré en la jarapa, dibujando. Me dejé caer a su lado, le besé y sonreí contra sus labios.
Escruté su semblante relajado cuando me dijo que era mucho mejor su día a día en aquel momento que antes.
Me atreví a preguntar por cómo eran hacía años y Alexis dejó caer su mirada hacia sus manos en su regazo, que empezó abrir y cerrar.
No quería que se perdiera en el pasado él solo, así que deslicé mi mano hasta cubrir las suyas.
Levantó su mirada y pude ver durante escasos milisegundos un revoltijo de recuerdos y sentimientos en sus ojos verdes y dorados.
—Robos, peleas y droga. Día tras día, durante muchos años.
—¿Te gustaba? —Quería saberlo todo de él. Era mi obsesión.
—No. Pero se convirtió en un círculo vicioso y no podía salir de él solo. Me metí mucho en ello —susurró.
—¿Y por qué lo hiciste?
—Por muchos problemas que no sabía resolver.
Yo… —Alexis fijó su mirada en nuestras manos unidas y la dejó reposar allí—.
Yo… —No supo cómo continuar. Abrió la boca pero de ella no salió ni una sola palabra.
Sus manos comenzaron a temblar bajo las mías y noté cómo sus labios se volvían una fina línea cuanto más se frustraba por no encontrar las palabras adecuadas.
—No tenemos por qué seguir hablando de ello. ¿Ponemos heno? —Decidí ayudarle a salir de sus recuerdos y deposité un pequeño beso en sus labios—. Pero quiero risas. Si no, no te dejo ayudarme —dije con una sonrisa contra sus labios.
Alexis sonrió, aunque el brillo característico de sus ojos no estaba presente. Se levantó de la jarapa y me tendió una mano.
—Las risas entre nosotros siempre, princesa.
Cinco minutos después parecía el de siempre.
Le besé varias veces al cruzarme con él y le lancé a la cara unas briznas de heno mientras me desternillaba de risa.
Alexis corrió a por mí y cuando me alcanzó, acerqué mi rostro al suyo con la intención de besarle.
Entonces, tras él, apareció una figura. Gelo.
Juro que mi corazón se paró. ¿Nos habría visto?
Seguro, no habíamos tenido ningún cuidado.
Finca Deva era nuestro lugar seguro. La sangre se drenó de mi rostro y una sensación de agobio me invadió. Nos había pillado.
—¿Estás bien, amor? —preguntó Alexis acercándose a mí.
Negué, pero fui incapaz de hablar. Escrutó mi mirada preocupado.
En su rostro ya no había rastro de esa felicidad de segundos antes—.
¿Qué te pasa? ¿Estás mareada? Me estás asustando, gordi.
—Me sujetó ambos brazos y su mirada agitada me demostró lo mucho que le importaba.
Gelo nos saludó cuando estuvo a unos diez metros de nosotros. Alexis abrió sus ojos sobresaltado, me soltó como si mi piel quemara y en su cara caló la comprensión a mi actitud. Miré a Gelo llegar a nosotros y colocarse entre ambos, pero no fui capaz de saludarle. Me encontraba en estado de shock .
—Hola, hermano —saludó Alexis con tono amistoso dándole una palmada en la espalda que Gelo le correspondió.
¿Así era como Alexis enmascaraba todo lo que sentía y pensaba? Se le daba bien. Parecía tan normal… No como yo, que parecía que me había abducido el cerebro un extraterrestre.
—¿Cuánto llevas aquí? —pregunté. ¿Cuánto tendría que explicar?
—Un rato —contestó Gelo. ¿Nos había visto?—. ¿Estás bien, Ari? ¿Ha pasado algo?
No podía respirar. Me entró un agobio brutal y mi corazón parecía que iba a salirse de mi pecho.
—Solo ha sido un mareo.
Gelo se acercó a mí y me besó la frente.
Me hizo ir hasta la jarapa para recuperarme de mi supuesto mareo y se ocupó junto a Alexis de terminar de colocar el heno en las redes.
Estaba tan nerviosa que no era capaz de pensar con claridad.
¿De verdad que no nos había visto? ¿O se hacía el loco?
¿Estaba esperando a que nos quedáramos solos para soltarme lo que opinaba de nosotros?
Me centré en mi respiración para intentar calmarme.
Mi mejor amigo no se quedó mucho en Finca Deva. Su jefe le dejó teletrabajar aquel día y había aprovechado su descanso para ver si me pillaba trabajando con Troya, aunque sentí que fue una mera excusa para ir a ver qué hacíamos Alexis y yo.
—Joder. Lo sabe, ¿verdad? —gemí a Alexis cuando Gelo salió por la puerta de Finca Deva—. ¿Cómo has podido estar tan tranquilo con él aquí? A mí casi me da un jamacuco.
Alexis se encogió de hombros.
—Ángel no sabe nada. Si hubiera visto algo, nos lo habría dicho.
Asentí. Podía tener razón. Le hice un cigarro a Alexis y se lo tendí, lo encendió, aspiró a través del filtro y se acercó a mí para pasarme el humo en un suave beso.
—¿Cuándo vas a hablar con él sobre nosotros? Quiero poder besarte en cualquier lugar sin miedo a que él o el nene nos pillen.
Suspiré y un sentimiento agudo de ansiedad presionó mi pecho. Demasiadas emociones para tan poco tiempo.
—Primero me daba miedo que Gelo no aceptara nuestra relación. —Tragué saliva, nerviosa, y me preparé para seguir dando voz a mis miedos—. Pero tal y como se está comportando me da miedo que, si le digo que estamos juntos, me haga elegir entre tú y él —dije con voz quebrada.
—¿En serio crees que sería tan egoísta de hacerte eso? —preguntó Alexis incrédulo.
¿Quién de los dos conocía mejor a Gelo? Habría puesto la mano en el fuego por mí.
—¿Tú crees que me diría que hiciera mi vida contigo y le dejara a él solo? —pregunté mientras negaba con la cabeza.
—Si de verdad te quiere, sí.
—No lo entiendes —me lamenté—. No les quiero dejar. Somos hermanos aquí dentro. —Señalé mi corazón—. Tengo y quiero estar junto a ellos. No es una simple amistad: son familia.
—No hablo de que tengas que abandonarles para poder estar conmigo.
—No quiero que me haga elegir —dije angustiada—. No quiero, Alexis. No lo comprendes. Les tendría que elegir a ellos, ¿entiendes? Y yo no quiero tener que elegir. No quiero que desaparezcas de mi vida.
—No vas a tener que elegir, y yo no me voy a ir a ningún lado, pequeña. Nunca. Voy a estar siempre. Te lo prometo —susurró en mi oído mientras me abrazaba.
Le creí y me deshice en su abrazo mientras se instauraba en mi pecho mi mayor miedo: tener que elegir.