Capítulo 35
Que hablen de lo que quieran y no te importe lo que digan.
Que yo siempre voy a seguir los pasos que tú sigas.
FlowZ, Daviles de Novelda
Alexis y yo bajamos al centro del pueblo en coche para no tener que cargar con las bolsas de la compra.
El día estaba bastante gris y lleno de niebla.
Estábamos en abril y los días se alternaban, a veces soleados y otros así, apagados, con un frío que calaba hasta los huesos por la humedad del ambiente, lo que hacía que nos diera más pereza caminar hasta casa hasta los topes de bolsas.
Encontré un hueco para aparcar y puse el intermitente.
Entre la canción que sonaba a un volumen alto, Alexis cantando y yo que me reía por la forma en que él se movía para hacerme reír, estaba más despistada de lo habitual.
Que el hueco fuera justo no ayudaba, por lo que saqué un par de veces el coche para intentar aparcarlo de cero.
Dejé de reír y bajé el volumen de la música.
—Voy a concentrarme en aparcar o nos tiraremos así toda la mañana.
—Sal del coche —dijo Alexis de manera autoritaria.
—¿Perdona? —¿A qué venían esas malas maneras de hablarme?
—Aparco yo. —El tono de Alexis fue todo menos amigable.
Nunca me había hablado así y no me agradó lo más mínimo.
—¿En serio?
Frené en seco e hice que nuestros cuerpos se echaran hacia delante, solo retenidos por el cinturón. Giré mi rostro hacia él.
—¿Me estás exigiendo que me baje de mi coche de malas maneras? —pregunté incrédula y enfadada a partes iguales. Me negué y volví a encajar la marcha atrás, ni de broma me iba a bajar después de cómo me lo había exigido. Por ahí no pasaba.
Alexis me fulminó con la mirada, se quitó el cinturón de seguridad y abrió la puerta mientras el coche aún se movía. Se bajó sin mediar palabra y cerró de un portazo. Le perdí de vista cuando anduvo a paso ligero entre los coches aparcados. Por mí se podía ir al carajo.
Aun con la rabia que palpitaba en mis venas, aparqué sin problema.
Apagué el motor y me costó mucho esfuerzo dejar de alimentar mi ira con pensamientos que solo hacían que me enfureciera más.
Esperé a que volviera, pero tras cuarenta minutos, me di cuenta de que su orgullo no le dejaría volver.
Y mi enfado me impediría hablar con él sin gritarle malas palabras.
Era la primera vez que nos peleábamos y me sentí fuera de lugar, como la luna tapando al sol en pleno día. Decidí usar la música para serenarme y escogí mi lista de reproducción favorita para que las letras de mis raperos me tranquilizaran.
Una parte de mí me decía que saliera del coche y fuera a buscar a Alexis; otra, que me largara.
Me debatí varios minutos hasta que tomé la decisión.
Salí dispuesta a buscar a Alexis, dando un paso hacia la reconciliación.
El día húmedo me golpeó el rostro y sentí un frío vertiginoso que no me esperaba.
Miré los asientos traseros en busca de una sudadera.
Solo tenía la de Alexis, que me puse a regañadientes.
Me arrebujé dentro de ella e ignoré su soberbio olor.
Alexis estaba sentado en un murete de piedra a veinte metros del coche, con su mirada fija en los coches aparcados frente a él y los auriculares puestos.
Le observé con detenimiento e intenté aplacar mi furia.
Su cuerpo estaba tenso, su mano asía fuerte su móvil en la mano.
Casi podía ver desde mi posición alejada sus orgullosos ojos chispeantes de enfado.
Me crispaba que fuera tan idiota, que saltara con nada, que fuera tan radical.
Y por más que le di vueltas a la conversación mientras clavaba los ojos en él, no supe en qué momento se torció.
Alexis fijó su vista en mí. Se me cortó la respiración y me tensé, pero le sostuve la mirada.
Esperaba que él diera el siguiente paso, pero tras varios minutos en los que ninguno se movió, supe que su orgullo tampoco le dejaría levantarse del muro y venir a mí para explicarme su enfado.
¿Acaso era un reto? ¿Ver quién iba primero a por el otro?
Se me pasó por la cabeza volver al coche e irme dejándolo ahí tirado con su enfado y su orgullo.
Estaba a punto de hacerlo cuando Luisa, una amiga de mi abuela, apareció entre los coches al cruzar la calle.
Llamó mi atención e hizo que olvidara mi determinación de dejar a Alexis ahí colgado.
Sonreí tensa a la mujer sin querer hablar más de lo estrictamente necesario.
Ella se paró cuando llegó a mi lado y la saludé con fingida felicidad.
—¿Dónde has dejado a tu marido y tu hijo?
No contesté. No sabía cómo decirle a la gente del pueblo que mi pareja era Alexis y que estábamos enamorados, pero que eso jamás haría que dejara a Gelo o al crío y no tenían de qué preocuparse.
—Ay, si es que ya en vuestra adolescencia lo decíamos todos, que ibais a terminar casados y con hijos. Os dedicabais a pasear de la mano por el pueblo, ¿lo recuerdas? —Continuó cuando vio que no iba a decir ni mu.
Asentí levemente ante la mirada inquisitiva de Luisa.
Por si el momento no fuera lo suficientemente incómodo, Dolores, otra amiga de mi abuela, se cruzó con nosotras y en vez de saludar y seguir su camino, se quedó al coloquio.
Nos saludó a ambas y una vez comenzaron a hablar de Gelo y de mí, no pararon.
Desvié mi mirada hacia Alexis, quien nos observaba desde el muro.
A pesar de mi enfado, me alegré de que no escuchara nuestra conversación, y que no tuviera que sentirse menos porque en el pueblo pensaran que Gelo y yo éramos una pareja de verdad.
Qué poco sabían en el pueblo. Cómo se daban las cosas por sentado sin preguntar.
Quería que se fueran y poder llegar hasta Alexis. Lancé una falsa sonrisa a las dos mujeres y les dije que debía irme. Ambas se despidieron de mí y siguieron su camino.
Volví a dirigir mi mirada hacia el muro.
Alexis seguía mirándome con gesto serio y el ceño fruncido.
Además del enfado que ya llevaba encima, vino el desánimo porque pensé que todo lo bueno que teníamos Alexis y yo juntos, lo perdíamos cuando nos enfadábamos.
Porque pensé que tal vez un día se enfadaría y me alejaría.
Así, sin más, como estaba acostumbrado a hacer con el resto de personas.
Me acerqué a él y me coloqué a su lado, aunque a cierta distancia. Escuché la música demasiado fuerte que salía de sus cascos. Me contempló unos segundos y desvió su mirada hacia el frente.
Mi cuerpo entero era un nudo de nervios.
Mi ira ya no estaba casi a la vista, solo quedó un rastro.
Fue sustituida por capas y capas de tristeza, aprensión y un sentimiento muy fuerte de no saber cómo manejar la situación.
Odiaba tener que ir con pies de plomo a su alrededor.
Como si el suelo estuviera cubierto de cristales, yo fuera descalza y tuviera que acercarme a Alexis sin cortarme ni una sola vez.
Me pareció imposible llegar a él sin un mísero rasguño.
Con Gelo y Ainhoa no tenía que ir con ese cuidado, nunca había tenido que sortear cristales porque ellos simplemente no los dejaban tirados y me facilitaban el llegar a ellos.
Alexis solo miraba al frente como si yo no estuviera.
¿Debía quitarle uno de los cascos y hablar con él?
¿Debía mandarle a la mierda por ser un gilipollas?
Volví mi vista hacia él. Me vio dudar, pero no hizo nada por intentar acercarse a mí, lo cual me enfureció.
Y esa rabia fue la que hizo que le quitara un auricular de cuajo.
¿Cómo iba a aplacar su enfado si yo tenía el mío?
—¿Cuánto vas a tardar en desenfadarte? —pregunté con su auricular en la mano.
Alexis suspiró sonoramente y con toda la tranquilidad del mundo desvió su mirada hacia mí, pero no me contestó. Solo me observó serio, tenso, con desaprobación.
—¿Mucho más? —exigí saber sin importarme cómo su mirada me taladraba—. Porque me subo al coche y me largo a casa —gruñí enfurecida.
—¿Esa es tu manera de arreglar las cosas? —preguntó Alexis distante.
Sus ojos estaban oscuros y entornados, su rostro entero estaba tenso, sus labios cerrados y apretados. En cualquier momento iba a saltar. Pero yo también estaba enfadada.
—Ah, ¿pero que ya me hablas? —pregunté con sarcasmo llenando cada palabra.
Alexis no contestó, solo me volvió a sostener la mirada.
Una penetrante, oscura y fría—. Te he dejado tu espacio y luego me he acercado a ti.
Pon un poco de tu parte, joder. —Hablé exasperada.
Alexis no me contestó y eso hizo que se me crisparan los nervios—.
Vete a la mierda —escupí con ira mal contenida mientras me levantaba.
Alexis cogió mi brazo y me acercó a él. No me habló y me pidió con la mirada que me sentara a su lado. Cedí y me senté.
—¿Por qué me has hablado así de mal?
—¿Así como? —preguntó Alexis seco mientras sacaba todo para hacerse un cigarro.
Me miró de refilón mientras comenzaba a liarse él mismo uno. Sentí una punzada de traición porque yo era quien se los hacía, pero intenté que no se notara.
—Cuando me has dicho que me bajara. Me lo podías haber pedido de otra manera, más… educada, ¿sabes? —gruñí mientras le observaba hacerse el cigarro.
—A mí no me ha sonado mal —dijo con indiferencia.
—Pues a mí sí. ¿Por qué te has bajado del coche?
—Porque me da mucho por culo que hables de posesiones. Aunque sean una puta broma. No me gusta. Lo odio. —Habló con voz cruda, con sus ojos tan entrecerrados que apenas se atisbaba su iris verde y dorado.
—¿Cuándo he hablado de posesiones? —No entendía nada.
—Cuando has dicho MI coche.
—¿En serio? ¿Por eso? —pregunté incrédula.
Me pasé las manos por el rostro e intenté encontrar sentido a sus palabras, a su manera de pensar y actuar.
¿Un puto enfado por esa soberana tontería?
¿De verdad? Estaba flipando. No me contestó y comenzó a fumarse el cigarro.
No volvió a hablarme a pesar de que le hice varias preguntas que continuó sin contestar.
Él esperaba que yo le calmara y le hiciera olvidar el enfado.
Yo esperaba que me diera un poco de cancha y fuera él quien intentara mitigar el mío.
Volvimos a casa sin dirigirnos la palabra, sin tocarnos, con un silencio tan denso entre nosotros que se podía cortar con cuchillo y nos despedimos en la puerta con un escueto «adiós».
Al entrar en casa, me derrumbé y lloré. ¿Cómo podía ser que con lo bien que sentía que encajábamos nos peleáramos por una estupidez? Maldito orgullo.
Por la noche me acosté abatida, sentía que me faltaba algo. No me gustaba sentirme insegura al lado de Alexis, no poder refugiarme en él por ser de él mismo de quién debía resguardarme.
Jueves, 9 de abril. Una de la madrugada.
Ádriel
No me gusta que estemos peleados.
Jueves, 9 de abril. Una y media de la madrugada.
Ádriel
¿No me hablas?
Jueves, 9 de abril. Una y cuarenta y dos de la madrugada.
Ádriel
Bueno, me voy a dormir.
Buenas noches. Te quiero.
Jueves, 9 de abril. Cuatro y ocho de la madrugada.
Alexis
Buenas noches. TQ.
A la mañana siguiente había olvidado mi enfado.
Quería que la tristeza en mí se disipara, volver a sentirme bien junto al Alexis que yo conocía y olvidar el mal rollo.
Le escribí y le invité a venir a desayunar conmigo.
Contestó con un escueto «vale» que hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo. Aún seguía mosqueado.
Cuando le vi aparecer en casa me puse nerviosa.
—Buenos días —murmuró Alexis sentándose en la mesa, frente a mí.
Le observé unos segundos sin contestar. No era mi fuerte interactuar con un Alexis irritado.
—No me gusta que estemos enfadados y sin hablar. Prefiero cuando me haces reír —murmuré cuando sentí que volvíamos a repetir los pasos del día anterior.
Alexis no contestó. Ni siquiera me miró.
Parecía lidiar consigo mismo o con las palabras que acababa de pronunciar mientras daba vueltas a su café solo.
Tras unos segundos que se me antojaron eternos, exhaló un suspiro mientras elevaba su mirada y clavaba sus ojos en los míos.
Atisbé un brillo especial en ellos que me dejó desconcertada.
¿No estaba enfadado? Su comportamiento me decía que sí, pero esos ojos decían todo lo contrario.
—¿Qué quieres, cosquillas? —preguntó el chico.
Su estado de ánimo cambió, o eso me hizo creer. Había momentos en que dudaba de si por dentro era tan feliz como se mostraba por fuera ante mí.
—Prefiero que me beses antes. Llevo demasiado tiempo lejos de ti.
—Tú tampoco me has besado a mí —dijo Alexis.
Alexis sonrió de manera dulce, pero fui incapaz de devolverle el gesto, aún me sentía disgustada.
Él, sin embargo, era capaz de hacerme ver lo que a él le daba la gana.
¿Seguía un poco mosca, pero me hizo ver que no para que yo estuviera bien?
Intenté buscar la respuesta en sus ojos, pero seguían sin ser cristalinos, había matices opacos que no me dejaban verle de verdad.
Todo volvió a ser como antes a lo largo del día, cuando me pidió que descifrara una de sus canciones que hablaba de amor infinito, verdadero, y del perdón.
Nos reconciliamos aunque ninguno pidió perdón al otro.