Si por separado somos geniales, juntos podemos parar el mundo (A través de tus orejas 1)… Capítulo 34
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Capítulo 34

Y cuéntame ese cuento donde nos besamos

y nos vamos juntos de la mano,

sin el miedo de pensar el qué dirán.

Maki, Helena

El domingo por la mañana, Gelo y yo llegamos emocionados a Finca Deva. ¡Íbamos a salir a montar! Nos acompañaron los padres de Gelo, Ainhoa, Angelito y Alexis. Ainhoa prefirió quedarse y disfrutar de Finca Deva y Alexis dijo que iba a arreglar una zona del muro de piedra que se había caído.

Elegí a Danko para Gelo, cogí a Troya, preparamos a ambos caballos y nos montamos.

—Id con cuidado. Os conozco cuando vais solos —nos advirtió Ángel.

—Siempre somos buenos, Ángel —dije con una sonrisa perenne. Desde que vi a Gelo subido en Danko, no pude reprimir el gesto ni un instante.

—Cuando os juntáis sois pólvora y mechero. Os retroalimentáis.

Tenía razón. Gelo y yo a caballo éramos unas cabras locas, pero nunca hacíamos nada que pusiera en riesgo la vida o integridad de los caballos o las nuestras. Desvié mi mirada hacia Alexis, que me miraba preocupado. Le dediqué una suave sonrisa y un guiño para que se tranquilizara.

Mi sentido de la orientación estaba atrofiado desde siempre, así que dejé a Gelo encabezar la marcha.

Fue genial el paseo a pesar de que temí que los caballos se asustaran por cualquier nimiedad al ser la primera vez que salían por aquellos lares.

Hubo muchas risas en aquel paseo y volvimos a galope tendido hasta la puerta.

Cuando Ángel y Carmen nos vieron llegar, se echaron a reír diciendo que les recordábamos a cuando éramos adolescentes.

Me agradó salir a cabalgar. Lo había echado de menos y ni me había dado cuenta.

—¿Repetimos otro día? —me preguntó Gelo mientras bajaba de Danko—. Ha sido una pasada. Me han venido muchos recuerdos a la cabeza.

—Al menos una vez al mes deberíamos salir juntos.

—Lo veo.

Bajé de Troya y fui directa a mi mejor amigo para abrazarle.

Este me abrazó de vuelta y colocó su barbilla en mi cabeza.

Desvestimos a los caballos, les puse su ración de pienso y me acerqué a Alexis, que aún estaba con el muro.

Le toqué la espalda para llamar su atención.

Él se giró y quitó uno de los cascos que llevaba puestos.

—¿Qué tal el paseo, cielo? —Alexis escrutó mi rostro.

—Una maravilla. Hemos galopado como… —Me quedé pensativa—. Un montón. Hemos hecho una carrera a la vuelta, como siempre —hablé emocionada.

—Cuéntame más mientras termino esto. —Señaló el muro con la mirada.

—Te ayudo.

—No. No sabes —dijo Alexis mientras cogía una pesada piedra del suelo y la colocaba con delicadeza en el muro.

—Enséñame.

—Siendo así de cabezota no hay quien te cuide —murmuró con un quejido mientras colocaba otra piedra.

—No necesito que nadie me cuide. Necesito ayudarte.

—Cabezota —gruñó Alexis mientras buscaba otra piedra que colocar.

—Es verdad, que tú no lo eres —contesté sin poder reprimir la burla en mi voz.

—Anda, venga. Toma. —Me tendió su móvil—. Pon nuestra lista favorita, te enseño y me cuentas todo del paseo.

Alexis me enseñó a colocar las piedras, siempre borde plano sobre borde plano y así eternamente para que el muro fuera robusto.

Él movía las piedras más pesadas, pues yo lo intenté y no pude.

Obviamente Alexis se rio de mí. Cogí tierra y se la tiré y él me persiguió para hacerme pagar que le tirara tierra a la camiseta a pesar de que yo apuntaba a toda su jeta.

Cuando terminamos de colocar las piedras, Alexis me confesó que cuando hacía trabajos en los que debía cargar mucho peso, luego le dolía la rodilla.

Le insté a tomarse alguna pastilla para el dolor, a lo que se negó en rotundo.

En su lugar, nos sentamos uno frente al otro, con su rodilla entre las mías y le masajeé la rodilla para tratar de aliviar el dolor.

—Es genial salir de Finca Deva. Deberías ponerte las pilas para que dentro de poco podamos salir juntos —dije sin dejar de masajear su rodilla con suavidad.

—Vale, espabilo. —Me sonrió—. Pero tú vuelves a coger a Troya y le montas un poquito más —dijo antes de acercar su rostro peligrosamente al mío—. Quiero verte ahí arriba. Me vuelve loco —susurró contra mi oído y se me erizó la piel.

Montar era lo que más disfrutaba. Y si me lo pedía así… Cogí una cabezada de nudos y me acerqué a Troya.

—¿Vas a volver a montar? —preguntó Gelo.

—Solo un poquito. A Alexis le apetece verme con Troya.

Gelo me miró contrariado y se acercó a la valla de la pista, justo al lado de Alexis, mientras yo entraba en ella con el equino.

—Yo también quiero ver qué tal le trabajas. Últimamente como esto es cosa de vosotros dos —Gelo nos señaló a Alexis y a mí—, no he visto todo lo que has progresado. —En su voz había un rastro de resentimiento que cacé al vuelo.

—No te pongas celosillo, que te voy a enseñar todo lo que hacemos juntos.

Le puse a Troya las riendas y me subí a pelo.

No lo hacía muy a menudo. Para mí es la mejor manera de conectar con un caballo.

Me recosté, dejé mis piernas a ambos lados de sus cuartos traseros, y mi cuerpo y mi rostro sobre su cuello.

Le abracé y acompasé mi respiración a la suya de manera inconsciente.

Después me erguí y le pedí con delicadeza que iniciara el paso, y después, el trote.

Me hizo volar ese trote y estuve a punto de pedirle galopar, pero Gelo me paró.

—No le pidas galopar aún, Ari. Lo habéis hecho muy bien. Es una maravilla verte ahora mismo con él. No lo estropees, ve poco a poco.

Asentí a regañadientes porque tenía razón, pero la adrenalina que corría por mis venas me decía que Troya y yo éramos inven cibles y que galopar era la mejor idea del mundo. Le pedí pasar a paso para acercarme a la parte de valla donde estaban Alexis y Gelo.

—¿Qué? ¿Te ha gustado? —le pregunté a Alexis con una sonrisilla en el rostro.

—Es la primera vez que te veo montarle sin silla.

—Lo hacía a veces antes de caerme. Es una pasada —dije enamorada de aquella sensación—. ¿Quieres probar?

—¿Yo? ¿Con Troya? No sé... —Dudó—. Te he visto trabajar con él durante meses la confianza que tenéis el uno en el otro hasta llegar a donde estáis ahora.

—Te enseñaré a amarle con sus locuras. Quiero que le pruebes —dije emocionada.

Alexis me miró dubitativo.

—Hazle caso —intervino Gelo dándole un pequeño manotazo en el brazo—. Si no te va a estar molestando hasta que lo hagas. Además, vas a ser el primero de nosotros en probar a Troya.

El rencor tiñó su última frase. No podía mantener su bocaza cerrada. Tenía que soltar la pulla, claro.

—Si te atreves puedes ser el siguiente —gruñí. Solía ser de contestar primero y pensar después.

—Claro que me atrevo —farfulló Gelo ofendido.

—Primero vamos a tener nuestro momento Alexis y yo con Troya.

Gelo me miró contrariado, como si le hubiera traicionado. Me bajé de Troya, le quité las riendas y le dejé solo en la pista. Me acerqué a Gelo y tiré de su brazo para alejarle de Alexis y poder hablar de manera más privada.

—¿Qué te pasa ahora, Gelo? —pregunté un tanto exasperada—. ¿Por qué todo lo que hago con Alexis es un problema?

—No lo es. —Gelo se cruzó de brazos a la defensiva.

—Lo es. Si hacemos un puzle, te enfadas. Si pasamos mucho tiempo juntos, te enfadas. Si le propongo montar a Troya, te enfadas. Todo, absolutamente todo te enfada. —Intenté controlar mi voz para no chillar desesperada por encontrar respuestas.

—¡Porque son cosas que antes hacías conmigo! ¡Que siempre has hecho conmigo! ¡Y ya no! —Gelo estalló y todos los que estábamos en Finca Deva le escuchamos.

Gelo tenía miedo y aquello hizo que mi enfado se evaporara casi por completo. Rompí el espacio que nos separaba y le abracé. Él se mostró tenso, pero no se apartó de mí y, tras varios segundos, su cuerpo se relajó un poco entre mis brazos.

—Las sigo haciendo. Solo que ahora Alexis también está. Y no es malo.

Separé mi rostro de su pecho para poder observar sus ojos.

—No es lo mismo. Y me jode. Si antes era bueno, ¿por qué cambiar? Nada de lo que es bueno debería hacerlo —dijo Gelo con disgusto.

—No está mal compartir nuestra afición con más gente, Gelo. Y enseñarles a amar y entender a los caballos como nosotros lo hacemos.

—Pero eso antes era solo nuestro, Ari. No era de nadie más. Ni siquiera de Ainhoa. ¿Por qué tiene que serlo de Alexis? No me gusta sentirme apartado. —La voz de Gelo sonó molesta y dolida.

—Porque él lo necesita. Necesita mezclarse entre ellos para intentar encontrar su camino y controlar todo lo que le acecha en la cabeza —le expliqué a mi mejor amigo—. Y no estás apartado, Gelo. Formas parte de Finca Deva. Para siempre. Como yo.

—Ya. Pero Alexis tiene el placer de poder ver todos los días cómo vas progresando. Y yo no. A veces creo que se te olvida que yo formo parte de esto —musitó.

—Eso nunca, Gelo. —Le volví a abrazar—. No es malo compartir algo que nos gusta tanto con personas que creemos que lo van a disfrutar como nosotros.

—Pero sin perder lo que teníamos.

—No lo hemos perdido.

—Yo creo que sí. Le has pedido a él que sea el primero en montar a Troya en vez de a mí —dijo Gelo con su voz repleta de dolor y un poco de enfado.

Abrí mi boca para contestar, pero Gelo se dio la vuelta y se alejó. Mis hombros se hundieron. Entonces, para mi sorpresa, dejó de caminar y suspiró sonoramente. Se giró y buscó mis ojos. Los suyos se veían arrepentidos.

—¡Oye! Cuando termine él quiero mi turno. Tengo muchas ganas de probarle, niña —dijo esto último en un tono tan cariñoso, tan nuestro, que la sensación de tristeza casi desapareció por completo.

Le sonreí y contesté:

—Eso está hecho, Geli. —Le llamé por ese apodo cariñoso que rara vez usaba, pero que en momentos en que necesitaba decirle lo mucho que me importaba, servía.

Cogí a Troya con un ramal y caminamos por la pista para que Alexis se familiarizara con el movimiento del caballo, con su paso apresurado y ligero, con sus respuestas aceleradas a un leve roce o presión de pierna.

También para que Troya se acostumbrara a él y se relajara.

Fue genial verle ahí arriba, en lo más alto.

Me hizo ilusión que le montara y sentí envidia sana de que él disfrutara de esas vistas tan preciosas a través de sus orejas.

«Conociendo el mundo a través de tus orejas», porque cuando te subes encima de un caballo, el horizonte y sus crines quedan enmarcados entre sus orejas.

Saqué varias fotos, no quería olvidar el día en que compartí con él algo de lo que más quería en el mundo: montar a Troya.

Ojalá verle a diario sobre él, hasta que mi retina conociera de memoria la silueta de ambos juntos y ya no me hicieran falta fotos.

Ojalá disfrutar para siempre de ellos dos juntos siendo uno.

—Cada día me gustan más los caballos. No sé si por lo nobles que les veo o porque tú estás con ellos —dijo Alexis tras bajarse de Troya.

—A lo mejor son ambas cosas. Los caballos son espectaculares. —Sonreí con regocijo.

Gelo se subió en Troya, y aunque no fue tan especial como que lo hiciera Alexis, lo fue a su manera.

—Niña, Troya es una pasada. Ha dado un cambio alucinante. Me lee la mente y es la primera vez que le monto —me dijo Gelo con una sonrisa enorme en el rostro.

—Lo sé.

Me sentí orgullosa de ese caballito que ya no tenía miedo.

De mi mejor amigo que disfrutaba de las vistas a través de las orejas de Troya.

Y lo que más orgullo me provocó fue que Alexis confiara en mí y se subiera en Troya aun cuando él no creía en el equino.

Le dio un voto de confianza por mí, y eso me llenó el corazón de calorcito.