Capítulo 33
El alma grita libre, la mente carcelera
y el corazón callando ya dice más que cualquiera. […]
¿Cómo se mata un instante cuando el recuerdo aún respira? […]
Es fácil ver tristeza cuando las lágrimas brotan, pero no un rompecabezas cuando faltan piezas rotas. […]
Podré juzgar tus botas, pero no juzgar tus pasos.
Brock Ansiolitiko
Alexis se fue al descampado según salió de trabajar.
No me avisó y cuando le pregunté si salíamos a pasear, me dijo que llevaba tiempo allí.
Mi corazón se alteró. Algo le pasaba. Salí a paso ligero de casa con Togo a mi lado.
Esa noche la luna era enorme e iluminaba el descampado.
Le vi caminar con un cigarro en la mano y la cabeza gacha.
Mi corazón se saltó un latido. ¿Qué le pasaba?
¿Un recuerdo? ¿Un mal día en el trabajo?
Me acerqué a él, le saludé y besé con suavidad los labios. Él me abrazó con fuerza y suspiró, refugiándose en nuestro abrazo. Y entonces empezó a desahogarse.
—Mi abuela fue mi pilar, mi persona importante en la tierra.
El primero y el último que he tenido. Hasta que llegaste tú.
Ojalá estuviera aquí. Todo habría sido diferente.
Pero cuando murió… —Alexis tragó con fuerza—.
Cuando se fue… todo fue de mal en peor. Pero nadie se dio cuenta.
—Su voz se quebró y sentí una punzada de dolor—.
Porros, peleas, depresión, ataques de ansiedad y pesadillas por las noches.
Era todo un caos dentro de mí —susurró con pesar.
Le abracé y enterré mi rostro en su pecho—.
¿Sabes? Desde que se fue, ha… ha habido muchas veces que he pensado en quitarme del medio.
Desaparecer para siempre. —Tragó saliva con fuerza—.
Hubo un momento en que hasta hui de casa.
—¿Por qué te fuiste? —pregunté con mi voz amortiguada por su pecho.
—Estaba atosigado. Tenía pensamientos muy oscuros, y los problemas que me acompañaban a diario no me dejaban pensar con claridad. Caí en un mundo muy bajo. —La voz de Alexis se quebró y yo le abracé más fuerte. Quería que se sintiera seguro.
Mi corazón se encogió de dolor. ¿Por qué una persona tan buena tuvo que pasar por cosas tan malas? No era justo.
—¿Y cuándo volviste?
—Me encontró mi hermano. —Alexis rompió a llorar y no pude evitar llorar con él en silencio—.
Llevaban buscándome semanas —susurró tras sorber por la nariz—.
Salía a diario a buscarme. Me sentí como una mierda por escaparme sin decirle nada y hacérselo pasar mal cuando él ya tenía sus propios problemas. Aún me culpo por ello.
Rompí nuestro abrazo y sujeté su rostro con ambas manos.
—No te culpes por eso. —Besé sus labios con suavidad—. Necesitabas escapar. Fueron decisiones que tomaste siendo un chiquillo. Un niño que no sabía jugar al juego en el que los mayores le habían metido.
—Pero lo hice mal, amor —dijo con un sentimiento de culpa impreso en el rostro—. Mi hermano sufrió mucho. Y podría haberle mandado un mensaje o dejado una nota. Pero no lo hice. Yo solo quise escapar sin pensar en los demás.
Alexis no sabía perdonarse a sí mismo. La culpa lo carcome todo y convierte en oscuridad donde antes había colores. Creo que es uno de los peores sentimientos que existen, de los peores que puede padecer un ser humano.
—¿Sabes qué? No siempre puedes pensar en los demás. Primero va uno mismo.
—Tengo que compensar a mi hermano por todo lo malo que alguna vez le he hecho, empezando por aquel día que me escapé. O por la última vez que le fallé. Me lo recuerdo casi a diario para saber por qué estoy aquí. Quiero resarcirme.
—Lo siento, pero no entiendo tu culpa ni tus pensamientos. No entiendo el porqué de seguir recordando tus errores y el dolor que ello conlleva.
—Mi pasado está plagado de culpa por mis malas decisiones, por los malos caminos que tomé. Y… es complicado no pensar en ello constantemente —dijo con pesar.
Le abracé unos segundos y le hice el cigarro que sabía que necesitaba mientras él seguía abriéndose a mí.
No entendía cómo sus allegados no se dieron cuenta de que Alexis necesitaba ayuda.
Me contó, que durante la niñez le separaron de su hermano y le mandaron de una casa a otra por ser problemático —sin encontrar en ninguna un verdadero hogar—.
Eran solo casas, pero no fueron lugares donde sentirse seguro.
Nuestra casa tal vez sí que lo fuera. Finca Deva, también.
—Vuestra casa sí que es un verdadero hogar.
Se respira así. En ninguna de las casas donde he vivido, sin contar la de mi abuela, lo he sentido.
—Alexis se sinceró tras encender el cigarrillo que acaba de hacerle—.
No sabes la envidia que le tengo al nene.
Eso de poder criarse con Ángel y contigo como lo está haciendo.
La vida tan buena que le proporcionáis. Sois unos padres alucinantes.
—Dejó salir de entre sus labios el humo del cigarro.
Volvimos a casa de la mano, aunque los días en que me contaba algo relacionado con su infancia el ambiente era más apagado.
Intenté levantarle el ánimo y terminamos corriendo por mitad del asfalto mientras reíamos como niños cuando nuestros dedos hacían cosquillas en el costado del otro. Un poco de gris en su oscuridad.
Jueves, 26 de marzo. Dos y media de la madrugada.
Alexis
Cuando estoy contigo siento en muchas ocasiones que empiezo a vivir la infancia que nunca tuve. Jamás podré olvidar lo que haces por mí.
Ádriel
Te quiero, mi niño. Si pudieras cambiar algo del pasado, ¿qué sería?
Alexis
Yo creo que nada. Porque gracias a eso soy como soy.
Alexis
Bueno, sí. Lo único que cambiaría sería lo de mis padres.
Ádriel
¿Que estuvieran juntos con tu hermano y contigo?
Alexis
Sí.
Amaba a sus padres. Creía que eran lo único, junto a su hermano, que tenía.
No se dio cuenta de que Gelo y yo le ofrecíamos nuestra familia como hogar para que no volviera a sufrir, para que tuviera un lugar en el que vivir, crecer y convertirse en lo que le diera la gana.
Un lugar donde refugiarse cuando le hiciera falta.
Pero los lazos de sangre, aunque contaminados, eran mucho más fuertes que los nuestros, puros y sinceros.