Capítulo 30
Porque me enseñaste que en las buenas y en las malas
hay alguien capaz de quedarse si todo falla. [...]
Quién salta al precipicio sin hacer preguntas
porque saltar de tu mano es suficiente. [...]
Quién es capaz de darte luz estando a oscuras
sabiendo que tú fuiste la suya en etapas duras.
Ambkor, Dante
Encontramos nuestra canción sin buscarla.
El ritmo no era de mis favoritos, el cantante principal no era santo de mi devoción, pero un rapero dijo una frase que describió lo que me pasaba con Alexis: «Necesito tus besos para curar el mono.
Eres mi droga, soy tu yonqui». Se lo comenté alucinada a Alexis y decidimos que Fuego , sería la primera canción que escucharíamos cada mañana.
Después irían nuestras favoritas, y tras estas, una que Alexis sentía que le representaba: Ayer , de Arce.
Me dijo que le definía por completo y por ello la escuché muchas veces para captar la esencia de las palabras del rapero.
Y buscar entre todas ellas qué sería lo que Alexis había vivido en sus propias carnes.
Me aprendí nuestra canción en apenas unos días y la canté junto a él, como aquel domingo mientras él cocinaba y bailaba y yo miraba.
Mientras él me cantaba nuestro verso y yo sonreía como una boba.
Amaba que me cantara. Adoraba escucharle y la felicidad que transmitía.
A veces pensaba cómo podía tener tanto caos en su interior, ser todo tan oscuro, cuando conmigo sonreía y se reía a carcajadas casi todo el tiempo.
¿Cómo podían ser la misma persona aquella llena de secretos, de oscuridad, de un pasado turbulento y la que tenía frente a mí riéndose a carcajada limpia por una tontería que acababa de decir yo hacía unos segundos?
—Me sigue costando pillarte —admití sentada en la encimera de la cocina—. Siempre te veo feliz. No veo tu oscuridad nunca.
—No es algo agradable de ver. —Alexis se encogió de hombros sin dejar de atender la comida.
—¿Hablas con alguien más de tu familia aparte de tu hermano y tus primos? —me interesé.
—Llamo a mi abuelo y a mi padre a veces. Pásame otra sartén, porfi .
—¿No te llaman ellos a ti? ¿Y tu madre? —pregunté dándole la sartén que me había pedido.
—No hablamos si no les llamo yo. Y mi madre… solo llama para pedir dinero.
Arrugué el ceño contrariada. No entendía esas relaciones, pero desde el punto de vista de Alexis la familia siempre tendría un sitio especial en el corazón.
La familia se defendía porque era lo único que tenías.
Conste que estos pensamientos eran de Alexis.
Fue lo que aprendí de él. Que a pesar del daño que le hicieron en el pasado —adrede o sin querer— los quería y haría cualquier cosa por ellos. Cualquier cosa.
Lunes, 2 de marzo. Dos y once de la madrugada.
Ádriel
Cuéntame algo bonito de tu infancia antes de que me vaya a dormir.
Alexis
Algo bonito…
Alexis
Me acuerdo de cuando vivía con mis
padres que siempre jugábamos a todo en casa, en la calle, donde fuera. Cuando todavía éramos una familia feliz.
Ádriel
Me gusta imaginarte feliz.
Alexis
Ahora mismo lo soy. TQ, princesa
Ádriel
Sueña bonito
Martes, 3 de marzo. Una y cinco de la madrugada.
Ádriel
Estoy muy negativa con Troya
Alexis
Son fases normales. Y piedras que se te ponen en el camino. Tienes dos opciones: dejarlas hasta que se conviertan en un muro o romperlas y seguir adelante.
Ádriel
Elijo romper cada piedra que se nos ponga por delante
Troya… Con él dar un paso en falso, desconfiar o titubear, era dar cinco pasos para atrás.
Me costó mucho tiempo entenderle, pues no era como el resto de caballos con los que había tratado.
Mi binomio con él era una montaña rusa en la que cuando trabajábamos bien me venía arriba, estaba feliz, éramos uno y casi nos leíamos la mente.
Sin embargo, dos días después uno de los dos se levantaba con el pie izquierdo y la confianza se desplomaba, ya no nos entendíamos.
Entonces me frustraba y Troya comenzaba a defenderse de mí por ello.
Era muy complicado, todo un reto, el más grande que había tenido nunca con un caballo.
Me gustaba tener a Alexis en Finca Deva para recordarme que podía hacerme con Troya, que éramos buenos juntos, que siempre nos podíamos leer la mente aunque algunas veces pareciera que no.
Que si por separado éramos geniales, juntos podíamos parar el mundo.
Una tarde de miércoles que Angelito iba a pasar el día con sus abuelos, avisé a Alexis para que bajara un rato a hacer el puzle. Gelo me miró con el ceño fruncido cuando sonreí al móvil al recibir una respuesta afirmativa por parte de Alexis.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué sonríes tanto?
—Alexis va a bajar para hacer el puzle conmigo.
—¿Otra vez? —se quejó Gelo—. Ya bajó el miércoles pasado. ¿Por qué no te ayudo yo?
—Pareces un niño pequeño —gruñí molesta—. No te he dicho que no puedas hacerlo, pero sé que no te gustan mucho.
Gelo cada vez que me veía enfrascada en un puzle se sentaba a mi lado e intentaba hacerlo conmigo, pero a los diez minutos y tras poner un porrón de piezas, se iba diciendo que se aburría.
Otras veces, si en esos diez minutos no ponía ni una, se frustraba y se marchaba.
El caso es que no pasaba más de quince minutos mirando las piezas.
Yo flipaba con que se le diera tan bien y sin embargo no tuviera la paciencia necesaria para acabarlo.
—¿Tú sabes que no me gustan? —preguntó Gelo cruzándose de brazos a la defensiva.
—Te gustan para hacerlos durante dos minutos. Luego te aburres y me quedo sola —le expliqué con voz calmada.
¿De verdad íbamos a discutir por esa tontería?
—¿Y? —demandó mi mejor amigo con aire irritado.
—No me gusta estar sola, lo sabes. Y a Alexis le gustan los puzles. ¿Qué hay de malo en que venga a pasar el rato conmigo? —pregunté molesta.
—Ya pasas mucho tiempo con él en Finca Deva a diario —murmuró con tono amargo mi mejor amigo.
—¿Estás celoso?
—¿Yo? —Gelo se señaló alucinado—. ¿Por qué iba a estar celoso? ¿Acaso debería?
La puerta de la entrada sonó, dando paso a los ladridos de Togo. Alexis saludó pero no hubo respuesta, Gelo y yo estábamos muy concentrados en un concurso de fulminarnos con la mirada. Se quedó en el umbral de la puerta, observándonos a ambos.
—¿Me voy y vuelvo en otro momento? —preguntó Alexis.
—No. Ya hemos terminado de hablar. —Miré cortante a Gelo.
Mi mejor amigo gruñó, se fue al sofá, encendió la consola y se puso los cascos para aislarse de nosotros. La tensión en el salón se podía palpar. Mierda, ¿cómo iba a decirle nada sobre lo que sentía por Alexis si solo el mero hecho de que le avisara para hacer un puzle le molestaba?
Alexis fue a la cocina y volvió con dos Coca-Colas.
A fuerza de que él fuera un adicto a aquel refresco y que a mí me gustara robarle sorbos de su lata, me empezó a gustar.
Nos sentamos rozándonos las rodillas y compartimos el refresco.
Cuando noté la mano de Alexis apretar mi rodilla bajo la mesa, toda la tensión acumulada por la conversación con Gelo se disipó.
Adoraba esa capacidad que poseía sobre mí.
Cogí su móvil, lo desbloqueé, busqué mi lista de canciones favoritas y tarareé por lo bajini.
Mi mano fue bajo la mesa mientras ambos estábamos concentrados en el puzle y la coloqué en el muslo de Alexis.
Necesitaba su contacto aunque fuera mínimo.
Él deslizó la suya sobre la mía, cubriéndola y me sonrió de medio lado mientras me acariciaba el dorso.
Colocamos alguna que otra pieza, bebimos Coca-Cola y nos disparamos miradas fugaces.
Al no poder besarle, llevé mi mejilla a su hombro y la hundí allí unos segundos, oliéndole y queriéndole sentir más cerquita de mí.
Alexis cambió la lista de reproducción y empe zó a sonar algún grupo suyo con toques flamencos.
Cogió mi mano, entrelazó nuestros dedos y besó mi dorso.
Le sonreí como una boba, anonadada por el gesto y él me devolvió la sonrisa.
Me encantaban esos momentos en que hacíamos algo tan simple como escuchar música y encajar piezas del gigantesco puzle.
Cosas sencillas del día a día que, a su lado, quería recordar siempre.
En algún momento de la tarde, Gelo se paró a mi lado cuando volvía de la cocina y como acto reflejo, Alexis y yo separamos nuestras manos bajo la mesa.
—¿Cómo vais?
Su voz sonó arrepentida. Era Gelo, mi hermano por elección. Le perdonaría cualquier cosa.
—Hoy no ponemos muchas piezas —admití. Intenté que mi voz sonara suave, que notara que yo también quería hacer las paces—. ¿Vienes a sentarte con nosotros un rato? —le animé.
—Si no os importa… Me siento solo en el sofá.
—¿Nos ayudas? —le propuse—. Así no tardamos diez años en terminarlo.
—Puede, pero voy a traerme el ordenador para jugar si veo que me aburro.
Asentí. Gelo colocó las cinco piezas de rigor. Cinco como las cinco que nosotros habíamos colocado en una hora. Y tras ello, abrió su portátil y se puso a hacer lo que fuera que le apeteciera, a mi lado.
—Desde que te dejó Laura con un bebé no has salido con nadie —comenté. Tal vez debería haber añadido: «Estoy saliendo con Alexis». Pero no lo hice. En su lugar mantuve la boca cerrada.
Gelo se aproximó a mí e invadió mi espacio personal para besarme la frente.
—Te tengo a ti —susurró.
Se giró hacia su ordenador y dio por terminada la conversación. Yo no era suficiente. Me daba lástima que se conformara con mi amistad y no buscara a esa persona que parara su mundo, que le enamorara y le hiciera cometer locuras.
Dejé de pensar y me centré en el puzle. Coloqué al menos dos piezas antes de desviar mi mirada hacia Alexis, quien al notar mis ojos sobre él, levantó la vista y conectó sus ojos con los míos.
Pilló entre sus dientes el piercing y dejó que lo viera entre sus labios.
Mi mirada fue hacia allí y se me erizó la piel.
Me encantaba aquella bolita morada. La observé hasta que la hizo desaparecer tras sus dientes para dedicarme una sonrisa engreída.
A la tercera vez que le pillé con el piercing dando vueltas por sus labios mientras su mirada estaba concentrada en el puzle, le mandé un mensaje.
Miércoles, 4 de marzo. Cinco de la tarde.
Ádriel
Deja de sacarte el piercing que me dan
ganas de besarte y está Gelo.
Alexis
Es que me encanta la cara que me pones.
Y hacerte rabiar, también
Alexis me miró con una sonrisa socarrona en los labios antes de enseñarme por última vez el piercing y que yo le propinara un pisotón mientras él reía y Gelo nos miraba a ambos sin entender.
Tras la cena y que Gelo durmiera al crío, me dejé caer en el sofá con un libro que no llegué a abrir. Mi mejor amigo se colocó a mi lado, puso mis piernas en su regazo, elegimos una película y masajeó mis pies de manera distraída. Me relajé tanto que me quedé frita poco después.
Jueves, 5 de marzo. Doce menos cinco de la madrugada.
Ádriel
¿Frase favorita?
Alexis
Es de un rapero, Nube: «Una nube sola no hace el cielo ni un lobo solo hace una manada». ¿Y la tuya?
Ádriel
Esta, cuando me subo a un caballo: «Conociendo el mundo a través de tus orejas».
No dejamos de pensar en nuestro futuro tatuaje conjunto y, con paciencia, Alexis consiguió delinear perfectamente al caballo basándose en varias fotografías.
Estuvo días con el diseño de nuestro tatuaje en cada hueco libre que tuvo hasta que quedó el boceto perfecto.
Era Troya, no había duda. Alexis siguió dándole vueltas para añadir algo que le recordara a nosotros.
Nuestro proyecto estaba a años luz de estar trazado en nuestra piel para toda la eternidad, pero hablar de ello nos gustaba.
Tal vez porque sería nuestro y de nadie más.
Dado que se quería tatuar un caballo, le metí caña en equitación.
Quería enseñarle a apreciar y amar el mundo a través de las orejas de un caballo.
Un día me confesó que muchas veces sentía una paz mental brutal cuando se subía en uno de los équidos.
Sonreí como una boba y le besé. A mí me pasaba igual.
Le enseñé a entenderles, escucharles y sentirles.
A respirar al mismo son que ellos, y a que su corazón latiera al mismo tiempo que los suyos.
A encontrar la paz que necesitara en ese momento.
A bailar sobre sus dorsos con sus caderas.
A buscar en ellos la perfección, porque son perfectos.
Jueves, 12 de marzo. Once de la noche.
Ádriel
Tengo que pedirle presu a mi tatuadora para los dos. ¿Ya has decidido dónde te vas a tatuar a Troya?
Alexis
En el pectoral, para que lo veas siempre ¿Tú has decidido dónde?
Ádriel
No. Quiero un sitio donde lo pueda ver a menudo. Pero tengo poco hueco ya en mi lado derecho.
Alexis
Tal vez sea hora de cambiar al lado izquierdo.
Ádriel
Puede. Inaugurar de verdad el lado izquierdo es importante.
¿Me atrevería? Tatuarme el lado izquierdo siempre me había dado respeto.
Por eso mis tatuajes se apelotonaban en mi lado contrario.
Los sitios bonitos y especiales para mí ya estaban cogidos y el poco espacio que quedaba, era en lugares que no veía a menudo.
Pero era tan importante aquel tatuaje de mis abuelos, que no quería que quedara ensombrecido por cualquier otro a su lado.