Capítulo 27
Nunca separes de mi vera esos ojitos son mis alas y mis cadenas. [...]
Sigo esperando el momento
de volver a aquel día y que se pare el tiempo.
Shoren
Era ya noche cerrada mientras Alexis y yo caminábamos cogidos de la mano hacia nuestro descampado. Miré curiosa a Alexis, que observaba de forma distraída al frente.
—Oye, bonito, ¿no comes nada antes de los paseos? —Me perdí en su semblante relajado.
—No, merluza. Te aviso según llego a casa para que no se nos haga muy tarde.
—¿Me acabas de llamar merluza? —me quejé sin poder reprimir la risa en mi voz mientras hablaba.
—Y tú a mí bonito.
—No me refería al pez, idiota. —Estallé en carcajadas.
—¿Ah, que te ríes? Pues ahora sí que vas a reírte pero bien —dijo Alexis mientras ensanchaba su sonrisa, soltaba mi mano y empezaba a hacerme cosquillas.
Su sonrisa me encantaba. Y su risa me hacía temblar y sentirme arropada. El sonido más bonito.
Eché a correr e intenté huir de sus dedos, esos que desataban un maravilloso caos de cosquillas y risas incontrolables en mí. Amaba esos interminables momentos inocentes que vivíamos a diario, en los que solo importaba dejar sin aire al otro de tanto reír. En los que solo existíamos los dos.
—Mañana puedo prepararte algo.
—Gracias, gordi.
Alexis paró en seco y tiró de mí e hizo que nuestros cuerpos chocaran.
Me envolvió en sus brazos y me llené de su calor.
Suspiré llena de amor, deseando quedarme entre sus brazos toda la eternidad.
Elevó mi rostro hacia él y me besó los labios de una manera tan tierna que mi corazón se derritió un poquito.
Y después salpicó de besos el resto de mi rostro mientras yo reía feliz.
Pensé que si pudiera viajar a otra línea temporal para comprobar cómo mis acciones o las de Alexis guiarían nuestra relación hasta finales alternativos, lo haría sin dudarlo.
Buscando encontrar la combinación exacta en la que terminábamos juntos hasta que fuéramos viejitos.
Y entonces quedarme allí, viviendo esa preciosa vida que tanto quería con él.
Cuando llegamos al descampado le guie hasta el árbol más grande de todo terreno, un roble enorme bajo el que solíamos quedarnos. Me acurruqué en su pecho.
—Quiero hablar de algo. —Rompí el silencio.
Observé a Alexis. Él aún era un puzle con casi ninguna pieza encajada —y las que faltaban ni siquiera sabía dónde se hallaban—.
Tenía sus piezas escondidas y no sabía si en algún momento me las entregaría para poder ir encajándolas con cuidado y mimo.
O si por inercia las escondería de mí constantemente.
—Dime, amor. —Alexis besó mis labios con dulzura y fijó sus ojos brillantes en los míos.
—Me da miedo tener algo más serio contigo. Pero no quiero estar con nadie más. Solo contigo —admití en un susurro.
—Yo tampoco, cariño. Mientras estemos juntos, sea de la forma que sea, no voy a hacer nada más con nadie. No quiero. Solo te quiero a ti.
Alexis apaciguó a la bestia en mi interior que lo quería desbarajustar todo e hizo que mi jaleo de sentimientos se calmara un poco.
—Me gusta eso. —Besé sus carnosos labios sonoramente y sonreí contra ellos.
—Y a mí lo que tenemos. —Una medio sonrisa asomó entre sus labios. Me besó con suavidad la mejilla, la nariz y luego los labios—. Tú lo eres todo.
Con una sonrisa tonta en los labios le besé una y otra y otra y mil veces más, creyéndome cada palabra.
Y después nos besamos un poco más, excitándonos de más, aliviándonos después.
Alexis era especial y quería conservarle en mi vida toda la eternidad, pero tal vez no le interesaba todo lo que llevaba conmigo y tampoco sabía cómo encajarle en nuestra familia; pues si algún día algo malo pasaba entre Alexis y yo, el crío sufriría las consecuencias.
Y lo primero era el crío. Protegerle. Además me estaba adaptando a convivir con él y necesitaba tiempo para ver cómo fluía mi idea loca de formar una familia junto a Gelo.
Si nuestra familia aún no estaba consolidada, ¿qué pasaría si metíamos a una cuarta persona? ¿Se iría todo al garete?
Miré a Alexis e intenté dejar a un lado mi batiburrillo de pensamientos.
Él tal vez leyó mi mente y me acarició el rostro con ternura.
Suspiré y de sus labios brotó una sonrisa traviesa: me iba a hacer cosquillas.
Corrimos por el descampado en mitad de la noche intentando cazar al otro para hacerle cosquillas, nos besamos y al llegar a casa y meterme en la cama, no pude evitar pensar que ojalá fuera así siempre.
Que ojalá fuéramos tan bonitos y geniales juntos hasta la eternidad y más allá de ella.
Que ojalá superáramos cualquier obstáculo juntos.
Que ojalá nunca dejáramos de reírnos juntos o de hacernos cosquillas.
Que ojalá nunca dejáramos de ser unos simples niños en ciertos momentos del día, cuando lo necesitáramos.
Que ojalá hubiera un «siempre» para nosotros escrito en algún lado.